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martes, 9 de abril de 2013

PAZ, GUERRA, VIOLENCIA Y NEOPOSMODERNIDAD

David Alberto Campos Vargas* I Lo primero, a la hora de hablar de paz y violencia, es entender los vericuetos psicológicos, psiquiátricos y neurológicos que hay detrás de la agresión. Como bien señala Bobbio (1), el ser humano se encuentra ante un camino bloqueado en su larga y funesta historia de guerra y muerte: o da reversa y abandona el camino de la guerra, o se verá (sobretodo en esta era nuclear, en la que la posibilidad de una guerra a gran escala con bombas atómicas puede acabar con todas las criaturas de la Tierra) de cara a su propia extinción. Ante ese riesgo enorme (de aniquilación total), es imperioso analizar las causas de la violencia para no llegar al cataclismo final. Los seres humanos estamos, entonces, obligados a reflexionar acerca de la agresión, la guerra y la violencia. Conociéndolas bien, tal vez podamos implementar las medidas que nos ayuden a reducirlas o, al menos, sublimarlas. Le debemos a Freud el hecho de conocer qué es el Tánatos (2). Se trata de un instinto inherente al ser humano. El instinto agresivo. Aunque muchos psicoanalistas no concordaron con Freud en su tiempo, y siguen en desacuerdo con él hoy en día, puedo dar fe que el Tánatos sí existe. Y que es sumamente poderoso. Por eso mismo, y porque si queremos evitar que cause estragos debemos conocerlo, dominarlo y sublimarlo (3). El Tánatos descrito por Freud es tan fuerte como el Eros (la pulsión de vida, que posibilita no solamente la expresión de lo sexual y lo amoroso, sino también la supervivencia en términos reproductivos). Para mí, el Tánatos es aún más fuerte que el Eros (4) en el hombre lo cual le confiere a nuestra especie la desdicha de ser la más agresiva, la más dañina y la más capaz de expresar malignidad. Quisiera aclarar, eso sí, que si bien el Tánatos ha tenido siempre una connotación negativa, tiene también un aspecto del que, si sabemos cómo hacerlo, podemos sacar ventajas en el camino que debemos recorrer como especie hacia la instauración de la cultura de la paz. Es decir, si bien el Tánatos contribuye a la muerte y a la destrucción, si se le mira desde su aspecto agresivo-ofensivo (5) también contribuye a la vida, en tanto que supervivencia defensiva y búsqueda de soluciones ante situaciones límite (para usar el término de Jaspers), si se tiene en cuenta su aspecto agresivo-defensivo (6). Como expondré a lo largo de este ensayo, la guerra es lo más espantoso, lo más horrible y lo más siniestro de la Historia humana. La guerra y su circunstancia son asquerosas. Coincido con Gandhi en la necesidad de realizar revoluciones pacíficas para no incurrir en los infames excesos de la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique y las múltiples revoluciones comunistas que asolaron diversos Estados en el siglo XX. También estoy de acuerdo con Bobbio en cuanto al deber de todo ciudadano decente de declararse objetor de conciencia y de negarse a hacer la guerra si dicha guerra tiene un interés ofensivo, expansionista, imperialista o neocolonialista. Pero no por ello coincido plenamente con Bobbio (7), pues creo que sí hay unas situaciones (escasas, pues son un porcentaje mínimo) en las que sí se puede hablar de guerra justa. Desde lo psicológico, la única violencia justificable es la que tiene por objeto defender la vida ante circunstancias ambientales adversas, como el ataque injustificado de un agresor (violencia ejercida en defensa propia) o las dificultades dadas por desastres naturales que puedan poner en peligro la existencia. Es decir, la derivada del ejercicio exclusivamente defensivo del instinto agresivo. En ese mismo orden de ideas, considero que la única guerra justa es la que tiene un cariz defensivo y desesperado, que se libra cuando no queda otra opción y que tiene un aval moral (por ejemplo, la lucha llevada a cabo por Churchill, en nombre de la libertad y la democracia, en contra de la brutalidad del régimen de Hitler, o la liderada por Washington, Bolívar y San Martín en contra de la oprobiosa situación de las colonias americanas). Ahora, todas las demás situaciones en las que el Tánatos se encuentre implicado (el Tánatos en su aspecto agresivo-ofensivo) son peligrosas para el hombre en tanto que lo pueden poner en situación de guerra nuclear y aniquilación. Por eso es bueno conocerlas bien y modificarlas. Y la mejor forma de modificarlas es sublimándolas. La sublimación es el camino. Como mecanismo de defensa (8), la sublimación está dada para satisfacer el instinto de tal manera que no produzca efectos censurables o que atenten contra los valores sociales o la moral de una comunidad (9). Así, entendiendo además los determinantes neurobiológicos (10) de la agresión (dados por el complejo amígdala-hipocampo, las experiencias previas, el hipotálamo y el sistema nervioso autónomo en su porción simpática), es claro que aparte de un buen trabajo psicoterapéutico se requiere de una actividad física intensa, en la que se puedan desplegar todos los componentes típicos de la activación catecolaminérgica y simpática implicados en las respuestas de agresión (11). Creo que la actividad deportiva es la clave. El deporte permite al hombre vivir a nivel somático esa descarga de catecolaminas, esa activación del sistema nervioso autónomo simpático y esa actividad de las áreas nerviosas relacionadas con la agresión, sin agredir a nadie. Es decir, le permite vivir a plenitud su instinto (el Tánatos), sin reprimirlo (y, por ende, sin enfermar) pero sin hacerle daño a nadie. Y dentro del marco de lo social y políticamente adecuado. Así que, mientras se encuentran caminos más eficaces, la psicoterapia tendiente a elaborar e integrar lo instintivo tanático y el deporte como mecanismo de sublimación del mismo, pueden ser la clave. El deporte