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martes, 31 de enero de 2012

PSICOTERAPIA JUNGIANA EN NUESTROS DÍAS

David Alberto Campos Vargas, MD*

Un siglo después, varias las ideas del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1869-1961) todavía tienen utilidad en el trabajo psicoterapéutico. Es mi deseo resumir, en este breve ensayo, algunos de los aspectos más sobresalientes del análisis jungiano como teoría y como técnica psicoterapéutica.

Espero que sea de utilidad para todo tipo de terapeutas, sin discriminaciones de profesión ni corriente: no importa si son psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, filósofos o antropólogos; no importa si su orientación ideológica es sistémica, interpersonal, psicodramática, gestáltica, cognitivo-conductual o psicoanalítica; tampoco si hacen terapia individual, de pareja o de familia. Creo que lo bueno debe usarse cuando se tiene un paciente que lo necesita.

I

¿Hay que ser jungiano para este tipo de terapia? En modo alguno. De hecho, las ideas de los grandes terapeutas de la Historia son útiles para todos los que hacen psicoterapia; según el contexto, las condiciones en las que se desenvuelve la terapia y las necesidades y expectativas del paciente y el terapeuta, se puede echar mano de Rogers, Kohut, Lacan, Satir, Bion, Beck, Pearls, Erickson, Winnicott o Freud, por mencionar sólo algunos de los que han contribuido al arte y al quehacer psicoterapéutico.

Jung mismo fue un terapeuta que jamás se dejó encasillar. Cuando todo parecía indicar que sería el “heredero” de Sigmund Freud y su rígido método, prefirió romper con el molde y crear escuela aparte. La ortodoxia y el dogmatismo del Psicoanálisis tradicional (que también persiguió a otros grandes pensadores, como Rank o Férenczi, por el simple hecho de disentir) no calaron con el espíritu libre de Jung. Tampoco el psicologismo a ultranza (en varios textos de Jung se vislumbran interesantes aproximaciones a la neuropsiquiatría), ni el furor curandis de la época.

Por eso, todo el que desee ayudar a su paciente y no tenga fanatismos ideológicos, puede hacer uso de la técnica jungiana, sin que esto implique adscribirse exclusivamente a un método o una línea de trabajo. El creer que sólo hay una vía, sólo una forma correcta de hacer el trabajo terapéutico o sólo un estilo válido es, básicamente, caer en un error.

II

¿Se puede combinar esta terapia con otros enfoques? Yo creo que sí. El buen clínico sabe que, en determinada situación, así tenga un encuadre ya establecido, puede traer a colación algo diferente, si con eso se beneficia el paciente. Y las ideas de Jung no son la excepción.

En este orden de ideas, mal haría uno si buscara aferrarse a un método cerrándose a la posibilidad de combinar, para el bienestar del paciente, dos o más herramientas. A título personal, he de decir que me ha sido muy útil usar tareas (del enfoque cognitivo-conductual), técnicas narrativas (al estilo de Erickson o White), técnicas psicodramáticas (como la silla vacía o el juego de roles), técnicas de relajación (incluyendo asanas del Yoga), EMDR y hasta ordalías en procesos psicoterapéuticos de orientación psicodinámica. Los pacientes, sus familias y sus comunidades han salido muy favorecidos, y, hasta el día de hoy (ya voy para mi primer cuatrienio como psicoterapeuta), ninguno se ha disgustado por ello. Es más, se sienten satisfechos con un tratamiento que no se limita ni se constriñe.

III

Así, cuando la versatilidad del terapeuta redunda a favor del paciente, los procesos son más eficientes, es más inteligente el uso de los recursos, es mayor la costo-efectividad de las intervenciones (que no sólo interesa a las instituciones sino también a los pacientes particulares) y son más duraderos y notorios los cambios. Se puede hacer mucho si se sabe ser ecléctico.

Esta capacidad de trascender las corrientes y escuelas, este sano suprapartidismo en psicoterapia, redunda en pacientes, familias y colectividades más felices, más completos existencialmente, más creativos y más sanos. Y esto, hay que decirlo, mejora la calidad de vida y la salud mental de las naciones, contribuyendo al desarrollo armónico y pacífico de todo el orbe.

