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sábado, 17 de marzo de 2012

Filosofía Medieval y del Renacimiento

Por David Alberto Campos Vargas

La Patrística

Con la caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.) y la difusión del cristianismo, Europa cambió. La Filosofía, que nunca fue ajena a los cambios sociales, económicos y políticos, entró en la órbita medieval. Pero sería un error creer, como algunos iluministas del siglo XVIII, que la Edad Media fue estancamiento u oscuridad. En modo alguno. El Medioevo vio nacer algunas de las más fecundas producciones en arte, literatura y filosofía. La teología, en especial, tomó un alto vuelo.

Después de la ambivalencia del apóstol Pablo (que atacó la filosofía en tanto que “sabiduría del mundo”, opuesta a la sabiduría de Dios, pero también citó a varios filósofos griegos en abono de la doctrina cristiana), y de los intentos del mártir (luego declarado santo) Justino por integrar filosofía y cristianismo, emergieron pensadores cristianos (Minucio Félix, Arístides, Atenágoras, Lactancio, Orígenes, Clemente de Alejandría, san Gregorio Nacianzeno y los hermanos san Gregorio Niseno y san Basilio el Grande) que hicieron uso extensivo de los textos platónicos, neoplatónicos, neopitagóricos y estoicos. Y, tras ellos, surgió la poderosa figura de san Agustín de Hipona.

Agustín había sido un buscador; se había nutrido de todo tipo de corrientes filosóficas y religiosas (incluso esotéricas); había leído autores griegos y romanos y también autores persas (de hecho, también había pertenecido a la religión de Zaratustra –Zoroastro-, el maniqueísmo); posteriormente, tras la lectura de Cicerón, se había acercado a Roma. San Ambrosio, obispo de Milán, lo atrajo al cristianismo. Con un pie en la filosofía neoplatónica y otro en la religión católica, Agustín de Hipona edificó un sistema de pensamiento sólido, que aún resuena en la Historia.

San Agustín, de partida, estimó los aportes de los filósofos que lo antecedieron, pues consideraba que era útil recoger todo lo que había de verdad en la razón humana (en oposición franca a Tertuliano, que insistía en ceñirse a las Sagradas Escrituras). Así, el saber (en tanto procedente de Dios, al que Agustín consideraba Sabiduría Suprema) sería tan válido como la fe en el camino a Dios.

Para san Agustín, Dios sería un ente espiritual, no material, trascendente, inconmensurable, omnipotente; su obra sería la creación del mundo a partir de la nada. Y el alma, cualitativamente semejante a la divinidad, también sería una sustancia inmaterial e inmortal; el cuerpo ya no sería su cárcel (como en el orfismo o el platonismo) sino su presencia carnal en el mundo.

Con respecto a Jesucristo, Agustín de Hipona expuso que sería el Logos divino hecho carne (el logos revelado), el camino por excelencia a la verdad y la vida, el ejemplo. Con Jesús, la Humanidad tendría un modelo concreto de conducta; la conciencia del hombre, dotada de voluntad y libre albedrío, podría decidirse entonces a imitar a Jesucristo, el hijo de Dios encarnado y revelado (y gracias al cual la Humanidad encontraría su salvación).

La epistemología agustiniana se remonta a Platón: la verdad se encontraría dentro de uno mismo (“en el interior del hombre reside la verdad”); no rechaza la experiencia sensorial, que sería material útil para el cotejo con las ideas innatas. Su teoría de la iluminación remontaría a la fuente interior de verdad, el alma, poseedora de ideas y conceptos a priori. Y Agustín consideró a Dios la Suprema Verdad: como Platón en su Convivio, elevó la verdad singular a la verdad universal (Dios), de la que participaría. Dios sería así el Todo de lo verdadero.

