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domingo, 29 de septiembre de 2013

Almas en pena, por Luis Fernando Campos Vargas

Daniel acababa de cumplir catorce años, y su madre, esa mañana, le había advertido varias veces que tuviera cuidado, porque no había podido dormir debido a un terror desconocido. Daniel, como suelen hacer así los jóvenes distraídos, olvidó rápidamente las palabras de su madre, y salió a jugar fútbol con sus amigos. Pero esa noche los árboles parecían estar callados y las luces de los postes titilaban con temor. Fue hacia el lugar donde solían jugar, que si bien no era una muy buena cancha, ya que estaba fragmentada por lo salvaje de las plantas que allí crecían y por la humedad, era muy frecuentada por los niños del barrio. Se encontró, tristemente, con que no había nadie. Pero esto pronto dejó de ser su centro de atención, ya que empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza, llenándose de muchos pensamientos e ideas inconexas. Comenzó a caminar débilmente, buscando no desmayarse. Estaba sudoroso, y su respiración era intranquila y violenta, como prediciendo algo malo. De vuelta a su casa, divisó entre la penumbra a varios grupos de camuflados, que habían matado a todos los hombres de la cuadra. Su madre también había sido asesinada, al no haber querido dar información sobre él. Durante un año la guerrilla le enseñó a manejar toda clase de armas, a protegerse y a pelear. En el transcurso de doce meses ya había practicado dos abortos y atendido médicamente a varios compañeros suyos, pero gracias a su debilidad física y su poca fuerza de voluntad, no había sido llevado al frente todavía. La vida era dura, y él cada día andaba más resentido con ella y con el mundo. Rezaba muy ocasionalmente, ya que estaba siempre entre el odio y el amor desesperado ante dios. Lo odiaba porque se había llevado a su padre; así, tal cual le pasó a él, en un momento tremendamente insospechado. El pobre viejo vivía en su finca, cuando cierto día llegó una carta de la guerrilla pidiéndole que se fuera, a lo que él se negó rotundamente, porque era su tierrita, y ya era la tercera vez que lo sacaban de donde vivía. Una semana después, cuando estaba bajando por la trocha de la finca al pueblo, en su pequeño burrito, recibió tres tiros en la nuca y uno en el occipucio. Por eso a veces odiaba a dios, por haberle hecho la vida tantas veces desgraciada, por haberlo hecho sufrir, por haber matado a su padre, por no dejarlo morir. Pero también lo amaba. Lo amaba porque su madre, desde pequeño, le había enseñado que después de cada noche llega el día, le había enseñado a orar y a confiar en Él, a tener paciencia, a pensar que algún día todo será mejor. Y eso, ahora, parecía ser cierto. Después de un año de soledad y tristeza, por fin, mañana, tendría una oportunidad para escapar. Al otro día, a las doce, habría un combate con el ejército, donde él, después de algunos disparos, huiría definitivamente. Amaneció. Sentía el corazón saliéndosele del pecho, palpitando de forma arrítmica y zumbando como el cabalgar de una bestia furiosa y reprimida. Ese día le permitirían bañarse con agua fría, y le darían su primera arma. La batalla sería rápida, planeaban matar algunos uniformados y generar terror en el sitio, para luego replegarse rápidamente con el menor número de heridos posible. Una vez en el frente, se sintió muy nervioso y agitado, sobre todo al escuchar las balas cortar el aire con siniestro objetivo. Pero cuando hirieron a uno de los suyos, su cuerpo se llenó de rabia y tensión. Se alistó muy bien, decididamente, y comenzó a disparar con furia, a pesar de ver que el ejército estaba muy bien posicionado e iba ganando ventaja. Entretanto, logró divisar una lejana salida a su izquierda, entre la selva. Tal vez podría correr hasta allí y hacerse con un sitio para luego huir y encontrar al ejército; claro, todavía no podía cambiarse de bando, eso habría sido muy sospechoso para los uniformados, y una alta traición a la guerrilla, por lo cual seguramente debía esperar algunas noches en la intemperie. Cruzó rápidamente, con la cabeza gacha y el corazón a mil, pero después de varios metros recorridos, estalló sobre él una bomba, puesta por ellos mismos hace algunas semanas. Comenzó entonces a sangrarle por montones la pierna izquierda, completamente deformada y destruida. Al verla, se llenó de terror y angustia. ¿Para qué luchar, para qué vivir de tantas cosas superfluas, si al final, el destino nos puede poner todas las cartas en contra? ¿Cuál es el objetivo de la existencia, si la autorreflexión de la cual es capaz el ser humano, lejos de parecer ayudarnos, nos hace sentir mal, y vernos tan efímeros, tan pasajeros e inútiles? ¿Para qué tanto sacrificio, tanto sufrimiento por el diario vivir, si todo se puede apagar con la rapidez de un rayo, con una sutilidad demoniaca? Entonces se dio cuenta de que sentía pavor por la muerte, a pesar de siempre haberla deseado. Maldito desgraciado, lo que sentía no eran ganas de morir, sino de matar, no de acabar consigo mismo, sino de destruir a los demás. Ahora sólo sentía arduos deseos de hacer esa única cosa que le daría cierto consuelo, y que lo haría morir, ya no como un mártir, sino como un guerrero. Después de haber tomado ésta decisión, en medio de su rápido desangramiento, cogió decididamente su machete, y con la cabeza a punto de estallarle y el pie completamente desestabilizado y herido, se devolvió por entre los juncos para llegar al campamento donde estaba su comandante; y profiriendo horribles gritos de muerte sacudió su arma y asestó tres golpes mortales en la cabeza de su jefe, de ese maldito desgraciado que lo había secuestrado a él y a muchos de su barrio, que había asesinado a su madre, que había llevado a su vida por el camino de la desolación y la desesperanza. Luis Fernando Campos Vargas (Colombia, 1998)