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miércoles, 11 de julio de 2012

DE PROFUNDIS, por Antonio Iriarte Cadena

Es tal vez el último día de mi vida. He saludado al sol levantando la mano derecha, mas no lo he saludado diciéndole adiós. Hice la seña de que me gustaba verlo: nada más. Fernando Pessoa. Desde hace cerca de mil trescientos años, antes de entregarse al sueño de la noche, los monjes budistas del Tíbet conservan la costumbre saludable de poner bocabajo, junto a la cabecera de su cama, el tazón en el que suelen recibir su porción diaria de comida. La razón única de tan sencilla y en apariencia insignificante operación doméstica, es la de recordarles que bien pudiera aparecer muerto al otro día cualquiera de ellos y, por consiguiente, resultaría penosamente redundante el disponer el jarro desde la víspera, pensando en el desayuno del aún incierto amanecer. Fueron necesarios más de sesenta años –buena parte de mi vida- para que, más allá de lecturas, algunas de una lucidez sorprendente, de discursos retóricos, debates académicos o de reflexiones personales, me tomara en serio la enormidad de la certeza según la cual yo, como cualquiera otro de los vivientes que poblaron, pueblan y poblarán la Tierra, tendría que morir algún día. Comprendí por fin que la muerte es la consecuencia natural de haber nacido. Así que ninguno de los seres vivos, humanos y no humanos, animales y no animales, absolutamente ninguno, ha podido ni podrá escapar a este designio misterioso y universal. Sin embargo, queridos familiares y amigos, casi nadie está dispuesto a asumir de buenas a primeras, aunque lo sepa a cabalidad, no importa si es joven o viejo, sano o enfermo, una realidad que, aunque sabida y evidente, no deja de parecernos horrible, cruel, inaceptable. De tal manera que cuando se nos presenta la ocasión de ver nuestra propia muerte, así sea en cuerpo ajeno, en vez de mirarla cara a cara, preferimos ignorarla mediante la falacia de no pensar en ella, de no mencionarla. De vez en cuando, por supuesto, pensaba en la muerte, como algo que aún estaba lejos de aparecer en el horizonte apacible de mi vida personal y familiar. Al contrario de lo que practican desde hace siglos los monjes tibetanos, siempre me acosté cada noche con el jarrón de mis planes bocarriba. Ignoro ahora, con la confianza en qué clase de certidumbre o con la solidez de cuáles argumentos me permití durante tanto tiempo semejante ligereza. Tal vez prevalido de mi, hasta entonces, excelente estado de salud, o quizá confiado en la longevidad de mis ancestros, me concedí alegremente a partir de mi jubilación en mayo de 2005, unos quince o veinte años de vida adicionales, con planes tan prometedores como los de escribir al menos dos libros más, y el de mejorar de manera significativa mi nivel de ejecución guitarrística, animado por mi probado amor por el instrumento y por la bella locura de Diana Patricia de sorprenderme cualquier día con el regalo exquisito de una guitarra de conciertos. También formaban parte del paquete de entusiastas planes futuros leer los libros que, por una u otra circunstancia, se me fueron quedando a lo largo del camino como un reguero de genialidades, y el de viajar por algunos países. Hoy queda en evidencia que mis previsiones fallaron. Una tarde diáfana de octubre, estaba solo en medio de un cielo glacial, teñido de profundo azul. Una bandada de grullas cruzó el cielo a lo lejos, agitando con la levedad de sus alas la mansedumbre del aire. Una hilera de cipreses cansados mecía sus ramas, con el gesto de quien carga a cuestas desde hace siglos el estigma de la perennidad. En la atmósfera quieta de aquella tarde, inabarcable como el mar, la enfermedad, mandadera de la muerte, me golpeó con rudeza, con determinación. De repente, igual que una ráfaga de viento helado en pleno rostro. Lo supe ahí, mientras observaba cómo agonizaba el sol, allá en la más remota lejanía. Fue como una palmada violenta en la espalda, a mansalva y sobre seguro, frente