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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XVIII

XVIII Nos quedamos también sin el apartamento. Igual que con la casa donde murió la compañera R. Lo allanaron, lo requisaron (buscando la guaca, je, je, pero les hicimos pistola, porque antes de irnos nos trajimos todo para acá), nos lo quitaron. En las noticias salió un periodista diciendo dizque éramos un grupo peligroso, que éramos muchos, que íbamos a desestabilizar al gobierno. Parecía que hubiera escuchado al mismo comandante Macario, estaba repitiendo su propia retahíla. La verdad es que no teníamos ni para hacer una campaña de tres días. Pero el periodista ése parecía haber leído los discursos más optimistas de mi comandante. También salió en televisión una vecina diciendo que siempre había desconfiado de nosotros, sobretodo de “un tipo flaco, bigote de brocha, de pelo medio largo”: ¡del compadre Efigenio! Y que “nunca había querido saber” de nosotros. Que le parecíamos “unos montañeros, maleducados y guaches”. Ahora entiendo porqué volteaba la jeta cada vez que yo la saludaba en el ascensor. Pero al menos soy Secretario General. Eso nadie me lo quita. El vecino vendió la finca. Sí, parece que se fue del país. Ahora andan ahí unos tipos raros, que hacen unas fiestas tan tremendas que no podemos pegar el ojo. Traen grupos vallenatos, se bañan borrachos en la piscina. A mí se me hace agua la boca viendo esas nenas con las que andan. ¡Qué mujeres tan bellas, y tan busconas, con esas tetas al aire y esas tanguitas! Me gusta verlas con los binoculares. Son de todos los colores, de todas las razas. Mi favorita es una negrita, una actriz que sale a veces en una revista que me prohibió comprar el comandante Macario, dizque por “decadente y burguesa”. Lo que sí veo ahora imposible es quedarme con esa finca, porque esos tipos andan siempre bien cuidados. Sí, por unos gorilas con pistolas automáticas y subametralladoras. Y son muchos esos guardaespaldas. Así que ni modos. Por lo menos mientras llega la dictadura del proletariado.