Encasillar al paciente no es inteligente, ni útil. Cada enfoque y cada técnica tienen sus bondades, indicaciones y riesgos. No se trata de hacernos ahora, como terapeutas, unos pan-jungianos, así como tampoco es útil ser pan-sexualistas, ni pan-biologistas, ni conductistas a ultranza. Las largas y demoradas terapias de orientación freudiana (que, además, muchas veces no culminan en la mejoría del paciente), de años (en los mejores casos, meses) de duración y esquemas rígidos que no se ajustan al mundo del siglo XXI, y que no son accesibles a la inmensa mayoría de pacientes en Colombia (por los honorarios de los psicoanalistas, el desconocimiento del proceso analítico inherente a la cultura inmediatista y superficial en la que estamos inmersos, y la escasa disponibilidad de profesionales para hacerla), son y seguirán siendo benéficas para cierto tipo de pacientes (en líneas generales, personas neuróticas, en especial aquellas con rasgos de personalidad histriónica, con conflictos de orden edípico y alta tendencia a la verbalización). Pero no son benéficas siempre, ni para todo tipo de pacientes. Lo mismo puede decirse de las terapias cognitivo-conductuales, sistémicas, psicodramáticas o gestálticas.

Si creemos que a todos los pacientes les resultará curativo, o al menos terapéutico, solamente determinado método (y, en especial, si nos atrincheramos en dicha línea, pese a ver que no hay avance) estamos sometiéndolos a intervenciones que brindan sólo mejorías parciales y sintomáticas en el mejor de los casos, o que devienen en fatigosos y poco fecundos encuentros.

Por eso, los conceptos jungianos (introversión- extroversión, libido y catexia, psiquismo dinámico, complejo y totalidad psíquica, inconsciente personal e inconsciente colectivo, arquetipos, etcétera), las herramientas en la psicoterapia jungiana (por ejemplo el reacercamiento del paciente a su naturaleza y a la Naturaleza entendida como Madre Tierra o “Gran Madre” arquetípica, la inclusión de elementos místicos y ancestrales, el uso terapéutico de la vida espiritual y de lo metafórico y lo simbólico) y los objetivos de la psicoterapia jungiana (verbigracia equilibrio entre los pares de opuestos psíquicos existentes en el consciente y en el inconsciente, individuación, concienciación de los contenidos inconscientes, imaginación activa) ofrecen la posibilidad de ser usados, pero tampoco son la panacea. Son instrumentos que, si se usan bien y con el paciente indicado, facilitan enormemente el trabajo terapéutico.

El buen terapeuta es ecléctico, y debe saber usar los conceptos jungianos para beneficio del paciente, no para lucimiento personal (no se trata de exhibir erudición) y mucho menos para atrincherarse en ellos: ése ha sido el gran error de muchos analistas: la ortodoxia.

IV

Uno de los conceptos que unen a Jung con Freud es el de la asociación inconsciente. Al investigar sobre la asociación de palabras, el psiquiatra suizo se encontró con que las personas “cargaban libidinalmente” (entendiendo libido como catexia) determinadas palabras, según su simbolismo inconsciente. Por ello, sus pacientes presentaban retardos (aumentos en la latencia de respuesta) ante determinadas palabras (las que significaban algo, inconscientemente, para ellos). Así, los conceptos de asociación libre y atención libremente flotante son, en la práctica clínica, los mismos en Jung que en el Psicoanálisis clásico.

Otra idea que hermana a estos dos titanes de la psicoterapia es la de inconsciente personal. Tal como Freud, Jung reconoce la existencia de dicha instancia psíquica, entendiéndola desde una perspectiva dinámica: los contenidos son conscientes oinconscientes según la conciencia se percate (uno de los componentes del insight) de ellos. Esta toma de conciencia, este percatarse, este alumbrar y entender lo que estaba inconsciente es vital tanto en la Psicología Analítica como en el Psicoanálisis. Es ventajoso el hacer conscientes, por medio del insight, los contenidos del inconsciente, para que sean usados más adaptativamente por el paciente (que deja de ser una víctima de sus pulsiones o de sus experiencias tempranas, y pasa a empoderarse de su vida).

