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martes, 27 de marzo de 2012

Siete Héroes de la Iglesia Latinoamericana

Por David Alberto Campos Vargas

La Iglesia Católica en América Latina ha dado varios héroes. Quiero hacer, en esta ocasión, una semblanza de algunos obispos latinoamericanos que, asumiendo con coherencia los principios del Concilio Vaticano II y de las conferencias episcopales latinoamericanas, dieron un ejemplo hermoso y diáfano, un testimonio de compromiso social, vida virtuosa y trabajo por los desfavorecidos.

Empecemos por ENRIQUE ÁNGEL ANGELELLI CARLETTI (1923-1976), nombrado por el Papa Juan XXIII obispo auxiliar de la arquidiócesis de Córdoba en 1960, siendo además rector del Seminario Mayor y profesor de Teología. Su compromiso con los pobres fue siempre incondicional; fue asesor de la Juventud Obrera Católica, apoyó movimientos de izquierda y de reivindicación social de trabajadores; visitó y llevó su voz de aliento a muchas familias en las “villas miseria” (asentamientos populares en los que había pobreza urbana absoluta) de su país. Se involucró en conflictos laborales gremiales, de parte de los trabajadores, pidiendo mejores condiciones de vida, para éstos, a sus patronos. En 1963 inició “Campañas de Solidaridad” para mitigar el hambre y el abandono de los desposeídos. Como padre conciliar en el Concilio Vaticano II, apoyó públicamente posiciones progresistas y renovadas. Por sus posturas fue excluido del gobierno eclesiástico en 1965, pero en 1968 el Papa Pablo VI lo nombró obispo de la diócesis de La Rioja. Allí se lanzó a defender los derechos de la mujer (en especial de la mujer trabajadora y de extracción humilde), promoviendo la formación de sindicatos de empleadas domésticas y trabajadoras rurales. Además promovió la formación de sindicatos de mineros y de cooperativas de trabajo de panaderos y fabricadores de ladrillos. Se enfrentó públicamente al gobernador Carlos Ménem (futuro Presidente de Argentina, conocido por sus políticas abiertamente neoliberales y oligárquicas) solicitando la expropiación de latifundios creados por la apropiación de pequeñas parcelas de campesinos que no habían podido pagar sus deudas. En 1976, mientras investigaba sobre el paradero de varios sacerdotes y activistas desaparecidos por los militares, sufrió un atentado de parte del III Cuerpo del Ejército a cargo de Luciano Benjamín Menéndez (alias “La Hiena de la Perla”, criminal y represor, mano derecha de la dictadura), que le provocó un accidente de tránsito y lo remató con golpes en cuello y cráneo (la autopsia reveló fracturas occipitales, y el testimonio del padre Arturo Pinto, su acompañante, así lo demostraron).

Otro hombre excepcional fue OSCAR ARNULFO ROMERO Y GALDÁMEZ (1917-1980). Estudió Teología con Giovanni Montini (futuro Papa Pablo VI) en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y en 1968 fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. En 1970 Pablo VI lo nombró obispo auxiliar de San Salvador y en 1977 arzobispo de San Salvador. En ambos cargos defendió la “opción preferencial por los pobres”, afirmando cosas como: “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación” (homilía del 11 de noviembre de 1977); predicó incansablemente defendiendo los derechos humanos (de hecho, fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1979). Fue siempre un convencido de que los sacerdotes debían pronunciarse por la justicia social y cumplir su misión política de un mundo mejor y para todos, recurriendo a los textos de la Conferencia Episcopal de Medellín. Afirmó, en una carta pastoral, el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos. Denunció la persecución de la Iglesia en El Salvador (en mano de los militares Arturo Armando Molina, presidente de 1972 a 1977, y Humberto Romero Mena, presidente de 1977 a 1979) y la violencia gubernamental (terrorismo de Estado), en especial la sangrienta represión ejercida por dichos gobiernos de corte militarista. Combatió especialmente el uso de la fuerza contra obreros y campesinos. Pero así como denunció la violencia del gobierno también lo hizo con la violencia de los grupos armados de izquierda. Fue asesinado (24 de marzo de 1980) mientras oficiaba una misa, por un escuadrón de la muerte dirigido por los militares Roberto d’Aurbuisson, Alvaro Saravia y Mario Ernesto Molina (hijo del militar y ex presidente Arturo Armando Molina).

