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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXII

XXII No puedo creerlo. Definitivamente no le caigo bien a nadie. ¿Será estar solo y sin amigos el destino de un mamerto? No me han puesto atención las meseras, por más que les sonrío y les hago ojitos; una de ellas se puso brava porque le ofrecí unos euros; otra sí me los aceptó, pero se fue sin darme nada. Ni siquiera me dio las gracias, sólo me miró con asco. Tan cínica. Tampoco me han hecho caso las estudiantes. Por más que poso de intelectual. Debe ser que saben distinguir entre los intelectuales de verdad y los que posan de intelectuales. ¡Malditos intelectuales! Una hasta soltó una carcajada cuando le mostré el Diario Oficial del partido. Tampoco las revolucionarias, las camaradas. Cuando las invito a un trago miran a un lado y salen corriendo. ¿Por qué no les intereso? Llevamos casi dos meses, y nada de nada. Así es que decidí buscarme una compañera menos exigente. El comandante Macario me lo había prohibido expresamente, me había dicho que la prostitución era ilegal y que degradaba la moral. Que se perjudicaba la disciplina de partido, que no sería correcto, “máxime cuando el gobierno cubano va a ayudarnos con armas y pertrechos”. Pero la verdad hace rato que el comandante Macario perdió su autoridad conmigo. Todos estos días lo he visto con la una y con la otra. Sí, hasta con una familiar del comandante Fidel. ¿Es que acaso se cree el único con derecho a desfogarse? Un catedrático que tuvimos que silenciar decía que eso era típico de los jefes comunistas: ser más jerárquicos y dominantes que las propias élites burguesas. Que les gustaba mandar, imponerse, “rendir culto a su personalidad”. Cuando lo escuché por primera vez sentí mucho odio. Cuando lo mandamos a chupar gladiolo a mí me pareció que callábamos a un capitalista peligroso. Ahora me pregunto si no habrá sido un error. El tipo estaba más o menos en lo cierto, ¿no? Definitivamente, y después de lo que he visto acá en Cuba, no quiero ser 100% comunista. Sólo ser mamerto. Acá sólo hay comida para los dirigentes del partido. En abundancia. El resto de gente tiene que mendigar hasta jabón. Los botones del hotel me piden lapiceros y cuadernos para los hijos. Uno de ellos hasta me regaló una artesanía, agradecidísimo, porque le di el plato de mi comandante. Es que él estaba haciendo de las suyas con una señora del aseo, y el plato ya se le había enfriado y nada que llegaba, y a mí siempre me ha dado pesar desperdiciar la comida.