El tiempo para Agustín surgiría con la creación (pues consideraba a Dios atemporal, eterno); el universo no podría ser emanación, porque dicho camino conduciría al panteísmo: sería un acto libre, voluntario, de Dios (y no un proceso necesario, como creían Filón y Plotino). Y sería distinto a Dios, puesto que el mundo sería mutable y Dios inmutable. El mundo, pues, estaría sujeto al devenir; Dios, en cambio, se posee a sí mismo y está libre de cambio y de tiempo.

En su psicología, san Agustín postuló que el alma tendría a su disposición un cuerpo mortal (interesante semejanza con el Hinduismo y algunos neopitagóricos); el alma permitiría la conciencia, la autonomía y la permanencia del yo.

El bien, para el pensamiento agustiniano, sería la voluntad de Dios: la razonable lex aeterna (ley eterna), fundamento del ser y del conocer. Todos los seres tendrían un orden y serían buenos en tanto que se orienten conforme a ese orden eterno (divino). Así como Plotino, Agustín creyó que el alma no sólo pensaría; también amaría, en el Amor Infinito (Dios), suspiraría por el bien, tendría un sentido hacia el bien (y hacia el Bien, Dios, la Suprema Bondad). El ser humano gravitaría entonces hacia Dios, la verdad y el bien.

En La Ciudad de Dios, Agustín de Hipona planteó que en los Estados, así como en la Historia y en la Iglesia, sucedería lo que sucede en la vida de los particulares: el error y la verdad, el mal y el bien; si se encaminan hacia la voluntad ideal, hacia el bien, serían Ciudad de Dios; si no lo hacen, serían Ciudad Terrena. El Estado ideal se adaptaría al orden eterno de Dios y vería en Dios el fin de todas sus obras (utilizaría al mundo para llegar a Dios). El Estado ajeno al ideal, en cambio, se goza al mundo con avidez y desorden, pues hace del mundo su dios. Y, en el transcurrir de la Historia, a san Agustín le pareció ver esta lucha entre la luz y las tinieblas, entre lo eterno y lo temporal, entre lo suprasensible y lo sensible, entre lo divino y lo antidivino: los poderes del bien tendrían que luchar constantemente contra los poderes del mal. El sentido último y definitivo de la Historia, para Agustín, sería el triunfo del bien sobre el mal.

Boecio (480 – 524 d.C.) definió claramente al hombre como individuo, y vio en cada hombre a una persona peculiar, única, irrepetible, con una impronta propia. Para él, cada persona humana sería una sustancia concreta individual (cuya individualidad sería la contracara de lo universal de los conceptos y las comunidades).
Al definir la persona humana como rationalis naturae, individua substantia, Boecio sentó las bases para que la Humanidad tuviera conciencia de los derechos del individuo. Y, al insistir en la libertad del hombre, vislumbró lo infrahumano en la coacción del orden y lo humano (y humanizante) en el hecho de ser libre.
Influenciado por el neoplatonismo, Boecio postuló que a mayor elevación del espíritu habría mayor libertad (a mayor cercanía con el Uno, con el Supremo Bien, se tendría mayor dignidad humana y mayor felicidad). Así, según Boecio, el hombre entre más bueno estaría más cercano a Dios, y sería más feliz; el malo, así fuera poderoso o fuerte, estaría alejado de Dios y sería infeliz y desdichado. Es una pena que un hombre de semejante vuelo intelectual (también fue traductor y comentador de Aristóteles y Euclides, y tratadista de música y aritmética) hubiera terminado tan injustamente, perseguido políticamente, encarcelado (escribió De consolatione philosophiae en prisión), torturado y asesinado. De todas maneras su nombre vive a través de los siglos.