se puede poner al servicio de la paz. II Me gustaría proseguir con los aspectos neuropsiquiátricos de la no-violencia. Es clave entender entonces a la otra fuerza instintiva, que complementa al Tánatos. El Eros, o, como diría Freud, pulsión de vida (1). Aparte de la salida adecuada para el Tánatos en su aspecto agresivo-ofensivo, dada por el apoyo psicoterapéutico y la práctica deportiva, se requiere la potenciación del Eros para encontrar el camino de la paz. El Eros permite vincular, unir, hacer amigos. Gracias a la pulsión erótica es que llegamos a disfrutar de la compañía, a amar, a crear (2). Si el Tánatos permite la vida en cuanto a que ayuda a sobrevivir en situaciones de riesgo o situaciones límite, el Eros permite la vida en situaciones de estabilidad, de homeostasis y de equilibrio (3). Cultivar lo erótico es entonces sumamente benéfico para construir paz. En la medida en que no le sigamos dando la espalda a la ternura, a la dulzura y al afecto, sino que les demos cabida en nuestras vidas (4), obtendremos un temperamento más predispuesto hacia las conductas pacíficas (5) y estaremos dando un paso muy importante hacia la consolidación de una Humanidad floreciente, una Humanidad en armonía. Entendiendo también que a nivel cerebral el instinto de vida depende de circuitos dopaminérgicos en los que están involucrados el núcleo septal y el circuito de recompensa, así como de los mecanismos de secreción de oxitocina (responsable del apego), es claro que el compartir no solamente es propio de la naturaleza humana, puesto que el hombre, como decía Aristóteles, es animal político (6), sino que también tiene un efecto poyético en sí mismo: el vínculo vincula. Así que un buen trabajo sociopolítico a favor de la paz podría ser el de promover puntos de encuentro, ceremonias y eventos en los que la unión entre los seres humanos (y entre las naciones) se encuentren y puedan apreciar que, en medio de la variedad y la heterogeneidad, se encuentra la verdadera gracia de la vida. Teniendo en cuenta lo dicho en la primera parte del ensayo, es claro que los encuentros deportivos deben contribuir a la unión entre las personas, a la integración. Los vándalos que se autodenominan “barras bravas” son un fenómeno completamente arcaico y nocivo en este aspecto, pues boicotean lo más valioso que tiene el deporte: su función dual, como agente de sublimación (de las tendencias agresivas, es decir del Tánatos) y como agente de vínculo (desde la perspectiva del Eros y del compartir). Lo verdaderamente erótico no es lo pornográfico, como ha entendido erróneamente Occidente. Lo erótico es mucho más sublime, mucho más amplio. Implica correr al encuentro del otro, respetarlo y estar dispuesto a amarlo. Implica dejar prejuicios y puntos de diferenciación para acceder a puntos de comunión. Es, en últimas, cooperar. Y eso permite, si se promueve, avanzar en nuestra búsqueda de la paz. III Con respecto al fenómeno de las revueltas universitarias periódicas se debe ser muy cauteloso, para no caer en ninguno de los dos extremos. Los intelectuales de izquierda, excesivamente adoctrinados y con una visión sesgada del asunto, han hecho tradicionalmente una defensa ciega de dichas manifestaciones según ellos “justificadas” siempre, así sean violentas. Los intelectuales de derecha, excesivamente cargados de miedo o aversión hacia las marchas estudiantiles, las huelgas y otros procesos colectivos del estudiantado, han hecho siempre un ataque no argumentado a los mismos, negándoles su valor y sus frutos. Yo creo que las manifestaciones de los universitarios sí hay frutos, y de los buenos, siempre y cuando sean pacíficas y apelen a la humanización. Esto es, cuando sean dirigidas pacíficamente y ejecutadas de la misma manera; cuando estén encaminadas al reconocimiento de que lo que nos hace más humanos, más sublimes, más cercanos a la Idea del Bien Supremo si pensamos en términos platónicos (algo muy necesario en una sociedad tan acostumbrada a la violencia como la nuestra, pues se nos ha olvidado hasta lo que es bello y noble de veras). Manifestaciones en las que el amor, la justicia y la bondad brillen. He visto manifestaciones de este tipo. En una ocasión, en la universidad en la que estudié Medicina tuvieron la desafortunada idea de empezar a cobrar por el servicio de casilleros que ofrecía la Biblioteca. Hasta el día de hoy creo que fue una decisión estúpida el hacer eso, pues dejaba ver tanta avaricia y tanta malignidad el cobrarle al estudiante que esperaba nutrirse intelectualmente una especie de “penalidad” por hacerlo, que en verdad sentí (como muchos otros estudiantes) un verdadero asco ante la medida. Creo que fue a las dos semanas del absurdo “impuesto” a los pobres estudiantes que ingresábamos a la Biblioteca que un grupo de jóvenes, de manera ordenada y pacífica, vistiendo camisas blancas, hicieron una elegante y al mismo tiempo contundente manifestación. Coreaban consignas sin recurrir a términos vulgares o peyorativos. Se abstuvieron de usar armas o de causar estragos en el campus universitario. Se comportaron lúcida y correctamente. Tal fue la calidad que mostraron estos nobles muchachos que muchos de los que estábamos en clase, viendo su ejemplo excelente, los empezamos a apoyar, coreando sus consignas desde las ventanas. Recuerdo que el profesor que estaba dictándonos la clase se unió a la protesta, consciente de la canallada que era cobrar dinero a los estudiantes que iban a la Bibioteca (pues, como no se podía ingresar a la biblioteca con maletines, era inevitable que quien quisiera entrar a leer tuviera que pagar la tarifa de los casilleros). Fue fantástico. No se disparó. No se quemó nada. No se hizo uso alguno de la violencia. Gandhi, Russell o Bobbio hubieran quedado satisfechos. Todo transcurrió con calma. Al cabo de una hora de protesta, los estudiantes se hicieron escuchar