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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXV

XXV En Bogotá reclamamos el dinero. Nada mal. Nos cumplieron los cubanos. Lo primero que hicimos fue buscarnos ropa nueva. Yo me afeité la barba, para despistar a las autoridades. Máxime cuando ya andaba circulando un retrato hablado de nosotros. Ese chino Barros nos la puso difícil. Desgraciado. Luego arrendamos un apartamento en Bosa. En realidad era una casa grande, que la dueña tenía medio descuidada, pero que pronto convertimos en un Cuartel General bastante bueno. Reclutar gente se nos dio más fácil, porque por la plata baila el perro. En menos de dos semanas ya teníamos unos veinte muchachos, bastante diestros. Muchos ya tenían experiencia en el manejo de armas, porque habían trabajado con traquetos de la zona. Uno inclusive había sido paramilitar. Al doctor Rojas, es decir, al comandante Macario, le dio curiosidad. El jovencito nos dijo que se había cambiado de bando porque nosotros pagábamos más. Lo siguiente fue conseguirnos un enlace en la Universidad. Apareció una jovencita menuda, huesudita, de pelo castaño y ojos verdes. Nos dijo que su papá había sido del M-19, y que lo habían matado cuando estaba siendo campaña a concejal en yo no sé dónde. Que por eso nos ayudaba. El comandante y yo vimos en ella un diamante en bruto. Una verdadera joya.