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domingo, 29 de septiembre de 2013

Euforia, por Luis Fernando Campos Vargas

Encerrado en la cárcel del tiempo, en la prisión del cuerpo, atado a las cosas materiales, busco una forma de reencontrarme. Me siento en paz, y un nuevo tenue escalofrío me recorre el cuerpo renovando mi vida. Veo pasar todos los días otro día, pero no veo qué hay en mí. Olvido mis pensamientos, y mis obras están a favor de todo lo mundano. Y busco pasar de lo vano a lo sublime, de lo pasajero a lo eterno, y me encuentro con la muerte y con la soledad. Busco un nuevo respiro, pero me encuentro abandonado, sin límites, sin caminos, sin fronteras, sin alguien con quien hablar. ¿Es que esto solo lo siento yo? ¿Es que solo yo siento que mi espíritu muere por salir de mi pecho y volar, y recorrer las nubes y salir, destellando armonía, y me siento vacío y solo? ¿Quién más puede, sino yo, buscar la verdad eterna, fuera del cuerpo, fuera de la materia, alimentando el alma y el espíritu con recuerdos vagos del corazón? Pero, ¿cómo no voy a sentirme desolado, si veo gente a mí alrededor actuar sin rumbo, morir sin esperanzas, vivir en su vago y estúpido hedonismo, que no hace sino crear gente insegura e infeliz? Por supuesto, el camino lo debo hacer yo. Yo debo emprender mi viaje hacia lo lejano, yo debo peregrinar hacia lo eterno, y cuando pienso en eso me siento libre, casi muerto, me siento casi esclavo de mi propia libertad. Y luego caigo, y el sonido mortífero del impacto carnal retumba sobre el sombrío salón de la realidad, y me encuentro con las pobres posibilidades para filosofar y vivir en un nirvana en sociedad. Y un nuevo sentimiento se apodera de mí. Se apoderan de mí las ansias de vivir en llamas, se torna roja mi mente, y avaras mis venas de sangre se ponen al ver el mundo. Y lleno de energía despierto y salgo, y me desprendo en cuerpo y alma de lo que tengo, y ataco, y me muevo con agilidad por donde necesito y despierto a un mundo cruel que necesita apoyo eufórico; grito, me desgarro internamente. Veo órganos rompiéndose, ángeles infernales gritando, veo sangre recorrer por las paredes, y me siento vivo y ansioso de vida, y quisiera ser joven por siempre y quisiera nunca morir. Y soy fuego y llamas, y me consumo lentamente entre las cenizas que me verán renacer. Y sonrió y frunzo el ceño, y lloro y me desquito, y me levanto con fuerza agonizante cual animal subyugado que lucha contra su verdugo, y salto, y me veo lleno de energías. Y de pronto caigo entre tinieblas, y me siento mal, culpable, y me acuesto a llorar. Luis Fernando Campos Vargas (Colombia, 1998)