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domingo, 26 de febrero de 2012

BREVE HISTORIA DE LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA

Por David Alberto Campos Vargas, MD


La llegada de Colón (1492) a América tuvo enormes consecuencias: sentó las bases para el intercambio entre España (y Europa) y nuestros pueblos, intercambio que, dicho sea de paso, no siempre fue benéfico para nosotros: ahí se sentaron las bases del colonialismo (y los ulteriores neocolonialismo y dependencia económica), ahí se inició el despojo cultural, material y humano que significó la Conquista (siglos XVI y XVII), ahí empezó el desastre histórico que casi exterminó a nuestros aborígenes y provocó la cacería, el tráfico y la esclavitud de muchos pueblos africanos. Realmente, la idealización de dicho “encuentro” (en realidad, choque, la mayoría de las veces violento) entre europeos y americanos, en el que la fuerza y la brutalidad se impusieron, configurando la estructura de metrópoli-dominante (Europa) y periferia-dominada (América).

Otro hito relevante lo constituyeron las bulas alejandrinas (llamadas así por el Papa Alejandro IV, quien de manera descarada optó por dividirnos, sin ni siquiera consultarnos), ratificadas en el tratado de Tordesillas entre Portugal y España, por medio de las cuales se acordó la repartición de Latinoamérica entre dichas colonias, repartición que aún hoy vivimos: al este se habla portugués, al oeste se habla español.

Después del cambio de casa dinástica en España (con los Borbón en escena, en vez de los Habsburgo), en algo avanzó la precaria situación de nuestros pueblos: el establecimiento de una burocracia algo más eficiente y menos brutal en el “Nuevo Mundo” permitió algún avance en la infraestructura de nuestros países, aunque, eso sí, con taras coloniales (que todavía contribuyen a mantenernos en la dependencia y el subdesarrollo): crecimiento de las urbes en detrimento de los centros rurales, centralización de las funciones del Estado en las capitales de los virreinatos (y marcado descuido, o peor, olvido, de las provincias), concentración del poder en élites dominantes (ibéricos en primer lugar, sustentados en un discurso racista y jerárquico: al ser “blancos y españoles” eran los “realmente puros”, y quienes detentaban los privilegios de clase dominante; y , en segundo lugar, criollos, descendientes de españoles a los que se les consideraba de calidad inferior por ser nacidos en América), direccionamiento erróneo de nuestra economía (que fue centrada en la monoproducción, la minería y la exportación de materias primas).

Los primeros movimientos emancipadores (con José Antonio Galán y los “Comuneros” en Colombia, Túpac Amaru en el Perú, Manuel Rodríguez en Chile, Francisco Miranda en Venezuela, Miguel Hidalgo en México), aunque brutalmente reprimidos por la Corona española, ofrendaron mártires cuyas banderas habrían de recoger, dos décadas más tarde, los grandes “Libertadores” de América (entre quienes destacan las figuras de Simón Bolívar y José de San Martín), apoyados por la intelectualidad criolla del momento (verbigracia Antonio Nariño, Francisco José de Caldas, Andrés Bello).

Creo pertinente detenernos en Bolívar. Hombre ilustrado, al mismo tiempo intelectual y estadista, vitalísimo, batallador y, sobretodo, visionario. Con él se cristaliza la Independencia de Sur América (directamente, y sobretodo gracias a la ayuda de Antonio José de Sucre, en las actuales Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, e indirectamente, en el archipiélago chileno de Chiloé), asegurando además el terreno ganado a los españoles por San Martín, en Argentina y Chile. Ya en su Carta de Jamaica expresa un ideario panamericanista, integracionista y aperturista, claramente antimonárquico y férreamente antiintervencionista, ratificado en su discurso en Angostura, y en todas sus intervenciones (cartas, discursos, producciones literarias, decretos y hasta una Carta Magna). Su idea de cooperación y solidaridad entre los pueblos de América, eco de sus propios maestros (Andrés Bello y Simón Rodríguez), aún resuena en nuestros días.

