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lunes, 12 de marzo de 2012

Los presocráticos y los sofistas

Los presocráticos

La filosofía occidental nace en la costa del Asia Menor (Jonia, representada por las ciudades Mileto, Éfeso, Clazómenas, Colofón, Samos), Sicilia y el sur de Italia. Dichos filósofos, llamados genéricamente presocráticos, se preguntaron por la naturaleza que les rodea; dejando a un lado los mitos, intentaron razonar y pensar demostrativamente. Por medio la observación y la reflexión intentaron captar el ser, específicamente buscando el arjé (“origen”), el principio de todas las cosas (del cual provendrían todos los seres del universo).

Para Tales de Mileto (624-546 a.C.) el arjé era el agua; para Anaxímenes el apeiron (lo indeterminado, lo ilimitado, lo infinito de materia: todo lo existente le debería algo de materia a ese principio material); para Anaximandro, el aire.
Pitágoras de Samos (nacido en 570 a.C.) fue el primero en proponer que el ser no se reducía al ser material: así bosqueja el concepto de forma (lo indeterminado, lo apeirónico) en contraste a la materia (lo limitado: peras); Pitágoras insistió en la naturaleza dual (limitada e ilimitada) de las cosas, y en que cada cosa tiene su lugar correcto en el universo (armonía en el universo): concibió lo existente como un todo armónico, un sistema perfecto y matemático.

Heráclito (544-484 a.C.) postuló que el devenir antecedía a la materia y la forma: lo que las cosas son, lo serían únicamente porque existe el eterno cambio, el devenir. Pero no es un cambio anárquico, sino un cambio con un sentido, con un logos (con una lógica, un orden intrínseco): nace así la dialéctica. Para Heráclito el ser fluye, pero siguiendo un principio, una ley natural.

Parménides de Elea (540-470 a.C) se centró en el ser en tanto que permanente; intuyó que, pese al inevitable devenir, algo tiene el ser de estático, de durable, que justamente le permite ser lo que es, y no otra cosa. Así, su ser fue el ser que se mantiene pese al cambio. Esbozó así lo que Aristóteles vendría a constituir como Metafísica. Y trazó el derrotero de la Filosofía, a la que entendió como sabiduría del todo. Zenón y Meliso fueron dos de sus discípulos.
Empédocles de Agrigento (492-432 a.C.) propuso el concepto de elemento. Los elementos serían los constituyentes básicos del universo. Y describió cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Esas últimas partes materiales (elementos), mezcladas y organizadas de distintas maneras, constituirían la multiplicidad de seres del universo.

Demócrito de Abdera (460-370 a.C.) insistió en que dichos elementos, dichos constituyentes mínimos, básicos, de todo ser, serían los átomos. Un átomo, para Demócrito, era la última y mínima porción posible de materia: lo indivisible, lo más reducido posible. Todas las cosas se compondrían de átomos. Y a dichos átomos (y, por ende, al universo) no los regiría ningún dios: no tendrían un sentido (una finalidad) sino que todo en ellos sucedería por sí mismo, por leyes inherentes a ellos (automáticamente). Demócrito también insistió en la eternidad del movimiento de dichos átomos (y de todos los seres constituidos por ellos).

Anaxágoras (500 – 420 a.C.) postuló que el principio sería el nous, el espíritu. El espíritu sería la fuerza que todo lo dirige, que da un sentido, y que produce ese eterno movimiento del que habló Demócrito. Sería lo estable en medio del devenir, lo omnipresente en todos los seres, la inteligencia y el orden ocultos en cada uno de los seres del universo. El nous sería, para Anaxógoras, la fuerza espiritual inherente a la naturaleza misma del universo.

Los sofistas

Los sofistas aparecieron en escena justo cuando en Grecia se empezaba a ser política de envergadura: son, entonces, los formadores de políticos (de ahí su interés en la retórica). Propusieron el relativismo ético y axiológico. Postularon que lo importante para el hombre era alcanzar posiciones de dominio en su sociedad, mantenerlas y disfrutarlas. Se empeñaron en negar (o, al menos, relativizar) la verdad y el conocimiento universal. Y, a diferencia de otros filósofos, vendieron sus servicios.

Gorgias (483-375 a.C.) planteó que no existía la verdad universal, y, si existiera, no se podría conocer. Y remató con que, si se pudiera conocer, tampoco se podría comunicar. Nació así el relativismo filosófico.

Protágoras (481-411 a.C.) defendió también la posición de que todo es relativo y subjetivo. Negó la existencia de realidades objetivas, dioses eternos o leyes eternas. Insistió en que el hombre era la medida de todas las cosas. Para él, nada era naturalmente, eternamente o universalmente valedero: todo era subjetividad y convencionalismo.

Platón criticó esta postura acomodaticia y esta laxitud de valores de los sofistas. Su Academia era gratuita. Insistió en que, sin valores universales y eternos, los hombres serían solamente seductores y buscadores de poder. Y concluyó excluyendo a los sofistas de la misma Filosofía, argumentando que sólo eran amantes de la retórica y la palabra (philologoi, filólogos) y no del pensamiento y la sabiduría (es decir, no eran filósofos, philosophoi).

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)