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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXVI

XXVI Antes de ir a la finca me pude tomar un cafecito en el pueblo. Casi me voy de espaldas cuando en las judiciales leí que habían dado de baja al compadre Efigenio. Ahí estaban las fotos: en la de arriba salía hasta buenmozo el pobre. Se parecía a su ídolo, al Che Guevara, sólo que medio mueco y con un bigote ceniciento. Con boina y todo. En la de abajo salía acribillado, con la cara hasta deforme y los ojos aún abiertos, como suplicando algo. Por lo que se decía en el periódico, llevaba un tiempo haciendo escaramuzas por los lados del Guaviare. Había hecho una emboscada fiera, con unos pocos milicianos, y había despachado como a 17 soldados. Los sobrevivientes habían relatado que les había dado una arenga antes de soltarlos, invitándolos a “sumarse a la causa revolucionaria”. Obviamente ninguno le hizo caso. Entonces se puso bravísimo, y mató a un teniente que había entre ellos. A los demás les dijo que si los volvía a ver no los iba a tratar con tanta holgura. Dizque se fueron de ahí despavoridos, a tal punto que uno se mató. Sí, como que se desculó por un abismo. También se decía que era conocido como “alias Murciélago”, porque atacaba de noche. Yo creo que era también porque le faltaba la dentadura. En serio. Cuando se reía, el compadre Efigenio parecía un chimbilá. Que le dio caza el Batallón no sé qué. Que le bombardearon el campamento de lo lindo, durante más de media hora. Ahí habían muerto todos menos él. Todos, hasta una tal Sonia, que era como su compañera sentimental, según decía la crónica. A él lo habían atrapado cerca de una quebrada, cansado y cojeando. Que dizque había tenido la cachaza de decirles que no lo fueran a matar, que él les iba a pagar muy bien si lo dejaban libre, porque iba a recibir dineros de una ONG de Holanda. Como que no le creyeron, porque lo dejaron cual colador.