Follow by Email

jueves, 20 de junio de 2013

SOBRE EL AMOR A LA NATURALEZA, por David Alberto Campos

SOBRE EL AMOR A LA NATURALEZA David Alberto Campos Vargas, MD* Ante la majestad y la hermosura de la Naturaleza es lógico preguntarse el cómo se puede preservarla. Porque ella misma, en tanto que don (uno de los más valiosos), se nos da amorosamente, generosamente, sin pedir nada a cambio. Nuestro único deber es cuidarla, como quien cuida amorosamente a un padre que no ha hecho sino allanarle a uno el camino. Lo terrible es que, no contento con lo que tiene y abusando de dicha generosidad, el hombre ha corrido a ultrajarla, estrujarla y ponerla al borde de la muerte. Por pura codicia. Es así como se ha dedicado a explotarla de manera inmisericorde, sin respetarla. Es decir, ha violentado a la naturaleza. Es bueno detenerse. Hacer una pausa sana. Preguntarse si esa actitud violenta y desconsiderada hacia la Naturaleza tiene validez. Y, ante la constatación evidente de la absoluta falta de validez de dicha actitud (que se refleja en una conducta rapaz y codiciosa, de victimario), preguntarse qué es lo que le espera al hombre si no modifica dicho obrar. Es necesario reflexionar. Amorosamente. Lúcidamente. Pensar: ¿Hasta dónde se va a llegar con esa rapiña, con ese irrespeto a la Naturaleza? Y constatar, a la luz de los hechos (es decir, de la propia Historia, tanto del hombre como del propio planeta) el horror de ir por ahí, sin ton ni son, acabando con los (limitados) recursos naturales. Sirva de ejemplo la crisis ecológica desatada por la Revolución Industrial, que no hizo sino acelerar el daño que inició tan pronto el ser humano, de manera engreída y prepotente, empezó a imponer su voluntad sobre las otras especies, y sobre la Tierra). Entre el siglo XIX y el siglo XX se talaron más árboles que en todos los años anteriores. Y ante esa infamia la Tierra, obviamente, respondió: baste contemplar, en este orden de ideas, los desbarajustes climáticos que se vienen constatando cada vez con mayor frecuencia. Es bueno analizar las cosas. Sensatamente. Todo daño que se le haga al planeta no hace sino revertirse en quien lo provoca. Es decir, el hombre será el que pague. Se trata de una ley de causa y efecto tan clara que es evidente en sí misma (y recibe muchos nombres…a los hinduistas les gusta hablar de karma, y creo que el concepto aplica aquí, sin duda): si el hombre hace daño a la Naturaleza, será dañado. ¿Por qué? Porque hombre y Naturaleza son una misma cosa. Son el mismo tejido, el mismo entramado. Así como es imposible que un hombre sobreviva aislado de su entorno, o es insensato concebir al hombre separado de su contexto, es pernicioso suponer que lo que el hombre le haga a dicho entorno (en el que se encuentra como una condición sine qua non de su propia existencia, pues sólo puede vivir en ese entorno y gracias a él) no le vendrá de vuelta. Sí. El hombre es otro ser más dentro del reino natural. Es otro ser-en-el-mundo, como vislumbró Heidegger. Sólo puede vivir en tanto vive en relación con otros, como han señalado Bateson y Levinás. Está claramente influenciado por el entorno, como bien observaron los grandes filósofos del siglo XIX (Marx, Freud, Nietzsche) y los primeros pedagogos (Herbart, Rousseau, Bello, Kant). Se moldea y se modela en relación con dicho entorno, como han estudiado grandes psicólogos de todas las tendencias (sistémicos, cognitivistas, psicoanalistas, conductistas, humanistas, etcétera). En conclusión, todo lo que suceda en dicho entorno repercutirá en el hombre. Algunos consideran, erróneamente, que el asunto es una especie de competencia, de guerra entre el hombre que intenta someter y la natura que se resiste a ser sometida. Esa es una postura sin criterio, si se tiene en cuenta que no solamente no son opuestos, sino que también es innegable que el hombre sin Naturaleza no puede ser, no tiene posibilidad de existir. Y se puede añadir, además, que sería una guerra inútil, peligrosa y estúpida, en tanto que, finalmente, el ser humano resultaría ser el triste perdedor. Nadie más. El universo se adapta, es mucho más adaptable. Puede que hasta sea infinito, y, en ese caso, eterno. Pero el ser humano, ese pobre engreído, morderá la arena. Muchísimo antes. El