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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXXI

XXXI Después de estar unas semanas en Tame nos mandó el comandante Macario a Saravena. Pasamos por Cusay, por Fortul, por El Diamante. Nos veíamos con mucha gente venezolana. Gente muy querida, que nos surtía de todo lo que necesitábamos. En una de esas volví a ver al comandante Fariña, con el que me tomé unas buenas cervezas. Tomé mucho, por tristeza, por calentura y por nostalgia, por mis dolores de pecho y de huevos, por mis tristezas y mis desengaños, hasta que no supe dónde estaba. Me contó Clarita que me bajaron completamente borracho de la avioneta, al llegar a Saravena. Estuvimos varios meses en Saravena. Teníamos platica, y arrendamos una casa pequeña pero limpiecita, bien ordenadita. Lo más chistoso es que la que nos arrendaba era la mamá de un soldado, pero esa señora era como se dice un pan de Dios, muy amable y confiada. Vivía lejos, me parece que en Yopal, y nunca se apareció, porque le pagamos todo por adelantado. Me tomé ese tiempo como una especie de luna de miel, aunque nunca hicimos nada con Clarita. Todo se limitaba a que Clarita me servía el desayuno y me pedía permiso, cogía la olla con agua caliente de la estufa, se iba para el baño y, después de ponerle tranca a la puerta (seguro el comandante Macario le había metido miedos), se encerraba allí por unos minutos. Yo al me excitaba de sólo oírla, de escuchar cómo orinaba, de imaginarme su cosita. A veces le daba por cantar, mientras yo seguía en la mesa, quemándome por dentro. En esas ocasiones, aprovechando que teníamos hartas servilletas, me hacía la paja escuchándola a ella.