La psicoterapia jungiana tiene como fundamento la integración; esto es, la síntesis, el equilibrio, la armonía entre las instancias psíquicas (consciente-preconsciente-inconsciente). El insight juega un papel clave, integrador: el paciente logra darse cuenta que lo que ocurrió “allá y entonces”, en el pasado, en cierta manera está condicionando lo que sucede en el “aquí y ahora”; pero no se queda ahí el tratamiento. De ese insight hay que elaborar, transformar. Aprender para cambiar.
De este modo, la psicología analítica de Jung nos permite al paciente un agradable (no doloroso, como creen algunos psicoanalistas) camino hacia la felicidad, la plenitud existencial, la autorrealización y, en muchos casos (desde luego, no hablo aquí de los cuadros psicóticos, sino de los neuróticos), la curación. El paciente, por medio de la integración, ilumina, reconoce y se apropia de los elementos y complejos que desde el inconsciente lo desestabilizan, angustian y enferman; los lleva al nivel preconsciente, donde se hacen más manejables, y de ahí, por medio no sólo de la verbalización, sino también de la creación artística, del manejo de los símbolos y de todas las actividades de elaboración con las que cuenta el psiquismo humano, los hace plenamente conscientes, integrados. Los pasa de las sombras a la luz. Los asimila y se apodera de ellos, empoderándose a sí mismo, realizándose y utilizando a su favor dichos contenidos (tanto elementos inconscientes como complejos inconscientes) previamente conflictivos.

V

Una diferencia crucial entre la Psicología Analítica Jungiana y el Psicoanálisis Freudiano es que para Jung no es el conflicto sexual infantil siempre la causa de los trastornos mentales. Acaso quien pudo abrirle los ojos a Jung sobre este particular fue su maestro, el gran Eugen Bleuler, quien siempre fue un escéptico ante las ideas freudianas que daban una preponderancia máxima a la sexualidad a la hora de explicar la vida psíquica. Muchos analistas e historiadores sostienen que este alejamiento de la teoría sexual freudiana fue la causa de que Freud proscribiera a su otrora “príncipe heredero”, se distanciara de él incluso en lo personal (con todo y que fueron íntimos de 1906 a 1912) y se aferrara a un dogmatismo nocivo para el propio psicoanálisis, que terminaría por condenar al ostracismo a otros geniales “disidentes” (Rank, Adler, Ferenczi). Freud estaba convencido del origen siempre sexual de la neurosis, y fue un reduccionista y un ortodoxo en este sentido. Jung jamás lo estuvo: "¿Es posible que las pirámides del gran Egipto, La Iliada de Homero, las pinturas del renacimiento y los poemas de Goethe no sean otra cosa que un sucedáneo de las relaciones sexuales con nuestra madre?", escribió. Freud, como era su costumbre, no toleró el “desacato a la autoridad” y lo apartó de su círculo. En todo caso, el beneficiado fue Jung: ese “destete” le permitió encontrar su propio camino. Y, de hecho, en la psicoterapia de orientación jungiana no es la sexualidad infantil del paciente el eje terapéutico. Lo sexual tiene su importancia, pero no el protagonismo por el que propendía Freud.

Otra diferencia radical con respecto a Freud es el reconocimiento que Jung hace del inconsciente colectivo. Según esta teoría, determinadas colectividades (incluso grandes comunidades y naciones) compartirían contenidos inconscientes, algunos registrados ancestralmente y otros (creo yo) más recientemente con base en lo experimentado, a nivel social, cultural, político, económico y religioso, por personas con un contexto compartido. Freud nunca aceptó esta idea, y no se encuentra en su técnica la búsqueda ni mucho menos el insight de dichos contenidos. En cambio, en la técnica de Jung es una condición sine qua non la exploración de los mismos, exploración que permitirá hacerlos conscientes, hasta cierto punto dominarlos y utilizarlos favorablemente. Los textos de Jung (desde Transformación y Símbolos de la Libido hasta El Hombre y sus Símbolos) son una detallada relación de dichos contenidos inconscientes que, casi como ideas innatas, están presentes a nivel universal en forma de arquetipos. Yo considero que, además de los elementos milenarios descritos por Jung, existen también determinados elementos, más recientes, relacionados con la memoria histórica y cultural de los pueblos, con las vivencias en común, que también se hacen contenidos del inconsciente colectivo de determinadas comunidades o naciones colectividades (sometidas a hitos, vicisitudes y vaivenes históricos compartidos de significación e intensidad suficientes como para “dejar huella”). Y la exploración (que va más allá de la simple reminiscencia) de estos hitos y vivencias, y la forma como influyen en el psiquismo de mis pacientes, nos ha permitido procesos fecundos, fructíferos y hasta curativos.