a la cual nada pude hacer para esquivar el golpe o para atenuarlo. Allí sentí por primera vez cómo la muerte se agazapaba dentro de mí, y comprendí de manera nítida la maestría de sus pasos, el increíble repertorio de sus procedimientos, en fin, la naturaleza y magnífica versatilidad de su oficio. Me he preguntado con insistencia por qué me dejé sorprender por ella, a pesar de mi cercanía conceptual con la muerte a través de reflexiones y lecturas, en ocasiones intensas, sobre el arte del bien morir, bajo la orientación de mentes lúcidas en relación con la futilidad e impermanencia de las cosas, de la naturaleza ilusoria de toda realidad que habite en los dominios del que Parménides y Platón llaman mundo sensible, frente al inteligible, del de los fenómenos frente al del noúmenos, en la concepción kantiana de la realidad y el del Tonal frente al Nagual, en la cosmovisión de don Juan Matus. Me encandilé, tal vez, con la luminosidad de esos textos. Pese a sus continuas enseñanzas, dejé de lado lo esencial: la práctica, esa especie de gimnasia interior que permite al lector atento y sensible cambiar poco a poco los ojos del “mirar”, propios del hombre común, por los extraordinarios del “ver”, indispensables para alcanzar el don aún más esquivo de la lucidez. Mi mente cayó en las argucias propias de la razón y, por consiguiente, de ese formidable tirano de nuestras vidas a quien damos el nombre de Ego, dueño habitual de las percepciones, pensamientos y sentimientos, responsable, a su vez, de nuestra visión ordinaria del mundo. Víctima de mi propio juego, quedé listo para que la muerte me cayera por sorpresa con la intención de echarme en su morral. Podría pensarse, entonces, que esas lecturas más que ayudarme, resultaron inútiles y hasta perjudiciales. De ninguna manera. ¿Cómo creen que me hubiera ido, a pesar de todo, sin la brújula de quienes escribieron estos textos luminosos, sin la baquianía de quienes a fuerza de caminar –no tanto de hablar o de discutir– por los territorios de la otra orilla, terminaron por adquirir el don de la lucidez y algunos el aún más escaso de la clarividencia, o lo que es lo mismo, la capacidad de “ver” la otra realidad, la cual no es más que la misma de todos los días, sólo que vista con otros ojos? Hombres del conocimiento silencioso, los llama don Juan Matus; seres despiertos o iluminados, de la inaudita elevación espiritual de Lao Tse y de Plotino, los denomina Buda; Maestros, como Jesús o Buda, ante cuya grandeza palidece cualquier calificativo, por elogioso que sea; santos del estilo arrobador de san Francisco de Asís, si es que nos atenemos a la manera como los cristianos distinguen a estos hombres y mujeres, más que de carne y hueso, hechos de luz; no muchos, por cierto, que no son todos los que están en el santoral, ni están en él todos los que son; ni sólo santos cristianos, que también los hay en otras religiones. Incluyo en esta lista breve a hombres y mujeres del gran Arte y de las letras, cuyos dominios están en los territorios de la más encumbrada Poesía –con letra mayúscula, que los distingue de las artesanías propias de simples versificadores–, puesto que aquellos también son videntes de la otra realidad que, no lo olvidemos, es la misma de la cotidianidad, sólo que vista con los penetrantes ojos del ver, y no con los torpes del simple mirar; viajeros de territorios ignotos y senderos desconocidos para el ojo miope y la percepción ordinaria del hombre común, tal como entendemos quienes amamos la literatura más alta y la poesía más excelsa. Poetas y artistas capaces de poner de acuerdo la intuición y la razón, o lo que es lo mismo, el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro, con su par derecho, lo que equivale a llegar a la totalidad de uno mismo; el mundo sensible y el inteligible, el universo de los fenómenos con el mundo insondable del noumenos, la orilla de este lado con la orilla del otro lado, el tonal y el nagual, que no tienen por qué andar peleados, pues son