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sábado, 13 de octubre de 2012

SEMIOLOGÍA Y FILOSOFÍA DEL LENGUAJE EN LOS ESLÓGANES DE LOS PLANES DE GOBIERNO DE ALGUNOS PRESIDENTES DE COLOMBIA, por David Alberto Campos

SEMIOLOGÍA Y FILOSOFÍA DEL LENGUAJE EN LOS ESLÓGANES DE LOS PLANES DE GOBIERNO DE ALGUNOS PRESIDENTES DE COLOMBIA David Alberto Campos Vargas, MD* “La Revolución en Marcha”. Presidente: Alfonso López Pumarejo La frase es elocuente en sí misma. López Pumarejo, socialdemócrata convencido, quería hacer una auténtica reforma agraria. Y para la época en la que le tocó gobernar, acaso por influencia de las experiencias vividas en la Revolución Mexicana y en la Revolución Bolchevique, casi que se homologaban los conceptos de reforma agraria y revolución. Ahora bien, no fue una revolución en el completo sentido de la palabra. Todo terminó siendo una reforma tímida, o mejor dicho, un conjunto de reformas de espíritu bondadoso y solidario, en apariencia sólido pero insuficiente. “En marcha” me genera ciertas dudas. Por la personalidad de López, bastante determinada (en ocasiones apasionada, demasiado acalorada, por lo que terminó traicionándolo y haciéndolo renunciar en su segundo gobierno), puedo suponer que era una expresión de dinamismo. Algo que está en marcha es algo que está funcionando, que está en acción, que se está moviendo. Otro significado, menos probable pero también relacionado con el estilo lopista, sería el de “Revolución en la marcha”, es decir, “Revolución mientras se gobierna”. López no perdía tiempo. Le gustaba, realmente, “ir diciendo y haciendo”. Algo que su hijo, al parecer, jamás entendió. “El Mandato Claro”. Presidente: Alfonso López Michelsen De entrada, cuando alguien dice que su periodo será un “mandato” está dejando entrever quién tiene la sartén por el mango. El que manda es quien ejerce el mandato. Bastante creído López Michelsen, bastante narciso…no en vano era hijo de ex presidente, no en vano era rico, no en vano era tan sobresaliente. Desde la psicopatología a uno le preocupa que alguien con esos rasgos de personalidad (un ególatra) llegue a dirigir una nación, pues tenderá a buscar su propio beneficio, en vez de buscar el beneficio de la colectividad. Y así fue la historia con López. La “claridad” hay que analizarla con detenimiento. En realidad, no hubo un mandato “claro”. No fue nítido. López no consiguió transmitir ni concretar sus planes con claridad. Todo se le quedó hecho a medias (a tal punto que hasta una presidencia floja como la de Misael Pastrana llegó a parecer mejor que la suya). No tenía claridad de pensamiento (acaso porque era un gran camaleón, un político sin integridad ni fundamentos); por ende, jamás llegó a ser claro en su actuar (en su “mandar” de niño rico y engreído). “Sí se puede”. Presidente: Belisario Betancur Cuartas Con esta frase podemos colegir que quien intentó representarse a través de ella era un hombre poético e idealista. Y sí, Belisario Betancur fue un poco de esas dos cosas. Un poeta flojo, un poetastro a decir verdad (aunque por supuesto miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, pues no es un poetastro cualquiera, sino un “Poetastro – Expresidente”). Y un idealista. Recuerdo, en efecto, a un hombre de mirada profunda, sensible, algo depresiva en su tono, canoso y arrugado, pero decidido a dejar su impronta. Algo había en Betancur de Goethe, de Racine, del propio Beethoven: el hombre que lucha en solitario, con toda su determinación y con todas sus fuerzas, contra un mundo conflictivo, caótico, dionisiaco. Betancur encarnó el Romanticismo en la política colombiana tanto como Schiller o Novalis el Romanticismo en la lírica alemana. Sus discursos, que dejan entrever un escaso sentido de lo