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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, XII

XII Pero más que la demanda, lo que me duele es que los profesores que tuve a mi cargo no me recuerden con cariño. Los he intentado visitar, después de jubilarme, y algunos ni me han abierto la puerta. ¿Por qué no me perdonan? Es cierto que les pagaba tarde, y que era feliz gritándolos, y que me sentía el mandamás en ese pueblo. ¿Pero qué querían? Yo era casi una autoridad en el pueblo. Después del alcalde y el inspector del policía, yo era el más importante. Pero como me faltaban porte y elegancia, y tenía fama de regañón, no era el favorito de las muchachas. Para nada. Se iban corriendo cuando me acercaba a ellas. Hasta me miraban mal. Yo me sentía triste, porque creía que no me querían por ser medio calvo, o por ser barrigón. Una vez la profesora de Literatura, a la que hice abortar, me dijo que a las estudiantes no les caía bien porque gritaba mucho. Eso me consoló un poquito. No era por mi calvicie, ni por mi gordura. Dique por gritón. Es que eran muy diferentes las muchachas de ese pueblo. En mi tierra, y en mis tiempos de juventud, sí le paraban a uno bolas si uno gritaba. También creo que me tildaban de viejo verde porque no tenía la plata del alcalde. Como él si tenía dinero, así fuera sesentón, no era un viejo verde sino un “amante maduro”. Un “hombre interesante”. Maldito. ¡Que se mueran los alcaldes! Un día de estos tendré dinero, mucho más que ellos. Seré Secretario General y saludaré marcialmente, y me daré banquetes como los que se daba Stalin, y me desquitaré de todos los que me humillaron. Aquí estoy, leyendo un mamotreto incomprensible, curándome del golpazo que me dio el comandante Macario, mientras él pasea por La Habana. Qué doloroso, qué triste es a veces ser un simple mamerto. Ya ni Efigenio me atiende, porque está escuchando la radio mientras trabaja y suda, y sueña con quién sabe qué cosas. A mí me da rabia. ¿Dónde está, dónde está la compañera R? Siempre estoy solo. Miro mi infancia y estoy solo. Miro mi juventud y, pese a estar en fiestas y rodeado de gente, estoy solo. Miro mi adultez y estoy terriblemente solo, especialmente desde que Delia me dejó. Nadie me quiere. Ni siquiera mis hijos me quieren. ¡Alguien tiene que quererme!, ¡al menos el partido!