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domingo, 4 de agosto de 2013

EL MAMERTO, I

EL MAMERTO I Sí, soy mamerto. Antes me fastidiaba mucho ese nombre, que los intelectuales y los burguesitos emplean para ofenderlo a uno, pero ahora me siento plenamente identificado. Seré mamerto hasta la tumba. Me caen mal los intelectuales, porque son inalcanzables para alguien como yo. Mi inteligencia apenas me da para entender los panfletos que el partido imprime para nuestra instrucción. Me caen mal los burgueses, porque han tenido unos privilegios que a mí me generan mucha envidia. Rencor. Resentimiento. Muchos burgueses ni siquiera son ricos, sino que han tenido unos padres organizados, ahorrativos. A mí me tocó, en cambio, un papá alcohólico y una mamá perezosa. Y ambos eran muy derrochadores. Por eso no tuve nunca un viaje al extranjero. Ni siquiera al mar. Por eso nunca tuve una educación de calidad. Por eso nunca aprendí ningún idioma aparte del español, y eso que hasta lo hablo mal. Sí, balbuceo, no pronuncio muchas consonantes, tartamudeo en ocasiones. Soy un inseguro. Leo poco. De hecho, me caen mal las personas que leen, porque siempre opinan distinto a uno. No tienen disciplina de partido. Claro que, como el partido es feliz fusilándolos y desapareciéndolos, espero desquitarme de esa maldita clase tan pronto se establezca la dictadura del proletariado. No va a quedar ni uno, se los juro. Todos esos jovencitos bien hablados, que han estudiado en universidades caras y se creen ciudadanos del mundo, y que me recuerdan mi propia inferioridad con su mera presencia, serán eliminados. La verdad, no se me dan los libros. Fui un estudiante mediocre. Jamás pude con la Filosofía, por lo que prefiero hablar de práctica política y menosprecio a los teóricos (como menosprecio a los que piensan, porque siempre están discrepando). Me gusta más contribuir en el terreno, como Stalin. Claro que ya ha pasado mucho tiempo desde que asaltaba bancos y mataba gente. Ahora estoy viejo, no puedo contribuir de esa manera. Pero sí de otras. Por eso soy miembro activo, y sueño con ser Secretario General del partido. Un mamerto importante. A propósito, la historia de Stalin la vi en una película. Me gusta el cine. También me gustan Facundo Cabral, la fritanga y la salsa vieja. Los mamertos apreciamos el cine, porque nos evita la molestia de leer. Leer es para la gente culta. Y la gente culta es gente privilegiada, una élite burguesa y consentida, que hay que extirpar. Sí, extirpar. Son el tumor de la sociedad. Me gustan las películas, siempre y cuando no sean desviacionistas ni revisionistas, es decir, del cine independiente, sino las aprobadas por el partido. Porque leer biografías no es lo mío. Es decir, leer no es lo mío. Yo simplemente creo. En el partido, claro. Perdonen si no sé escribir, o si escribo como por retazos. No tengo la culpa. Hay que estar agitando allí, reclutando gente allá, organizando las actividades. Sí, el partido demanda mucha responsabilidad. Somos agentes del cambio. Yo no soy de la vanguardia revolucionaria, porque ya no estoy en edad de aguantar la lucha armada. Por eso soy mamerto. Pero mis palabras son bienvenidas. Soy respetado. En ninguna otra parte me escuchan. Mis hijos no valoran las canas: son de una generación que cree que la vejez no es garantía de sabiduría. Una generación menos manipulable, menos obediente. A nosotros sí nos tocaba ser sumisos con la gente vieja. Yo esperaba que, al envejecer, pudiera mandar. Así como a mí me mandaron. Pero la vida me hizo pistola. Me tocó una época en la que los jóvenes no se dejan intimidar. Por eso tuve que matar a la muchachita ésa, una niña rica que habíamos secuestrada el año pasado. No me obedecía. No me hacía caso. Yo no quería violarla, porque el comandante Macario me lo había prohibido. Yo sólo quería tocarla, acariciarla, y que ella me acariciara un poquito. No crean que por ser un viejo de barba blanca ya no tengo deseos. Me gusta sentirme suficientemente macho. Por eso soy mamerto. Me gusta mostrar que puedo ser peligroso. Me encantaría que la gente tartamudeara del susto ante mi presencia. Que tartamudeara y balbuceara tanto como yo, y más que yo. En el terror ajeno se diluyen las inseguridades propias. No crean que nuestro partido es irrelevante por ser pequeño. Somos pocos, pero selectos. Pero no crean vienen pocos asistentes porque a la gente ya no le interese el partido, sino porque no nos gusta ser mayoría. Nos encanta ser minoría. Así es más fácil pasar de víctimas. Y ser victimarios en la clandestinidad. En fin. Organizando, reclutando y agitando se me va la vida, por lo que no puedo escribir bonito. Me gustaría hacer una historia del partido, como me contó la compañera R que hizo Trotski. Sí, hasta me prestó el libro, dizque para que me sirviera de modelo. Pero no me queda casi tiempo. Tampoco pude con la Teología. Ahí sí que no entendía nada. Por eso me hice ateo. Es la solución más fácil, ¿no? Si no puedes entender a Dios…pues Dios no existe y se acabó el problema. ¡Si se pudieran resolver las cosas así de fácil en la vida! Eliminando, eliminando los problemas…

2 comentarios:

G PADILLA BORBON dijo...

Hay mamertos que podían ser muy, extremadamente peligrosos

Anónimo dijo...

hehehe,muy bueno y jocoso el libro entero.su instinto literario le ha llevado por buenos caminos, señor Campos. Hace ya años leí un libro suyo, Palacio de Cristal, y quedé encantado. Le sigo la pista y espero leer mucho más de lo que ud escriba, porque escribe excelente.un saludo desde Panamá.