práctico, un pobre uso del juicio crítico, un abandono completo de la realpolitik y un deseo de hacer las cosas “sin ton ni son” únicos en la Historia de Colombia (únicos por la forma poética con la que disfraza sus incogruencias, no por la frecuencia con que los gobernantes colombianos incurren en dichos errores). Su “sí se puede” es un grito desesperado, lleno de fe, de irracionalidad, de confianza optimista en el futuro. “Sí se puede”, repetía el buen Belisario, mientras andaba a pintar palomas que dizque eran palomas de la paz, que dizque atraían paz a los barrios y comunas marginados. “Sí se puede”, se dijo a sí mismo, seguramente, en aquellas horas aciagas en las que tuvo que hacerle frente a dos de las grandes tragedias de la Historia de Colombia en el siglo XX: la erupción y posterior avalancha del volcán nevado del Ruiz, que sepultó a un pueblo entero (Armero), y la toma y retoma del Palacio de Justicia. También vivió otros eventos devastadores, como el asesinato de su ministro de defensa, ordenado por Pablo Escobar. “Así Estamos Cumpliendo”. Presidente: Virgilio Barco Vargas El mensaje es claro. Barco quería decir, de forma explícita, que de esa manera se estaba llevando a cabo lo prometido. Seguramente intentaba hacer calar en el imaginario colectivo la idea de que sí se están haciendo las cosas, que sí se están concretando todas las promesas que se hicieron durante la campaña. Es muy diciente el “estamos”. Barco intentaba así dar la imagen de que no era un líder solitario, sino todo un equipo (el gobierno, su staff de ministros) el que llevaba las riendas (cosa bastante cercana a la realidad, puesto que Barco le apostó a un gobierno de Partido, y a un equipo de tecnócratas –muchos con alto rango académico- y políticos expertos para dirigir…y él hizo un papel más bien opaco y débil). Como señala Álape (1), Barco no quería mostrarse como el hombre achacoso y enfermo que era (con cáncer y enfermedad de Alzheimer en progresión), por lo que optó por enfocar todo en su equipo, en sus colaboradores, en su gobierno. De ahí ese uso del plural, ese “estamos” con noción de “nosotros” Es interesante cómo el presidente Barco intentó hacer uso de este eslogan para “corroborar” la imagen de estadista cumplidor y diligente que había sembrado en sus años juveniles, en especial a la hora de concretar carreteras o puentes (no en vano era Ingeniero Civil de profesión). Y, al mismo tiempo, buscando paliar la imagen de político poco entusiasta y flojo a la hora de hablar, pues llegó a ser presidente siendo un anciano casi gagá, frágil, lento y débil, que ya no era ni la sombra de aquél eficiente Ministro de Obras Públicas del presidente Alberto Lleras Camargo, ni del aplicado Ministro de Hacienda y Agricultura del presidente Guillermo León Valencia (2). De ahí su afán, creo, de hacer resaltar lo único que le quedaba de su juventud: la capacidad para ejecutar obras públicas. Tengamos en cuenta que el decrépito Barco llegó a la campaña presidencial de 1985-1986 bastante menguado. La tuvo difícil a la hora de enfrentarse a Alvaro Gómez Hurtado (un candidato superior intelectualmente, con el que siempre evitó el debate público, para no mostrar su inferioridad mental, a mi juicio producto del deterioro cerebral) y tuvo que lidiar con la oposición a su candidatura dentro de su propio Partido, cuando Luis Carlos Galán y el grupo de los neoliberales optaron por la política de los outsiders y no lo respaldaron (3). De hecho, Galán se presentó también como candidato a la presidencia de Colombia. El galanismo denunció que el oficialismo había respaldado a Barco y le había dado la espalda al grupo de liberales “jóvenes” (4). Cuando ganó las elecciones de 1986, el ahora presidente Barco hizo todo lo posible por mostrarse