y lograron que algunos directivos salieran a dialogar con ellos. Continuó el ambiente pacífico y caballeroso. Hablaron, expusieron sus puntos de vista y llegaron a un acuerdo. Era viernes. El lunes siguiente ya había desaparecido el infausto “impuesto” de los casilleros de la Biblioteca. Ocurrió en el 2000. Otra manifestación de estudiantes que cautivó mi corazón fue la protagonizada en 2006 por los estudiantes chilenos. Viví en Chile y conozco de cerca su cultura y su gente. Es un país que tiene enormes posibilidades. En ese entonces, yo estaba trabajando en el área metropolitana de Santiago como médico, y me encontraba cursando estudios en Neuropsicología y Neuropsiquiatría. Lo multitudinario, lo masivo de la manifestación, es cosa que tal vez el lector no alcance a dimensionar con suficiencia. Se trataba de todos los estudiantes (de primaria, secundaria, educación media, profesionales y técnicos en formación, y buena parte del cuerpo docente) de una nación que, por ese entonces, estaría alrededor de los 20 millones de habitantes. A diferencia del ejemplo anterior, se trataba de una manifestación de millones. Cuando hay tanta gente se corre mayor peligro de desmanes (nunca falta el sociópata infiltrado que aprovecha la ocasión para cometer algún acto de vandalismo…), mayor riesgo de choques con las fuerzas policiales o de abusos de parte y parte. Además, fue una manifestación que duró bastantes días. Creo que fueron tres semanas las correspondientes al clímax, al punto más efervescente de la manifestación. Una huelga que dure tantos días corre el riesgo de perder dinamismo, estancarse y diluirse (como muchas huelgas de maestros que he visto en Colombia), o de derivar en muestras chabacanas de agresión, en las que hordas de bárbaros empañan lo bello de la protesta asesinando gente, incendiando autos u otros bienes estatales o privados y sembrando el caos (como sucedió ese mismo año en París, o, de manera más dramática y sangrienta aún, durante el infausto “Bogotazo” de 1948). Pero la hidalguía de esos jóvenes conjuró esos peligros. Se comportaron de manera impecable. Decentemente hicieron sus marchas y se hicieron sentir. Sentí un regocijo enorme cada vez que veía por televisión hablando a uno de estos campeones. En el discurso de todos no había violencia, ni resentimiento, ni estolidez. Por el contrario, se captaba tanto amor y tanta justicia como firmeza y determinación. Sus reclamos eran justos: el gobierno de Chile, desde los tiempos del sangriento Pinochet, les cobraba por presentar sus exámenes preuniversitarios una cifra muy alta; de otro lado, las condiciones de la educación pública no eran muy buenas que digamos (los gobiernos que habían seguido a la dictadura habían logrado ampliar la cobertura, pero no habían mejorado la calidad). Como muchos chilenos, seguí atentamente lo que los medios de comunicación llamaron la “Revolución de los Pingüinos” (ese es un remoquete con el que se suele llamar en Chile a los estudiantes de bachillerato), que le mostró a Chile y al mundo que se pueden hacer grandes protestas de manera pacífica, decorosa y madura, sin recurrir a bombas incendiarias u otros actos terroristas. Ahora bien, si en las manifestaciones de estudiantes hay ausencia de civismo, de pacifismo y de decencia básica, la cosa ya toma un cariz deplorable. Por desgracia, ese tipo de manifestaciones es el que más abunda en el mundo (falta amor en el mundo, es algo evidente: los seres humanos están aún muy propensos a actuar violentamente) y he visto cómo acaban. Casi siempre hay heridos y muertos, daños de todo tipo y…ningún resultado. La violencia hace putrefacto lo que toca. Todo lo que se impregna de violencia se convierte en aborrecible. Hasta los ideales más elevados se tornan asquerosos si se hace uso de medios violentos. Tal es el caso de las tristemente célebres “revueltas armadas” en las universidades colombianas. ¿Acaso creen los organizadores de estos actos que con quemar unas llantas, matar a un policía o meterle candela a un salón de clases o a una buseta están haciendo algo progresista? Esa es la faceta inmunda de las revueltas universitarias. La del sufrimiento. La de los estudiantes torturados por las fuerzas policiales. La del docente silenciado a bolillo cuya cabeza ensangrentada apenas logra divisarse en el suelo, en medio del alboroto. La de los ciudadanos que tenemos que soportar los efectos de los gases lacrimógenos porque vamos pasando por la calle y, sin tener velas en el entierro, resultamos damnificados. La del dueño de un local que observa con impotencia como llenan de grafitti sus paredes y cómo rompen sus ventanas porque sí, porque son una horda iracunda e irreflexiva. La de los padres preocupados porque a sus hijos los desapareció la policía después de haberlos subido a un camión. La de las madres que pierden a sus hijos, que trabajan como policías por ganarse el sustento o simple y llanamente porque están obligados a ello (prestando servicio), y reciben el tiro, la puñalada o el bombazo de un huelguista ruin y agresivo. Jamás olvidaré a una señora humilde que apareció en el noticiero, por allá en el 2001, llorando a su amado hijo, que halló la muerte mientras estaba prestando servicio, porque le estalló una bomba “Molotov” en la cabeza. En las noticias, vi a la madre sufriente, inconsolable, y al que lanzó la bomba, un maldito profesor que en vez de estar formando ciudadanos pacíficos estaba dando un ejemplo de violencia. El imbécil ni siquiera fue capaz de pedir perdón de frente, sino que se intentó excusar ante los medios por lo mal que se sentía. Yo le pregunto a ese bastardo, si aún vive: ¿basta con sentirse mal después de haber matado a ese muchacho?; ¿no tiene usted conciencia de sus actos?; ¿cree usted que un homicidio tiene justificación? ; ¿cree usted que por tener él un uniforme es ya un “enemigo de clase” como lo