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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XIX

XIX ¡Ya tengo el pasaporte! Pronto estaremos llegando a La Habana. El comandante Macario está preparándose para recibir su curso de “táctica militar revolucionaria”. Yo estoy haciendo mucho ejercicio. No para el entrenamiento, sino para lucirme en la playa. Así me levanto una buena morochita. Ahora sólo falta que a mi comandante le hagan todos los arreglos, para hacerlo inidentificable. Hoy vino una peluquera, que lo dejó distintísimo. Por la noche vendrá un tipo que trabaja en una notaría, con todos los documentos que necesita. Ya no será más Macario Rosado, sino Marcelo Rojas. El doctor Rojas. Sí, el comandante se va a hacer pasar por un psiquiatra pendejo y gagá, medio huevón y borrachín, que era sindicalista. Lo conocimos una vez en el Casanare y nos hicimos muy amigos. Él dirigía una célula del partido en Cali. Ya murió, y sin tener “la satisfacción de ver consolidado el triunfo”, como le gustaba decir, pero en todo caso nos va a ser útil. Ya ve, hay gente que sigue siendo útil hasta después de muerta. La viuda nos facilitó los papeles, y el notario hizo lo suyo. Acabo de terminar una biografía de Stalin. Admiro mucho a ese hombre. Una biografía de bolsillo, claro. Si un libro es largo no hago ni el esfuerzo de empezarlo. Sé que nunca los termino. Por eso me encantan los panfletos, los libros de bolsillo y los artículos del periódico. Así es como nos instruimos los que no somos intelectuales. ¡Malditos intelectuales, tan creídos, con toda su sapiencia! No va a quedar ni uno, el día que triunfemos. ¡No vamos a dejar ni uno!