miércoles, 28 de marzo de 2012

Tires y aflojes de la Iglesia en Latinoamérica

Por David Alberto Campos Vargas

En América Latina hubo una población amerindia con una historia propia, antes de la llegada de Colón (1492). Se puede hablar de una primera etapa de cazadores-recolectores (11000 a.C.) en la que primó la mentalidad mágica, el chamanismo, el animismo y el culto a deidades animales; una segunda etapa de culturas de agricultores y ceramistas (2300 a.C.) en la que se percibe un marcado culto a la fecundidad, con estatuillas femeninas alusivas a la fertilidad y veneración a la Pacha Mama, uso de psicotrópicos y chamanismo; una tercera etapa con el surgimiento de culturas templares (300-0 a.C.) en la que ya existen templos piramidales, corredores funerarios, sepulturas múltiples (se creía en una vida posterior a la muerte y se sacrificaban personas que “acompañarían al difunto en su viaje”) y se añade el culto al fuego, a ciertos animales (águila, jaguar, serpiente) y a la Cocha Mama (el agua); la cuarta etapa, interrumpida violentamente por la Conquista, fue la de las altas culturas estatales americanas (0-1532 d.C.), entre las que destacan los mayas (con un gobierno sacerdotal y culto ritual estricto, politeísmo y ayunos y sacrificios –inclusive humanos- para agradar a sus múltiples deidades), los aztecas (que creían en una divinidad suprema que habría dado origen al hombre y al mundo, en la muerte como transformación y semilla de nueva vida y en los sacrificios humanos como “acción de gracias”) y los incas (con un sistema ritual organizado, una jerarquía religiosa y grandes construcciones templares, y una religión egocéntrica que consideraba a Cuzco “el ombligo del mundo”).

La colonización española fue de la mano con la evangelización: el cristianismo fue usado por los colonos como un instrumento para la expansión hispánica. Buscando afianzar su dominio territorial y económico, España y Portugal le apostaron también al dominio religioso sobre los nativos. El rey, con el pretexto de “ganar naciones para la Iglesia”, logró la aprobación del Vaticano para su política colonialista y aniquiladora de las culturas americanas precolombinas.

La “unificación en la cristiandad” permitió entonces a los reyes ibéricos homogeneizar territorial, jurídica, política y operativamente al Nuevo Mundo. E imponer su cultura por la cruz y la espada. El Papa Alejandro VI, a través de las bulas alejandrinas, quiso intercambiar favores con las monarquías española y portuguesa: a cambio del sometimiento y la conquista a nuestros pueblos, las coronas ibéricas debían impulsar la acción misionera, y exigir a los americanos el acatamiento de la fe cristiana. Con lo que no contó Alejandro VI fue con la ambición desmedida de dichos monarcas, que hicieron del “acatamiento al cristianismo” un “acatamiento al Rey”.

La primera etapa de la Iglesia en América Latina (la colonial) estuvo marcada entonces por la alianza entre Iglesia y Estados ibéricos, con lo cual el catolicismo fue puesto al servicio de la hegemonía del poder conquistador. En esta etapa de dominio español y lusitano, la exclusividad católica fue la constante. El colonialismo permitió el auge económico de España y Portugal, el mercantilismo y el ascenso de la burguesía europea.

En contra de los abusos y la acción destructora de los conquistadores se alzó la voz de Antonio de Montesinos (que predicó en contra de la opresión del indígena), Bartolomé de las Casas (quien propuso un plan de colonización pacífica que implicaba que los pueblos nativos fueran libres) y Francisco Victoria (quien estableció que la propagación de la fe cristiana no justificaba la conquista y criticó la evangelización a cualquier precio), entre otros religiosos y catedráticos (entre los que hay que destacar a los miembros de la Universidad de Salamanca), que llevaron al rey Carlos V a convocar la Junta de Valladolid y promulgar las Nuevas Leyes de Indias (1542). Pero, de todas maneras, continuó la simbiosis de fe y política en las colonias americanas. España y Portugal siguieron usando las bulas alejandrinas y el Patronato Regio como una “justificación canónica” para ejercer su dominio y poco a poco fueron desplazando al mismo Papa de la supremacía espiritual sobre nuestros pueblos, afirmando ya en el siglo XVI que el Rey tenía la autoridad divina sobre los pueblos conquistados y ejerciendo el poder secular tanto como el espiritual.
La Iglesia en Latinoamérica fue controlada hábilmente por la Corona española, pues todas sus diócesis (Santo Domingo, Concepción, San Juan de Puerto Rico) eran dependientes de la diócesis de Sevilla. Así, la Iglesia de América orbitaba alrededor de España; dicha dependencia (que aseguraba la lealtad al Rey y mantenía la injusta estructura colonialista) fue atacada por la Propaganda Fide, la Compañía de Jesús y algunos clérigos, que se opusieron a la intervención del Rey y el Virrey en los asuntos religiosos.