Con Pseudo-Dionisio Aeropagita (siglo VI d.C.) se manifestó vigorosamente el platonismo. Dios como el super-Uno, el super-Bien, el super-ser y el super-perfecto, estáría en la cima de la pirámide de los seres: en la cúspide jerárquica. La materia muerta, que simplemente es pero no está animada (carece de alma), estaría en lo más bajo de la escala de los seres. Y entre más espiritual fuera un ser, para Pseudo-Dionisio Aeropagita, más cerca estaría de Dios, el ser supremo.También creyó a Dios, como san Agustín, un ser infinito y atemporal; para él, Dios sería el ser que es por sí mismo y está presente en todos los seres (permitiéndoles el ser, es decir, permitiéndoles una esencia). En este mismo orden de ideas, como los seres con esencia serían los más cognoscibles, entonces esa parte divina que existiría en todos los seres (en tanto que esencia) permitiría su conocimiento.

Otros nombres de la Patrística fueron: Casiodoro, san Beda el Venerable, san Isidoro de Sevilla, san Juan Damasceno. Todos ellos contribuyeron como historiadores o como traductores de varios filósofos griegos al latín, permitiendo así su vigencia en el Medioevo, y como teólogos significativos para la doctrina cristiana.

Los escolásticos

La Escolástica iría del Imperio Carolingio al Renacimiento; dicha época debe su nombre al desarrollo y auge de las escuelas (universidades, institutos, escuelas catedralicias y conventuales); su sello, en Filosofía, fue el gusto por las discusiones (herederas de la mayéutica socrática y la dialéctica platónica) enmarcadas en la lógica aristotélica, y el uso de la razón para acercarse a las dogmas de fe.

Alcuino, Rabano Mauro, Pascasio Radberto, Pedro Damiano y Juan Escoto Eriúgena fueron los primeros escolásticos. Escoto Eriúgena analizó al ser según sus distintos modos, planos, fondos y trasfondos, y postuló, basándose en sus reflexiones, una división de la naturaleza en la que en el principio, como fundamento de todos los fundamentos, sería Dios, naturaleza creante increada; de Dios surgirían los arquetipos, las ideas primordiales de todo lo existente (naturaleza creada y creante); de los arquetipos surgirían las copias, nuestro universo material espacial y temoral (naturaleza creada y no creante). También postuló que todos los seres tendrían un sentido en su devenir: el de orientarse hacia su origen (Dios), buscando regresar a la perfección (la naturaleza no creada y creante).

Después apareció san Anselmo de Cantorbery (1033 - 1109), quien insistió en penetrar la doctrina de la fe con argumentos racionales y lógicos, a favor de una síntesis de fe y saber. La fe, para san Anselmo, no podría prescindir del saber, así como el saber no podría prescindir de la fe, puesto que ambos son humanos y porque ambos llevan al mismo fin.

Con Pedro Abelardo (1079 – 1142) se puso nuevamente en duda la realidad de lo real (como en los tiempos de los sofistas), al plantear este filósofo que, más que seres universales (por ejemplo, “la humanidad”), existirían seres individuales, singulares y concretos (para volver al ejemplo, sería cada uno de los seres humanos considerado desde su particularidad). Así, al ultrarrealismo de los universales, Abelardo opuso el nominalismo, en el que lo universal no sería nada (en tanto que no sería nada concreto, sino, a lo sumo, un nombre) y lo realmente existente sería lo particular. De este modo, Abelardo postuló que la Santísima Trinidad (el Dios “Uno y Trino” elaborado por los Padres de la Iglesia) no existiría, o a lo más, sería un mero nombre; en tanto que las diferentes personas de la Trinidad (Dios Padre, Jesucristo, Espíritu Santo), como entes particulares, sí.

La ética de Abelardo fue subjetivista. Consideró que no habría obras buenas u obras malas como tales, sino buenas o malas intenciones. Todo dependería, entonces, de la intención subjetiva, la actitud interior. Algunos de sus discípulos fueron Pedro Lombardo y los Papas Alejandro III y Celestino II.