La codicia, la ingratitud y la envidia, tan frecuentes entre las élites criollas que accedieron plenamente al poder tras la retirada de los españoles, dejaron fuera a los “Libertadores” (Sucre cayó asesinado en Berruecos, San Martín murió solo y pobre en Bologne-sur-Mere, O´Higgins exiliado, Itúrbide fusilado, Bolívar tísico, traicionado y sin ilusiones), con lo que la posesión de la tierra pasó de los reyes a unos pocos latifundistas. Continuaron así la esclavitud del negro, el marginamiento del indio, el anonimato del mulato y el mestizo. Al final del siglo XIX, algunos líderes de corte progresista intentaron poner a las naciones de Latinoamérica en la órbita creada por la Revolución Industrial, el desarrollo de la burguesía y el capitalismo pleno (superado ya el neto mercantilismo de los siglos anteriores), sin éxito.

El inicio del siglo XX se vivió, como en Europa, con optimismo. América tuvo también, aunque a su manera, su belle epoque. Sin embargo, anclada en la monoproducción, en el énfasis absoluto en lo agrícola y lo minero (con un notorio descuido de lo industrial y comercial) y en relaciones y modos de producción casi feudalistas en las provincias, no pudo despegar. Con la llegada de las décadas de convulsión mundial (1910 a 1950), América Latina tuvo la suerte de no participar directamente en los dos conflictos bélicos mundiales, con lo cual evitó derramar sangre de sus ciudadanos. Pero no salió de su letargo económico.

En la década de 1950, ante la recuperación de la economía mundial, y la nueva ola de industrialización, laicización de los Estados y progresismo político, América Latina intentó ponerse al día con su desarrollo. Brasil y México lograron, al fin, pasar la barrera y acceder al llamado “Primer Mundo”, al menos en cuanto a índices económicos (si consideramos el capital global de dichos países, y su desarrollo humano, todavía están en deuda). La bonanza petrolera benefició a Venezuela (aunque, por fallas en su estructura socio-económica, no alcanzó a dar el salto) y los países del Cono Sur iniciaron su despegue.

Con la revolución cultural gestada en las décadas de 1960 y 1970, Latinoamérica se puso decididamente de lado del “Estado laico”, de la progresiva des-sacralización de las instituciones, de la lisis de la familia tradicional, de la educación predominante técnica y sin visos de religiosidad, del cientifismo positivista y, tristemente, antihumanista. Con la idea de un “progreso” ilusorio, imitando modelos norteamericanos y europeos, desconociendo las realidades (espirituales, sociales, humanas, económicas y hasta políticas) propias, el subcontinente se lanzó de lleno a la ruptura con su propia identidad, buscando sobretodo una identidad estadounidense. Individualismo, neoliberalismo, despersonalización, masificación, capitalismo a ultranza y crisis de posmodernidad se hicieron presentes.

Entre 1970 y 1990 nuestros pueblos se vieron envueltos por lo pendular y ambivalente: desarrollo vs subdesarrollo, democracia vs dictadura, aperturismo económico vs proteccionismo, integracionismo vs aislacionismo. Latinoamérica se vistió de luto, a causa del militarismo y el totalitarismo de sus gobiernos (muchos de ellos completamente ajenos a la democracia verdadera). En esos tiempos de barbarie militar, de crímenes cometidos tanto por grupos de izquierda como de derecha, el narcotráfico a gran escala (con una corrupción creciente y alarmante de los aparatos burocráticos, policivos y judiciales) y el terrorismo empeoraron las cosas. Para esos tiempos en los que los latinos parecimos quedar sin rumbo, aparecieron por fortuna pensadores lúcidos, científicos sociales, humanistas, teólogos de la liberación, que se propusieron re-pensar al hombre latinoamericano y darle respuesta a su caótico contexto.

Durante la década de 1990 se completó exitosamente el desmonte progresivo de las dictaduras y los Estados represivos (excepto en Cuba), aunque con el surgimiento de nuevos caudillismos, muy cercanos a los totalitarismos de antaño (especialmente en países de Centroamérica, en el Perú de Fujimori y la Venezuela de Chávez). Chile dio los pasos adecuados que garantizarían, ya en el siglo XXI, su entrada al club del Primer Mundo.

