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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XXI

XXI Ayer llegamos a La Habana. Me sentí muy importante, muy reconocido. Nos llevaron a un salón lujoso, como me gusta. Eso sí es vida. Bailamos y comimos toda la noche. Vi de lejos a Raúl Castro. Me sentí como en televisión, entre gente importante. A todos les dije con orgullo que era Secretario General. Como me daba algo de vergüenza decir que era Secretario General del MIERDA, preferí decir que nuestro movimiento se llamaba MEA, Movimiento Emancipador Americano. Traté de quedar en todas las fotos que pude, aunque el comandante Castro como que se estaba fastidiando. Parece que no le gustamos mucho. Debe ser porque ya no tenemos el apoyo de las guerrillas, porque vamos por nuestro lado desde lo de la compañera R. Pero no importa. Cuando uno es mamerto pierde el pudor. Lo que digan de uno, a uno no le importa. Cuando fui a pedirles más helado a las chicas de la cocina, me encontré con el comandante Macario muy amacizado con una de ellas. Luego se fueron a un cuarto, y yo los seguí, entre curioso y necesitado, a ver si me tocaba una pruebita al menos. Como cuando los perros se acercan a la mesa. Esperando que dejaran algo. Empezaron a hacer unas cosas que para qué les cuento. Me dio mucha envidia. Pero nada. Me volví al salón. Había mucha gente. De Argentina, de Nicaragua, de Bolivia. Yo estaba vestido con mi mejor pinta. Quería parecerme a Stalin, o al menos al mariscal Tito, por lo que me gasté un montón de plata mandándome a hacer un traje antes de viajar. Pero ni así. El único que me puso atención fue un tipo medio raro.