Dentro de la Escuela de Chartres (fuertemente orientada hacia las ciencias naturales, estudiosa de las obras de Hipócrates, Aristóteles y Galeno) destacaron los hermanos Bernard de Chartres y Thierry de Chartres, Juan de Salisbury, Clarembaldo de Arras, Gilberto de Poitiers, Guillermo de Conches y Otón de Freising.

Algunos escolásticos prefirieron volver hacia la fe primitiva, la fe carente del auxilio dado la razón, insistiendo en la supremacía de la doctrina cristiana sobre la filosofía. Estos grandes místicos sobresalieron por su vida virtuosa, pero no representaron mayor avance para el conocimiento humano. Otros, aunque algo obnubilados por su misticismo, pudieron producir filosofía: san Bernardo de Claraval, para quien Cristo sería la encarnación del Logos y su filosofía, la del amor, la más verdadera de las filosofías; Hugo de San Víctor (autor de un estudio sobre la virtud y los valores, Los frutos de la carne y del espíritu), Ricardo de San Víctor (uno de los defensores de la doctrina del alma como centella divina) y Joaquín de Fiore (que creyó ver en el devenir de los tiempos un progresivo avance hacia un supuesto Nuevo Paraíso en el que la plenitud, el conocimiento de Dios, la libertad y el amor al fin triunfarían).

Henricus Aristippus y Guillermo de Moerbeke completaron la traducción al latín de las obras completas de Aristóteles (empresa iniciada por Boecio, pero interrumpida por su temprana muerte). Otros traductores y comentaristas, como Avicena (muerto en 1037), Avicebrón (muerto en 1070), Averroes (muerto en 1198) y Maimónides (muerto en 1204), fueron también filósofos de valía.

Pedro Lombardo (muerto en 1160), autor de las Sentencias, le dio brillo a la Escuela de París, a la que también pertenecieron Guillermo de Auxerre, Guillermo de Auvernia, Guillermo de Shyreswood, Lamberto de Auxerre y Pedro Hispano (autor de un famoso Manual de Lógica).

De la Escuela de Oxford, interesada especialmente en los progresos médicos, matemáticos y científicos de los árabes, sobresalieron Robert Grosseteste (muerto en 1253), fundador de la escuela y célebre por su empeño en describir y evaluar los fenómenos naturales con métodos matemáticos cuantitativos, y Roger Bacon (muerto en 1292), abanderado de la ciencia experimental y la libertad frente a la autoridad.

Alejandro de Hales (muerto en 1245), Juan de Rupella (muerto en 1245) y san Buenaventura (1221 – 1274), franciscanos, se basaron en el platonismo, el neoplatonismo y el pensamiento agustiniano. Para san Buenaventura, Dios sería el primer ser que conocemos, pues nos encontraríamos con él en nuestra alma; partiendo de dicho ser perfecto, que sería en sí mismo la Verdad, iríamos conociendo a los demás seres.

San Buenaventura consideró al mundo creación y materia; en ese orden de ideas, creyó que el mundo no podría ser eterno (en oposición a la eternidad del Espíritu, a la eternidad y atemporalidad de Dios). Postuló que el mundo sería un fenómeno, un conjunto de símbolos, una corriente de imágenes que nos orientarían hacia los arquetipos eternos. En ese orden de ideas, planteó que la vida del hombre sería un itinerario hacia Dios, en el que la clave estaría en saber descubrir la esencia detrás del accidente, el núcleo divino detrás de lo aparente.

Para san Buenaventura, los contenidos de conocimiento se dividirían en sombras, huellas e imágenes. En ese orden, siendo las imágenes las copias de los arquetipos. Esas imágenes serían las ideas más cercanas a los arquetipos originales, y hacia ellas debería estar orientado nuestro conocimiento, puesto que así se tendrían datos más fidedignos. También postuló que las cosas tendrían tres clases de ser: el ser en el espíritu que las conoce, el ser en su propia realidad y el ser en la mente eterna de Dios. Dijo que para un conocimiento seguro haría falta algo más que un conocimiento de las cosas desde nuestra perspectiva: sería necesario elevarse al ser de las cosas tal como ellas son o están en el entendimiento divino. Discípulos de san Buenaventura fueron Mateo de Aquasparta, Roger Marston, John Peckham y Pedro Juan Olivi.