daño ecológico a gran escala que esta especie (verdadera plaga) ha venido haciendo en la Tierra ya se ha vuelto contra ella, y terminará borrándola del planeta. El hombre desaparecerá. La Tierra seguirá. Y, suponiendo que tenga un fin la Tierra, dicho fin sobrevendrá muchos años después. Y si desaparece la Tierra, es muy probable que el universo continúe. Y si el universo fuera finito y la materia pudiera ser destruida (en todo caso, existe la posibilidad) y todo terminara siendo Nada, la Nada misma, dicho evento sobrevendría miles de años después de la desaparición del hombre. Es que, de todas maneras, la Tierra y el universo son más poderosos. El hombre en su arrogancia cree que domina, e irrespeta, pero la verdad es que al maltratar su entorno sólo se expone a sí mismo a su aniquilación. La Tierra seguirá, con o sin seres humanos, muchos años más. Pero el hombre, si continúa excediéndose en su maltrato a la Tierra, perecerá en el mediano plazo. Eso es lo que debe entender de una vez por todas. La clave está en sopesar adecuadamente las cosas. En tener un juicio crítico adecuado. Se gana poco cuando se expone uno a la propia destrucción, incluso si amasa grandes cantidades de dinero. ¿De qué sirve el avance industrial si dicho avance implica acabar con la capa de ozono? El efecto invernadero, que ha ido aumentando sutil pero implacablemente la temperatura en el planeta (acercándose peligrosamente a un punto de no retorno que sería nefasto para muchas de las especies), nos recuerda que no sirve de nada. Sí, así se escandalicen algunos economistas y empresarios (los que no pueden ver más allá de sus narices, es decir, del lucro inmediato, así sea ruin). De nada. Si el supuesto progreso desemboca en un laberinto sin salida que configure nuestra aniquilación como especie, es injustificable. ¿Se pueden comer los billetes? No. Pero algunos seres humanos, cegados por la ambición y el ánimo de lucro, actúan como si se pudiera. Irresponsablemente, arriesgan la vida de todos los hombres en la tierra, sólo por querer unas pocas “utilidades” (ganancia miserable, si se la compara con las enormes pérdidas ecológicas y con la pérdida máxima para nosotros en cuanto a especie: nuestra extinción). ¿Se justifica avanzar en pos de la propia aniquilación? En modo alguno. Pero lo triste es que la humanidad no cambia su derrotero: prosigue en pos de la propia eliminación, letal y eficientemente, a ritmo industrial. Los árboles talados son apenas un número incómodo en las listas de algunos contadores, y una victoria para algunos empresarios (los más obtusos). Claro, algunos se rasgan las vestiduras. Muchas veces son hipócritas con deseos de redención en los medios de comunicación. Pero otros (que aún son pocos, por lo que sería una bendición que su número creciese exponencialmente) sí le apuestan al desarrollo conciliado con el amor a la naturaleza, un poco más respetuoso con el ambiente (“eco-sostenible”). Pero así como una golondrina no hace verano, esos pocos no pueden compensar con su buena fe todo el daño que hacen sus colegas. No son suficientes. Es bueno imitar a la propia Naturaleza en su aspecto más amoroso, que es pura generosidad. Mucho cuidado con esto. No se trata de imitarla a rajatabla, porque también la Naturaleza (¡hasta la Naturaleza!) tiene cosas que no son dignas de imitar. Como señalé en otro ensayo, a veces lo natural puede ser bestial. Pero sí es aconsejable imitarla en su aspecto amoroso y sublime. Tenerle cariño. Finalmente, tenerle cariño a ella es tenerse cariño uno mismo, en términos no sólo de especie, sino también de individuo (de hecho, he observado que la gente más plena, más feliz, más realizada existencialmente, usualmente está en paz con la Naturaleza). Hace unos días conocí una nueva especie. El coatí, un animal sumamente inteligente y bonito, de ágiles movimientos, gregario. Me divertí jugando con coatíes cerca de otro espectáculo (majestuoso, inimitable) de la Naturaleza: las cataratas de Yguazú. Y constaté con desilusión cómo la mano predadora del hombre (del hombre engreído y arrogante, mejor dicho, para no insultar a toda la especie y para que no caigan justos por pecadores) también ha causado daños ahí, en ese ecosistema. Los coatíes, alimentados