aspectos de la misma y única realidad, las dos caras de la misma moneda. Hombres y mujeres a la manera de Dante, San Juan de la Cruz, Novalis, Rilke, Tolstoi, Blake, Pessoa o Beckett. Una vez desplegadas en todo su esplendor las alas de nuestra percepción no ordinaria de la realidad, tendremos por fin una visión penetrante y de largo alcance, gracias a la cual estaremos listos para comprender y asumir la naturaleza esencial de nuestro verdadero Ser. Así que aquella tarde de cielo inocente y azul, pasé en el lapso de unos breves segundos de cierto estado de alegre irresponsabilidad en el que habitualmente vivía, a una conciencia aguda de la muerte. Y en este acto instantáneo de toma de conciencia acerca de la precariedad de mi cuerpo, de la fugacidad de la vida, mientras trataba de coger respiro y reponerme del golpe artero, vino a mi memoria aquella vieja canción de infancia en donde, confundidos música, letra y paisaje, empezaron a tener sentido ciertas claves que sólo hasta ese momento supe descifrar. Dice así la letra de esa antigua canción: Lento atardecer. Tras el lejano monte se va a ocultar el sol. La niebla del ocaso de grana se tiñó. Resuena vigoroso, resuena un acorde sin cesar: Del campanario brota el toque vesperal. Sus notas bulliciosas sucédense a compás. Tras el confín se va a ocultar La tibia luz crepuscular; Tras cien nubes de oro el sol se va. Con el paso de los días, hasta hoy, mi percepción negativa y melodramática de la enfermedad, de la muerte y de la manera como éstas afectaron, afectan y afectarán a cuantos hacen parte del mundo de mis querencias más entrañables, está cambiada; mejor aún, está cancelada. En esta perspectiva, y sin que importen demasiado las circunstancias de tiempo, modo y lugar, no encuentro sitio adecuado para la desesperación, el abatimiento, ni para el llanto clamoroso. Duele la muerte, por supuesto, porque la entendemos como separación, por andar viviendo casi todo el tiempo en el reino de la ilusión. Y en este fantasmagórico torbellino de pensamientos y de sentimientos, solemos confundir el amor con los apegos y hasta con la adicción a las personas y a las cosas. El acto de morir, visto con los ojos lúcidos del ver, no constituye desgracia alguna para nadie; ni para el que supuestamente se va, ni para los que presuntamente se quedan. Percibida con los ojos del mirar, la muerte nos parece horrenda, absurda, inaceptable. De ahí el apego casi invencible a la idea de la inmortalidad, entendida como aspiración a conservar intacta la conciencia individual más allá de la muerte. ¿Han pensado ustedes alguna vez que la historia de la humanidad, al menos desde que reconocemos al homo sapiens como nuestro inmediato ascendiente en la escala evolutiva de los homínidos, hace apenas unos cincuenta mil años, es más historia de muertos que de vivos? Frente a los siete mil millones de seres humanos que hoy, en su mayoría, mal habitamos la Tierra, ¿cuántos miles de millones de muertos podríamos contar en cincuenta mil años? Si el gran destino final de los seres humanos –y de los demás vivientes– está más en el mundo de los muertos que en el de los vivos, la muerte, pienso, no puede ser ni horrenda, ni trágica ni inútil. Sólo que las diversas culturas –especie de lentes opacas que no dejan ver bien–, cada una con su cosmovisión particular, quiero decir, con su manera específica de mirar el mundo a través de sus propias cosmogonías, religiones, cosmologías, ideologías, escuelas filosóficas, concepciones científicas y estéticas, todo ello entendido como sistemas de representación del que llamamos mundo real, nos han enseñado desde pequeños a mirar la muerte con desconfianza, terror y desesperanza. Pero este estado de cosas está cambiando con rapidez. A partir de los últimos descubrimientos de la física contemporánea, se han empezado a revisar los conceptos clásicos de materia y de solidez, para llegar a la conclusión de que la idea de masa, entendida como realidad sólida, perceptible y cuantificable, tal