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viernes, 13 de abril de 2012

BREVE HISTORIA Y REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACIÓN A DISTANCIA EN COLOMBIA

Por David Alberto Campos Vargas, MD* En un sentido amplio, la educación a distancia inició con la escritura. El texto escrito permitió el aprendizaje en tiempos y espacios distantes de aquellos en los que fue escrito (pues lo escrito es atemporal, perenne, relativamente “inmortal” en tanto que no es víctima del paso del tiempo, no muere, no se limita a un momento o punto histórico determinado). Así, por medio de epístolas, instructivos, textos y compendios (de carácter científico, religioso, político o didáctico), los antiguos sumerios, chinos y egipcios tuvieron una forma de influir en sus paisanos, educándolos, sin necesidad de una presencia directa o de un templo o aula de clase. Empezaron a educar usando el recurso de la palabra escrita, menos frágil, menos distorsionable y menos olvidable que el testimonio oral. También las civilizaciones griega, helenística y romana, y el pueblo hebreo, utilizaron el medio escrito para educar, moldear y configurar a sus ciudadanos. En sentido estricto, la educación a distancia nació en el siglo XVIII con los primeros cursos ofrecidos por correspondencia, dirigidos a personas residentes en lugares distantes de las grandes ciudades universitarias. Destacaron las Homestudy Associations de Gran Bretaña, la International Correspondence School de los Estados Unidos, y en Francia y Alemania, la Centre École chez soi y la Fernschule Jena respectivamente. Después de la fatídica Segunda Guerra Mundial (1939-1945), surgieron en Europa varias Universidades Abiertas y a Distancia para paliar el gran estancamiento social, científico, agrario, comercial e industrial. Los resultados no se hicieron esperar: se redujo ostensiblemente el analfabetismo y se puso en marcha un sólido elemento para la reconstrucción social europea. Además, dadas las facilidades de acceso, muchos trabajadores y aún lisiados de guerra tuvieron una oportunidad para educarse (oportunidad que se les había negado durante la nefasta conflagración). Durante las décadas de 1960 y 1970, la crisis de la universidad (y de la sociedad) tradicional, la masificación de las nuevas tecnologías y los cuestionamientos a las ancestrales relaciones maestro-alumno-escuela, contribuyeron a definir la Universidad a Distancia como una alternativa en la que el estudiante era protagonista y gestor autónomo de su aprendizaje, y en la que los nuevos recursos tecnológicos se pusieron al servicio de la didáctica. Se destacó la Universidad NACIONAL DE Educación a Distancia (UNED) de España. Pronto, varios países comprendieron los beneficios que ofrecía la educación a distancia para aumentar la cobertura y el alcance de sus planes de educación: fue así como la Unión Soviética, Inglaterra (a través de su Open University), Japón, Tailandia, India, Estados Unidos, Colombia, Paquistán, Venezuela y Costa Rica le apostaron a esta modalidad. En Colombia la educación a distancia ya se había vislumbrado desde la década de 1930, cuando el gobierno se dio cuenta de la necesidad de afianzar la democratización de la educación (extendiendo la cobertura del sistema educativo, tecnificando los procesos de enseñanza y accediendo al campesinado a través de órganos como la Acción Cultural Popular, la televisión educativa, los programas extensivos del SENA y las campañas de Cultura Aldeana). Durante las dos presidencias de Alfonso López Pumarejo (completado su segundo periodo, a raíz de su dimisión, por Alberto Lleras Camargo) se realizó una reforma universitaria, se aumentó el presupuesto para el sector de Educación y se implementó un programa de Educación Popular encaminado a llevar la educación y la cultura a todas las regiones y municipios colombianos. Pronto se sumaron la televisión, la radio y el cine a las bibliotecas rurales a estas iniciativas de difusión cultural. Fue destacado el trabajo del obispo José Joaquín Salcedo Guarín (creador de la Acción Cultural Popular en 1948), quien a través