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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XV

XV Pero lo que me salvó de un nuevo golpe fue que el compadre empezara a insultar al comandante. Le dijo que era un tal por cual maoísta, un prochino de mierda (me volví a reír cuando escuché esto, a propósito del Movimiento Independiente Emancipador y Revolucionario de América recién fundado), un torcido, un abusador y un palurdo. Y justo cuando el comandante Macario se estaba poniendo rojo de la ira, y ya le estaba levantando la mano, el Efigenio se envalentonó y le quebró una silla en la cabeza. Sí, la sillita que yo usaba para sentarme a mirar por la ventana, todas las tardes. Era parte de mi labor. Cuando vi que ya no tenía el tino de antes, el buen ojo, y que no podía bajarme ni un policía, yo mismo renuncié a esa función y me dediqué a ser campana. Sí, mirar a la calle, captar si había movimientos sospechosos, avisar si había moros en la costa. Hasta ahí llegó mi sillita. Quedó convertida en leña para el fogón. No les niego que me pareció atrevido el compadre Efigenio, pero tampoco les niego que me gustó lo que hizo. Ya el comandante se había pasado de la raya. Yo me quedé sentado, petrificado en mi puesto, esperando a ver qué pasaba. Efigenio me dijo que él se iba, que él si tenía bien claro lo suyo, que iba a ser médico y que iba a fundar un movimiento guevarista. Cuando el comandante Macario estaba apenas volviendo en si, el compadre Efigenio ya había hecho maletas. Ahí tenía sus obritas del tal Che Guevara, que nunca me cayó bien (a ningún estalinista de verdad le cae bien), su ruana y sus dos camisas bien planchaditas, tal como se las había dejado la compañera R. Me preguntó que si me iba con él o me quedaba con mi comandante. Le contesté que me iba con él si me nombraba Secretario General, porque con el comandante Macario no había obtenido ningún ascenso. El compa Efigenio sólo atinó a mirarme como con desprecio, pero al mismo tiempo con cariño. No sé, fue una mirada compasiva, o algo así. El comandante Macario alcanzó a decirle que no se fuera, que la división debilitaba al partido, pero el compa se marchó resuelto. ¡Tremendo portazo!