llaman en su violenta y estúpida jerga?; ¿cree usted que el camino de la agresión es justificable? Así es. Los violentos, en su imbecilidad cósmica, creen que sus actos tienen un respaldo ético y filosófico. Que su barbarie tiene justificación. Nada más falso que eso. La violencia del que causa estragos sólo para expresar su ira, en perjuicio de otros ciudadanos que ni siquiera lo han atacado u ofendido, jamás será justa. La agresión de las revueltas universitarias siempre será censurable, pues es una violencia ejercida gratuitamente contra personas que no tienen que ver con la causa de los males de los estudiantes. Matar muchachos que se ponen (o les ponen, a la fuerza, gracias al maldito servicio militar obligatorio) un uniforme es tan terrible como matar muchachos que corean unas consignas o salen a marchar a las calles. Nada justifica la violencia, ni de un lado ni de otro. En mi opinión, es necesario superar la falacia de la justificación de la violencia en las situaciones de mítin, huelga o protesta (1,2,3). La violencia, sea verbal o física, es injustificable. De hecho, la única violencia que podría ser justificable sería la de la situación extrema y límite (4) de estarse defendiendo, en el trance desesperado para lograr la supervivencia, de un ataque de otra persona (o de otro Estado, si se habla en términos de geopolítica y relaciones internacionales). Todas las demás formas de agresión son execrables. IV Coincido con Bobbio en varios aspectos con respecto a la paz y la guerra, sobretodo en lo referente a la gravedad de una guerra nuclear: la bomba atómica no sólo constituye una amenaza para el Estado rival, sino para todos. Un conflicto nuclear pone en peligro la supervivencia de la Humanidad entera (1), puesto que los daños no sólo se observarían en la población (o las poblaciones, si ambos Estados se agredieran con armas nucleares) sobre la que recaería el bombardeo nuclear, sino también en la población mundial general, que se vería afectada en su salud por las nefastas consecuencias de la energía radiactiva a nivel biológico, atmosférico y ecológico en general. Estoy de acuerdo con Bobbio y con Jaspers en el sentido en que el panorama de una guerra nuclear es más que desalentador (1,2). Una guerra nuclear sería una calamidad para todos. Todos. Absolutamente todos los habitantes del planeta Tierra (incluso los que no tienen nada que ver con la estupidez humana, como plantas y animales) nos veríamos perjudicados. En este sentido, creo que sujetos como Kim Jong Woon, el actual líder de Corea del Norte, son abominables. Uno no puede ser tan irresponsable, tan sociopático y tan desconsiderado con los demás como para plantearse el lanzar un ataque nuclear (que desencadenaría un contraataque, y un nuevo contraataque…hasta que en medio de la espiral de idiotez se desataría una guerra nuclear), por el motivo que sea. Jamás habrá justificación válida para un evento que nos pondría en peligro a todos. A Kim Jong Woon se le puede comprender (aunque no justificar) en su megalomanía de dictador de republiqueta comunista, en su carácter de niño obeso, voraz y narciso criado con todos los lujos y comodidades por un padre que además de ser el tirano de su país por varios años hace una fortuna personal a costa de tener a su pueblo haciendo pasar penalidades y siente tal debilidad por su arrogante hijo que lo designa heredero (como si de una monarquía se tratara, otro de los muchos hechos que muestran la falsedad de los regímenes comunistas, que posan de ser populares y son lo más oligárquico que se haya visto en la Historia). Se le puede entender (pero no justificar, insisto) en su afán de mostrar capacidad y poderío sabiéndose a sí mismo un inútil, un mantenido un niño consentido, y hasta se puede sentir compasión por cómo intenta darle un sustento ideológico a su conducta (aunque ningún sustento ideológico justifique una tontería tan grande como una guerra), pero no se le puede perdonar esa irresponsabilidad para con el mundo y quienes vivimos en él. Asimismo, cuando la Unión Soviética y Estados Unidos hicieron su carrera armamentística (un entramado de paranoia, militarismo y fanatismo ideológico), asumieron el rol más infame que puedan cargar como Estados: los ruines que pusieron en peligro al resto de la Humanidad. Así es que Truman, Stalin, Eisenhower y Krushev son no solamente responsables, sino canallas. No hay derecho a jugar con la vida de los otros como hicieron ellos. Al presidente Kennedy lo saqué de la lista, sopesando su comportamiento (que algunos militares estadounidenses, estúpidamente, tildaron de cobarde) durante la difícil Crisis de los Misiles de 1962. Él, y sobretodo su hermano, Robert Kennedy, mantuvieron la calma y, pese a las numerosas presiones de los grupos guerreristas en su propio país (que son muchos, dicho sea de paso…), le encontraron una salida diplomática al problema (3). Pero lo que Churchill denominó “Telón de Acero” entre Oriente y Occidente continuó (4,5) hasta bien entrada la década de 1980. Reagan y Brezhnev siguieron el juego irresponsable de armarse hasta los dientes y, en una supuesta apuesta por la seguridad interna de sus países, continuaron arriesgando el pellejo de todos nosotros. Sólo hasta la noble política de Mikhaíl Gorbachov, a quien le debemos mucho, se empezó a distensionar la situación y no se produjo el cataclismo temido por Bobbio, Anders, Capitini y Jaspers (6,7,8,9). Gorbachov, en este sentido, es un héroe. Con su aperturismo, con su genuino intento de acercamiento a Occidente (10) y sus medidas tendientes a la disminución del intenso fanatismo que había logrado el adoctrinamiento bolchevique (11), hizo un inmenso aporte a la paz mundial y a la vida misma. En buena medida, perestroika y glasnost (12) permitieron a Gorbachov humanizar la Unión Sovietica tanto en su política exterior como interior. Con ello, el