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viernes, 11 de octubre de 2013

El Currículo en Contexto: una Necesidad

Creo que el diseño del currículo debe hacerse teniendo en cuenta el contexto específico en el que cada institución educativa se va a desenvolver, y que debe tener en cuenta el tipo de hombre al que se desea formar. En este orden de ideas, la imitación, además de mediocre, puede ser peligrosa. Si nos dedicamos a imitar currículos, nos exponemos a la falacia de creer que lo que ha funcionado en otro lugar (en otro contexto, en otra cultura) y/o en otra época puede también funcionar en nuestra institución educativa. Al respecto, me parece que lo más prudente es entender que una cosa es haber alcanzado resultados allá y entonces y otra el poder lograrlos aquí y ahora. Me gustaria desarrollar los anteriores argumentos basándome en la historia misma de la pedagogía en Colombia, en las necesidades del país y en lo aprendido con respecto al currículo y al Proyecto Educativo Institucional como factores integradores y dinamizadores de la labor educativa y pedagógica en cada contexto. Como primer ejemplo, la intentona del Libertador Simón Bolívar y de don Manuel Rodríguez de instaurar una educación altamente influenciada por la Ilustración (en su versión francesa, obviamente) en la quimérica, mágica pero a la postre imposible Gran Colombia (1,2). Nadie duda de las buenas intenciones ni de los esfuerzos titánicos de estos ilustres personajes. Pero sí se puede ser crítico a la hora de evaluar el impacto de sus políticas educativas. Creo que les falló la contextualización. Y que cayeron en la trampa de imitar "lo bueno" (en otras latitudes, para otras sociedades, para otras realidades) sin tener en cuenta que lo bueno varía dependiendo la cultura y el contexto. ¿De qué iba a ser útil tener una sublime traducción de Rousseau si no se tenían estudiantes que supieran leer?; ¿sería Voltaire adecuadamente digerido y asimilado en una cultura católica altamente influenciada por los valores ibéricos y un concepto monástico, casi medieval, de la vida comunitaria? Santander, una década después, intentó importar el modelo Lancaster. Dicho modelo había servido en el Reino Unido, y era llamativo por su costoefectividad (mantenía en la escuela a grupos numerosos, docenas de niños por aula, a un relativo bajo precio, pues un mismo profesor dictaba varias asignaturas y un mismo salón de clase servía para todas ellas), y su capacidad apra disciplinar y homogenizar la población escolar (3); al mismo tiempo servía para contener a las clases proletarias que, de otro modo, se habrían tornado problemáticas y desestabilizadoras para el sistema (recordemos que justo ahí, en las islas británicas, se estaban dando los mayores excesos del capitalismo a gran escala y la Revolución Industrial): permitía tenerlas a raya, encerradas en el salón de clase, inculcándoles valores claves para mantener el sistema industrial capitalista. Esto es, obediencia, disciplina, mutua vigilancia y laboriosidad (para optimizar la producción). Nuestro "hombre de las Leyes" mordió el anzuelo y pretendió implantar la escuela de Lancaster. Fracaso rotundo. No tuvo en cuenta la geografía (selva y bosque tropical húmedo exuberantes; ríos,pantanos y arroyos por doquier; cordilleras, serranías, cuchillas y acantilados), ni la infraestructura (todavía hoy en día, muchas veredas se encuentran casi incomunicadas y cuentan sólo con trochas como caminos...¿cómo sería en el siglo XIX, en el que buena parte de Colombia se podía andar sólo a lomo de mula?), ni la idiosincrasia de la gente (hasta el día de hoy, muchos colombianos menosprecian el estudio y valoran más el trabajo en los niños, pues su propio sistema de valores tiende a valorar más la ganancia material que la espiritual, y es corta de miras: las ganancias a corto plazo son más reforzadas que las ganancias a largo plazo, como se denota en las expresiones criollas y mediocres por el estilo de "aproveche el cuarto de hora" o "hay que hacerse el agosto"). ¿Quó consiguió? Muy poco: a dichas aulas de clase no llegaban todos los niños que debían llegar (porque no tenían como llegar, porque el salón les quedaba a horas de viaje, porque había inundaciones y problemas en los caminos, etcétera); de otro lado, la educación impartida en ellas no estaba ajustada a las necesidades de cada comunidad: ¿de qué le servía al niño recitar el teorema de Pitágoras si no sabía cómo convertir las arrobas de arroz y de papa a los valores monetarios vigentes? Además, en el convulso siglo XIX, en el que las guerras civiles y los levantamientos armados se sucedieron de manera concatenada (4), y en