De esta forma, el pensar jungiano se hace muy útil en psicoterapia en tanto que buscar incluir y articular (integrar) en el psiquismo consciente del paciente elementos del inconsciente colectivo (complejos y arquetipos), para aprender de ellos, usarlos favorablemente y hacer más fecunda y feliz su existencia. Se trata de utilizar, congruentemente, estos ricos y liberadores elementos que la ciencia tradicional, el positivismo, la negación de la vida espiritual y el empirismo (en los que nos pretende sumir la cultura de Occidente) a menudo niegan, obstaculizan o ridiculizan, pero que, así no lo quieran los más acérrimos reduccionistas, están ahí. Existen, puede uno constatarlo en la clínica, o en la observación de las sociedades (como cuando encuentra múltiples elementos en común, arquetipos predominantes y sueños, símbolos e imágenes recurrentes en determinados pueblos), o en el estudio de fábulas, cuentos, mitos, leyendas y tradiciones de diversos países y culturas. Y pueden ser puestos al servicio de las personas, si nos atrevemos a redescubrirlos.

VI

Pero ahí no paran las herramientas del Análisis Jungiano. El arte también juega un papel central. El dibujo, el coloreado, la escultura, el diseño, en fin, todo lo que ayude a ejercer la creatividad a través de lo plástico (y, en general, de lo artístico) es bienvenido. Muchas veces la forma en que un paciente pinta un mandala, los colores que escoge, el analizar cómo realiza su trabajo, qué actitud(es) exhibe, qué dice o silba o canturrea mientras lo hace, qué gestos y miradas presenta, cómo es su trazo, etcétera, nos dice mucho más acerca de los contenidos inconscientes del paciente que lo que él mismo alcance a verbalizar.

Y no se queda en lo meramente diagnóstico o fenomenológico lo plasmado/creado por el paciente: es también terapéutico. El paciente se adentra en el autoconocimiento (logrando adentrarse en sus contenidos conscientes y preconscientes, y, a veces, logrando acceder también a contenidos inconscientes); se tranquiliza (a veces es tanta la relajación que consigue, que uno nota cómo su postura, su mímica y sus mismos signos vitales cambian, y a veces el mismo paciente, antes renuente a acostarse en el diván, lo solicita y empieza a hacer asociación libre con mayor facilidad; otras veces, el paciente con muchas resistencias y que si accedía a acostarse en el diván, pero no lograba verbalizar mucho, empieza ahora a ser más fluido en su producción verbal, como si se hubiese desatado); se siente co-partícipe en la terapia (lo cual es valiosísimo, pues le brinda nuevos entendimientos sobre sus capacidades y sobre el mismo proceso psicoterapéutico). Hasta ahora, todos los pacientes que han accedido a la posibilidad creativa y creadora en la terapia (en forma de arte dramático, dibujo, pintura, escultura, danza, narrativa, etcétera) me han comentado una gran mejoría (tanto sintomática como a mediano plazo), insistiéndome no sólo en el alivio de la tensión sino en la felicidad del autodescubrimiento.

Jung encontró que Occidente se había castrado a sí mismo, negándose al espíritu, desde finales del siglo XIX: no sólo a nivel filosófico, desde el famoso –y catastrófico, como se comprobó- “¡Dios ha muerto!” de Nietzsche, sino a nivel sociológico, político y económico (se pueden rastrear signos de ateísmo en Feuerbach, Marx, Engels, Bakunin, Bradlaugh, Schopenhauer); se confundió el anticlericalismo liberal (y liberador) que habíamos heredado del Siglo de las Luces con una negación absoluta, militante y fanática de lo divino, y peor aún, de lo divino-cotidiano, de lo divino en la vida de cada ser humano, de lo espiritual. Este olvido de la dimensión espiritual desembocó en el desprecio absoluto a algunos valores tildados de “tradicionales” (por ejemplo, respeto a la vida, que nace del respeto a lo sagrado dentro de cada ser viviente), en la justificación de Estados totalitarios para los que la vida del individuo podía sacrificarse en aras de la masa, o peor, del aparato burocrático dominante o Partido de gobierno, en dos guerras mundiales sangrientas y atroces, y yo añadiría, en la postmodernidad, en el ultramaterialismo, el capitalismo salvaje y el anti-humanismo (con reemplazo de las relaciones interpersonales genuinas por las relaciones hombre-máquina o las relaciones virtuales, desprecio a las Humanidades, las ciencias sociales y al Arte en general –desplazadas completamente al “rincón” por las llamadas “ciencias duras” y la Economía- y el dominio de la tecnología y la máquina sobre la persona). Así como en los tiempos de Jung, los pacientes (y la ciudadanía toda) están pidiendo a gritos una mejoría en su calidad de vida, que incluya mayor contacto con la naturaleza, interacciones más reales y afectuosas con otros seres humanos, posibilidad de crecimiento personal (incluido el crecimiento espiritual) y tiempo para disfrutar en familia. Y podemos ofrecerle esa oportunidad al paciente, así no seamos jungianos, como no me canso de decir.
La naturaleza es fundamental. La tragedia del hombre posmoderno es el haberse sumido en la urbe y haberse desconectado de la Tierra. Así, desnaturalizado y atrapado en un sistema estresante y caótico como es el de las grandes metrópolis, corre el riesgo de fracturarse, escindirse o por lo menos desgastarse psíquicamente. Por eso, la propuesta de Jung es como un bálsamo relajante en esta época de velocidad vertiginosa, atascos vehiculares, sobreestimulación y contaminación multimodal. Hay que volver a la naturaleza.