Con san Alberto Magno (1193 – 1280) se llegó a la plenitud de la escolástica en las ciencias exactas y en las ciencias naturales. Fue un verdadero doctor universalis, una mente enciclopédica a la que ningún ámbito del conocimiento le fue ajeno. Zoólogo, botánico, médico, filósofo, teólogo, físico, astrónomo y matemático, Alberto Magno supo sintetizar lo mejor de las corrientes árabes, judías, neoplatónicas y aristotélicas de la escolástica. Tomás de Aquino fue discípulo suyo, igual que Hugo Ripelin de Estrasburgo, Dietrich de Freiberg, Ulrico de Estrasburgo, Bertoldo de Moosburg.

Santo Tomás de Aquino (1224 – 1274) fue el gran maestro de la escolástica. La figura cumbre. Su pensamiento no fue absolutamente homogéneo, dada la multiplicidad en los temas que abordó y su propio espíritu universal (abierto a las contradicciones y los diferentes puntos de vista).

Con respecto al conocimiento, Tomás de Aquino se distanció de san Agustín y san
Buenaventura: no comenzaría en Dios, sino en las cosas materiales, que serían lo primero que conoceríamos en esta vida. Mientras el agustinismo instó a buscar la verdad en nuestro interior, el tomismo invitó a buscarla afuera; por eso Tomás le concedió tanta importancia al conocimiento sensible. Para él, la percepción sensible nos daría la materia prima de la que nuestro entendimiento agente permitiría la extracción de la representación general de su esencia.

Para Tomás, existirían un ser supremo, no creado (Dios), y el resto de seres (creados). La creación sería una procesión del ser total a partir de la Causa Universal (la Divinidad); pero, a diferencia de Avicena (para quien esta procesión sería necesaria y automática), el Aquinate señaló que la creación sería consecuencia de la acción libre de Dios.

Tomás de Aquino retomó el concepto de hilemorfismo (según el cual todos los seres tendrían materia y forma) de Aristóteles; también tomó de Platón la creencia en determinados arquetipos preexistentes en el Ser Supremo (Dios) que, al materializarse, adquirirían una espacialidad y una temporalidad. La materia daría la individuación a la forma.

También distinguió santo Tomás las sustancias primeras (las cosas singulares, concretas, que tendrían materia y forma) y las sustancias segundas (entidades generales, arquetipos, ideas eternas procedentes de Dios). Sintetizando conceptos de Avicena y Aristóteles, postuló que la esencia sería el ser en potencia, y que se convertiría en existencia en la medida en que se obrase el paso del ser en potencia al ser en acto.

Las cinco vías de la existencia de Dios fueron uno de los más célebres aportes de la teología tomista: todas ellas representaron concatenaciones de ideas a través de las cuales se llegaría a concluir la existencia de un ser primero, incausado, necesario y perfecto. A través de estas vías se podría definir la Divinidad como el ser mismo que es en sí mismo, pura realidad y acto puro.

La primera vía fue la del movimiento: todo ser es movido; Dios sería el motor inmóvil (el ser que mueve, pero no es movido). La segunda vía fue la de las causas eficientes: toda cosa tiene una causa, toda causa es a la vez causada, pero como este proceso no se puede remontar al infinito se tendría que admitir una causa primera, causa de todas las causas (Dios). La tercera vía usó el concepto de contingencia: todo ser mundano podría no ser, pues no es necesario sino contingente; y si sólo hubiera seres contingentes, no habría nada; se necesitaría entonces un ser necesario (no contingente) sustento de todos los otros seres (Dios). La cuarta vía fue la de los grados de perfección: lo imperfecto presupondría necesariamente lo perfecto (Dios). La quinta vía fue la prueba teleológica: en el mundo habría un orden, una finalidad, y, por tanto, se requiere de una inteligencia superior (Dios) que explicaría esta finalidad.