bien respaldado, mostrándose rodeado de ministros de envergadura (Enrique Low Murtra, Guillermo Perry Rubio, Julio Londoño Paredes, Mónica De Greiff, Antonio Yepes Parra…) y otros no tan honestos, pero ya curtidos en “política” (Horacio Serpa Uribe, César Gaviria Trujillo, Carlos Lemos Simmonds, José Name Terán). Como ya he señalado, cuando Barco tuvo que hacer frente a su propia vejez, a su propia decadencia y a la enfermedad su única salida fue el apostarle, decididamente, a inflar lo único que le quedaba de su juventud: su fama de “hacedor de obras públicas”, que además le iba muy bien, dada su formación y su carrera. Entonces su carta de presentación se volvió la construcción de puentes y carreteras, la apertura de nuevas vías y el intento, aunque fallido, de organización en infraestructura y comercio (5). Recuerdo, en efecto, a Barco como un presidente insulso, insípido y en ocasiones estúpido, lento en sus respuestas (ya se veían signos de Alzheimer), torpe intelectualmente, pero eso sí, decidido a inaugurar personalmente hasta puentes peatonales. Era su pasión. Era su oficio. El ingeniero civil que por vueltas de la vida (y la protección del “politiquero” por excelencia, Alfonso López Michelsen, y de otros poderosos que sintieron por él simpatía) había terminado en el solio de Bolívar estaba ahí para eso. Por desgracia, demostró que sólo servía para eso. En su gobierno la ilegalidad y el narcotráfico ascendieron vertiginosamente, se deterioró la seguridad, aumentaron los índices de violencia en las urbes (la tasa de homicidios casi se triplicó), y hubo, en general, un retroceso en el país (6). “La Revolución Pacífica”. Presidente: César Gaviria Trujillo A Gaviria lo favoreció la suerte (7). Por no decir que la mafia. En efecto, tan pronto el Cartel de Medellín asesinó a Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato a la presidencia de Colombia por el Partido Liberal (ya no de outsider, pero sí con la enemistad y animadversión de algunos “cacaos” del Liberalismo, como el susodicho López) y uno de los políticos más carismáticos que había aparecido en la escena colombiana, Gaviria fue el “ungido” (pésima decisión, además) para (dizque) remplazarlo. La campaña tomó un rumbo circense, oprobioso para la memoria de Galán. Recuerdo que el narcotráfico, en su cenit, unido al paramilitarismo y aprovechando el caos administrativo e institucional del país (la debilidad del Estado) asesinó a otros dos candidatos (Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro Leongómez), mientras Gaviria prometía que “habría futuro”. Al final, se impuso al Movimiento de Salvación Nacional del ya gastado Álvaro Gómez, y llegó a ser presidente. Y es cosa sabida que cuando uno siente que no se merece lo que tiene, empieza a ser todo lo posible para “justificarlo”. Es un mecanismo frecuente de compensación psicológica. Así que Gaviria intentó hacer su propia Revolución. Una revolución a su medida, claro (pequeña, mediocre, light); realmente, se terminó llamando, folclóricamente, “El Revolcón” (8). Un “Revolcón” intrascendente, poco preocupado por lo social, continuista, desordenado y sin directriz, flojísima caricatura de lo que en verdad habría podido concretar Galán, si no lo hubieran matado. Pero evidentemente Gaviria quería darle “pompa y circunstancia” a su farsa. Así que la bautizó “Revolución Pacífica” (8), dando a entender que la pusilanimidad frente al cambio era sinónima de no-violencia, y que las medidas (tan pacatas, tan simplonas, tan insuficientes) que tomó para favorecer la perpetuación del sistema corrupto que heredó de Barco (el clientelismo, la burocracia, el agigantamiento de la burocracia parasitaria e inútil, las fallas en la planeación, el marcado acercamiento a la estrategia