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lunes, 9 de septiembre de 2013

A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

David Alberto Campos Vargas, MD* Luis Fernando Campos Vargas** Este 11 de septiembre conmemoramos ya 40 años del golpe. Un golpe de Estado que aún divide a chilenos y observadores internacionales. Pero nuestro objetivo principal no es llover sobre mojado y volver a señalar los argumentos que partidarios de ambos bandos han esgrimido siempre. Queremos fomentar la reflexión, y no dejar pasar (terrible costumbre colombiana, acaso latinoamericana; costumbre que favorece, entre otras cosas, el olvido y la impunidad) una fecha tan importante. Ya es interesante que la actual campaña presidencial en Chile se esté organizando en torno a Michelle Bachelet y Evelyn Matthei. La primera es socialista y una ex exiliada, cuyo padre fue torturado y asesinado por algunos de sus propios compañeros y exalumnos. La segunda, representante de los partidos de la derecha chilena (actualmente en el gobierno), es hija de uno de los generales involucrados en el caso de Alberto Bachelet: Fernando Matthei. Que si el gobierno de Allende fue bueno o malo depende de qué manera se mire. Lo que sí señalamos en el presente artículo es que no es sano para una República que a un gobierno legal, democráticamente elegido, lo borren a las malas. Si el gobernante no demuestra estar a la altura, existe el voto para removerlo del cargo. No puede ser la fuerza bruta. Tanto Pinochet como Allende tienen sus luces y sus sombras, sus altibajos, sus errores. Pero una cosa es ser un presidente democráticamente elegido (y algo porfiado, pues creyó que con llegar a la presidencia le iba a bastar para ejercer el poder, y no pudo conjurar las fuerzas en su contra) y otra un militar golpista. Creemos que Chile aún tiene que cicatrizar heridas, perdonar y elaborar mucho de su historia reciente. Claro que ha tenido otros puntos escabrosos desde que se consolidó como república independiente del imperio español en el siglo XIX (la ambigüedad con la que se mantuvo frente al proyecto bolivariano de unión latinoamericana, pese a que Bernardo O’Higgins apoyaba a Simón Bolívar; el asesinato y la expropiación de tierras y bienes de indios mapuches; algunos excesos cometidos en la triste Guerra del Pacífico; cierta actitud inflexible frente a los intereses marítimos de Bolivia), pero el de la dictadura de Augusto Pinochet es clave. Hemos dialogado con chilenos, hemos visto con nuestros propios ojos los resultados del golpe. Desaparecidos y asesinados, e hijos y nietos de las víctimas de la dictadura, pero también convencidos partidarios del pinochetismo. Historias de dolor, clandestinidad y desarraigo. Pero también historias de empuje, de progreso y desarrollo. Condenamos la dictadura, sobretodo por la flagrante agresión a opositores del régimen y por las violaciones (jamás justificables) a los derechos humanos. Pero como colombianos, respetamos también la autonomía de todos los ciudadanos chilenos a la hora de analizar y resolver su propia historia, y de elegir a quien deseen. Lo mejor, en vez de fomentar la división y la polarización, es alentar al reencuentro de una sociedad. Tal vez Pinochet perdió una oportunidad de oro: si en vez de haberse perpetuado en el poder una vez puso algo de “orden en casa” se hubiera ido, discreta y decentemente, dejando a su cargo un gobierno elegido democráticamente, otra cosa opinarían de él muchos chilenos. Si en vez de un golpe de Estado sangriento y una caza de brujas espantosa (y prolongada más allá de las propias fronteras de Chile, con el apoyo explícito de la dictadura militar de Argentina) hubiera optado por la reorganización de un país en crisis, reorganización en la que hubiera incluido a todos los sectores de la sociedad y a todos los partidos y movimientos políticos, no cargaría el infame remoquete de “dictador”, que no le queda bien a nadie (ni siquiera a Julio César). Si en vez de las torturas a los colaboradores del presidente Allende, o de la terrible Operación Cóndor, hubiera amnistiado a sus “enemigos” políticos, no generaría en la actualidad tanta controversia su figura. Lo importante es que Chile, como toda sociedad que espera madurar y reconciliarse, ha ido tomando decisiones acertadas. Primero, tras el fin de la dictadura, los gobiernos prudentes de Patricio Aylwin y Eduardo Frei (hijo del expresidente Frei, asesinado por esbirros de Pinochet mientras se recuperaba de una cirugía en el Hospital Militar, en circunstancias que hacen recordar las de la muerte del poeta y político Pablo Neruda) permitieron disminuir los fanatismos de lado y lado. Después, la excelente gestión de Ricardo Lagos proyectó a Chile a la escena mundial, como un país de avanzada y que le apostaba al aperturismo económico con seriedad y firmeza, y