Con respecto al alma, Tomás de Aquino describió la psicología de la conciencia, la percepción, los afectos y los actos de la voluntad. Vio en ella una sustancia espiritual que orientaría cada acción. Y, basado en eso, el Aquinate elaboró sus ideas sobre la ética y los valores. Postuló que así como existirían supremos principios teoréticos (las leyes de la lógica) también existirían supremos principios morales, que representarían una participación del espíritu divino en el espíritu humano, en los que se cifraría la recta razón (ratio recta). Dichos valores serían conocidos a todos los hombres (en tanto que inherentes al espíritu humano); habría que seguirlos por el simple hecho de que serían rectos en sí mismos, en tanto que serían expresión de la ley natural (que sería, a su vez, participación en la ley eterna, la eterna rectitud del espíritu, del ser y del mundo). Dichos valores aportarían al hombre la felicidad, la bienaventuranza eterna.

Santo Tomás también escribió sobre Derecho y Estado. El Estado y las leyes, para él, disciplinarían al hombre y le ayudarían a razonar, a fin de que actúe, libremente, como mejor pueda. El Derecho sería el orden ideal en la comunidad; su origen sería la ley natural (derivada, a su vez, de la ley eterna). Así, las leyes opuestas al derecho divino podrían ser desobedecidas. La ley por excelencia para Tomás sería la de hacer el bien y evitar el mal.

Tal como Aristóteles, Tomás de Aquino le asignó al Estado la doble función de derecho y moralidad. El Estado mismo no sería la fuente del Derecho (lo sería la ley natural), sino su representante, intérprete y realizador. Los ciudadanos deberían ser educados por el Estado para una vida feliz dotada de sentido y de valor. El Estado tendría como fin la vida buena. Por tanto, no se le podría organizar de cualquier modo.

Embebido en los comentarios de Aristóteles escritos por Averroes, Sigerio de Brabante (1235 – 1284) postuló ideas que chocaron con la doctrina católica predominante: el mundo sería eterno, la materia estaría sustraída de la acción de Dios (que sólo intervendría por pura providencia divina), no existiría diferenciación entre esencia y existencia, existiría unidad de intelecto en todos los hombres, el alma humana sería mortal (y sólo su intelecto sería inmortal).

Juan Duns Escoto (1266 – 1308), llamado doctor subtilis, fue un autor crítico y certero. Intentó mediar entre el aristotelismo y el agustinismo. Sugirió ampliar el alcance de la fe y restringir el de la ciencia a la hora de conocer a Dios. Para él, la verdadera esencia de Dios estaría oculta a la razón. La razón, para Duns Escoto, sólo arrojaría conceptos confusos. En cuanto a la persona humana, en este autor primaría la voluntad sobre la inteligencia, y la caridad sobre las ideas que se puedan tener sobre la ética. También trabajó sobre la hecceidad, el “ser esto”, y lo univocidad del ser.