irresponsablemente por los turistas (con una dieta alta en carbohidratos simples), han desarrollado obsesidad, caries y diabetes mellitus. Las aguas de las cataratas, antaño prístinas, van ahora turbias, teñidas de un color café que delata la erosión de los suelos y la pérdida de bosque nativo. Pregunto: ¿es el único caso? ¡No! Por doquier, la conducta irresponsable del hombre engreído y arrogante hace sentir su malevolencia: felinos cazados por puro narcisismo, especies ya extintas por manos asesinas, suelos casi estériles por el uso inadecuado que se les da, ríos contaminados con aguas negras o con productos derivados de la industria minera, bosques enteros exterminados para hacer centros comerciales y otras cosas fútiles (todas al servicio, como siempre, de la soberbia). Puede que uno de los errores filosóficos más grandes de la Historia, el de la separación sujeto-objeto (afín con otros errores, como el del dualismo alma-cuerpo y la diferenciación Yo-Otro) tenga también que ver con esto. Al desconocer que el hombre se haya inserto en un tejido, que es en tanto que está en relación con otros seres y que existe siempre en contexto, se puede caer fácilmente en la conducta indiferente, o francamente malévola, hacia la Naturaleza. Ahora bien, no se trata de caer en la actitud fanática que lleva hoy en día a algunos ecologistas hacia una conducta anárquica con respecto al mundo. Es un poco triste ver cómo un ecologista, que está llamado a ser alguien pacífico, se enzarza en actos cercanos al vandalismo. No es coherente. El vandalismo y el terrorismo son para espíritus empobrecidos, innobles, sanguinarios. Hasta las mejores ideas se pervierten con la acción vandálica. Hay que luchar, sin duda. Pero con las armas de la inteligencia. Poner bombas, incendiar locales o matar personas envilece. Claro, es cierto que la señora esnob que compra costosos accesorios de piel (y promueve, de esa manera, la depredación de animales) es sumamente censurable, pero agredirla lo es también. Se requiere crear conciencia, difundir el amor a la Naturaleza, actuar coherentemente, en el día a día (reciclar, evitar el uso de aerosoles y productos plásticos, preferir el consumo de productos hechos a partir de material reciclable y de alimentos orgánicos, ahorrar luz y agua, etcétera). Dicha labor de difusión de actitudes y conductas responsables debe ser realizada por todos los medios y en todas las situaciones posibles. Por eso es que escribo esto. Y espero que muchas personas, en todo el orbe, estén haciendo lo mismo. Se necesita entrega y compromiso de todos, pues la tarea es ardua. Por cada buena persona que publica en alguna red social, en un blog o en un periódico algo en defensa de lo ecológico, hay otras diez promoviendo el consumo y el derroche (es decir, promoviendo un estilo de vida anti-ecológico, desconsiderado con la Naturaleza). La posmodernidad nos ha saturado de individualismo, de egolatría. Narcisismo puro, que combinado con neocapitalismo y libre mercado ha producido el horror que contemplamos en la actualidad: gente a la que no le interesa nada más que el propio beneficio, la propia comodidad. Gente deshumanizada, desconsiderada. Los emporios de los medios de comunicación usualmente están promoviendo un estilo de vida en el que el derroche, la ostentación y el consumo ilimitados son la pauta. Es decir, de entrada los ecologistas se enfrentan a un interesante desafío: el de vencer, en franca lid, a los grandes contaminadores y promotores de contaminación. Dicha tarea, que va en concordancia con los valores de la neoposmodernidad (que ya tiene más claro el valor de la Naturaleza, y tiende menos al consumismo y al individualismo), es una praxis responsable con los demás seres humanos. Es decir, responsable con el planeta. En resumen, amar la Naturaleza es amar a la Humanidad misma. Respetarla y quererla es respetarse y quererse. Asumirse como ser inserto en un contexto, en el que dicho contexto posibilita la existencia misma, lleva hacia el ecologismo indefectiblemente. Y cuando dicho ecologismo se transforma en una actitud ante la vida, trae grandes beneficios: para quien lo practica y para el resto de seres que habitan el planeta. *Médico psiquiatra, escritor, historiador, estudiante de Filosofía