JAIME DE NEVARES (1915-1995), sacerdote salesiano, abogado y teólogo, fue nombrado por el Papa Juan XXIII obispo de la diócesis de Neuquén. Se alineó con las tendencias progresistas del Concilio Vaticano II y la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968). Escribió “la liberación debe realizarse en todos los sectores en los que hay opresión” en una de sus cartas pastorales, y su vida fue coherente con su pensamiento, como cuando participó en las huelgas de obreros. Por su protagonismo en la huelga de los mineros de El Chocón fue conocido como “el obispo del Choconazo”. Al ser interrogado al respecto, comentó: “El Evangelio debe influir en la política”. Durante la dictadura militar en Argentina (1976-1983) fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Terminada la dictadura, hizo parte de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), junto a personalidades como Ernesto Sábato, René Favaloro, Eduardo Rabossi y Gregorio Klimovsky. También criticó la actitud colaboracionista de varias autoridades eclesiásticas con el brutal gobierno militar, afirmando que era necesario “un examen de conciencia de la Iglesia Argentina en relación con su actitud durante la dictadura”). Además de su compromiso con la defensa de los derechos humanos, dedicó su apostolado a los sectores más necesitados y abandonados.

Otro obispo enfrentado con la dictadura militar argentina fue JORGE NOVAK, nombrado obispo de la diócesis de Quilmes por Pablo VI (1976), después de haberse doctorado en Historia y Teología. Su labor estuvo orientada al diálogo ecuménico y el acercamiento a los fieles no católicos. Lideró iniciativas de atención religiosa y promoción humana. También hizo parte del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y denunció las violaciones a la dignidad humana cometidos durante el proceso de Reorganización Nacional Argentina (eufemismo con el que la dictadura militar argentina de 1976-1983 se llamó a sí misma). También abogó por los pobres (y fue, él mismo, un obispo coherente, llevando una vida austera), y denunció la injusticia social y el desempleo, por lo que los jerarcas militares lo llamaron “el obispo rojo”. Después de la vuelta de la democracia, siguió encabezando Marchas de Solidaridad y dando mensajes pastorales por Radio Provincia. Escribió Esto no es marxismo, es Evangelio, en el que postuló que la sociedad democrática no debía esperar a la aparición de estallidos sociales para empezar a tratar justamente al trabajador, y que la exclusión del trabajo digno de la clase obrera es un nuevo tipo de esclavitud en el capitalismo. Dos frases célebres de este obispo, que muestran claramente su pensamiento, fueron: “El Evangelio es un mandato a practicar la solidaridad con los pobres”, y “La violencia es antievangélica, sólo sirve para engendrar nuevos odios, y deja siempre sin resolver los problemas de fondo”.

MIGUEL HESAYNE estudió Literatura, Lenguas Clásicas y Teología (recibiendo clases de Yves Congar) antes de ser nombrado por Pablo VI obispo de la diócesis de Viedma en 1975. Criticó duramente los abusos y crímenes de las dictaduras militares que asolaron al Cono Sur de América durante la décadas de 1970 y 1980. También protestó contra las políticas neoliberales de Carlos Menem (“Usted puede hasta engañar al Papa con sus falacias políticas, pero no al Señor de la Iglesia y de la Historia”), Fernando de la Rúa (“Todas las acciones de su gobierno han sido a favor del mercado, y contra el pueblo”) y Eduardo Duhalde (“Su gobierno no hace la verdad ni defiende la libertad; la generalidad del pueblo argentino sigue oprimido por el hambre, la falta de medicamentos y de un techo digno, mientras los responsables de la miseria argentina gozan hasta de un irritante bienestar”). Ha llamado continuamente a sus feligreses a colaborar en “la construcción de la nueva civilización de Amor”, “un real amor solidario para con los más pobres, postergados y excluidos”. Es por eso que sus sermones siempre exigen un compromiso evangélico a los católicos, insistiendo en que no se puede caer en “actos piadosos vacíos de amor solidario”. En este orden de ideas, ha sido cofundador de varios institutos de formación sociopolítica del laicado, como la Fundación Jaime de Nevares. Ha interpelado en varias ocasiones a favor de la remuneración justa y digna del trabajo de la mujer. Actualmente dicta la cátedra de Derechos Humanos en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y es miembro de la Comisión por la Memoria.

