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miércoles, 14 de marzo de 2012

Historia de la Filosofía III: Época Helenística y Romana

Por David Alberto Campos Vargas, MD

Los helenísticos

Se llamo “helenística” a la época que siguió a la muerte de Alejandro Magno y la consecuente repartición de su imperio. La filosofía, desaparecido ya el genial Aristóteles, dejó de abarcar las ciencias naturales, pero continuó preguntándose por el ser y por el bien espiritual del hombre.

Los estoicos (así llamados por el lugar de su escuela, la stoa pokile de Atenas) fueron Zenón de Citio (quien fundó la escuela alrededor del 300 a.C.), Cleantes y Crisipo de Solos (muerto hacia el 208 a.C.); fueron hombres adustos, rigurosos en su virtud, castos y con una peculiar concepción del deber. Insistieron en el provecho del autodominio, la templanza lograda gracias al sacrificio, el virtuosismo del aguante y la aceptación de lo difícil de la existencia humana. Fueron también los primeros sensualistas, al postular que el hombre recibiría las impresiones sensoriales de afuera y que las convertiría en representaciones sensibles. Insistieron en la necesidad de estudiar la evidencia, que homologaban a la realidad y a la propia verdad (realismo ingenuo).

Llama la atención que el furor por la evidencia en la medicina actual es de franca raíz estoica; de hecho, los estoicos creyeron que las representaciones adecuadas se lograrían con la reproducción (lo más fidedigna posible) de esa supuesta realidad (la evidencia). Esto se daría con el funcionamiento óptimo de los órganos de los sentidos, con una distancia no demasiado grande entre el sujeto y el objeto de la percepción, con un acto de percibir lo suficientemente serio y duradero, sin la interposición de obstáculos entre sujeto y objeto y cuando repetidas observaciones propias y ajenas den el mismo resultado. Representaciones así serían “garantizadas”, catalépticas (nos “agarrarían”), sería imposible negarles el asentimiento.

Con Epicuro (314-270 a.C.) nació la antítesis del estoicismo: así como los estoicos propusieron la renuncia y la abstinencia, el epicureísmo enfatizó las bondades del goce y de la experiencia placentera. La vida feliz para Epicuro sería una vida en la que toda elección estuviese encaminada al placer del cuerpo y la paz del alma.

También surgió el neoplatonismo con Filón de Alejandría (buen lector de Platón, Teofrasto y Eudemo), verdadero sintetizador de filosofía y religión. El Dios de Filón es un ser absolutamente trascendente y “más perfecto que perfecto”, y, además, creador (no solamente un formador, como para los filósofos áticos): verdadero demiurgo que crea al mundo de la nada. Asimismo, Filón empezó la conceptualización del hijo de Dios en tanto que vicario (enviado) del Logos, idea de las ideas, fuerza de las fuerzas, hijo unigénito del demiurgo que tendería un puente entre Él (Dios-creador) y el mundo-creado (concepto que sería después aprovechado por los Padres de la Iglesia Católica).

Los romanos

Como continuadores del estoicismo de Zenón de Citio, aparecieron Panecio, Posidonio, Séneca y Marco Aurelio. Todos ellos con una peculiar idea de la virtud como continencia y la virilidad como capacidad de soportarlo todo, que los hicieron sujetos muy estimados en su tiempo (al pueblo romano le encantaba, por ejemplo, que su propio emperador Marco Aurelio viviera de manera adusta, ajena a las comodidades palaciegas). Como sensualistas, configuraron la doctrina de la tabula rasa: el hombre no tendría conceptos innatos, sino representaciones a posteriori, venidas de la sensación (la impresión sensorial). En lo religioso, aunque afiliados a los dioses romanos, se acercaron a cierto panteísmo filosófico, al señalar que en todo el mundo material habría algo de energía primordial y divina y que, por tanto, el universo mismo era divino.

En cuanto a la Ética, Marco Aurelio (en sus Meditaciones) y Epicteto (en su Enquiridion) hicieron una apología del deber; formularon que las pasiones debían dominarse hasta extinguirse; la clave estaría en abstenerse y soportar, con dureza y temple. Para ellos, sólo la razón tendría derecho a dominar, siempre y cuando el deber hablara a través de ella. Buscaron un hombre de voluntad, capaz de sacrificarse en aras de los intereses públicos, determinado y firme.

