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lunes, 12 de marzo de 2012

Historia de la Filosofía - Los Áticos

Por David Alberto Campos Vargas*

Los áticos

Sócrates (470-399 a.C.) brilló con luz propia; su filosofía era práctica (su propia vida fue coherente con su ideas). Con su mayéutica, la búsqueda de la verdad se hizo un continuo interrogar, un continuo incitar a la reflexión por medio del cuestionamiento. A diferencia de los sofistas, concibió la areté como virtud derivada de valores éticos universales, orientada sin equívocos y sin relativismos.

Platón (427-347 a.C.) fundamentó su trabajo filosófico en el eidos, la esencia de las cosas. Así, su sistema de las ideas se erigió como algo independiente de la subjetividad del hombre, como algo absoluto, eterno y objetivo. Al valor cambiante y comercial antepuso el valor eterno, distinto de la utilidad material o subjetiva: el orden ideal, el verdadero areté (la verdadera virtud). Así elevó el deber ser a la esfera de las entidades ideales. El hombre virtuoso debería acercarse, para Platón, al hombre ideal (justo, bueno, bello en sí mismo).

Platón también creyó en que el diálogo reflexivo, el intercambio de ideas, permitiría la construcción de la anamnesis, la rememoración de lo que en una vida anterior (en el mundo ideal) se conoció: las ideas perfectas (de las que, en esta vida y en este mundo, veríamos sólo las sombras, los esbozos). Así, se puso del lado del innatismo: las ideas ya vendrían con nosotros, nuestro trabajo filosófico es redescubrirlas.

En este orden de ideas, Platón planteó que en el mundo de las ideas estarían contenidos los arquetipos de todas las cosas tangibles de nuestro mundo. De dichos arquetipos o moldes habrían surgido, como copias, las cosas de nuestro mundo. Ahora, en tanto copias, participarían en algún sentido de la naturaleza de esas ideas originarias. De este modo podría entenderse lo temporal en función de lo eterno (pues las cosas serían copias de arquetipos eternos). Platón no desconoció la experiencia sensible, sólo que nos invitó a buscar lo que habría detrás de ella (las ideas, lo eterno).

El modo filosófico de vivir sería la contemplación de la esencia de las cosas, tarea sin fin, puesto que las cosas (las realidades físicas de este mundo) se apoyan en formas superiores de ser (los arquetipos del mundo ideal). Platón llamó dialéctica a
este indagar, a este profundizar sobre las conexiones entre las cosas y las ideas.

En Platón el hombre sería el alma, y el alma lo intermedio entre el mundo de las ideas (ideal, suprasensible) y el mundo tangible (material, sensible). Y el alma sería inmaterial, indivisible e inmortal. La verdad y los valores serían su alimento. Y el cuerpo, su prisión. El hombre sería tanto más libre cuanto más espíritu fuera.
Platón también lanzó la posibilidad de la transmigración de las almas: al descender por vez primera del mundo de las ideas a este mundo material, podrían elegir cualquier destino en la vida; si eligen mal, seducidas por los apetitos y las apariencias, podrían empantanarse más y más en el mundo terrestre y descender cada vez más en la escala del ser; si eligen bien, no se dejarían engañar por las apariencias y buscarían el perfeccionamiento, esto es, se asemejarían cada vez más a la Idea del Sumo Bien (la idea de Dios).

El Estado fue entendido por Platón como una organización del hombre en su marcha hacia el bien; para él, debería estar dirigido por filósofos, amantes del bien y la sabiduría, santos y justos, que partiendo de su capacidad de contemplar las verdades eternas dirigirían en concordancia a ellas los asuntos humanos. Platón exigía a los gobernantes espiritualidad y votos de pobreza y celibato, para evitar así que el gobierno cayera en manos de ambiciosos más interesados en sí mismos que en los demás. Estos gobernantes, además, dirimirían los conflictos entre sus gentes (conflictos originados en el deseo de poseer, de imponerse o de saciar animalmente los apetitos).
La existencia de Dios fue una conclusión lógica para Platón, que dimanó de su teoría del mundo de las ideas. La dialéctica de las ideas sería el camino a Dios (Idea del Bien Supremo, de la Bondad y Belleza Supremas), del cual se formarían las otras ideas (y de las cuales, a través de sus arquetipos, se formarían todas las cosas de este mundo sensible). Además, justificó la existencia de Dios frente al mal en este mundo material y sensible.

Aristóteles (384-322 a.C.) recogió lo dicho por sus dos maestros (Platón fue su maestro directo en la Academia, y Sócrates su maestro indirecto, a través de Platón, a quien había enseñado) y realizó un esfuerzo titánico: el de sistematizar la Filosofía en tanto ciencia de la totalidad y del ser (el ser de todas las cosas del universo).