Después de estudiar Medicina y Teología, VICENTE FAUSTINO ZAZPE (1920-1984) se enroló en la Juventud de Acción Católica y se hizo sacerdote. Juan XXIII lo nombró arzobispo de la diócesis de Rafaela y, en tal calidad, participó en el Concilio Vaticano II dentro del ala de los “progresistas” (entre quienes estaban su compatriota Enrique Angelelli y los teólogos Karl Rahner, Edward Schillebeeckx, Yves Congar, Hans Küng y Henri de Lubac). Convertido en arzobispo de Santa Fe en 1968 (en la era Pablo VI), propendió por una mayor participación del laicado y la creación de nuevos organismos pastorales. Asimismo empezó el ciclo Habla el Arzobispo por televisión y radio, donde se granjeó la desconfianza de la dictadura con frases como “Los pobres son los primeros destinatarios del mensaje de Jesús” o “La Iglesia argentina debe ser la voz de los que no tienen voz”. Jugó un papel protagónico en las Conferencias Generales de Medellín (1968) y Puebla (1979), en los sínodos de obispos de 1971 y 1974, y en la Conferencia Episcopal Argentina, de la que fue Vicepresidente. Convencido de que debía “servir al pueblo, no desde una ideología, sino desde el Evangelio”, visitó permanentemente las cárceles durante la dictadura militar argentina (1976-1983), realizó numerosas peticiones por personas desaparecidas y fue vocero de las familias de las víctimas de la represión. También, como pacifista que fue, estuvo siempre en contra de la guerra de las Malvinas y redactó Iglesia y Comunidad Nacional (1981), documento que contribuyó a la recuperación de la democracia en su país. Organizó la Cruzada de Oración en Familia y fue el primer obispo argentino en ordenar diáconos permanentes.

RAÚL SILVA HENRÍQUEZ (1907-1999) fue un abogado, filósofo, teólogo y sacerdote salesiano, doctorado en Teología y Derecho Canónico. Se esforzó en la promoción de la educación en Chile, dirigió la Federación de Colegios Particulares Católicos, el Estudiantado Teológico Salesiano Internacional y fue cofundador y rector de varios colegios del país austral. Como obispo de Valparaíso se destacó por su capacidad de acción. Organizó eficientemente el Instituto Católico Chileno de Migraciones (INCAMI), para dar asistencia a inmigrantes, y Cáritas Chile; por su gestión fue elegido Presidente de Cáritas Internacional en 1962, cuando ya era arzobispo de Santiago. Ese mismo año fue nombrado cardenal de la Iglesia Católica. Defendió los trabajadores agrícolas e instó al gobierno chileno a realizar reformas agrarias. Personalmente distribuyó tierras de la Iglesia chilena entre campesinos organizados en cooperativas. Intentó mediar entre los partidos políticos enfrentados durante el gobierno de Salvador Allende; como no pudo evitar el golpe de Estado de 1973, se irguió en defensor de los Derechos Humanos, fundando el Comité Pro Paz (institución que resguardaba perseguidos políticos durante la dictadura del general Augusto Pinochet), que el gobierno militar le obligó a clausurar en 1975. Fundó entonces la Vicaría de la Solidaridad y se convirtió en opositor del régimen (que presionó para su remoción de los puestos jerárquicos de la Iglesia). Después de crear la Academia de Humanismo Cristiano y la Vicaría de la Pastoral Obrera, vio con satisfacción el retorno de la democracia (1991) y escribió su Testamento Espiritual en 1992. Recibió el Premio Derechos Humanos del Congreso Judío Latinoamericano, el Premio Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el Premio por la Paz y el Premio Príncipe de Asturias.

Toamdo de: Breve Historia de la Iglesia en América Latina, David Alberto Campos, 2012