como se enseñó durante mucho tiempo, sobre todo a partir de Newton y de la física decimonónica, la cual aún hoy se ofrece en colegios y universidades como única posibilidad para aprehender e interpretar la realidad material, carece ya de validez, en tanto ha sido puesta en entredicho por los sorprendentes fenómenos descubiertos por la física subatómica de las últimas décadas. Físicos de la estatura científica de Fritjof Capra y de David Bohm están convencidos de que se impone una revaluación de la concepción del universo en términos mecanicista y dual, para sustituirla por otra de naturaleza única, energética, orgánica, viva, dotada de conciencia, inteligente y cósmicamente interdependiente, la que obligará, piensa el también físico Gonzalo Echeverri Uruburu, a un cambio de paradigma en relación con lo que percibimos en la actualidad por ciencia, tecnología, economía, filosofía, ecología, religión, etc., todo lo cual será –al menos ellos así lo esperan– el soporte de una nueva actitud en nuestras relaciones con la naturaleza durante el presente milenio. De unos años acá me acompaña la idea de que quienes nos hemos enemistado y destruido con ferocidad durante siglos por defender con intransigencia indigna de nuestra condición humana posiciones aparentemente irreconciliables, como las de la ciencia frente a las diferentes manifestaciones de la espiritualidad, o la de estas frente a los diversos saberes indígenas, en el fondo hemos estado con frecuencia en busca de igual propósito. Sólo que la lente particular con la que cada cultura nos apareja para mirar el mundo, en lugar de ayudarnos a ver, nos convierte en ciegos de remate, y lo que es más grave y peligroso, en ciegos agresivos con un garrote en la mano. En el siglo que empieza, los seres humanos parecieran acercarse cada vez con mayor fuerza a una nueva percepción de lo sagrado, al margen de lo puramente ritual y de las religiones entendidas como instituciones con nombre propio, de tal manera que esta nueva sensibilidad pareciera coincidir con estas palabras de Eckhard Tolle: Hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, que el pensamiento es sólo un minúsculo aspecto de esa inteligencia. Vistas así las cosas, el universo, más que a un gran mecanismo de relojería, a la manera de Newton y Leibniz, se parecería a un gran pensamiento. Algo así como una inteligencia colosal, movida por las fuerzas vivas de la atracción y repulsión universales, de la cual formamos parte indisoluble y atemporal todos los seres, en sus diferentes emanaciones. ¿Y el nombre? En el mundo de los humanos, en donde con frecuencia las palabras más que iluminar oscurecen, no creo inteligente ni sensato pelearnos por ellas. Lao Tse dice que es innombrable: El Tao que se puede nombrar no es Tao, nos advierte. Y la Biblia nos cuenta que cuando Moisés preguntó a la voz que le hablaba desde la zarza ardiente, quién era y con qué nombre deseaba ser distinguida, la voz le respondió: Soy el que soy. Así que algunos lo llaman Gran Matriz; otros, Energía cósmica; los de más allá, Ser supremo. Hay quienes prefieren denominarlo Gran Pensamiento; Parménides se aproximó a él bajo el nombre de Ser, así, con mayúscula, mientras Plotino lo denomina Uno. A Lao Tse, sabiendo que es innombrable, no le quedó más remedio que denominarlo Tao, esto es Todo. En la perspectiva de las culturas y civilizaciones semíticas y, más tarde grecosemíticas, las cuales dan origen a las tres grandes religiones monoteístas, los judíos lo pregonan Yahveh, los musulmanes Alá y los cristianos lo distinguen con el nombre de Dios, entendido como ser supremo de naturaleza personal, diferente del mundo, su creador y providente. ¿Habrá alguna tragedia, entonces, en el hecho tan natural de que todos los vivientes sin excepción regresemos a esa gran totalidad de donde procedemos y a la cual necesariamente debemos retornar? ¿Qué clase de desgracia supone el antes de nacer o el después de morir? ¿O es que la persona individual de cada uno de nosotros