geopolítica estadounidense, el aperturismo desorganizado que se convirtió en debacle económica) eran supuestamente “revolucionarias” (9). La Apertura Económica terminó desfavoreciendo a miles de pequeños productores colombianos, acelerando el proceso de debilitamiento de la moneda colombiana (un dólar estadounidense terminó valiendo casi dos mil pesos), abonando el terreno para la gravísima recesión económica de 1995-1997, y dejando a Colombia a la deriva dentro de un proceso de globalización para el que no estaba preparada (10,11). “El Salto Social”. Presidente: Ernesto Samper Pizano Exministro de Desarrollo de Gaviria, el vicioso Ernesto Samper Pizano, oligárquico por dentro pero deseoso de ofrecer una fachada “social” a sus votantes, se publicitó como “el candidato de la gente” en la campaña de 1993-1994. Irónicamente su rival, Andrés Pastrana Arango, el también aristocrático (e igual de hipócrita) hijo del ex presidente Misael Pastrana, quiso jugar el mismo juego. La campaña de Samper se basó en la payasada pseudosocialista con la que él, siempre astuto y maquiavélico, quiso tapar un poco su condición de niño bien (cosa que logró esconder mejor que los millones de pesos que le endosaron varios narcotraficantes, en especial los del Cartel de Cali y los del Cartel del Norte del Valle), y la frase escogida fue: “Es el tiempo de la gente”. El delfín Pastrana, para no quedarse atrás, acuñó: “Llegó el momento de la gente”. La farsa terminó dándole una estrecha victoria a Samper. Y su plan de gobierno, cómo no, fue “El salto social”. Leyendo a Samper concluyo que pudo haber sido bienintencionado, y que intentó algo del desarrollismo prometido por Alvaro Gómez en la década de los 80 (12,13, 14), pero los resultados de las políticas sociales emprendidas durante su gobierno presentaron un efecto nulo sobre los indicadores bienestar de la población. De hecho, su mandato estuvo caracterizado por un crecimiento importante de la población bajo la línea de pobreza (15,16). El “salto social” fue un rotundo fracaso, pero vale la pena examinar detenidamente la trillada expresión: al hablar de “salto”, Samper reconoció que el país estaba aún anclado en prácticas económicas atrasadas (con énfasis en el monocultivo y escasos socios comerciales) y que su gestión en la cartera de Desarrollo había sido ineficaz. Había que dar un salto, porque en realidad se había hecho muy poco. En otras palabras, ante la imposibilidad de un avance paulatino y sólido, había que buscar un atajo, una salida de emergencia (y a Samper sí que le gustaban los atajos, como lo demostraron sus alianzas con la mafia para allanarse el camino al poder). “Cambio para Construir la Paz”. Presidente: Andrés Pastrana Arango Como buen oportunista, fiel a los consejos de su padre Misael (viejo zorro de la “politiquería” colombiana), Pastrana dejó que inmolaran a Alvaro Gómez, jefe ideológico de la oposición al narco-gobierno de Samper, para luego parapetarse como el “paladín de la justicia” que quería aparentar en la campaña de 1997-1998 (17,18). Y le funcionó. Pasando de agache en los turbulentos y peligrosos días del segundo semestre de 1995, en los que hubo disturbios y marchas en contra de Samper casi a diario, se fraguaron al menos dos planes de golpe de Estado (los que hemos podido conocer hasta ahora), y que culminaron con la orden del propio gobierno (no está muy claro si fue dada por Horacio Serpa, el escudero de Samper, o por el mismo Samper, o por ambos) de liquidar al anciano Gómez Hurtado (19,20,21). Con el magnicidio, Samper tuvo la excusa que necesitaba para decretar el estado de conmoción interior y, de manera desesperada, tomar las riendas de un país que se le estaba haciendo ingobernable. Y Pastrana, la oportunidad de llegar al