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martes, 22 de octubre de 2013

II

Antes de volver a Neiva, me bautizaron con el padre Giuseppe Gifarelli, un sacerdote italiano trabajador y entusiasta, que moldeó el espíritu de Altamira (educando, arengando desde el púlpito, dirigiendo obras benéficas, haciendo parques con juegos para niños) desde que llegó, a finales de la década de 1970, hasta que murió en 2012. Era un cura decidido a elevar la condición moral y cultural de Altamira. Estoy agradecido por mi fe. Empecé siendo católico y luego fui budista, pasé por un periodo de ateísmo y retorné al catolicismo. He bebido de fuentes exquisitas, como los Vedas y el Bhagavad-Gita (mi Sagrada Escritura favorita, por lo sublime y coherente de su contenido). Tengo amigos judíos, musulmanes, hinduistas, taoístas, cristianos no católicos, y hasta eclécticos. También tengo amigos agnósticos, y algunos francamente ateos. Con todos me entiendo, porque tengo cierta inclinación hacia el ecumenismo. Creo que algunos pasajes de los Evangelios son las piezas más sublimes que ha producido la Humanidad. Entiendo hasta que algunos teólogos hayan sostenido que no es obra de un escritor humano, sino un dictado de Dios. Pero también valoro la belleza de la literatura sagrada producida en China e India, reflexiono a menudo gracias al Corán y a los textos sapienciales hebreos. He leído con gusto de todas las religiones, y encuentro en ellas suficiente belleza y verdad como para respetarlas y admirarlas profundamente. De hecho, creo que ese aperturismo que he tenido hacia todas las confesiones, esa tolerancia a las distintas versiones que cada grupo tiene de la Verdad (que es Dios), me ha granjeado grandes amistades y el cariño de la gente. En un mundo de polaridades y fanatismos, mi tendencia natural a la conciliación y al diálogo es siempre bienvenida. Por eso tal vez he sido un hombre afortunado, al que permiten entrar con gusto a todo tipo de templos y ceremonias. Y al que también reciben ateos y agnósticos con una sonrisa.