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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXXV

XXXV Hoy estoy contento. No solamente soy Secretario General del Partido, sino también comandante. Me acaban de promover a comandante de columna. Son treinta hombres bien armados, obedientes y decididos. El comandante Macario me los entregó bien disciplinados. He decidido bautizar “León Trotski” a mi columna. Creo que hago un sentido homenaje a un revolucionario del que nunca pude terminar su dichoso libro, porque escribía enredadísimo. Pero el comandante Macario me dice que le parece algo incongruente, dada mi admiración por Stalin. Puede que sea cierta su acotación. Stalin vetó, persiguió y finalmente masacró a Trotski. Pero eso no me importa. A veces la gente tiene que morir en el proceso revolucionario. Además, considero que en el fondo Stalin admiraba a Trotski. La admiración, el odio y la envidia suelen ir juntos. Estoy dichoso. El campamento entero está bailando. Las novillas están bien sabrosas. Las estamos asando al estilo llanero, acompañándolas con cerveza. Clarita me mira con ternura. En sus ojos claros, dulces y diáfanos veo no sé qué tipo de gratitud, no sé qué tipo de cariño.