que había dejado atrás los odios para centrarse en el liderazgo económico de Suramérica. Y justamente ese cambio de mentalidad le permitió a su ex ministra de Salud y ex ministra de Defensa, Michelle Bachelet, llegar a la presidencia en 2006. Otra muestra de la disminución del fanatismo y la polarización fue la victoria de Sebastián Piñera, un empresario de centro-derecha (su partido, Renovación Nacional, siempre estuvo más cercano a la UDI simpatizante de Pinochet que a la Concertación de partidos opositores), por vía democrática en 2010. No había ganado en elecciones libres un candidato de la derecha desde 1958 (cuando fue elegido Jorge Alessandri). Una vez más, Chile le demostró al mundo que sabía pasar la página y afrontar unido los desafíos sociales y económicos del siglo XXI. Por supuesto, hay mucho por avanzar. Insistimos en que deben cicatrizar, y de la mejor manera posible, todas las heridas. Muchas familias quedaron mutiladas. Prácticamente todos los habitantes del mundo saben las canalladas cometidas contra el cantautor Víctor Jara, el director de orquesta Jorge Peña Hen, o el propio Neruda. Consideramos que se debe elaborar el duelo en el país austral para que la paz se consolide y los crímenes jamás se vuelvan a repetir, pero sin incurrir en la impunidad. El motivo del homicidio del general Alberto Bachelet es claro: se opuso a sus camaradas golpistas, asumiendo una actitud ejemplar (en concordancia con la doctrina Schneider) de neutralidad frente a la tormenta política. Fue torturado tanto en la Academia de Guerra Aérea como en la Cárcel Pública de Santiago. Al parecer por órdenes de Fernando Matthei y Gustavo Leigh (militares que apoyaron al golpista Augusto Pinochet), sufrió hasta lo indecible hasta que murió por un infarto agudo de miocardio tras los “interrogatorios”. A otros militares ajenos a la ambición política también les fue mal. Al propio general René Schneider, cuya doctrina concibe al Ejército como garante de la democracia, el respaldo y el respeto a la Constitución Política del Estado, lo asesinaron unos ultraderechistas (con pleno respaldo de la CIA, además) al poco tiempo de la victoria de Salvador Allende. Al general Carlos Prats lo despedazaron agentes de la DINA por medio de una bomba instalada en su auto (entre los cuales figura el estadounidense Michael Townley, experto en explosivos detonados por control remoto, también involucrado en el atentado a Orlando Letelier), con todo y que había huido de Chile tras numerosas amenazas de muerte. Mucho se ha dicho del 11 de septiembre de 1973. No ha faltado el analista que ha llegado a ver algo de karma en los atentados del 11 de septiembre de 2001 (o un franco mensaje, voluntario y propositivo, y no una simple coincidencia), pero creemos que a la hora de aportar a la Paz mundial poco se saca con buscar culpables o intentar erigirse en “justicieros” o “vengadores”. Nuestro empeño está en recordar (porque creemos, con Churchill, que quien olvida su Historia está condenado a repetirla). Para finalizar, llamamos la atención sobre cuál debe ser la actitud y la conducta del profesional médico frente a estos “ríos revueltos” de la política. Para nadie es un secreto que muchos médicos chilenos (algunos miembros ilustres de sociedades científicas, y en pleno ejercicio de su profesión en la actualidad) participaron en las brutalidades cometidas por el régimen militar. Sobretodo cardiólogos y psiquiatras. Por obvias razones, nos abstendremos de dar nombres en esta ocasión. Pero sí queremos señalar que un verdadero médico no puede ir en contra del hombre, ni en contra del sentido común. Pisotear los derechos humanos es desconocer la propia dignidad del hombre. Nuestro deber, como profesionales de la salud, es el de servir de manera ética y consecuente, humanista y respetuosa de la vida. En esto insistiremos una y otra vez. No basta ciencia en la Academia. Se necesita ética. No podemos contentarnos con tener colegas técnicamente hábiles, o bien preparados: debemos exigir que sean además buenas personas. Profesionales con valores al servicio de la humanidad. Queremos despedirnos señalando que los psiquiatras, los psicólogos, los psicoterapeutas, y el personal de salud en general, deben abstenerse de actuar movidos por sus opiniones o creencias políticas. Nada más peligroso (creemos) que un médico cegado por el fanatismo político. Nada más triste que un profesional que discrimina a sus pacientes si son de tal o cual orientación política. Alguien que ha realizado a conciencia su juramento hipocrático está al servicio del ser humano y lucha por su dignificación, sea cual sea el gobierno bajo el cual se encuentre, o la cosmovisión que tenga. *Médico Psiquiatra, Filósofo, Escritor, Historiador, Candidato a Junta Directiva ACP 2013-2015 *Estudiante de Música y Artes, Universidad Nacional