el que unos pocos latifundistas se adueñaron de los monopolios comerciales, los contenidos curriculares dictados no esran tan útiles para la supervivencia ni para el éxito existencial. Por eso tampoco funcionó el plan Cerda, ni la campaña de don Miguel Antonio Caro por castellanizar al país (5): simplemente, un pueblo ignorante y hambriento o está para recitar poemas de san Juan de la Cruz. Desde hace unos veinte años, el modelo pedagógico "constructivista" ha hecho carrera en las instituciones educativas colombianas. Pareciera que todas quieren formar científicos, "protagonistas" de su conocimiento, altamente instruídos en lo tecnológico, pero pobremente fundamentados en las humanidades, la ética y las relaciones y responsabilidades sociales. No me extraña que, entonces, tengamos tantos tecnócratas expertos en el trabajo individual y torpes a la hora de desenvolverse en lo relacional; economistas y comerciantes formidables, pero de moral dudosa (que no dudan en sacrificar el bienestar de toda una comunidad en aras de lograr satisfacer sus ambiciones personales). Bilingues mediocres, que saben de "inglés comercial" pero no pueden deleitarse con Shakespeare o Byron (y que miran con desprecio a un poeta, porque no "hace plata", y que quieren ser gerentes y presidentes, pero no artistas...). Muchos de nuestros peores políticos son egresados de dichas instituciones en las que la ética fue aplastada, en los currículos, por la tecnología y las "ciencias duras". No creo que sea pura casualidad. El currículo es portador de significados, representaciones y valores. Responde al ideal de hombre que queremos formar. Si seguimos imitando currículos de los "colegios del Jet Set" colombiano (que, a su vez, imitan currículos de colegios aristocráticos de Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido), seguiremos produciendo sujetos hábiles en transacciones comerciales pero despiadados, inhumanos, a la hora de tratar al prójimo. Economistas y estadistas duchos, pero crueles y maquiavélicos. Insisto: lo que funciona allá, no necesariamente tiene que funcionar acá. Tenemos otra demografía, otras dinámicas sociales, oros valores. El businessman riñe con la naturaleza misma del hombre latinoamericano. Y dichos currículos no tienen en cuenta las necesidades propias de nuestro país (equidad social, equilibrio económico, calidad de vida, bienestar, paz), sinoq ue están orientados hacia otras necesidades: las del Banco Mundial, las de los "gurúes" de la economía, las de las multinacionales que quieren de países como el nuestro sólo mano de obra barata (jamas directivos). Por eso se esmeran en producir (en términos y cantidades industriales, además) gente acrítica, irreflexiva, atolondrada, que se deja encandilar con unos dólares y que cree que la felicidad y la realización existenciales se basan en el poseer y no en el ser (6). Creo, por lo tanto, que debemos adaptar los currículos (e integrarlos en Proyectos Educativos Institucionales aplicables, flexibles, dinámicos...y dinamizadores, agentes de cambio, no sólo en sus respectivas instituciones educativas, sino en sus comunidades) a las necesidades de cada grupo, de cada comunidad. Me explico: que en comunidades agrícolas los contenidos vistos por los estudiantes sean de utilidad para mejorar la calidad de vida y la vivienda, la posibilidad de comercializar sus productos a precios justos y competitivos, la productividad; que en zonas isleñas o costeras se promueva activamente la aplicación del conocimiento en cuanto a la pesca y el comercio exterior, pero llevados responsablemente, para pasar de la simple economía de supervivencia y de la cultura de la negligencia a la cultura del ahorro y del trabajo inteligente, de la planeación y la gestión social y ecológicamente responsable; que en los centros urbanos se promueva la conducta ética y razonable, con un empodEramiento y una claridad de ideas tales que los modelos foráneos (consumismo, materialismo, individualismo, etcétera) no penetren tanto como los propios ideales de solidaridad social, dignificación del otro y respeto a la vida. Y, en todas las comunidades, los currículos deben estar orientados hacia la paz. Una paz verdadera, generosa, purificadora. No una paz negociada, usada estratégicamente por partes codiciosas de poder político y/o económico. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982) REFERENCIAS (1) Ospina, W. En busca de Bolívar, Bogotá, 2010 (2) Campos, D.A. Las paradojas del Libertador, 2009 (3) Foucault, M. Vigilar y castigar, Madrid, 2000 (4) Campos, D.A. y Campos, L.F. Breve Historia de Colombia, 2013 (5) Idem (6) Campos, D.A. De la vida contemplativa, mayo de 2013