Poco a poco se fue dando la criollización del clero. ¿En qué consistió ésta? Al inicio, todos los clérigos eran españoles. Luego se incorporaron al clero los criollos. Y luego, pese a la oposición del Rey, se empezó a preparar a los nativos, para el sacerdocio, en seminarios conciliares. Aparecieron colegios de caciques, como el Colegio de Santiago de Tlatelolco (inaugurado en 1536), a cargo de los franciscanos, donde se dictaba filosofía, teología y latín en náhuatl (la lengua de los nativos centroamericanos). Franciscanos y dominicos fueron los primeros en aceptar nativos en sus órdenes.

En los Concilios Regionales (1555-1585) hubo apertura y aceptación de los nuevos sacerdotes mestizos y nativos. El rey de España, Felipe II, se opuso mediante un voto regio en 1578, pero dicho voto no fue acatado. Algunos clérigos aborígenes (Francisco de Siles, Juan de Merlo) y mestizos (Lucas Fernández de Piedrahita, José de Moctezuma, Francisco Javier de Luna, Pedro Agustín Morel) incluso llegaron a ser obispos. El Papa Gregorio XIII dio el aval para ello, considerando que el clero mestizo y nativo aventajaba al español dado su conocimiento de las lenguas amerindias (lo que, teóricamente, facilitaba la evangelización).

Dentro de esta teocracia expansiva y militar, las monarquías y sus funcionarios (virreyes, conquistadores y ¡obispos! Nombrados directamente por el Rey y comprometidos a serle fieles al Rey, y no al Papa), so pretexto de hacer participar a los nativos “de los beneficios del Evangelio” continuaron la expoliación y el sometimiento de los nativos, además de incorporar a sus brutales prácticas el esclavismo y el comercio de personas (con africanos traídos a América para las faenas más duras). Ya en el siglo XVII se había pasado del Patronato Regio al Vicariato Regio, por el cual los reyes ibéricos se creían “vicarios del Papa y de Cristo para América” y definitivamente excluyeron al Papado de la dirección de la Iglesia en América, además de exigir a obispos y cardenales juramento de obediencia a ellos (cosa que no sucedió ni en África ni en Asia).

En el siglo XVIII se pasó del Vicariato Regio al Regalismo, nueva versión del cesaropapismo por la cual el Rey ya se consideraba dueño de la Iglesia en América, y completamente independiente de la Santa Sede. Ya estaban las dinastías Borbón (España) y Braganza (Portugal) instaladas, y los derechos del Estado (es decir, de los monarcas) jurídicamente primaron sobre los derechos de la Iglesia, con pleno respaldo de los obispos. Hubo, como era de esperarse, fricciones entre la Iglesia episcopal y la Iglesia misionera (no tan dócil a los reyes).

Ya bien entrados en el siglo XVIII las órdenes misioneras (franciscanos, mercedarios, dominicos, agustinos, trinitarios) continuaron siendo la “punta de lanza” del proceso evangelizador y casi todo el continente estuvo cristianizado (aunque en muchos lugares se dieron interesantes sincretismos religiosos, fruto del contacto entre la fe católica, las creencias de los nativos y las cosmovisiones de los africanos traídos a América). El ambiente colonial era religioso, en tanto que la vida misma giraba en torno a la Iglesia. Sin embargo, humanistas y estudiosos criollos educados en Europa empezaron a incorporar elementos de la Ilustración, del Enciclopedismo y del libre pensamiento.

