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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XVII

XVII El comandante Macario accedió por fin a nombrarme Secretario General. Estoy dichoso por eso. ¡Al fin, por fin logré ser Secretario General del partido! Lástima que nomás seamos nosotros dos en la colectividad. Pero él me dice que no es problema, que me acuerde de los tiempos de unos tales Martov y Plejanov, cuando, según él, “éramos muy pocos”. Y remata, confiadamente: “Llegará el día en que seremos millones”. Yo le hago caso, para no desilusionarlo, pero me entrego a la duda porque en verdad el hecho que seamos dos me motiva poco. Así ni siquiera se puede hacer la toma de una vereda. Mucho menos un golpe de Estado, que es lo que planea mi comandante. A mí me devoran las dudas pero yo no digo nada, solamente muevo la cabeza y le digo que sí. Al fin y al cabo soy un Don Nadie. Soy un mamerto. Lo que sí me tiene a la expectativa es la posibilidad de ir a Cuba. ¡Una morenita de esas, que parecen modelos!...ya llevo muchos años en sequía absoluta, en los que nada de nada. No me dan ni un beso. Yo me cepillo bien los dientes, y uso enjuague bucal, pero algo debo tener que asusto a las muchachas. ¡Pero van a ver! Ahora que soy Secretario General, sólo bastará con que me presenten para que las cubanas se derritan por mí. El poder es el mejor afrodisiaco. Por eso necesito que el partido sea poderoso. Porque a este paso, con sólo dos miembros, no me voltea a mirar ni un gato.