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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, IV

IV Mirando el modelo que me recomendó la compañera R, me doy que cuenta que hay que describir nuestra organización. Porque una cosa sí tengo claro, y es que sin organización no somos nada. Dicen que con organización tampoco, pero los que dicen eso son nuestros enemigos. Yo los mandaría al paredón. Pero como son tantos tendría que ser un paredón grandísimo para fusilarlos…no sé, tal vez la Muralla China. Yo no conozco esa muralla. No he salido del país, porque nunca he sido bueno para ahorrar. Con lo que me da el partido podría ir juntando un dinerito, me dice mi hermana. O podía guardar algo de la pensión. Pero a mí se me va todo en proyecticos para el partido, aquí y allá, y en cerveza de vez en cuando. Por eso siempre ando con una mano adelante y otra atrás. Sí, soy casi pobre, con todo y que tengo el sueldo del partido, y mi pensión, y lo que nos queda del último secuestrado. Por eso le tengo envidia a mi vecino, porque a él sí le rinde la plata. Pero bueno, espero que un día de estos el partido me de un viaje gratis. El comandante Macario viaja cada rato. Ya no viaja a Moscú, ni a Budapest, ni a Praga, porque dice que a esos lados llegó la plaga de la democracia, y que se acabó el partido. Pero sí va mucho a La Habana. Yo quisiera ir a La Habana. Pero no para estudiar. Me da mucha pereza. Prefiero escuchar al comandante. De ir, iría a bañarme en el mar. No sé cómo es el mar. Y me gustaría hacerle el amor a una morochita, de esas que son como modelos. Cuando le digo eso al comandante él se pone bravo y me grita, y a veces me pega, y me recuerda que hay que tener disciplina. Disciplina de partido. Disciplina y organización. Organización y disciplina. Pero no sé por qué hace tanto escándalo, si él nomás tiene dos mujeres, y se aprovecha de la compañera R. Es que a uno le ven la cara de tonto, y se la montan. Bueno, volviendo al cuento, somos cuatro: el comandante Macario, que firma Makarenko por no sé qué vanidades. ¿Qué firma? Un montón de cartas y discursos. No es capaz de hacer un libro, sino cartas y discursos. El libro me lo dejaron a mí, claro, porque a mí siempre me la montan. Está la compañera R, que se llama Rusia; en la vida real se llama Francia, pero se cambió el nombre a Rusia que dizque porque no comulgaba con las cosas francesas y porque su madre se la había tirado con el nombre. Yo no me meto en esas cosas, pero creo que Rusia es peor, porque la gente cree escucha el nombre y cree que es Rucia, es decir, de pelo gris, y resulta hasta chistoso porque la Rusia, es decir, la Francia, está ya medio canosa. Por eso prefiero referirme a ella como la compañera R. Suena como a película de espías, ¿no? Uno, dos, tres conmigo…ah, sí, y el cuatro es el compadre Efigenio, el que no tiene dientes. Ese ni supo que hacía parte de la organización cuando ya estaba reclutado. Medio bobito, crédulo. Un iguazo. ¿Recuerdan lo difícil que era reclutar gente joven? Pues, como no pude convencer a ningún universitario, busqué al compa Efigenio. El era muy ingenuo. Sólo sabía cultivar. Ahora ya es distinto. Se está preparando. El comandante le está enseñando a leer, y me pide a veces que le deje leer las actas. Yo se las presto. Efigenio a veces me mira raro, me pregunta por qué no trabajo. Yo no le contesto, porque me gusta callar. Por prudencia hay que tragarse el sapo. Pero un día de estos, si llego a ser Secretario General, lo proscribo. Que se vaya al exilio. Lástima que Siberia quede tan lejos, y que cueste tanto el avión para allá. Con esa plata, mejor lo fusilamos y me doy un viajecito.