En lo que va del 2000 al 2012, puede decirse que América Latina se ha esforzado en re-hacerse (¡nuevamente!...¿cuándo tendremos, definitivamente, una identidad?) según los dictámenes del Banco Mundial, el G-8 y la economía globalizada, además de la cotidianidad (vaga, sin sentido, alienizante, insulsa, conformista y masificante) propuesta por unos nuevos valores en los que la persona humana no vale en sí misma, se hace un culto al dinero y al narcisismo individual, y se le apuesta decididamente a un hedonismo acrítico y conformista.

La Iglesia Católica ha sido, entonces, víctima y victimaria, según se haya puesto en contra de las estructuras de poder y las élites dominantes (sobretodo después del Concilio Vaticano II, la encíclica "Populorum Progressio" del Papa Pablo VI, y la Teología de la Liberación) o de lado de las mismas (como el triste caso del concubinato entre clero y dictadura en Argentina). Ha dado mártires modernos, sacerdotes que se atrevieron a disentir de los regímenes militares, o frailes que se resistieron a los totalitarismos, sin más armas que su intelecto. Han sido varios los religiosos asesinados por las balas de la brutalidad y la corrupción, mientras elevaban su voz en contra de la tiranía y la violación de los derechos humanos, como el pensador Martín Barbero o el obispo Oscar Arnulfo Romero.

Las primeras asambleas eclesiales se realizaron, en América Latina, en las Juntas Eclesiásticas de la Nueva España y el Caribe; después vinieron los Concilios Provinciales, reuniones de obispos de las provincias de Ciudad de México y de Lima: sirvan de ejemplo el III Concilio Limense (1582-1583) y el III Concilio Mexicano (1585), que buscaron la adaptación del Concilio de Trento a los desafíos de Latinoamérica.

En el siglo XIX el Papa León XIII convocó al Concilio Plenario de la América Latina (el antecedente inmediato de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano), celebrado en Roma en 1899.

En Río de Janeiro (1955), convocada por el Papa Pío XII, se realizó la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. En dicha conferencia se buscaron estrategias para fortalecer la fe católica en América Latina e impulsar la evangelización, teniendo en cuenta las necesidades del subcontinente, la situación de los evangelizadores (en particular, la escasez del clero), y el cómo hacer un llamado a intensificar la vida cristiana en los latinoamericanos (tanto en la formación de niños y jóvenes, como en el aliento a las vocaciones religiosas). También se señaló la necesidad de una adecuada instrucción religiosa en América Latina y la urgencia de promover un auténtico compromiso social entre los católicos. Oficialmente nació el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), que desde ese entonces busca consolidar la comunión y colegialidad episcopal en la región.

La II Conferencia fue convocada e inaugurada por el Papa Pablo VI en Medellín (1968), para reflexionar sobre la presencia de la Iglesia Católica en el contexto (de grandes transformaciones y revoluciones, tanto a nivel cultural como político, económico y demográfico) que estaba viviendo el pueblo latinoamericano. De manera interesante, contó con la presencia de observadores no católicos. Brillaron, además de Pablo VI (a la sazón Pontífice de la Iglesia Católica Romana) y Miguel Larraín (obispo de Talca, Chile, y Presidente del CELAM), los ponentes (todos ellos obispos) Marcos Mc Grath, Eduardo Pironio, Eugenio de Araújo, Samuel Ruiz, Luis Eduardo Henríquez, Pablo Muñoz, Leonidas Proaño. Se propuso, a la luz del impulso progresista del Concilio Vaticano II, la renovación cristiana de América Latina; asimismo, el análisis del subdesarrollo y la dependencia de los pueblos de Latinoamérica, la valoración de la injusticia social y la marginación como indignantes (tanto ética como teológicamente), la insistencia en la dignidad humana de los oprimidos y en el llamado a la acción política y al activismo en los cristianos (concepto que se materializaría en distintos movimientos de Acción Católica, y en algunos movimientos de izquierda cristiana). La Conferencia de Medellín será recordada por el acentuado énfasis en la dimensión política de la fe, aunado al reconocimiento de las Comunidades Eclesiales de Base, lo sacro de la Iglesia desde la pobreza, la salvación vista como liberación y acceso al desarrollo, todas estas, reflexiones que nutrirían la Teología de la Liberación.