poder en 1998, no por mérito propio, sino sobretodo por la animadversión que las masas cultivaron hacia Samper y el samperismo. Y porque un político mucho mejor preparado, el veterano Gómez, literalmente había sido “sacado del camino”. Pastrana también tuvo la ventaja de enfrentarse en las presidenciales de 1998 con el exministro del Interior de Samper, Horacio Serpa Uribe. Como ya he señalado, el país estaba hastiado de los abusos del narco-gobierno (22), y no quería saber nada de samperismo (del que Serpa sería, al menos ante la opinión pública, un continuista). De otro lado, Pastrana supo aprovechar sus dotes de comunicador (eso sí hay que decirlo: periodismo fue lo único que supo hacer bien en su vida) y desbarató al vetusto y basto Serpa en dos debates televisados. Pero, una vez en la presidencia, ¿qué hizo el delfín? Deseoso de protagonismo, y confiado en las promesas del Comandante de las FARC del momento, alias “Tirofijo”, se embarcó en un proceso de paz tan ingenuo como improcedente. El eslogan no pudo ser más inapropiado: “Cambio para construir la paz”. ¿Cuál cambio?, ¿Habrían acaso de cambiar las cosas, a nivel estructural y socioeconómico, cuando un aristócrata consentido por la vida remplaza a otro? Y con respecto a la paz, ¿acaso se logra negociando con un solo grupo de terroristas? ¿Y si la violencia se vive en todos los niveles, a nivel de pareja, a nivel familiar, a son de qué esa pretensión tan infantil de creer que una mesa de diálogo con unos guerrilleros erradicaría la violencia de la sociedad entera? Además de todos los errores arriba enunciados, y de los errores logísticos (¿empieza uno cediendo territorio y fuerzas, de entrada, en una negociación con alguien que inclusive presume más fuerza que uno?, ¿es válida la ingenuidad de negociar cuando no hay un verdadero cese de hostilidades de la otra parte?, ¿es sensato poner todas las cartas sobre la mesa cuando el bando enemigo oculta las suyas, y se propone destruirlo a uno?), estaba un error implícito, filosófico: “construyendo la paz” tiene ya, en sí mismo, un enunciado constructivista. ¿Acaso el enfoque constructivista es el más adecuado para llegar a una mesa de diálogo con un grupo al margen de la ley, muy bien armado y con capacidad ofensiva casi igual a la de las propias Fuerzas Armadas del Estado? (23) Y ya se conoce la historia. El gobierno de Pastrana terminó siendo tan malo como el de su archirrival (el bojote Samper), el proceso de paz (diseñado para fracasar) fue un fiasco y el país terminó en manos de la guerrilla de las FARC y de otros grupos al margen de la ley. Sin esa situación, jamás hubiera sido probable que un hombre carente de tacto, belicoso y relativamente joven y anónimo como Álvaro Uribe consiguiera llegar tan lejos. Pero así es la historia: de los errores del pasado surgen los errores del futuro. “Hacia un Estado Comunitario”. Presidente: Álvaro Uribe Vélez Es casi una burla que un hombre de convicciones fascistas, amante de la centralización del poder, ególatra y engreído dijera dizque su gobierno iba a maniobrar hacia un Estado Comunitario (24). La promesa, tan inverosímil como rayana en lo cómico, era tan parecida a las promesas de paz de Hitler hacia la Union Soviética en 1938. Pero la perorata funcionó (25). De los Estados Comunitarios Uribe no introdujo ni la universalización del acceso a la educación de calidad, ni la igualdad de oportunidades, ni la equidad económica, ni el apoyo a las iniciativas gremiales o comunitarias (26,27). Por el contrario, su mensaje resultó tan falso como su supuesto “corazón grande”, pavada que se encargó de difundir a los cuatro vientos en la campaña presidencial de 2002. No hubo, en efecto, ningún corazón grande, sino un corazón rencoroso, resentido, incapaz