ex líder soviético logró poner las bases para la construcción de la paz en la resentida, golpeada y desigual sociedad rusa (en la que los privilegios de los dirigentes del Partido Comunista eran mayores incluso que los de los aristócratas en la época de los zares). Esto es evidente: si un pueblo tiene libertad de culto, si tiene acceso voluntario y libre a las diversas manifestaciones culturales del mundo, si no es censurado ni espiado ni amenazado constantemente, se acerca a la paz. La represión (sea de derechas o de izquierdas, a la larga es igual de asesina una dictadura comunista a una dictadura fascista) produce violencia. Creo que Bobbio, en su análisis de la violencia, acierta también cuando dice que el filósofo no puede quedarse de brazos cruzados. El filósofo tiene que situarse en el mundo, críticamente, y asumir una postura y una praxis (lo cual me recuerda el propio llamado socrático, siempre vigente). Fue justamente la pasividad de muchos lo que permitió el ascenso de la barbarie en la Alemania de 1930 (13,14) y, también, la injusta invasión a Irak en 2003 (15), y todas las bestialidades a nivel geopolítico que ocurrieron en medio de esos dos desastres (porque son un legado funesto si se piensa en las siguientes generaciones) para la Humanidad misma. También coincido con Bobbio en cuanto al valor de la objeción de conciencia. Creo que es un derecho y un deber de todo ciudadano neoposmoderno. Uno no puede acudir alegremente a la matanza, luciendo un fusil como si fuera algo heroico. Matar es una canallada. Por eso en los ejércitos abundan los sociópatas: un ser humano sano jamás le encontraría placer a un oficio tan inmundo. Y hacerle venia al militarismo, creer que se es sublime empuñando un arma, es un rezago de épocas arcaicas, atrasadas, del que debemos olvidarnos si queremos sobrevivir como especie. Ahora bien, Bobbio está en lo cierto cuando desmiente la supuesta doctrina de la guerra justa en el escenario posmoderno (es decir, nuclear) en el que le tocó vivir (16). Se puede afirmar que desde 1945, cuando Truman decide el ataque atómico a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, la guerra no sólo se hizo insostenible filosóficamente (de hecho, ya es de por sí muy escaso el paradigma de “guerra justa” esgrimido por Tomás de Aquino, salvo en los casos en los que la guerra es la última y desesperada opción contra la guerra misma y contra la barbarie), sino que se hizo temible. Pavorosa. Desde que existen las armas nucleares, la guerra puede ser sinónimo de aniquilamiento total de nuestra especie. Difiero, eso sí, en cuanto a la concepción que tiene Bobbio de la no violencia. Igual que Gandhi (17), a quien leyó y admiró (yo también lo admiro y venero, porque era un santo moderno, pero no por ello voy a estar de acuerdo en todo con él), Bobbio le apuesta a una no violencia absoluta, que no atiende a contextos ni establece salvedades. Una no violencia tal que implica sumisión, pasividad y ausencia absoluta de cualquier ejercicio del Tánatos. En lo personal, creo que Gandhi y Bobbio piensan en un ser humano ideal, pero no real. Piensan la no violencia para una Humanidad que (por desgracia, eso sí) aún no existe. Como expongo en Nuevo Milenio es Neoposmodernidad (18), es indudable que la guerra no es sino expresión de totalitarismo, fanatismo y barbarie. Los seres humanos que hacen la guerra, los que pasan a la acción sin una reflexión previa, los que agreden antes de buscar la reflexión o la argumentación, no sólo suelen ser los menos inteligentes y menos empáticos, sino también los más malos. La malignidad de los trastornos sociopáticos (antisociales) de personalidad es cosa bien sabida (19,20). También su escasa sensibilidad ante el dolor ajeno y su ausencia de remordimiento (21). Ahora bien, una parte de la población tiene marcadas características (o un franco trastorno) sociopáticas. Y no solamente se deben a su aprendizaje, a su formación, al contexto social en el que crecieron. Se deben también a sus genes, a su constitución, a su temperamento. A su biología misma (22,23). De lo anterior se concluyen dos cosas: 1) No bastan unos procesos de enseñanza- aprendizaje, no basta una formación ni un contexto social (una “cultura la paz”, para usar el ya trillado término de los filósofos posmodernos): muchos seres humanos contarán con ellos y, aún así, por motivos que escapan a lo social y cultural y son más del ámbito de lo biológico, serán sociópatas; 2) No solamente es ingenuo, sino también insensato, desarmar a los que no son sociópatas para armar a los sociópatas. Dicho de otra manera, hay seres humanos biológicamente y socialmente determinados para ser más agresivos, más violentos, menos empáticos, menos sensibles, menos dados a la verbalización y más propensos a la acción. Podemos (y en eso sí coincido con Bobbio) hacer todo lo posible para que la determinación social hacia la malignidad sociopática se reduzca al mínimo, y aún desaparezca. Pero contra lo biológico no se puede hacer tanto. El día que el ser humano (y ojalá llegue) abandone completamente sus instintos y su neurobiología de la agresión, estaremos ante un superhumano en el mejor sentido de la palabra. Pero ese día no ha llegado. Y la agresión, tanto por nuestro sistema nervioso como por nuestras pulsiones, sigue ahí. Y por eso, así se trabaje en todos los demás aspectos, hay gente que es agresiva y sociopática por naturaleza. Como psiquiatra he visto en numerosas ocasiones a asesinos reincidentes, de esos que además disfrutan haciendo daño e infringiendo la ley, que tuvieron padres bondadosos y amorosos, condiciones sociales, económicas y culturales adecuadas, oportunidades para su desarrollo personal, y, aún así, terminaron haciendo uso de la violencia a gran escala. En ese orden de ideas, es estúpido pedirle a los corderos que queden a merced de los lobos. La idea ingenua