VII

Freud y Jung también difieren en su actitud respecto a los contenidos del inconsciente. Lo que es para Freud potencialmente peligroso (en cuanto puede desequilibrar al yo racional), oscuro y pulsional, es para Jung fuente de sabiduría y vitalidad. Jung no buscaba ser un “ortopedista del yo” para sus pacientes, sino enseñarles a integrar lo inconsciente (personal y colectivo) en sus vidas, para hacerlas más plenas. En vez de temer a lo potencialmente incontrolable, Jung lo desea explotar al máximo. Es, sin duda alguna, una visión más optimista de la propia naturaleza humana.

El análisis jungiano debe estar encaminado entonces a enriquecer al yo y a la vida psíquica consciente, integrándolos con lo inconsciente de tal modo que el flujo de energía instintiva y arquetípica pase a integrarse plenamente para beneficio del paciente. Toda esa energía poderosa, que Jung llamó (erróneamente, para mi parecer, porque el término es ambiguo y puede ser entendido freudianamente, esto es, limitado a lo sexual) libido, pasa a ser entonces patrimonio del yo, y no sólo para su supervivencia, también para su completa expresión y realización existencial. Esto debe tenerlo en cuenta el terapeuta que desee hacer uso de las herramientas jungianas: para Freud la libido es la pulsión sexual; para Jung, la libido es una energía abstracta y amorfa cuya representación variará según el paciente, sus objetos catectizados y cada neurosis en particular.

Con Jung, la psicoterapia se abre hacia un horizonte menos desolador y pesimista que el freudiano. La misma enfermedad mental no se entiende como necesariamente mala, sino como una oportunidad. Recordemos que el propio Jung vivió una depresión (de características reactivas, es decir, un cuadro depresivo exógeno) después de su ruptura con el padre del Psicoanálisis. La persecución a la que se vio expuesto, el anonimato al que se le quiso confinar (como hacía el severo Freud con sus “disidentes”) y el desprestigio que intentaron crearle los dóciles y dogmáticos freudianos (que se relaciona con su renuncia a la Presidencia de la IPA) lo llevaron a un cuadro francamente psiquiátrico, con notable ensimismamiento, anhedonia e hipobulia. Pero Jung, como el Ave Fénix, y como tantos héroes que él mismo estudió, resucitó. Hizo de su depresión una oportunidad de encuentro consigo mismo, de creación artística y de liberación. Como me comentó una vez mi profesor de psicoterapia, el doctor Garciandía: “lo mejor que pudo pasarle a Jung fue haberse distanciado de Freud”. Y, obviamente, Jung entendió que todos los pacientes, como él, podían hacer de su enfermedad una oportunidad para lograr una mejor experiencia de la vida.

En este orden de ideas, Jung manifiesta que las neurosis no deben ser vistas solamente como un objeto a erradicar, sino como una ocasión de cambio. La neurosis es una oportunidad en el camino hacia la realización personal y existencial. Los síntomas neuróticos son realmente alarmas que se encienden cuando el intento de crear una personalidad fracasa y el paciente insiste una y otra vez en ella aún cuando le produzca angustia y dolor. Jung propone la integración (de las instancias psíquicas inconsciente-preconsciente-consciente, de los arquetipos, de lo ancestral –incosnciente colectivo-) encaminada a la individuación, e fortalecimiento de la psique en su conjunto (y no solamente del yo) para el ejercicio gozoso y pleno de la vida.