El Maestro Eckhart (1260 – 1327) hizo un despliegue de erudición que le permitió aunar conceptos de autores variopintos (Filón, Algacel, Averroes, Pseudo-Dionisio Aeropagita, Agustín de Hipona, Alberto Magno, Avicena,Tomás de Aquino, Maimónides) y ser a la vez escolástico y místico. El ser, para Eckhart, tendría que mirar a través de las apariencias para encontrar lo verdadero y acceder al Uno, el ser verdadero. El ser de las cosas tendría su medida en la eternidad, no en el tiempo.
El espíritu, que anhelaría ser (y acceder al ser supremo) debería prescindir del hic et nunc (y, por consiguiente, del tiempo) para entrar en el camino de la sabiduría. Y dicho camino de sabiduría, para Eckhart, conduciría a lo superior, a lo primero (Dios, el Uno). Lo superior (lo divino) descendería de arriba y daría verdadero sentido a lo visible, concreto e individual en el espacio y el tiempo.
Eckhart afirmó que la figura física del hombre nada tendría que ver con su verdadera esencia; la sustancia del hombre sería algo firmemente estable, en tanto que eterna. Y que el ser sería al mismo tiempo único (Dios, el Uno, el Verdadero) y múltiple (verdadero ser en las cosas existentes y múltiples). Coincidiendo con santo Tomás y Aristóteles, sostuvo que Dios sería pensamiento y pensar, entidad trascendente que estaría por encima del ser, que no sería ningún ser. Y, sin embargo, sería un ser en sí mismo, en tanto que pensamiento eterno.

Eckhart también fue un maestro del vivir. Hizo un llamado práctico al nacimiento de Dios en el hombre. Para él, Dios nacería con nosotros si nosotros, en la gracia de Dios, naciéramos a un ser nuevo y mejor (al Dios verdadero escolástico). Postuló que si renaciéramos por la gracia de Dios, engendraría Dios en nosotros a su Hijo, y nuestra alma sería morada de la divinidad eterna.

Guillermo de Ockham (1300 – 1349) fue el primero en hacer hincapié en la sensación como fuente del conocimiento. Para él, sólo necesitaríamos observar el mundo exterior y reflexionar interiormente sobre las representaciones adquiridas, y nuestro conocimiento quedaría a punto. Se puso de parte del nominalismo al negar la existencia de los universales, y declaró que el mismo pensar humano era pura convención y ficción. También declaró que las representaciones que lograríamos hacernos de la esencia de los seres no serían sino tentativas, tanteos, conceptos subjetivos. De Ockham influyó poderosamente en Gabriel Biel, Gregorio de Rímini, Francisco Suárez, Nicolás de Autrecourt, Pedro de Ailly y Marsilio de Inghen.
Con Nicolás de Cusa (1401 – 1464) se tendió el puente entre la Baja Escolástica (siglos XIV y XV) y el Renacimiento. Matemático, filósofo, teólogo y astrónomo, el Cusano llegó a ser cardenal y, aunque se puso del lado de los nominalistas, preparó el terreno para el empirismo inglés. Postuló que lo compuesto partiría de lo simple, y que el principio de todas las cosas sería aquello de lo cual, en lo cual y a partir de lo cual se deduciría todo lo que es derivado. Este ser originario, este principio, sería el Uno (Dios), la idea de totalidad y omnidad de la realidad (omnitudo realitatis) que él homologaba a la razón.

Las cosas, para Nicolás de Cusa, serían sede de opuestos. La razón trascendería y circunscribiría, sería el asiento en donde todo tendría parte, donde coincidirían todos los extremos y opuestos (coincidentia oppositorum); la razón, infinita, haría desaparecer las diferencias. Sería una razón dialéctica, como la que intuyeron Anaxágoras y Platón, en la que se abarcaría todo y todo tendría una conexión. Y la razón sería infinita en tanto que seguiría un camino infinito de conocimiento.
También insistió el Cusano en que deberíamos evitar creer que nuestro conocimiento podría captar adecuadamente las cosas de un solo golpe. Explicó que nada habría, en el conocimiento, que no fuera susceptible de un conocimiento aún más exacto; además, postuló que todo conocimiento sería provisional, sería conjetura. En ese orden de ideas, dedujo que sería infinito el camino del conocimiento.

Con respecto a Dios, afirmó Nicolás de Cusa que tendríamos y, a la vez, no tendríamos, un concepto de Dios; que nos encaminaríamos siempre a Él aunque de otro lado poseeríamos también parte de Él; que las afirmaciones que haríamos de Él estarían tomadas de nuestro mundo espacial y temporal y, por ello, serían limitadas y no alcanzarían para describir a un ser infinito. O que propiamente tendríamos que decir de él todo lo finito: Dios sería lo omninominable, lo que debería ser nombrado con todos los nombres (y, sin embargo, seguiría siendo intangible).