de amor o de perdón. El corazón de un autócrata convencido, militarista e intransigente fue lo que terminamos viendo. Tampoco hubo Estado Comunitario. En Colombia se acentuó aún más la brecha entre ricos y pobres, y el escaso poder que tenían las pequeñas comunidades se perdió, gracias a la fuerza centrípeta de un dictador con disfraz democrático y a los “buenos oficios” de sus burócratas (28). Lo que sí cumplió a cabalidad fue aquello de la “mano firme”. Y bien firme. Sólo un poquito menos que Pinochet. “Estado Comunitario, Desarrollo para Todos”. Segundo gobierno de Álvaro Uribe Vélez La vulnerabilidad del Estado frente a los grupos insurgentes (especialmente las FARC, un ejército adiestrado, económicamente poderoso dadas las entradas que recibía de organizaciones y gobiernos extranjeros, y del propio narcotráfico) y la debilidad de Pastrana permitieron el meteórico ascenso de Uribe (29). Ahora bien, ¿cómo entender, desde lo filosófico y psicológico, su relección? Hay que entender los fenómenos de histeria de masas. La gente, el pueblo tenía miedo. La inseguridad y la debilidad del Ejército (y de otras instituciones) frente a las guerrillas y otras organizaciones delictivas hizo que la imagen que Uribe se esforzaba en proyectar fuera acogida con cierto mesianismo. Más aún, cuando las FARC empezaron a tener reveses y se vieron forzadas a asumir un rol defensivo y de repliegue, el ídolo que el pueblo había hecho de Uribe, ídolo que en verdad no correspondía a Uribe sino a una imagen idealizada (“el Uribe popular”), se transformó en todo un objeto de culto. Y empezó a calar la (falsa) idea de que “el gobierno estaba a punto de derrotar finalmente a la guerrilla”, y que “sólo necesitaba un poco más de tiempo”. ¿Cuánto tiempo estaba dispuesta Colombia a darle a su megalomaniaco presidente para darle esa “estocada final” a la insurgencia? Le dio otros cuatro años, y de no ser por el impedimento legal que jamás pudieron superar sus asesores e íntimos (Luis Camilo Osorio, Carlos Holguín, Luis Carlos Restrepo, Andrés Felipe Arias, Martha Lucía Ramírez, Hernán Andrade, José Obdulio Gaviria, etcétera), hubieran sido al menos otros cuatro años más (algo similar a la dictadura con fachada democrática de Chávez en Venezuela). Recuerdo que mucha gente apoyó a Uribe en las elecciones del 2006. La tuvo incluso más fácil que en 2002, pues contó con toda la maquinaria estatal y todo el entramado de coacción, desinformación, propaganda viciada y tráfico de influencias del que pudiera esperarse en una república bananera (pues a eso nos llevó su estilo autocrático). Muchos (en quienes penetró más la propaganda, el hechizo de los medios de comunicación, abocados todos a ensalzar al “gran líder”) incluso llegaron a preguntarse: “Si no es Uribe, ¿entonces quien?”. Y la aplastante victoria sobre sus oponentes (Antanas Mockus, un académico honrado pero confuso en sus apreciaciones y contradictorio en sus posturas; Horacio Serpa, la ex “mano derecha” del corrupto gobierno de Samper, completamente desprestigiado por eso mismo; Carlos Gaviria, un izquierdista gagá, anarquista y anticlerical en un país claramente confesional, amante de las jerarquías y convencido de la necesidad del modelo neo-fascista de Uribe) fue seguida de su segundo eslogan de gobierno: “Estado Comunitario, Desarrollo para Todos”. Era tal la envergadura de la mentira que a muchos les parecía improbable que tanta gente se comiera el cuento. Y se lo comieron. Ni siquiera había Estado Comunitario, sino un Estado militarizado, piramidal y estricto, con altas dosis de censura, represión y coerción de la ciudadanía. Un Estado-Cuartel, en el que hasta los universitarios empezaron a parecer Juventudes Hitlerianas. Pero el eslogan daba por sentado que se