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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, III

III Como les decía, no pude ni con Derecho ni con Medicina. Entonces intenté Antropología. Lo hice así por orden del comandante Macario, que me dijo que no estudiara Psicología porque la psique no existía, que era una ciencia idealista y que iba en contra del materialismo, y otras cosas que no le entendí, porque el comandante si lee, y yo no. Por eso es que él es comandante, y yo solamente el bobo, el mamerto. Algo también me dijo la compañera R, algo así como que los psicólogos valoraban la individualidad, que respetaban las diferencias, y que eso era intolerable para el partido. Yo no entendí bien ese argumento, pero le obedecí, porque de eso se trata la disciplina del partido. Y empecé Antropología. Me regañaron muchas veces por bostezar en clase, y nunca pude terminar los libros que nos tocaba. Fui perdiendo materias. Al comienzo me parecía que las asignaturas que perdía eran poquitas, y que repitiéndolas el siguiente semestre me bastaba para nivelarme…pero se me fue creciendo la lista. Al cabo de ocho años, y viendo que no podía pasar de séptimo semestre, me tocó retirarme. El comandante Macario estaba bravo. Me decía que no podía ser tan bruto. Que un poquitico sí, pero poquito, lo suficiente como para pertenecer al partido. Pero no tan bruto. Que yo tenía que educarme, porque ya no se podía estar por ahí asaltando bancos. Que tenía que educarme y codearme con la gente educada, con la maldita burguesía, para poder hacer más fáciles los secuestros. Por fin pude responderles, aunque me gradué siendo cincuentón. En este momento, cuando ya no nos queda casi gente (sí, ya pasaron los buenos tiempos…muchos han desertado…), soy el único universitario en las filas del partido. Por eso estoy haciendo esta historia. Tengo esta misión. Me la encargaron los compañeros muy encarecidamente. Me dicen que debemos tener una historia, para facilitar “las labores de difusión y propaganda”. Perdonen si esta historia me queda fea, o mala, pero es lo que hay. Al escritor lo despachamos el año pasado. Era muy atolondrado. Un soñador. Demasiado idealista, no quiso matar al ganadero ése que habíamos secuestrado. Le faltaron agallas. Nos tocó decirle que se fuera, que se dedicara a sus libros. Él lloraba. Llegó a suplicarnos para que lo dejáramos. Fue la propia compañera R la que se encargó de ajusticiarlo. Hizo bien. Un tipo así suelto en la vida civil es un peligro. Pudo haber revelado nuestros métodos. Entonces, como ven, no tenemos luminarias en el partido. Yo soy el que hace las actas, y el que escribe su historia. Eso me pone contento, porque me siento apreciado por mis compañeros.