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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XIII

XIII Malas noticias de la compañera R. Se le estalló la bomba. Quedaron muertas las tres. ¡Qué tragedia! El chino Barros, que le hace mandados al comandante Macario, fue el que nos contó. Prendimos el televisor. Hasta el dolor se me pasó al ver semejante tragedia. Mejor dicho, cambié de dolores: ya no me molestaba el cuerpo, sino el alma. Definitivamente el alma existe, así se burlen de ella los compañeros. Yo soy medio bestia para esas cosas, por eso prefiero creer que no existe nada de eso, para no complicarme la vida. Pero hoy, preciso hoy, pienso que ojalá existiera el alma. De lo contrario, la compañera R habrá acabado para siempre. Los periodistas exageraron, como siempre. En realidad no hubo graves daños materiales. Sólo se rompió la ventana donde estaban ellas. Ni siquiera había mucha sangre. Lo que mostraron fue poquito. Ahí estaba la compañera Rusia, con su cabeza rucia, como desnucada contra la pared. La parte izquierda de la cara la tenía medio quemada. Una de las muchachas estaba llena de esquirlas, con un ojo apachurrado. La otra fue la que llevó peor del bulto. Se veía feo el cadáver. Pero sólo lo mostraron en el noticiero del mediodía. Ya en los de la noche no lo volvieron a mostrar. Estaban en la casa que el comandante Macario le había conseguido a la compañera R para que entrenara a las dos nuevas reclutas. Sí, a ella le iba mejor reclutando. Es que con mi barba, mi forma de hablar y mi presencia los jóvenes como que se espantan. Eran dos estudiantes de pedagogía. Una era hasta inteligente, me hablaba del Capital muchas veces. La otra sí era bien tarada, y al inicio creía que su compañerita era una burguesa y que le gustaba el capitalismo, hasta que ella misma le explicó que era un libro de Marx. Entonces dijo sí conocía a Marx. A Groucho. Que era un gran comediante. Que le daba mucha risa, así fueran en blanco y negro sus películas. Hasta le pidió que le prestara el libro, porque se lo imaginaba comiquísimo. Mucha imbécil. Aunque ahora que lo pienso, ojalá los libros que nos obligan a leer a los mamertos tuvieran algo de gracia. Que no fueran estas cosas largas, pesadas, insoportables. Que no fueran tan aburridos. Malas noticias de la compañera R. Pobrecita. ¡Y nunca me la pude llevar a la cama! ¿Así seré de feo?