tuvo algún significado e importancia, por ejemplo, hace doscientos años y dónde estará nuestra memoria dentro de ochocientos? ¿Quién recuerda hoy, así sea de manera remota, al tatarabuelo de su abuelo? ¿Quién se ocupa de él, al menos para preservar su memoria? Pero, dirán ustedes: de los famosos, de sus hazañas y de sus obras sí que nos acordamos. Me parece esa, a pesar de don Miguel de Unamuno, una forma precaria de inmortalidad. ¿Es de alguna utilidad para Cervantes la inmensa fama que lo acredita o el afecto grande que le profesamos? Paradojas del arte: por absurdo que parezca, hoy nos interesan más sus Don Quijote y Sancho, meros personajes de ficción, que la atormentada vida de su autor. Me parece, entonces, que el enigma del sentido de la vida y de la muerte hay que tratar de verlo desde una perspectiva mucho más amplia, tranquila y lúcida, por encima, ojalá, de las visiones particulares de cada cultura. En cuanto a mí respecta, ustedes me han permitido aglutinar una constelación de afectos, unidos con firmeza por el lazo misterioso con el cual se atan en el universo desde siempre y para siempre, todos cuantos caminaron, caminamos y caminarán bajo la guía y gobierno de AMOR, el cual, lo sé, es el mismo que rige el destino de todo el Cosmos y de cuanto en él se contiene, a través de la búsqueda y hallazgo de lo que don Juan Matus llama con singular donosura: “un camino con corazón”. Así, pues, ya dejé de pelearme con la muerte. No es mi enemiga y, espero, tampoco sea la de ustedes. Comprendí y asumí, aunque un poco tarde, que ella, la muerte, nada me ha quitado, y nada les quitará a ustedes. Ella, la señora muerte, hace parte del ciclo natural en el que consiste nacer para morir. Una vez Ying, otra vez Yang, eso es el Tao”, nos enseña Lao Tse. Dos aparentes caras de una sola y única realidad. Ritmo universal y sagrado por el que se gobierna todo cuanto existe en el universo perceptible y no perceptible: El big bang, el día y la noche, el movimiento de astros y constelaciones, la respiración, la diástole y la sístole, el vaivén de cuerpos ardientes que se juntan para luego separarse, la atracción y la repulsión que los físicos advierten en los átomos, y los astrónomos en los grandes sistemas planetarios, la pleamar y la bajamar, el ritmo de movimientos y sonidos sin el cual sería impensable la vida de poetas, músicos y danzarines, el sueño y la vigilia, en fin, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte. Y el Todo, o como prefieran nombrarlo, en la gloria de su magnificencia, en el esplendor de su infinitud, Energía pura, fuente de toda existencia finita; Ser que sólo es, en cuanto se contiene a sí mismo en su esencia, vacío absoluto lleno de luz, pero que se revela, a su vez, a través de sus manifestaciones fenoménicas en el mundo perceptible de los sentidos y de la razón; mundo ilusorio por naturaleza, en tanto finito, aparente, pasajero; y mundo del cual hacemos parte desde siempre y para siempre, quiero decir, desde antes de nacer y hasta después de morir. Tal vez por eso suenen actuales aquellas palabras atribuidas a Hermes Trimegisto: La mente del Todo es la matriz del Cosmos. O estas otras del Yogui Ramacharaca, un escritor hindú moderno, de singular lucidez:”… la materia es una densa modalidad de la energía, que, a su vez, es una densa modalidad de la mente, de modo que la materia ultérrimamente sutilizada es energía, y la energía ultérrimamente sutilizada es mente, y la mente en máximo grado de sutilización se acerca tanto al Espíritu que no es posible señalar límite entre ambos”. De manera pues que aquí no hay lugar ni para la amargura ni para las despedidas, por la razón simple de que no voy para ninguna parte. Me quedo donde siempre he estado, aunque bajo alguna forma diferente. Regreso al no lugar sin tiempo del cual salí para tomar forma humana, que bien pude haber sido ovejo, arrayán, pájaro carpintero o perro, ignoro si gozque o labrador, para ocupar un lugar diminuto en esa ilusión que llamamos