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domingo, 29 de septiembre de 2013

Amor, por Luis Fernando Campos Vargas

Despierta tras haber dormido confusamente, su vida está llena de errores y cada vez tiene menos sentido, pero él sigue luchando por sus sueños, y cada mañana se levanta pensando en la muerte y en el triunfo. Porque siempre triunfa y muere, y va guardando sus tesoros y sus cadáveres en lo más oscuro de su habitación, y allí duerme y ahí come, y ahí vive y pasa el tiempo, y ahí sonríe y llora, y evita el mundo que lo rodea. Porque para él el mundo es pequeño, porque para él el cielo y la verdad están encerrados en sí mismo y no en los demás. Y sólo lee y solo piensa, y solo sueña despierto y sólo despierta soñando, y solo vive en sus sueños y solo durmiendo vive. Y todos los días con sagrada pulcritud limpia sus trofeos, y los acaricia, y los anima, y los desea cada vez más y en mayor cantidad. Abre la puerta del mundo, pisa la tierra, mira al cielo, y se sumerge en una nube de pensamientos que lo lleva nadando por entre las calles y la gente, que mira impresionada cómo es alguien capaz de volar tan alto con unos grilletes tan pesados. Otro hombre también despierta, pero él vive solo, vive desesperanzado y triste. Vivía. Hoy se siente con más energías, hoy se siente feliz y sonríe al espejo, hoy se baña y se prepara, hoy no se lamenta de su pobreza. Él mira al cielo con compasión, contempla el suelo con fervor. Hubiera querido amanecer muerto y escapar, librarse, irse con dios y ser elevado por los ángeles, y que las llamas del infierno le quemaran ese pútrido cuerpo que encerraba a su pobre corazón. Sin embargo, hoy le pide a las almas penantes del purgatorio que aplacen esa condena, que esperen. Y no sólo hoy, ya lo ha pedido varias veces, unas tres o cuatro. Sí, desde que conoció a esa persona. La primera vez ella no fue gran cosa, tan poco la segunda. Pero poco a poco él fue siendo menos tímido, y ella más intelectual, y él se fue quedando calvo y ella fue aprendiendo de la vida. Y fueron aprendiendo a amarse en secreto, y a corregirse los errores, y a olvidarse siempre después de estrechar las manos. Y su cara se fue volviendo más hermosa y esbelta y la de él más intrépida. Y fueron abrazándose y fueron tocándose, y fueron amándose con el tiempo, pero él volvía a su casa con la cabeza gacha y los brazos caídos, y se acostaba a olvidar lo que había sucedido. Sin embargo, hace un mes, no fue así. Hace un mes llegó, completamente mojado por la lluvia, con una sincera sonrisa en la cara. Y se vio al espejo y no se pareció tan feo, y pensó que tal vez una chica como ella estuviera interesada en una persona como él. Es un día arduo para un pobre soñador, un día de perros, un día de mierda. Todo le sale mal y llega tarde a todo, despierta más triste que de costumbre y le faltan energías. Busca rápido que comer, y sale. Hoy se siente mal, se siente feo, no ve para qué seguir luchando. Y sale a la calle y comienza a volar, y se sumerge en un mundo paralelo, en un mundo menos carnal y más divino, en la muerte sagrada, en la vida eterna, y así se siente un poco más descansado. Con su guitarra a cuestas canta en varios lugares, recibe algo de dinero para sostenerse el resto de la semana, y se siente algo mejor. Sus libros le han dado una mejor forma de ver al mundo, sus libros le han ayudado a ver más allá, a encontrar la felicidad. No recuerda si durmió o si no, o si esto es un sueño o está viviendo, pero actúa como soñando y como viviendo, y sueña y vive, y muere viviendo y nace soñando, y naciendo y muriendo se siente más vivo, más despierto. Agotado, ve cómo su larga jornada ha terminado, y sube al transmilenio. Busca su estación y espera a que llegue el tren, y ve a la gente pasar. Su mirada es firme y caída, y mira de forma triste pero decidida, se enfrenta al mundo de nuevo. Pero él decide hoy hacer lo que nunca ha hecho. Hoy decide enfrentar la realidad, hoy decide confrontar sus demonios. En una hora estará con ella, pero no sabe qué llevar. Busca en la cuadra de su barrio mientras determina su decisión, lo cual lo hace parecer mucho menos eufórico que como se sentía por la mañana, y más inseguro y tímido. Consigue una pequeña pizza. Busca mantenerla caliente mientras llega a estar con ella. “Las seis”, piensa. Debe salir ya. Su corazón deja que la sangre se pinte de miedo, su mente se anula y sus movimientos se vuelven torpes. Antes de salir saca algo de dinero para el transporte. El hombre se recuesta contra la pared a recordar viejos tiempos, épocas de más regocijo y tranquilidad. Por fin se siente seguro y bien. Le pasa seguido. Una vez el rodaje comienza a marchar, quisiera que nunca se acabara ese momento y volar en ese instante y dejar esa dura carga de huesos y carne y esperar en el vacío. Sin embargo algo llama su atención. Hay un pequeño hombre que sube en la penúltima estación, y el vagón de repente se impregna de su olor favorito, y ve una caja extremadamente diminuta siendo cargada por la criatura. El hombre lo ve, y puede mirar en su cara años de tragedia, y mira lo que lleva y lo compadece por ser pobre. Y se pregunta, ¿alguien para que quisiera llevar una pequeña caja de pizza en un transmilenio? Y le sonríe. Luis Fernando Campos Vargas (Colombia, 1998)