Los primeros movimientos emancipadores, como la Rebelión de los Comuneros (1781) comandada por José Antonio Galán en Nueva Granada (actual Colombia), o la revuelta liderada por José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru) en el actual Perú, aunque aplastados sangrientamente fueron inspiración para la siguiente generación de opositores al régimen, de la cual saldrían los precursores (Francisco de Miranda, Antonio Nariño) y libertadores de América (Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O´Higgins). El Vaticano tuvo una actitud negativa frente a la emancipación de los pueblos de América (1819-1826); los Papas Pío VII y León XII la condenaron y exigieron obediencia al soberano español. En general, los altos jerarcas de la Iglesia se opusieron a los ejércitos libertadores, aunque varios miembros del clero raso y las órdenes religiosas tomaron partido contrario.

La decadencia borbónica, la Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón (que invadió la península ibérica y destituyó al Rey de España en 1807), el nuevo orden político trazado por Bolívar (quien, además de libertador, se constituyó en el principal modelador de los pueblos de Latinoamérica, con sus cartas, constituciones y protagonismo internacional) y el descenso en el número de misioneros trazaron la fisonomía de la primera mitad del siglo XIX. Nació aquí la segunda gran etapa en la Historia de la Iglesia en América Latina: la neocolonial.

El neocolonialismo consistió en separarse de la órbita mercantil y comercial española, para caer en la inglesa. Así, el nuevo dominio fue británico, y los nuevos gobiernos (las élites criollas que se encargaron, ellas mismas, de ir relegando y expulsando a sus antiguos caudillos –los libertadores- y de ir expandiendo su poder latifundista) terminaron de afianzar dicha dependencia solicitando préstamos a Inglaterra. Como los nuevos gobernantes quisieron darle la espalda al pasado español de sus países (y ese pasado, inevitablemente, estaba unido a la Iglesia), el catolicismo se debilitó enormemente. Se clausuraron seminarios, se expulsó a varias comunidades religiosas y se dictaron decretos desamortizadores.

Asimismo, una lenta y creciente afirmación de otras confesiones (sobretodo del protestantismo anglosajón), la ruptura de las relaciones Iglesia-Estado en los países de Latinoamérica (1850-1930) y la desconexión parroquial generalizada hicieron que la Iglesia Católica quedara relegada a nivel social y político. También contribuyeron las nuevas constituciones y legislaciones, de clara ideología liberal.
Como un intento de paliar esta situación, y ante el creciente ascenso del marxismo-leninismo, del ateísmo y del modelos socialista y comunista, aparecieron los movimientos de Acción Católica, en los que el laicado adquiere protagonismo dentro de la Iglesia y la lucha social se convierte en un elemento pastoral.

Llegó después la etapa de la consolidación del dominio del Norte sobre el Sur, con una hegemonía norteamericana (ya no británica, pues Inglaterra se había debilitado enormemente en los dos conflictos bélicos mundiales y con las transformaciones sociales y procesos de liberación en sus antiguas colonias y zonas de influencia). Surgió la Teología de la Liberación, que vio en Jesucristo al revolucionario, al liberador de todo tipo de injusticias, y en el Evangelio una exigencia de lucha por los excluidos, oprimidos y desfavorecidos.

De otro lado, el Concilio Vaticano II realizado por los pontífices Juan XXIII y Pablo VI impulsó nuevos aires al interior de la Iglesia, permitiendo cierto aperturismo y progresismo (aunque con el recelo de las alas más tradicionalistas de la curia). Asimismo las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, en especial la de Medellín (1968), instaron a la Iglesia a una actitud más comprometida y solidaria con los pobres, y con los movimientos liberadores del imperialismo estadounidense. Desde ese entonces, la Iglesia ha basculado entre el tradicionalismo (que se apoderó del Vaticano con Juan Pablo II y Benedicto XVI) y la liberación, entre el apoyo al poder establecido y el alineamiento con fuerzas revolucionarias (incluso subversivas), entre el acatamiento y la rebeldía a la autoridad eclesial de Roma.

*Médico psiquiatra, escritor, historiador, estudiante de Filosofía