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sábado, 28 de septiembre de 2013

Imaginarios y Cultura sociales en la construcción de un Currículo, por David Alberto Campos

Debemos partir del hecho de que somos seres humanos, y por ende, sociales. Vivimos en interrelación. Somos nodos en medio de una inmensa red que llamamos universo, en la que cada uno de los seres está vinculado con los demás. En ese orden de ideas, como maestros no podemos caer en el solipsismo académico. Muchos teóricos de la pedagogía han incurrido en eso. Uno no puede crear una visión pedagógica (y, en consecuencia, un currículo) de manera "aséptica", disociaa, separada del mundo. El arte de ser maestros es un arte que se da en relación. En relación con el estudiante, en relación con el grupo de estudiantes, en relación con las familias, en relación con la ciudad (el barrio, el lugar, el estatus económico, el contexto cultural, etcétera). O sea, nuestra función está contextualizada. Trabajamos "en relación con" múltiples seres, escenarios y determinantes.La sociedad es uno de dichos determinantes. La sociedad y sus valores (no sólo conscientes, también inconscientes) influyen en (y son influenciadas por) nuestra labor. Los imaginarios sociales están siempre presentes. De hecho, realizamos nuestra labor de maestros buscando siempre un ideal de persona: el tipo de ser humano que queremos formar. Y ahí entran en juego todas las cosas que la sociedad (en la que estamos inmersos, con la cual intercambiamos un sinnúmero de ideas, actitudes y conductas) nos transmite, a veces de manera clara y sonora, a veces de manera tácita o encubierta, en otras de forma francamente subliminal e inconsciente. Cada sociedad tiene unos ideales a los cuales apunta. Y, en cierto sentido, el arte de ser maestros sigue ese camino que dichos ideales (y aquí incluyo no solamente juicios y prejuicios conscientes, sino elementos del inconsciente colectivo) le traza a los que están formando personas -integrantes de esa sociedad. Por eso su cultura (toda su producción cultural, que es mucho más de lo que la gente habitualmente se da cuenta) y sus imaginarios son fundamentales. Uno crea un currículo, y realiza una función como maestro, guiado por ellos. Me explico: si, como Herbart, queremos un hombre en el que el humanismo, la autonomía y la creatividad sean notorios, tendremos un currículo con altas dosis de filosofía, de literatura, de arte, de humanidades en general, y en el que cada estudiante vaya recorriendo su camino de una manera cuasi kantiana: sin ser obligado, sino por el placer del deber cumplido. Si, por el contrario, queremos un hombre como lo propuso la escuela anglosajona, construiremos un currículo en el que la informática, la tecnología, las mal llamadas "ciencias duras" (como si las otras no fueran importantes...), ergo, matemáticas, física, química y biología, tendrán preponderancia. Y así... En realidad me preocupan la cultura y los imaginarios de la sociedad colombiana. Una sociedad en la que el triunfo vital se equipara al éxito material-económico. En la que se hacen teleseries de narcotraficantes y terroristas pero se olvida a los pensadores. En la que las modelos y los actores, y la "gente de farándula" es líder de opinión. En la que se maneja una doble moral tan espantosa, que por un lado se habla de la honestidad, de la humildad, de la importancia del trabajo (a nivel consciente) pero se transmiten mensajes inconscientes (al interior de la familia, en los medios de comunicación, en la escuela, etcétera) completamente opuestos: "aproveche el cuarto de hora, mijo", "no hay que dar papaya", "papaya partida, papaya comida", "hágase su agosto", "que no se le vaya el tren, mija", etcétera. No nos extrañemos entonces si nuestros estudiantes no quieren ser poetas, ni filósofos. No nos demos golpes de pecho cuando en realidad la sociedad les está metiendo (y nos intenta meter, si aún somos algo críticos e independientes) la idea de que ser feliz es tener un cuerpo atléico, una ropa carísima, un auto de lujo, una mansión y una esposa que podría concursar en Miss Universo. Que no lloren de manera hipócrita nuestros gobernantes, al ver como tantos jóvenes se dedican al narcotráfico y al sicariato, si ellos mismos no dan las oportunidades para que los estudiantes dedicados al cultivo del espíritu y de la vida intelectual tengan mejores condiciones de vida. Que no se escandalicen los padres de familia cuando la hija les pida de regalo de cumpleaños una mamoplastia con liposucción en vez de un viaje académico: ellos mismos le han dado, de manera tácita o explícita, esa creencia de que se es más si se tiene un busto de supermodelo que si se ha ido a la universidad. Como médico psiquiatra, veo cómo un montón de gente prefiere gastar millonadas en cirugía plástica, y tacañea enormemente a la hora de pagar una psicoterapia. Si lo entendemos desde la cultura y los imaginarios sociales, no debería causar extrañeza. Nuestra sociedad no quiere autoconocimiento, no quiere sabiduría. Es más, le irrita la sabiduría. Es una sociedad superficial, una sociedad estúpida, en la que triunfan "los más hermosos". Una sociedad que le rinde culto al futbolista y a la modelo, pero que desconoce (y hasta estigmatiza) a sus sabios. Una sociedad que le da puesto más fácilmente a un hombre apuesto, que cree que el doctor X es mejor que el doctor Y porque tiene un carro más bonito o es socio de tal club. Una sociedad que valora lo atlético o lo sensual de un cuerpo por encima de lo preparado, sano o maduro que se encuentre el psiquismo. ¡Por eso es que los currículos en Colombia no tienen casi espacio para el arte, ni para la literatura, ni mucho menos para la Historia! ¡Por eso es que muchos rectores (y padres de familia, y ministros de Educación, y estudiantes, y economistas, y gobernantes, etcétera) menosprecian la filosofía, la religión y la cultura democrática, mientras que se encaminan a producir empleados baratos para el sistema (eufemísticamente llaman a eso "educación técnica"), que se desenvuelven bien ante un computador pero tienen pésima ortografía, y casi nulo el pensamiento, porque en verdad leen muy poco! ¡Por eso es que una mamá se desmaya si su hijo le dice que quiere ser artista, porque deseaba que fuera abogado o estudiara finanzas! Y así tenemos muchos currículos en Colombia, si nos fijamos bien: muchas horas de informática, ambientes virtuales, computación (ah, eso sí, no para crear: no para inventar programas, sino para producir oficinistas...); muy pocas horas para las humanidades. El ministerio de Educación, guiado por criterios netamente económicos, busca producir obreros para los nuevos mercados. Gente dócil, hasta tonta. Gente ingenua e ignorante, pero dispuesta a trabajar hasta 12 horas al día (porque además tiene mentalidad de sudaca, y no exige un salario justo) con tal de costearse el auto deportivo, el cirujano plástico y el reloj que vale millones. Gente que se ríe de un pintor o de una bailarina, y que cree (¡y lo dicen, los imbéciles!) que "fulanito sí que es un ejemplo, porque tiene mucha plata". Gente burda, que no entiende un poema y se queda dormida leyendo un ensayo, y que cree que un libro es carísimo (cuando no que es una pérdida de dinero), pero sí paga con gusto un whisky costoso, o un crucero (crucero que le significará trabajar más horas extra, a costa de abandonar a su familia y de hacerse aún más mediocre). Gente superficial, que sueña con "ser famosa, como los actores de Hollywood" y corre a comprar revistas de chismes y cotilleos "de la gente realmente importante". David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)