Los filósofos del Renacimiento

El Renacimiento fue un movimiento total, que cambió para siempre las relaciones y la propia estructura económica y política de las naciones europeas; en Filosofía, fue el resultado directo de un conocimiento y una admiración (con una marcada idealización, que en ocasiones significó una infravaloración del propio Medioevo), cada vez mayores, de la grandeza de las antiguas Grecia y Roma.

El contacto profundo entre Oriente y Occidente dado por los Concilios Unionistas de Ferrara y Florencia (1438), se acentuó con la migración de numerosos sabios de Bizancio, después de que dicha ciudad (y con ella, el longevo Imperio Romano de Oriente) cayera en 1453. La Academia platónica (fundada en Florencia en 1440) empezó a brillar, con nombres destacados (Besarión, Pletón, Ficino, Pico della Mirándola).
Y el Humanismo empezó a desenterrar todo el conocimiento antiguo, incluidos los saberes arcanos, la alquimia, la cabalística y el ocultismo. Así, emergieron ocultistas como Agripa de Nettesheim, Jakob Böhme, Tritemio, Reuchlin, Franck, Weigel, Schweckenfeld, o el propio Paracelso (1493 – 1541), médico, místico y naturalista, quien aportó al pensamiento su visión panorámica del mundo, en la que resaltó la importancia del conjunto, la unidad del todo (también en el cuerpo y la vida del hombre), con lo que se erigió en casi un precursor de la filosofía de Leibniz.

Con el Renacimiento se dio también la conversión, de buena parte de los pensadores, en científicos: el tópico volvió a ser, como en los presocráticos, la naturaleza. Así, mentes tan lúcidas como Giordano Bruno, Galileo Galilei, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Enrico Gassendi, se volcaron a conocer al mundo, en el amplio sentido de la palabra (tanto el planeta como el propio Universo). Francis Bacon (1561 – 1626) trabajó en el método empírico-inductivo y fundamentó filosóficamente la comprensión mecánico-cuantitativa de la naturaleza.

Esta concepción matemática y mecanicista no sólo se limitó a las ciencias naturales. Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527) hizo uso de ella para referirse al Estado, el Derecho y la Política. En El Príncipe dio cátedra sobre las jugadas más oportunas en cada una de las situaciones concretas de las fuerzas políticas. Los hombres y sus gobernantes, para Maquiavelo, serían magnitudes de poder; los gobernantes, para mantenerse, tendrían que tener más poder que sus adversarios. Para los gobernantes, en el sistema maquiavélico, sería ventajoso tener a su favor la apariencia del derecho y la religión, pero no indispensable: serían tan malos los hombres, que los líderes tendrían que ser también malos, y aún peores, si las circunstancias lo requirieran.

Santo Tomás Moro (1480 – 1535), por el contrario, habló de la sociedad ideal en Utopía. Y Hugo Grocio (1583 – 1645), estudioso de la Filosofía del Derecho, estableció frente al llamado derecho positivo y la actuación del poder un derecho natural que garantizaría la libertad y la dignidad humana; concluyó que los derechos, en sí mismos, serían superiores a toda legislación humana.

Dentro del pensamiento neoescolástico del Renacimiento, sobresalieron las Universidades de Salamanca, Alcalá y Coimbra, con Tomás de Vio Cayetano, Francisco Silvestre de Ferrrara y, por sobre todos, Francisco Suárez. Este último negó la distinción entre esencia y existencia, explicó el conocimiento como una abstracción de la experiencia sensible y publicó unas Disputas Metafísicas y un Tratado de Leyes ampliamente leídos.

David Alberto Campos Vargas (Neiva, Huila, 1982) Escritor, historiador, psiquiatra