de la no violencia en términos absolutos, tal como la plantea Bobbio (24) sólo sería posible en una sociedad en la que todos sus integrantes, no solamente por formación sino también por constitución (por biología), fueran corderos. Pero en los seres humanos no todos son corderos. Hay lobos (sociópatas). Bobbio cree que todos los ciudadanos deben estar desarmados. Yo, por el contrario, creo que una minoría de los ciudadanos de bien (que respeten la ley, que respeten la dignidad de la persona, que amen la vida y la justicia, y estén dispuestos a defender lo sublime de la existencia humana cuando vean que los maleantes lo están amenazando) es la que debe tener las armas. Obviamente, no puede ser una institución (como las fuerzas policiales) porque ya hemos aprendido que tan pronto una buena idea se institucionaliza empieza a corromperse. Las instituciones llevan la putrefacción por dentro. Ignoro por el momento cuál pueda ser la solución no institucional que propongo, pero estoy seguro que no puede ser una institución como la Policía o el Ejército, en las que ya se han visto desgraciadamente millares de casos en los que el sentirse miembro de una institución hace creer al uniformado que tiene el aval para cometer todo tipo de crímenes y excesos. Tal vez un cuerpo de seguridad social establecido de manera rotatoria entre una muy selecta (y psicológicamente sana) minoría de ciudadanos respetuosos de la vida, la ley y la paz pueda ser la solución. Un cuerpo de seguridad social sin ánimo de lucro, sin prebendas, ni siquiera uniforme (ni ningún otro símbolo que exprese poder o jerarquía superior a cualquier otro ciudadano), al que la pertenencia fuera voluntaria y en el que las horas de servicio fueran escasas (unas tres horas diarias) para no provocar desgaste físico ni emocional. La duración del servicio no podría ser mayor a un año, tanto como para evitar el desgaste físico y emocional como para garantizar que el agente activo no le tome tanto gusto a su rol y no se empiece a sentir superior a los demás (algo que es muy humano por desventura, y muy frecuente). Y, sobretodo, dicho cuerpo de seguridad tendría que estar constituido por civiles. La diferenciación policía-militar versus civil es muy dañina, pues crea en policías y militares una falsa creencia: se sienten especiales, diferentes, y por ende, con unos privilegios (25). De ahí a saltarse la propia ley y a imponer la propia voluntad no hay sino un paso, como lo muestran numerosísimos y tristes ejemplos de brutalidad policial y militar. El que se cree privilegiado tiende a abusar de su posición. Es un asco, pero es la verdad. Se trata de seres humanos, no de ángeles. Volviendo al punto previo, este cuerpo civil de seguridad debería ser el único poseedor de la armas dentro de la ciudadanía. Fíjense en esto: el único, pero sí debería poseerlas. De otra manera, los hampones (los malos, los que no están dispuestos a dejar las armas, e inclusive disfrutan teniéndolas) abusarían de su fuerza y someterían con facilidad a los buenos ciudadanos. No se trata de quedar inerme y débil, a merced de la maldad. Sin armas debemos estar casi todos los ciudadanos, pero un segmento de la población sí debe cargarlas, justamente para defender a la inmensa mayoría de buenos ciudadanos de aquellos elementos perniciosos que hacen parte de la Humanidad y de la sociedad misma. En resumen, la propuesta de la no violencia y del desarme total de la ciudadanía es sublime, es maravillosa y es deseable, pero aún no es posible, por el mismo hecho que existe un sector de la ciudadanía que siempre estará armado (si no consigue sus armas por vía lícita lo hace por vía ilícita, o se fabrica sus propias armas) y siempre estará deseando satisfacer sus deseos e instintos sin considerar los derechos de los demás. A ese sector de la población, el de los sociópatas (los violentos, los belicosos, los irrespetuosos de la vida, de la paz y de la ley), hay que controlarlo. Y como no está en la naturaleza del cafre el obedecer por las buenas, y como el propio cafre es fuerte, se hace indispensable un cuerpo civil de seguridad tanto o más fuerte aún, igual o mejor armado, que pueda dominarlo o, en el mejor de los casos, disuadirlo. Así se protegerá al resto de ciudadanos. Así que continuaré anhelando un mundo como el que creía ver Bobbio, en el que no sean necesarias las armas. Un mundo de ángeles, o al menos, de superhumanos. Pero mientras ese mundo llega, no seré tan insensato ni tan irresponsable como para no protestar enérgicamente cuando perciba que los elementos antisociales se arman y fortalecen mientras los elementos benignos de la sociedad se debilitan y quedan servidos en bandeja. Si a Hitler lo hubieran frenado a tiempo, no habríamos tenido ni guerra mundial, ni genocidio, ni salvajadas, ni ultrajes a la democracia. Pero como los buenos estaban débiles, y eran tan ingenuos…pasó lo que pasó (26). Por fortuna estuvo Churchill. Los buenos ciudadanos deben saber hacerle frente a los malos. Esa es la guerra justa. V El único ejemplo lo suficientemente sólido y paradigmático de guerra justa que se puede sacar del convulsionado siglo XX en el que vivió el pobre Bobbio es justamente el que cité en el párrafo anterior: la guerra de las democracias contra el nazismo. Si mi rival asesina sistemática y fríamente a sus disidentes y a los que considera seres inferiores por su simple etnia, si mi rival viola una y otra vez los tratados y el Derecho Internacional, si mi rival se comporta de manera canallesca y sangrienta, mal haría yo en ofrecer la otra mejilla y permitir que a mí también me aniquile. Es mi obligación moral, para evitar que se siga propagando su maléfica obra, combatirlo. Ahora bien, ¿cómo podemos favorecer la cultura de la paz?, ¿de qué herramientas podemos disponer para lograr la erradicación de los determinantes sociales o aprendidos de la