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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XLII

XLII A Clarita y a mi hijita me las mataron el mismo día, como si hubiera sido a propósito. Qué cosas tan raras las cosas del destino. Sí, eso no puede ser pura casualidad. Ellas dos estaban unidas. En mi mente, en mi corazón, en el mismo corazón del Universo. Porque el Cosmos está hecho de energía. Dios no existe, se los aseguro. Es pura energía. Materia y energía. El Cosmos siempre ha existido, nunca fue creado. Y desde el inicio todos tenemos marcado nuestro destino. A mis mujeres el destino se las llevó: a mi mamá por un cáncer de seno, a Delia por los celos, a Clarita y Toyita por mi amor al partido. Las mataron los paracos, de eso estoy seguro. A Clarita le cayeron cuando iba a comprarme los medicamentos. Sí, tengo la presión altísima, y también diabetes. Estoy para los chulos. Pero por alguna extraña razón no me he muerto. En fin, la muchachita iba para la farmacia y ahí le soltaron la ráfaga. Fue con una ametralladora pequeñita, eso me dijeron los vecinos. La pobre estuvo agonizando un buen rato. Yo alcancé a ponerme los pantalones y a bajar, a salir a la calle, a verle la carita por última vez. Nunca llegó la ambulancia. A veces pienso que todo se paga, cuando me acuerdo de las ambulancias que baleábamos en el Tolima, porque no hacían caso de nuestro toque de queda. Matamos varios médicos. Jamás nos importó. Así dijeran que era un crimen de lesa humanidad los del gobierno. Guerra es guerra. Con Toyita nos habíamos reconciliado hacía unos meses. Me había venido a ver desde los Estados Unidos. Su esposo no quiso venir, ni mis nietos. Son unos tontos. A uno deben perdonarle los errores. Nos habíamos reconciliado y la habíamos pasado muy rico esa semana que estuvo en Colombia. Por lo que percibí, Clarita le había caído bien. La mataron cerca de su casa, en Miami, cuando se dirigía al gimnasio.