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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XVI

XVI Ya llevaba siete días sin escribir. Ahora retomo el diario. Sí, preferí dejarlo en Diario, porque para Historia este cuento no da la talla. Además, como me da tanta pereza leer, y no hay tiempo para escribir, y como el mamotreto ese de Trotski se me hace definitivamente muy enredado, pues ahí preferí mandar todo al carajo. Sí, me quedé sin Trotski y sin historia, pero dueño de mis asuntos. La investigación de la muerte de la compañera R nos puso en aprietos. La policía rastreó todo, y dieron con la identidad del comandante Macario. Nos aventó el chino Barros, el mensajero. Ahora el gobierno le anda pagando a los delatores. Como quien dice, a los sapos les va mejor que a los mamertos. Ya me imagino al muchacho ése, feliz de la pelota, por allá en algún país desarrollado, gozando su recompensa, burlándose de nosotros. Nos tocó arrancar para acá. Sí, para la finca. No se me ocurrió nada mejor. Finalmente acá no hay casi fuerza pública. Y tenemos con qué comer: plátano, aguacate, yuca, papa, guayaba, papaya…La platica de la pensión se está yendo rápido, pero qué puedo hacer. El comandante me dijo que no era prudente, por el momento, secuestrar a nadie. Por fortuna vivo solo. Si no estuviera solo desde hace un mes, ya estaríamos de limosna. Sí, se fue el mayordomo, con toda su familia. ¡Malagradecidos! Sí, nadie me quiere. Ni siquiera mis hijos, a los que crié esperando que me fueran a cuidar en la vejez. Sí, es cierto el refrán. Uno cría cuervos y le sacan los ojos. El comandante Macario está muy agradecido. Dice que la clandestinidad a veces es mejor, que sentirse buscado le da más motivación, más ganas de “entregarse a la lucha armada”. Que se siente como Ho Chi Minh. Otras veces le entra el miedo, porque sabe que sólo somos dos, y que nos acribillarían. En esas ocasiones dice que se siente como Lenin. Yo le contesto que sí, que él es como Lenin, un político. Y que debe ser como Lenin. Prudente. Que debe esperar para dar el zarpazo. Obvio. No voy a ser tan tarado como para alentarlo a la lucha armada. Ya no estamos para ésas. Yo he perdido mucha fuerza en los brazos. Hasta me costó matar a la muchachita esa, la que me gritaba que no la fuera a violar, que respetara que era virgen, que tuviera compasión. Gritaba y lloraba mucho, y yo sólo le estaba pasando las manos. Con cariño paternal. Pero ella gritó tanto que puso alerta al vecino, y antes que nos cayera la policía me tocó ahorcarla. Fue difícil, como les dije. La condenada se revolvía como animal salvaje. Me llegó a gritar que tuviera piedad por el amor de Dios. Ahí fue cuando el comandante Macario le pegó el tiro, porque él no soporta que le mencionen a Dios. Ya muerta no tuve deseos de tocarla. Con todo y que la empelotamos, para quemar la ropa y descuartizarla. Así es más difícil que la encuentren. Sí, así nos enseñó el comandante Eliodoro, al que mataron por allá en Valledupar. Uno deja una mano en un sitio, una pierna en otro, y así. No hay pruebas en caso de que a uno lo capturen. Y la familia del secuestrado siempre tiene la ilusión de volverlo a ver, por lo que paga dos y hasta tres veces el rescate. Es negocio redondo. Eso sí, la cabeza y el tronco hay que dejarlos bien enterrados, bien profundo, porque el olor atrae mucho a todo tipo de alimañas.