había tenido éxito con el plan anterior, y que efectivamente Colombia era un Estado Comunitario. ¿Desarrollo para todos?, ¿En un gobierno en el que los grandes terratenientes y latifundistas industriales eran las “niñas de los ojos” que había que “mimar”? De ningún modo. Uribe continuó favoreciendo a los grandes y poderosos, quienes a su vez redoblaron su apoyo. Se formó un contubernio tan inmoral como nefasto. Y el pueblo (ingenuo, ignorante, manipulado, idiotizado por el “ídolo” que había formado) salió perjudicado. No hubo desarrollo para todos. Hubo riqueza para unos pocos. Con lo de la “seguridad democrática” tampoco cumplió. Sí hubo seguridad, pero una seguridad cretina, con uso excesivo de la fuerza y atropellos (cuando no franca brutalidad) de parte de las fuerzas policiales y militares del Estado. No está 100% seguro un ciudadano que pueda ser apaleado o detenido, porque sí, por las propias instituciones estatales. Y de “democrática”, sólo el nombre. Como en las peores dictaduras, el gobierno de Uribe espió a sus opositores, silenció a algunos, amenazó a muchos otros. “Prosperidad para todos”. Presidente: Juan Manuel Santos El ex ministro de Defensa de Uribe, Juan Manuel Santos, más bien torpe y lento, poco inteligente (pero eso sí, muy astuto, como buen psicópata), perteneciente (como Samper y Pastrana, y muchos otros presidentes de este desgraciado país, que ha sido gobernado siempre por un puñado de familias explotadoras y utilitaristas) a la high class y miembro de la familia con mayor poder mediático en Colombia, llegó al poder en el 2010 después que las altas Cortes (y, en general, la Rama Judicial, que siempre riñó con Uribe, en especial durante su segundo mandato) declararan que era inconstitucional una segunda relección del Mussolini criollo. Su llegada al poder significó para los uribistas (en el 2010, casi dos de cada tres colombianos) el “mal menor” ante la imposibilidad de tener a Uribe. Es decir, a falta de Mesías, el pueblo (manipulado, ignorante, ingenuo) votó por el supuesto Apóstol. Como dice el viejo refrán: “A falta de pan, buenas son tortas”. Y así, el Partido de la U (a tal punto había llegado el culto a la personalidad de Uribe que tenía su propio partido, con “U” de “Uribe”), buena parte del Partido Conservador (cuya candidata oficial, la camaleónica, tibia y oportunista Noemí Sanín, no convencía a casi nadie) y muchos de Cambio Radical, sin contar uno que otro Liberal-Fascista (de esos que aparentan tan bien que hasta pasan por manzanillos), apoyaron a Santos. ¿Quiénes eran los otros candidatos? El débil (ya para ese entonces, inclusive diagnosticable como débil mental) Antanas Mockus (28); la aún más pusilánime Noemí Sanín (de quien había sido Mockus compañero de fórmula en las presidenciales de 1998), el beligerante y mentiroso Germán Vargas, el ex guerrillero Gustavo Petro, y otros aún con menos posibilidades. Santos, el niño mimado del uribismo, la tuvo fácil desde el principio. Sólo que su enorme incapacidad, su escasa inteligencia y su soberbia le jugaron en contra, y Mockus consiguió llevarlo a una segunda vuelta. Pero en esa instancia, el tráfico de influencias, la desinformación (incluso con competencia desleal y franca calumnia) y la compra de votos hicieron lo suyo. Santos barrió al inseguro e improvisado ex alcalde de Bogotá, que a esas alturas ya dejaba ver su enfermedad de Parkinson. Haciendo gala de su oportunismo, y aprovechando los miedos del colombiano promedio (“la guerrilla va a contraatacar”, “todo lo que hizo Uribe se acabó”, “el país se va a echar para atrás”), acuñó la célebre frase “Retroceder no es una opción”. Es decir, de manera atrevida, y de un plumazo, tildó a sus rivales de “aliados del retroceso”. Lo cual equivalía, sutilmente, a “aliados de los tiempos A.U.” (Antes de Uribe, el “Mesías”). Es decir, casi subliminalmente, “con los demás candidatos, volverá a ser poderosa la guerrilla”. Muy buen ardid publicitario. Obvio, terminó ganando. No podía prometer desarrollo para todos, porque ya eso lo había hecho Uribe, y no podía ser tan falto de originalidad hasta para eso. Entonces escogió una frase ligeramente distinta, aunque repitió el concepto (ya bastante trillado a esas alturas, pero suficiente como para convencer a la mayoría) de “Prosperidad para Todos”. Si se analiza su eslogan desde lo semiológico, hay bastante de qué preocuparnos: Santos ni siquiera prometió desarrollo, solamente prosperidad. Es decir, no apuntó hacia un incremento en el capital global, ni en el recurso humano del país (31), sino a un mero incremento económico, monetario. Por supuesto, con un toque populista: el “para todos” volvió a sonar. Y creer que un oligarca narcisístico y desconsiderado del dolor ajeno va, de repente, a cambiar lo que ha sido toda su vida y va a dar “prosperidad a todos”, es tan ingenuo como peligroso. Y ahí vamos, como nación, dando tumbos, tal como pronosticó Bolívar cercano a su muerte (32). Espero, de todo corazón, que este breve ensayo permita abrir los ojos de quien lo lea. REFERENCIAS (1) Álape, A El cadáver insepulto, Planeta, 2005 (2) Ortiz, R. Virgilio Barco Vargas, Centro de Estudios Internacionales y de Documentación de Barcelona, 2010 (3) Campos Vargas, D.A. La verdad sobre la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, Pensamiento y Literatura, Diciembre de 2011 (4) Losada, A. Comunicación personal (5) Andrade, F. Comunicación personal (6) Otálvora, E.C. Un Barco Liberal, Virgilio Barco Vargas, Caracas, 2009 (7) Santa María, R. Revista Semana, Lunes 9 de Noviembre de1998 (8) González, C. Revolución social. El desbalance del revolcón. Universidad Nacional, 2000 (9) Vargas, M. Memorias secretas del revolcón: la historia íntima del polémico gobierno de César Gaviria, 1993 (10) Kucharz, T. Colombia: terrorismo de Estado. Historia de una guerra sucia, 2006 (11) Giraldo, F., Gaviria, C. Infraestructura y desarrollo: reto de la construcción, 1996 (12) Samper, E. Colombia sale adelante, Bogotá, 1989 (13) Samper, E. 100 días del salto social, Bogotá, 1994 (14) Samper, E. Hacia un nuevo modelo de desarrollo: el salto social, Asamblea General de las Naciones Unidas, 1994 (15) Roll, D. Rojo difuso y azul pálido: los partidos tradicionales en Colombia, 2002 (16) Betancur, I. Sí sabía: viaje a través del expediente de Ernesto Samper, 1996 (17) Gómez, E. ¿Por qué lo mataron?, Bogotá, 2011 (18) Campos Vargas, D.A. La verdad sobre la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, Pensamiento y Literatura, Diciembre de 2011 (19) Gómez, E. ¿Por qué lo mataron?, Bogotá, 2011 (20) Pecaut, D. Crónica de cuatro décadas de política colombiana, 1996 (21) Naranjo, V., Pardo, C. Parra, C. Teoría constitucional, 2006 (22) Londoño, F. La parábola del elefante, 1996 (23) Urán, A. Colombia: un estado militarizado de competencia, 2007 (24) Sánchez, R. Bonapartismo presidencial en Colombia, 2005 (25) De la Torre, C. Alvaro Uribe o el neopopulismo en Colombia, 2005 (26) Estrada, J. Intelectuales, tecnócratas y reformas neoliberales en América Latina, 2005 (27) Borrero, C. El embrujo autoritario, 2003 (28) Gardeazábal, H. Más allá del embrujo, 2005 (29) Pecaut, D. Midiendo fuerzas: balance del primer año de gobierno de Álvaro Uribe, 2003 (30) Campos, D.A. Vidas paralelas: Mockus versus Santos. Pensamiento y Literatura, 2010 (31) Campos, D.A. Aventuras y desventuras de las políticas en salud mental en Colombia, 2009 (32) Campos, D.A. Las paradojas del Libertador, Memorias del IIICongreso Nacional de Residentes, Bogotá, 2009