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jueves, 22 de agosto de 2013

REFLEXIONES SOBRE EL ECLESIASTÉS, por David Alberto Campos V

El nombre hebreo del libro es “Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén”, por lo que es conocido también como Qohélet; Qohélet traduce “reunir la asamblea”; en arábico y sirio traduce “argumentar”, “discutir”, “discurrir frente a alguien”. Así, pues, se trata de un libro sapiencial en el que el autor escribe como si estuviera discurriendo frente a una asamblea. Fue traducido al griego, en la Versión de los Setenta, como Ekklesiastés, “el predicador”, y así ha llegado a nosotros. Pertenece a la literatura sapiencial. Aparece atribuido a Salomón (hijo del rey David y su heredero al trono, lo cual concordaría con el nombre “Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén”), como otros libros sapienciales, pero es poco probable que haya sido escrito por Salomón. Cierto es que dicho rey destacó por su inteligencia y sagacidad como estadista. Consolidó el reino heredado, pero a diferencia de su padre no usó el ejército para expandirse, sino un arma más sutil y eficaz: el comercio a gran escala. Salomón comerciaba con Tiro (capital de Fenicia), con Sidón (capital de Líbano), con Samaria e Idumea, con los pueblos mesopotámicos y arábicos (parece que incluso hacia llegar sus productos a ciudades del Lejano Oriente), con ciudades-estado africanas y con asentamientos localizados en la actual España. Compraba y revendía caballos, armas, carruajes, manufacturas, madera, textiles y especias. Era un excelente político, y un líder sensato a la hora de imponer justicia. El pueblo hebreo siempre lo recordó como un hombre prudente y sabio. Por eso fue frecuente la costumbre de atribuirle acaso más de lo que realmente escribió (algunos salmos y proverbios, así como apartes del libro Sabiduría parece que sí son de su autoría). Su estilo literario es vigoroso, en ocasiones electrizante. Por momentos parece escrito por un filósofo existencialista. En ocasiones la duda, la angustia ante la imposibilidad del saber total (“vanidad de la sabiduría”) y la aprehensión ante lo irracional, lo vasto y lo infinito que no alcanza a comprender la razón humana, lo hacen un texto formidable y que se anticipa, por varios siglos, a lo mejor de Kant, de Heidegger o de Jaspers. Son justamente su estilo (en el que lo retórico y filosófico juega un papel clave, estableciéndose una discusión, una dialéctica argumentativa), los giros lingüísticos que exhibe y el propio lenguaje utilizado (de clara influencia helenística) los argumentos que hacen pensar que se escribió en el siglo III a.C. Salomón gobernó del 970 a.C. al 931 a.C.; el contexto de este libro es muy diferente: ya han pasado Sócrates, Platón y Aristóteles por Atenas; Alejandro Magno ha tenido su breve pero brillante apoteosis (a su muerte, el Imperio macedonio se ha fragmentado y repartido entre sus lugartenientes; los seléucidas, como Antíoco, a quienes se les dio Judea y Oriente Próximo, no fueron nunca bienvenidos para el pueblo hebreo); Jerusalén ya no es ni la sombra de los tiempos de Salomón, pero aún se mantiene como un centro importante en la ruta comercial entre Oriente y Occidente; el pueblo hebreo ya ha consolidado su cosmogonía monoteísta y sus tradiciones y círculos sacerdotales, y mantiene con orgullo su religión (esto le habrá de ocasionar numerosos problemas con Roma, puesto que jamás se habrá de aceptar la divinidad del emperador, y mucho menos el panteón politeísta grecorromano). Aunque se percibe cierto tono (algo pesimista, existencialista) a lo largo del texto, no existe un plan estructurado en el mismo; se intercalan el proverbio, el masal, la confesión y el poema sapiencial con el texto propiamente discursivo. Buena parte del texto está redactado en primera persona del singular, como si se tratara de una confesión o una brillante conversación consigo mismo (lo que le da un cariz intimista y reflexivo, al mejor estilo del poeta San Juan de la Cruz). El Eclesiastés destila análisis, raciocinio y escepticismo frente a la realidad creada (el Universo, la vida humana misma). Cuestiona los vanos esfuerzos del hombre por hacerse de dinero, propiedades, sabiduría o prestigio. Es decir, se burla francamente de las cosas que el común de los seres humanos añoran conseguir, y que en realidad son vacuas, vanas y perecederas. Tiene mucho sentido un estribillo que se repite a lo largo del texto: “Todo es un soplo”. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)