Muchos pensadores, formados en el seno de la Iglesia (John Sobrino, Gustavo Gutiérrez), se ponen del lado de los oprimidos y claman por una transformación social, una praxis de la religión en nuestros pueblos: un Cristianismo a favor de los oprimidos. Así, estos teólogos de la liberación se pusieron en contra del sistema establecido, como verdaderos críticos del capitalismo a ultranza y la desigualdad social; algunos, como Camilo Torres o Manuel Pérez, se convierten entonces en verdaderos "outsiders", rebeldes, fundadores de movimientos guerrilleros.

La III Conferencia General se reunió en Puebla (1979), convocando además de los Obispos latinoamericanos a un nutrido número de sacerdotes, religiosos y laicos, para abordar la evangelización en el presente y el futuro de América Latina. Fiel al espíritu de índole social de Medellín y de Pablo VI (recordemos su encíclica Popolorum progressio), hace un llamado a que la Iglesia tenga una “opción preferencial” por los pobres, los olvidados, los desposeídos. Asimismo, por los jóvenes. Insistió en la necesidad de una construcción de uan sociedad pluralista y justa en América Latina. Se insistió en la evangelización entendida como comunión y participación. El mismo Juan Pablo II se encargó de abrir y presidir dicha conferencia.

El Papa Juan Pablo II, con la ocasión del V Centenario de la llegada de Colón a América (que prácticamente inició su evangelización), realizó la IV Conferencia general en Santo Domingo (1992). En ella, se analizó el mundo de aquel entonces, los cambios demográficos, la ciudad, el nuevo tipo de sociedad y el nuevo orden mundial tras la caída del bloque soviético. Asimismo, se enfatizó en la familia y en cómo la familia cristiana debía erigirse en testimonio de los valores cristianos. En cuanto a la “Nueva Evangelización”, que se proponía justamente renovar el concepto de evangelización de la época del descubrimiento y la colonización de América, la IV Conferencia instó al diálogo con las otras religiones, a la acogida de los bautizados que se habían alejado de la Iglesia, y al llamado a la Palabra de Dios a todos los pueblos.

Finalmente, en Aparecida (2007) y con el impulso del Papa Benedicto XVI, se buscó poner la Iglesia Católica al día con las nuevas realidades de Latinoamérica en la primera década del siglo XXI, con la visión general de un “nuevo Pentecostés” que implicara una renovación de la acción de la Iglesia, expresando que la fe en el Dios-Amor (Jesús) era un valioso patrimonio de la cultura latinoamericana. Teniendo en cuenta la circunstancia del subcontinente (injusticia estructural, globalización en el subdesarrollo, crisis en la transmisión de la fe), se hizo un llamado a los católicos latinoamericanos a ser misioneros de Jesucristo (para que sus conciudadanos “tuvieran vida en Él”), pretendiendo iniciar una renovada etapa pastoral, con mayor ardor apostólico y un mayor compromiso misionero (de hecho, convocando a todos los bautizados a erigirse en propagadores de la fe católica), enfatizando en el mensaje de Vida dado por Jesús. Asimismo se propuso renovar las comunidades eclesiales, para que pudieran proclamar amorosa y alegremente la doctrina de Jesucristo, teniendo en cuenta la vocación a la santidad a la que están llamados todos los cristianos, la importancia de cada miembro de la Iglesia (el laico, el fraile, el sacerdote, el diácono, etcétera), la comunión y el diálogo (haciendo alusión al “Pueblo de Dios”) con las otras religiones, y la acción transformadora de la Iglesia Católica en tanto misionera (incluyendo su papel en la justicia y la solidaridad internacional, en la construcción y celebración del amor al interior de matrimonios y familias, en su actuar fraternizador e integrador), teniendo en cuenta que la palabra de Jesucristo es palabra “de Vida Eterna”.


DAVID ALBERTO CAMPOS VARGAS (Colombia, 1982)
Médico Psiquiatra. Profesor de Psicología. Lic. en Filosofía, Pensamiento Político y Económico

1 comentario:

Daniel Samaniego Valle dijo...

No sirve este artículo. No tiene sustento bibliográfico y es una simple crítica al proceso de colonización.