violencia? (ya que no podemos, hasta ahora, con los biológicos). De esto se trata esta parte final del ensayo. Es bueno identificar los factores generadores de paz (para incentivarlos, fortalecerlos, multiplicarlos) y los factores generadores de violencia (para reducirlos, limitarlos y ojalá eliminarlos). De manera esquemática, empezaré describiendo esos factores en las familias, en las instituciones educativas, en las religiones, en la política, en el mundo laboral, en las nuevas tecnologías y en la cultura. En las familias, he notado en mi experiencia clínica y en la de connotados terapeutas de familia (1,2,3) que los factores generadores de paz son: el grado de cohesión familiar y la fortaleza del vínculo entre los distintos elementos del sistema (a mayor cohesión, mayor armonía familiar); la claridad en los roles de cada miembro de la familia (a mayor claridad e identidad, cada quien sabe cuáles son sus funciones y hay menos lugar para la confusión y las riñas); el respeto a la dignidad personal del otro; el respeto a unas normas (tácitas o explícitas) del sistema familiar; la adecuada comunicación entre los distintos integrantes del sistema (una comunicación clara, asertiva, espontánea, libre y amorosa); la oportunidad de compartir experiencias (no solamente ratos de ocio o esparcimiento, también ceremonias, ritos de paso, reuniones con la familia extensa, etcétera); el acceso a facilitadores de expresión y catarsis o distensionadores/potenciadores psíquicos (si cada miembro de la familia y, al mismo tiempo, el grupo familiar cuentan con un psicoterapeuta con el cual puedan descargar sus tensiones, sus frustraciones, sus situaciones egodistónicas, y con el que puedan aprender a vivir una existencia plena y feliz); el cultivo de la vida espiritual (el estar afiliado a una religión y contar con el respaldo institucional y emocional que brinda); la oportunidad para desarrollar las potencialidades (si el sistema familiar permite el crecimiento de cada uno de sus miembros, su desarrollo, el disfrute de sus talentos). Los factores generadores de violencia al interior de las familias son: pobre cohesión familiar; confusión de roles e identidades; irrespeto a las normas e irrespeto a la dignidad del otro; pocas experiencias compartidas; pobre o nulo acceso a psicoterapia; la comunicación defectuosa; pobre o nula vida espiritual; escasa oportunidad para desarrollar las potencialidades (es decir, cuando el sistema permite el crecimiento y el desarrollo existencial). En las instituciones educativas, he identificado, he leído y me han comentado estos factores generadores de violencia (4,5,6): confusión o ambigüedad de roles, irrespeto (entre estudiantes, entre maestro-estudiante, entre maestros); pobre clarificación y explicitación de las normas; sistema inadecuado de castigo o recompensa de conductas; antecedente de violencia en el sistema familiar del niño; influencia mediática (presenciar escenas de matoneo o agresión a compañeros, sea en la televisión, en el cine o en las historietas); pobre control de impulsos; pobre profilaxis psiquiátrica y psicológica (fallas en la identificación, el diagnóstico y el manejo de síntomas y conductas de riesgo); permisividad inadecuada en padres de familia y en docentes. Como factores generadores de paz en las instituciones educativas, están: la claridad en los roles y el respeto entre todos los integrantes del sistema; permisividad limitada y estricto cumplimiento de la norma (no sólo de las normas de la institución educativa, sino también de las leyes nacionales y municipales); padres y docentes comprometidos a hacer respetar la norma; adecuado sistema de recompensa para las conductas de paz ejercidas hacia estudiantes y/o maestros; adecuado sistema de castigo para las conductas de violencia ejercidas hacia estudiantes y/o maestros; familias de estudiantes y maestros en armonía. En el ámbito religioso, los factores de paz son todos aquellos que contribuyen a la unión, el perdón, la solidaridad y la conciliación: el ecumenismo (7); el aperturismo y la tolerancia (8); el retorno a las comunidades religiosas carismáticas y de base (9); el respeto a la diferencia; es indispensable que no exista fanatismo y que no se involucren religión y política (10). Por el contrario, los factores generadores de violencia han sido siempre aquellos que implican alejamiento, rencor, individualismo y beligerancia: la cerrazón y el montañerismo religioso (11); la intolerancia; el fanatismo y el apego a las estructuras jerárquicas, como si de un ejército se tratase; el irrespeto y la burla a las tradiciones de los otros; el confundir ideología política con espiritualidad. El contexto político nos ofrece también panoramas para la paz y para la violencia. Generan paz: el cosmopolitismo; la tolerancia; el respeto a la institucionalidad y a las leyes nacionales e internacionales; la democracia y el liberalismo (12). Generan violencia: los nacionalismos; la xenofobia; los autoritarismos; los militarismos; el irrespeto a la ley y a las instituciones democráticas; el fanatismo y los partidos políticos que consideren que el Estado puede anular a la persona humana, como el comunismo, el nazismo o el fascismo (13,14). Con respecto al mundo laboral, estimulan una cultura de paz: cohesión familiar y la fortaleza de los vínculos; la claridad en los roles y funciones; el respeto a la dignidad personal del otro; el respeto a las normas; la adecuada comunicación; la oportunidad de compartir experiencias de sano esparcimiento; el buen clima laboral (15); el apoyo psicoterapéutico tanto a nivel individual como grupal; la oportunidad para desarrollar las potencialidades (si la organización permite el crecimiento de cada uno de sus miembros, su desarrollo, el disfrute de sus talentos, habrá un mejor ambiente). Es bueno que la empresa le ofrezca a su trabajador acceso a espacios