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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXVII

XXVII Estos días en la finca me han llenado de nostalgia. Me acuerdo del compa Efigenio, con su machete al cinto, recogiendo café. Sudoroso, con la frente quemada por el sol, con esas manos grandes y hechas para el trabajo. Pobrecito. Siento un poco de culpa, porque yo fui el que lo metió en eso. Alguien podría decir que yo fui el causante de su muerte, porque lo involucré en el partido y se lo puse en bandeja al comandante Macario, que le lavó el cerebro, y a la compañera R, que parece que lo consentía mejor que la finada Rosaura, la mamá de sus niños. Pero también se podría afirmar que los que lo mataron fueron ellos, porque lo adoctrinaron mucho. Antes de irse recitaba como loro todos los panfletos del partido, y se había leído más libros que yo en casi cuarenta años. También puede ser que el compa Efigenio se haya labrado su destino solo, por ambicioso. Nadie le dijo que creara su guerrilla. Nadie le dijo que leyera las huevonadas del Che Guevara. Nadie le dijo que se fuera. Él se quiso ir. Debió haber hecho las paces con mi comandante. Hasta hubiera podido recibirse de médico, como quería. Y no le faltaba inteligencia. Pero el Efigenio era muy terco, y tenía ya el cerebro frito con lo del “Hombre Nuevo”, con eso de “la necesidad de erradicar el monocultivo” y me tenía seco con lo de “la estructura colonial de América Latina”. Definitivamente, cada cual se labra su destino.