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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXXVI

XXXVI Ha pasado más de un año desde que salí de Bogotá. Más de dos años desde que empecé esta historia. Han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto. Lo que importa es que sigo vivo, y eso es lo que importa. De eso se trata ser mamerto. Sobrevivir, pasar de agache, aguantar los vaivenes de la vida. Y de la política. Como hace mucho no volvía a escribir en este diario, no les he contado de muchas cosas. Voy a ir desmenuzándolas, una por una, para que se vayan enterando sin indigestarse. La diarrea se me complicó, se volvió una cosa de no parar. Hasta llegué a creer que fuera cólera. Sí, fue una diarrea espantosa, que me tenía hecho un ente. En pocos días, de lo deshidratado que estaba, quedé vuelto una piltrafa. Me encontraba en tan mal estado que el comandante Macario decidió que debía retirarme a Caracas, para ser tratado en un buen hospital “y ojalá por médicos cubanos”. Yo no puse mucha resistencia, porque en realidad estaba con un pie en el otro lado. En serio. Casi me muero. Habría sido medio chistoso, ¿se imaginan? Los titulares de los periódicos diciendo: “Comandante del MIERDA cae víctima de diarrea”. No podía pensar claro, tenía un sudor frío, y me desorientaba. Hasta llegó el día en que enojé a Clarita, porque me estaba sirviendo un agua de panela y le mandé la mano al trasero. Me dijo que así no, que eso era el colmo, que ella me aguantaba hasta la flatulencia, pero que eso ya era pasarse de la raya. Yo me escudé en la enfermedad, le pedí perdón, le hice ver que esa conducta inadecuada era culpa de la deshidratación. Ella se calmó, y me ayudó a hacer la maleta. En Caracas estuve varios días. En esos días me quitaron la diarrea, pero me quedé sin la columna. La “León Trotski” se internó en el monte, al mando de un tal Evelio. El comandante Macario, que se había ido con su propia columna hacia los lados de Mapirriare, me hizo llegar una carta en la que me explicaba que yo no había sido degradado, por lo que conservaba aún el título de comandante, pero que era una especie de comandante auxiliar mientras me pasaba la enfermedad y me asignaban una nueva columna. Que confiara en el comandante Evelio, que era muy capaz y valiente. Que por favor me cuidara, porque yo era el ideólogo del Movimiento. Cuando volví a Puerto Lleras encontré a Clarita algo cambiada. Como si le hubieran hecho algo en mi ausencia. No me quiso decir nada. No soltó ni una palabra. Sólo lágrimas. Lo único claro era que había dejado de ser tan pudorosa. Ahora andaba en pantalonetas, mostrando más pierna de la que tocaba, y se bañaba ahora sin calzones (eso lo supe espiándola a través del marco de la puerta, porque llegué de Caracas bien necesitado).