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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXXI

XXXI (1/2) Parece que me estoy encariñando con Clarita. Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. La deseo. Pero sufro mucho, porque es intocable. El comandante Macario me ha dicho muchas veces que ni se me ocurra desvirgarla, que vale mucho así enterita. A mí me dan ganas, unas ganas terribles, porque me producen mucha zozobra. Sí, se parece mucho a mi hija. A la que tenía por hija, porque no me llama ya ni por Año Nuevo. Con mi hija también me pasaba lo mismo. Me ponía cachondo, sobretodo cuando le llegó el desarrollo, y se puso una mamacita. Les juro que nunca le hice nada, aunque no me faltaron ganas. Fue por ella que volví a entrar a una iglesia. Sí, no hablaba con un cura desde que estaba en bachillerato. Entré y me confesé, le dije que mi hija me ponía muy calenturiento, que tenía unos pechos mejores que los de la mamá, y una cola como de venadita, paradita y cafecita. Sí, que era una trigueña muy buenamoza. El cura fue comprensivo, pero severo al mismo tiempo. Me dijo que era el colmo, que eso no agradaba a Dios. “¡Claro que no le agrada a Dios, padrecito, es a mí al que me agrada mucho”, pensaba yo, mientras él me hablaba de moral, de libre albedrío, de la continencia, de las ventajas de ser casto, del Reino de los Cielos. Fue tan convincente la cháchara que terminé haciéndole caso, así mi Toyita estuviera muy buena. Así es. Cuando veo a Clarita me acuerdo de Toyita, aunque no se parezcan. Mejor dicho, se parecen en su temperamento. Y ahora que ya mi hija no me llama, pues agradezco mucho que esta niña me lave la ropa, me haga de comer, me acompañe. Es que, cuando uno está viejo, la soledad es muy dura. Y es mucho menos llevadera. Yo espío a veces a Clarita, mientras se baña. Me gusta ver su cuerpecito chiquito y elástico, como de lagartija. Nunca he podido verla del todo, porque es tan pudorosa que se baña con calzones. Pero sí me ha dado el gusto de mostrarme los senitos. Deliciosos. Mucho mejores que las pepas arrugadas de la compañera R.