culturales, lúdicos y educativos (16). Las nuevas tecnologías son un desafío. Por ejemplo, en internet abundan imágenes, videos, blogs y artículos que hacen una apología a la violencia. Es preocupante la cantidad de material de este tipo. Esto, obviamente, va desensibilizando a quienes lo perciben poco a poco. Es decir, se van acostumbrando a este tipo de escenas (de torturas, de homicidios, de castigos cruentos, de violaciones, de mutilaciones) y van creyéndolas normales. Estoy convencido que esta habituación a las escenas violentas predispone a la violencia, sobretodo si quien se expone a ellas no tiene una sólida formación moral. A su vez, estas escenas e imágenes hacen cierta apología de la violencia. Muchas veces la promocionan. Creo que el Estado debe meter mano en el asunto. Se debe hacer uso de la censura para este tipo de material. Sin duda. El hecho de valorar la democracia liberal no quiere decir que nos vayamos al extremo. El Estado debe intervenir sutilmente, pero hacerlo. Así como los mercados no se autorregulan (he aquí el mejor ejemplo: la crisis económica de 2008 que evidenció las falencias del neoliberalismo), las producciones culturales tampoco. Está muy bien que en el internet se divulguen la poesía, la música, el pensamiento. Pero que se le haga propaganda a la violencia no sólo es indecoroso. Es nocivo. La violencia, así sea simbólica o estética, promueve más violencia. Y lo mismo sucede con las manifestaciones culturales de paz. Soy partidario que debe promoverse la cultura para la paz. Y por cultura entiendo todo lo que produce el ser humano, a nivel conductual y simbólico (17). De este modo, es indispensable que todo esfuerzo humano creativo y que tienda a hacer puentes, a integrar a personas y naciones, debe ser dado a conocer. Las voces que promuevan la tolerancia deben ser provistas de “megáfonos” por los medios masivos de comunicación. El periodista, el editor, el comunicador social y el publicista tienen una responsabilidad enorme. Deben esforzarse en darle vocería y publicidad a los trabajos que promuevan la amistad, la solidaridad, la compasión y el ejercicio democrático de la libertad. En vez de cebarse con lo tanático, lo horrendo y lo agresivo deben dar a conocer cada ejemplo de amor que conozcan. Igualmente los estadistas y los dueños de periódicos y canales de televisión privados. Tienen una responsabilidad social. Por eso, en vez de películas violentas deberían pasar documentales de la naturaleza o biografías de personas comprometidas con el mejoramiento de las relaciones entre los seres humanos. En vez de hacer emotivas apologías de la guerra o de brindarle espacios a los guerreristas en entrevistas o programas de debate, deberían buscar y difundir con esmero ejemplos de cooperación. Los ideólogos de la guerra, que abundan, no deberían recibir tanta pantalla. Los ideólogos de la paz deberían contar con todas las facilidades para propagar su mensaje. La academia ofrece también una oportunidad valiosa de transformación social. Ahí, en la formación de las generaciones del mañana, se está gestando y potenciando (o bloqueando y atrofiando) la cultura de la paz. Cada formador, cada maestro, cada coordinador, cada decano, cada miembro del personal de los jardines infantiles, colegios y universidades debe contribuir al moldeamiento de los seres humanos en desarrollo con los que está trabajando. Nunca serán suficientes los esfuerzos que se hagan en pro de moldear la conducta para que sea cada vez más afectuosa, más amable, más pacífica, más tolerante y humana. Eso es humanizar desde la academia. Eso es transformar desde la academia. En general, todos los seres humanos estamos creando cultura en algún momento de nuestras vidas. Por eso, creo que es un deber, y un deber sublime además, el contribuir a la paz. Desde el propio lenguaje hasta las propias elecciones cognitivas y comportamentales, desde lo que pensamos hasta lo que hacemos, debemos siempre estar apuntando hacia lo justo, lo bello, lo bueno y lo deseable: lo que es más noble de la naturaleza humana. Lo que nos acerca a la Idea del Bien Supremo de la que alguna vez habló Platón (y hablo en esos términos para no herir susceptibilidades si hablo de Dios, y porque también creo que agnósticos y ateos también están obligados a contribuir a la paz). Construir la paz será, en últimas, hacernos mejores seres humanos. Por último, deseo hacer referencia al ciudadano como consumidor de cultura. Me parece indispensable que empecemos a elegir lo que promueve el pacifismo, la libertad democrática y la tolerancia. En vez de comprar películas “de acción” (en las que el nombre es incompleto, pues en realidad son “películas de acción violenta”) y consumir tanta basura (explosiones, efusiones de sangre, homicidios, golpes, ruidos de metralla, etcétera), deberíamos optar por buena música o un tipo de cine distinto. En vez de asistir a espectáculos brutales, que muestran el lado más bestial del hombre (kick-boxing, lucha libre, boxeo, toreo, etcétera), deberíamos optar por ir a un buen concierto, una conferencia saludable para el espíritu, una exposición de arte. De cada decisión que tome cada ciudadano dependerá la orientación del conglomerado social en general. Mis votos son para que se prefiera entonces consumir lo que es bueno para el alma, lo que enaltece al hombre, lo que nos recuerda que lo más bello se encuentra en el amor. REFERENCIAS Primera Parte (1) Bobbio, N. El problema de la guerra y las vías de la paz, Barcelona, 1981 (2) Freud, S. Obras completas, Barcelona, 2009 (3) Campos, D.A. Reflexiones sobre Psicoterapia, inédito (4) Idem (5) Idem (6) Idem (7) Bobbio, N. El problema de la guerra y las vías de la paz, Barcelona, 1981 (8) Brainsky, S. Introducción a la psicología y la psicopatología dinámicas, Bogotá, 1998 (9) Brenner, C. 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