Como científico que era (médico, biólogo, investigador), Aristóteles propuso un método para el conocimiento filosófico: la Lógica, la manera en que se debe pensar correctamente (analizando conceptos, categorías y predicados, y la forma en que se conectan formando juicios –asociaciones de conceptos que desembocan en un enunciado sobre el mundo-, juicios que, al concatenarse, formarán raciocinios o silogismos). Así, Aristóteles instituyó el silogismo como un mecanismo conceptual certero para acceder a la verdad de una manera demostrativa y reflexiva.

También insistió en que no bastaba la percepción sensible para acceder a la verdad y al conocimiento; nuestro conocimiento iniciaría en los sentidos, pero no se detendría allí. Habría un proceso de intelección y abstracción por el cual se accedería a la forma universal (la esencia, o la idea platónica) detrás de cada cosa material.

Aristóteles también depuró lo metafísico. Preocupado por el ser en cuanto ser, buscó hacer de la Metafísica la disciplina de la búsqueda de las esencias, de las estructuras, los fundamentos internos de los seres (lo primordial en los seres), esencias de las que sólo conocemos, de primera mano, su manifestación (su fenómeno).
Mientras que Platón recurrió al mundo de las ideas para explicar los seres del mundo sensible (que serían, para él, copias de dichas ideas), Aristóteles creyó que los seres del mundo sensible son en sí mismos. Así, dispuso que los seres del mundo sensible, como en realidad son, son la realidad. Creó así un realismo opuesto al idealismo de Platón.

Aristóteles valoró por igual la forma y la materia. Ambos, para el estagirita, serían constituyentes del ser. Y para explicar cómo la forma (la idea de su maestro Platón) moldea la materia, recurrió al movimiento, fuerza que acaso recuerda al nous de Anaxágoras: el motor que permitiría que el ser en potencia se constituyese en ser en acto.

La entidad de una cosa, para Aristóteles, sería un venir a ser algo. Todo movimiento conduciría a un fin, una finalidad. Todo devenir procedería de un algo e iría hacia un algo. Toda cosa sería entelequia (tiene, en sí misma, un fin). Por eso es que, en el sistema aristotélico, lo acabado no estaría al final, sino al principio. Y así se vuelve a Platón: las formas ideales serían el diseño inmanente en cada ser, el modelo: la forma sería el arquetipo.

Aristóteles también se lanzó a definir al hombre; consideró al alma la entelequia (el motor, la razón de ser, el movimiento) del cuerpo físico-orgánico, la fuerza, el principio de la vida. Consideró al alma una totalidad de sentido (totalidad de finalidad), que en el hombre superaría lo netamente vegetativo (alma vegetativa) y lo animal (alma sensitiva) y adquiriría una calidad distinta: la de alma racional. De este modo, en Aristóteles el hombre sería un animal racional.

El alma del hombre, así, sería un alma espiritual dotada de inteligencia, razón y libre voluntad; tendría la capacidad de contemplar los principios supremos y eternos (lo verdadero); podría ser creadora (de juicios y experiencias en, y sobre, la realidad). El movimiento (entendido como el moldeado de la materia a través de la forma) sería en el hombre acción, un pasar de ser en potencia a ser en acto, devenir ontológico.

¿Fue un ateo Aristóteles? En modo alguno, si se entiende su filosofía. Todo el mundo real (el universo, la realidad total), todas las cosas, tendrían unos motores causales, unas causas eficientes (que permitirían el movimiento del ser en potencia al ser en acto); y todos esos motores causales se remontarían a un motor primigenio, el origen de todo: la causa de las causas (el concepto aristotélico de la Divinidad como ente).

La naturaleza de Dios la describió Aristóteles como puro ser, espíritu y vida, motor (motor inmóvil, en tanto que no sería movido por otros motores, porque sería en sí mismo autosuficiente). Dios sería el ser perfectísimo, que constantemente pensaría (crearía) y se pensaría a sí mismo; una eterna realidad, una eterna realidad (Acto Puro). Todo ser vendría de Dios, tendría en Él su fundamento y sería causado por Él. Dios sería la forma de las formas. Todo ser, en tanto que ser, desplegaría una forma, y, por eso, desplegaría un fragmento de Dios.

Aristóteles también aportó a la Ética. Postuló la necesidad del término medio, homologando lo bello y deseable (el valor ideal) con el justo medio entre lo poco y lo excesivo: por ejemplo, la valentía sería lo bueno, en vez de la temeridad o la cobardía. Los valores, para Aristóteles, constituirían el tipo ideal (ecos de Platón), el modelo: la mejor manera de ser hombre (como ser razonable, recto, justo y bello).

*Médico Psiquiatra, Escritor, Psicoterapeuta