de Radio Sutatenza se propuso la capacitación masiva de campesinos, a través de la “escuela radiofónica”. Desde 1953, gracias a la colaboración de la UNESCO, la Acción Cultural Popular lanzó sus primeras cartillas de estudio, y se creó el periódico “El Campesino”. Dentro de la Alianza para el Progreso ideada por John Kennedy para América Latina, estuvo la educación a distancia dentro de las estrategias para llevar la educación básica a los sectores urbanos marginados y al campesinado. La Televisión Educativa en Colombia (1960-1967), también con el apoyo de los Estados Unidos de América, usó la televisión como apoyo didáctico. Sin embargo, la polémica participación de los “Cuerpos de Paz” (que estaban a cargo de las capacitaciones) y el tinte neocolonialista de dichas iniciativas significaron su desprestigio y caída. A principios de 1970 la Televisión Cultural intentó retomar el camino, pero se enfrentó con problemas como el bajo nivel de sintonía y la escasa articulación con otras políticas gubernamentales. Asimismo, iniciativas como “Programa jornada especial” (Universidad del Quindío), “Educación de hombres nuevos” (Universidad Javeriana), “Plan de profesionalización docente” (Universidad del Valle) o “Universidad Desescolarizada” (Universidad de Antioquia) empezaron a contar (1973) con el apoyo del ICFES (Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior). En 1975 la Universidad Santo Tomás le apostó a la educación a distancia, en concordancia con el Programa Nacional de Educación a Distancia de 1975 (ratificado por el gobierno colombiano en el decreto 089 de 1976), sumándose a las universidades arriba mencionadas; pronto su ejemplo fue imitado por las Universidades del Cauca, de los Andes y Tecnológica de Pereira. Durante la presidencia de Belisario Betancur Cuartas se creó la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (1983) para ofrecer educación superior a la población marginada, al proletariado y a los nuevos sectores de trabajadores ansiosos por optimizar su formación académica. En la actualidad, la revolución tecnológica, la globalización y los medios interactivos de comunicación permiten un mayor y más fácil acceso de la población a programas educativos. Estamos viviendo la era de la educación a distancia, gracias al internet, los computadores y las nuevas tecnologías. Quedan, sin embargo, varios puntos pendientes: a) La excesiva politización (con sus consecuentes sectarismos y polarizaciones) de las iniciativas de instrucción popular y educación a distancia, ha hecho que no haya una continuidad en la estrategia. Fieles a su costumbre de desarmar lo construido por los gobiernos anteriores y “empezar de cero” (megalomanía bastante nociva, y por tristeza bastante frecuente en los líderes políticos de todas las latitudes), los mandatarios y ministros del país no han sabido trabajar con miras en el bien común y en la importancia de encadenar y articular iniciativas pensando en el largo plazo; b) La parcialización y pobre configuración de redes (cada iniciativa ha ido “por su cuenta”), el solipsismo de las fundaciones e instituciones, y el pobre diálogo (la pobre comunicación) entre educadores e instituciones educativas del país han retrasado el avance; c) El escaso apoyo de la ciudadanía y de los gobiernos a dichas iniciativas, que las limitan a nivel presupuestal y les reducen, en consecuencia, su campo de acción; d) Los bajos niveles de sintonía (y también, los formatos acartonados y poco contemporizados y contextualizados con la época actual) de los programas de televisión educativa y radio-educación. Colombia, América Latina y el mundo tienen con qué avanzar en educación. Y deben lanzarse sin miedo a la educación a distancia a gran escala. En esta “Sociedad de Conocimiento” que configura la “aldea global” dada por el aperturismo económico y la globalización, sólo los seres humanos suficientemente educados tendrán plenos derechos. Así, pues, si se pretende igualdad y solidaridad social, es mandatoria la educación de todos y cada uno de los ciudadanos. Y la educación a distancia puede echarnos una mano.