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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXIII

XXIII Volvemos a Colombia. El MIERDA obtuvo ocho mil dólares y armamento suficiente. Las armas no las iban a hacer llegar por Venezuela, yo mismo sería el enlace en la frontera. Sí, esos negocios los atendía antes el chino Barros, el soplón. Traidor. Bonito debe estar viviendo. Hoy he sentido unos dolores en el pecho. Pero no creo que sea por el miedo a montar en avión. Sí, me da mucho miedo. Menos mal nunca viajo. Obviamente, para disimular que tengo miedo digo que es que sufro de angina. Pero eso es mentira. Otra mentira más. Como cuando le decía a Delia que no tenía nada con la profe de Literatura, que eso eran puras habladurías de los colegas. O como cuando digo que amo mi finquita. Puras mentiras. Estoy aburrido de ese potrero inmundo, de ese peladero ingrato, de esa casa tan chambona que se está cayendo. Lo que pasa es que los mamertos mentimos tanto que también nos mentimos a nosotros mismos. Estos dolores deben ser porque la tensión me ha subido. Debe ser por tanto agite. Como si uno ya no estuviera para esos trotes. Y eso que estuve tranquilito, sin hacer mayor esfuerzo físico. Con la prostituta me fue bastante mal, porque resultó ser un travesti. Yo estaba todo emocionado, qué morena, qué talle, qué cuerpo. Esos labios carnosos, insaciables. Pero luego vino lo feo. La señorita se fue también calentando. ¡Tremenda palanca! A mí me dio miedo y empecé a gritar. Pero a uno a esta edad no le creen ni los gritos. El tipo asumió que yo estaba excitado con el asunto. Me puso boca abajo y me empaló. Así nomás, sin anestesia. Yo empecé a llorar de la rabia, pero terminé llorando también de gratitud, porque llevaba muchos años sin tener sexo. El sexo que fuera. El se puso tierno y me clavó una vez más, gratuitamente. Yo seguía llorando, entre humillado y agradecido. Es que, a falta de pan, buenas son tortas. Lo peor fue cuando entró al hotel mi comandante Macario. El tiene casi veinte años menos. Él no entiende estas cosas. La gente más joven que uno es como que más drástica, menos flexible. Me miró como si yo fuera un esperpento. El travesti se quedó quietico, como se queda un niño sorprendido por la mamá cuando le está metiendo el dedo a un pastel. Yo, lloroso y moqueando, feliz y al mismo tiempo triste, satisfecho y adolorido, sólo atiné a gritar: “¡Que viva el partido comunista, carajo!”.