espacio, por una fracción infinitésima de esa otra ilusión que denominamos tiempo. Fue así como se me prestó un cuerpo humano y un nombre ilusoriamente propios, forma corporal dotada de vida y de conciencia, como todo lo existente y, en cuanto humano, de percepción, pensamientos y sentimientos. Sostuve relaciones amistosas con otros vivientes –personas, algunos árboles y no pocos animales, legado de nuestra madre, quien nos heredó el raro don de amar a todo ser viviente–. Tuve una esposa espléndida, a quien quiero dedicar el que considero elogio máximo de llamarla cómplice, y con ella, dos hermosas hijas, las cuales han traído a nuestra familia dos yernos y nietecitos adorables, o lo que es lo mismo, nuevos y hermosos enigmas. También la vida me obsequió dos hermanos magníficos, muchos parientes y un numeroso grupo de amigos, entre los que recuerdo compañeros entrañables de infancia y de juventud, condiscípulos de colegio, seminario y universidad, muchos de los cuales todavía viven y hoy, supongo, algunos están aquí frente a mi cajón; colegas de oficio, todos muy queridos y un casi incontable número de alumnos en colegios y universidades, a lo largo de más de cuarenta años de ejercicio profesoral. Y algo extraño, casi inexpresable y para mí enaltecedor que, pienso, sólo es posible, entre otros muy escasos, en el universo misterioso del arte: un número apreciable de guitarristas, no pocos de excepcional maestría, oriundos de diversos países, a quienes jamás tuve la fortuna de conocer de manera personal, me ofrecieron durante varios años el regalo invaluable, no sólo de aceptarme en el Foro Internacional de Guitarra, con sede en Buenos Aires, sino el de tratarme casi como su familiar, y algunos como si hubiera sido su par profesional o su amigo de toda una vida. A todos agradezco haberme acogido con exceso de benevolencia, grande afecto y enorme generosidad. En breve, mi cuerpo, esa débil caña pensante, como decía Pascal, será sepultado. Y mi conciencia, ¿a dónde irá? Permítanme dar remate a estas palabras echando mano de aquella bella analogía oriental, a la cual podríamos dar el nombre de El Océano y la gota de agua. Es el mar sin límites; aguas primordiales, hondas, anchas, oceánicas. Aguas donde toda vida tuvo origen. El sol, que a todos sin distingos ni discriminación provee con el consuelo de su calor, con la claridad de su luz, calienta la superficie de esas aguas abisales. Y empieza a subir al cielo un hálito vaporoso el cual se va condensando lentamente en forma de nubes que, incapaces de soportar la riqueza de su propio peso, se desgranan en forma de millones de gotas de lluvia para regresar de nuevo al mar. ¿Qué eran, quiénes eran esas posibles gotas de agua antes de que el sol calentara con su luz la superficie de esas aguas? Eran nada, eran nadie, pero al tiempo, en su abrumadora insignificancia, contenían la totalidad del mar. ¿De qué tragedia podríamos hablar, para esa ínfima porción de agua, antes de que se convirtiera en vapor y luego en gota? ¿En qué desgracia podríamos pensar, después de que esa gota regrese a las aguas inabarcables, vivas y conscientes de donde algún día salió? El acto de morir, si bien, como la lluvia, es un evento común, muerte y lluvia ostentan la impronta sagrada presente en la totalidad del universo, razón por la cual no deben ser percibidos como eventos banales. El llover es tan común y sagrado como el nacer y el morir. Llegado el momento, se trata de dar el paso con pie airoso, sin temor pero con respeto, para sumergirnos solos y en silencio en el más impenetrable de los misterios. Cada quien sabrá encontrar el camino a la sabiduría que lo conduzca a un bel morir. En cuanto a mí se refiere, una de las claves para alcanzar tan envidiable estado de Ser, me parece está oculta en estas palabras memorables del Poeta William Blake: Ser capaces de ver el universo en un grano de arena, y el esplendor del paraíso en la magnificencia de una flor silvestre. Antonio Iriarte Cadena (Colombia, 1950-2012)