Con Marco Tulio Cicerón apareció el eclecticismo; como buen político y pensador agudo, el inmortal senador romano nos legó una actitud sabia, alejada del fanatismo y amplia de miras: la del consensus omnium (consenso universal) como garantía de verdad. Habría semillas de verdad en todas partes, habría que buscarla en todas ellas. Cicerón también abogó por la moral del vivir en conformidad con la naturaleza (en la que quiso ver el fin de la existencia humana), sobretodo en sus textos De oficiis y De finibus bonorum et malorum. Así, la ley moral natural (de la que se nutriría el Derecho en la Edad Media y la Edad Moderna) y la recta ratio (“recta” razón, sin sesgos ni fanatismos) se constituyeron en hitos de la Filosofía.
El epicureísta Lucrecio Caro (96-55 a.C.) resucitó el atomismo de Demócrito. Para él, sólo existía espacio vacío, átomos y movimiento eterno; dicho movimiento se debía al azar. No existía ningún fatum (“hado”), ningún motor inmóvil, ninguna necesidad teleológica en dicho movimiento. Simplemente era azar, casualidad. Así, hasta el mundo material se libraba (según Lucrecio) de la necesidad eterna e inconmovible señalada en los escritos aristotélicos.

Formado en las ideas de Filón de Alejandría, y cercano a las de Jesucristo, Plotino (204-266) se convirtió en el neoplatónico por excelencia. Empezó por suavizar la separación entre Dios y el mundo material que habían establecido sus predecesores, postulando que el mundo habría emanado de Dios, pero bajo un aspecto y una modalidad especiales: es distinto a Dios, Dios lo trasciende, pero Dios está inmanente en él.

Plotino definió a Dios como el super-ser, el Uno, al que no se le puede aplicar ninguna categoría, el Primero en todo, el Bien del que todo emergería (la inmanencia de la trascendencia sería la emanación). El por qué habría de expandirse el Uno fue contestado por el propio Plotino: la naturaleza del Bien tendería a desbordarse. De Él y por Él emergería este mundo, esta copia imperfecta de Aquél que es arquetipo supremo. Así, para explicarse la presencia de lo imperfecto habría que partir de lo perfecto. El Uno sería lo primero, de lo cual se formarían todas las cosas.

Plotino facilitó las cosas para los primeros pensadores cristianos al postular su doctrina de las tres hipóstasis (formas de ser): el Uno, el Espíritu y el Alma. Lo primero que el Uno hace proceder de sí sería el Espíritu (al que homologa al kosmos noetos, el conjunto total de las ideas de Platón), la armazón espiritual del mundo: el Espíritu sería así el mismo Demiurgo de Filón, por el cual surgiría el mundo. Y del Espíritu se desgajaría el Alma, la tercera hipóstasis, que estaría cualitativamente a medio camino entre el Espíritu y el mundo.

También distinguió Plotino el Alma del mundo del conjunto de almas singulares. El Alma del Mundo sería ese Espíritu Divino subyacente en la naturaleza y el universo. Las almas singulares animarían a cada uno de los seres del universo, y estarían más alejadas del Espíritu (y, por lo tanto, del Uno). Pero en esta última emanación viviría todavía el recuerdo del origen, y la movería un deseo de volver a Dios, una atracción al Uno.

Plotino también se adelantó a Agustín de Hipona al plantear que esa conciencia que tendría cada alma singular de su origen remoto (el Uno, Dios) lo llevaría a buscar su retorno (epistrophé) a Él, a buscar el conocimiento de Él, a emprender un camino de perfeccionamiento (voluntad de Bien) que conduciría de nuevo hacia el más perfecto de los seres. La centella divina (scintilla animae) en el hombre, que sería el recuerdo del Uno, lo impelería a la interiorización, al apartamiento de lo material y múltiple y el acercamiento (via unitiva) al Arquetipo, al Uno primordial; la forma más elevada de dicho acercamiento sería el éxtasis para Plotino, quien dedujo que el alma singular también podría hacerlo por medio de la purificación (via purgativa) y la iluminación intelectiva (via illuminativa).

El neoplatonismo dejó varias escuelas: la de Porfirio (discípulo directo de Plotino), la de Jámbico (muerto hacia el 330 d.C.), la de Proclo (411-485 d.C., autor de la Elementatio Theologica), y las escuelas de Pérgamo ( a la que perteneció el emperador Juliano el Apóstata) y Alejandría (famosa por sus comentadores de Platón y Aristóteles). También influyó poderosamente en el pensamiento de Macrobio, Calcidio, Boecio, Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona (estos dos últimos, santos y Padres de la Iglesia Católica).