"Uno debe vivir como si su vida durase mil años, y literalmente morirse de vida", decía Jung. Hago énfasis en esto. Jung, como Jaspers, considera que psicología y psiquiatría deben ir encaminadas hacia el gozo existencial. No lo orienta el Tánatos, ni la dolorosa recapitulación de las vicisitudes y traumas de la infancia; no cree que el camino deba ser tan tortuoso como en su momento propusieron Bion y otros terapeutas.

VIII

Es momento de hablar de los puntos de encuentro entre la psicología analítica de Jung y Oriente. Jung fue un hombre muy espiritual, un buscador (insaciable, voraz, que se sumergía con el mismo deleite en los ejercicios de los ascetas y santos de la Iglesia Católica, en los rituales del Hinduismo, en las disquisiciones de los maestros budistas y taoístas), y su trabajo se enriqueció con ello.

Como parte del trabajo artístico en el proceso terapéutico, Jung usó la técnica del mandala como vía de exploración, elaboración y curación psíquica. Como ya he mencionado arriba, he tenido ocasión de usar el dibujo y el coloreado de mandalas con todo tipo de pacientes, y he constatado que el gran psiquaitra suizo estaba en lo cierto. Los pacientes mejoran. El contacto con la completud (la totalidad), con lo divino que está simbolizado en el mandala, y, obviamente, la performance artística en sí misma, son altamente aliviadores.

Asimismo el I Ching, milenaria y hermosísima herramienta de trabajo, fue usado por Jung con sus pacientes (y con él mismo). Ateniéndose al principio de sincronicidad que el propio Jung y su amigo Pauli (matemático y físico) descubrieron, y que he expuesto anteriormente en mi trabajo Sincronicidad y Causalidad Circular (en el que pretendo enlazar lo sincrónico con lo cibernético y lo sistémico), Jung vio cuán útil era este libro de adivinación/curación/consejería para sus pacientes. Yo mismo era escéptico al respecto, hasta que empecé a usarlo. Y ahora puedo afirmar que cada hexagrama es un caudal de información para el consultante, información que todo el Universo le trae a él (el inicialmente incrédulo, y después estupefacto paciente), en ese momento dado y para sus especiales circunstancias.

La misma actitud ante la muerte (que también he detectado en Kohut) del pensamiento jungiano tiene aires a budismo e hinduismo. Lejos de verla como algo terrible y de lo cual se deba huir, la terapia jungiana está encaminada a su aceptación como parte del propio hecho de existir: en todo caso, el cuerpo es temporal, y es el espíritu lo definitivo y permanente. La propia finitud es relativa: muere el cuerpo, pero no el espíritu. La materia finiquita, no así la obra, no así la huella que uno alcance a dejar en el mundo. El propio Jung, como alquimista y mago blanco que era, de seguro intuyó otras realidades a las que, como humanos, nos cuesta mucho llegar con nuestro limitado raciocinio y nuestro limitado sensorio.

El acercamiento a lo religioso (no en su versión limitada, institucional, dogmática y anticientífica, sino en su versión total, ecléctica y de conjunción), el contacto con lo Divino (tal como lo entienda cada uno) y el reconocerse como un ser con trascendencia, le permite a los pacientes tener más confianza en sí mismos y en su futuro, dejar atrás sus propios temores (como el consabido temor a morir) y vivir más plenamente.

IX

Mientras en la psicología freudiana el inconsciente está constituido por los recuerdos personales de la infancia y es dominado por el complejo de Edipo, en el sistema jungiano se reconoce también que el inconsciente está cargado de material atávico, ancestral: los arquetipos, que hacen parte del inconsciente colectivo.
Recuérdese que los arquetipos son formas milenarias de conducta que inconscientemente impulsan y (si no hacemos la labor de insight, asimilación y elaboración) condicionan nuestras acciones. Es decir, los arquetipos son nuestra parte psíquica arcaica-ancestral, representaciones mentales tan antiguas que casi llegan a confundirse con los instintos, pero no son tan universales ni dependientes de lo biológico como ellos. Y así como pueden asfixiarnos, neurotizarnos y esclavizarnos (condicionando nuestra conducta), también pueden ayudarnos y guiarnos en el camino de la vida (si sabemos integrarlos y usarlos en favor nuestro).

¿Cómo es que los arquetipos hacen daño? Justo cuando son relegados (reprimidos o negados), o cuando se cargan libidinalmente en exceso (cuando exageramos en su catexis). Por ejemplo, si por alguna razón (cultural, familiar o personal), un arquetipo es negado y no encuentra representación en nuestra vida, comenzará a sobrecargarse de libido y se conjugará con algún recuerdo personal, para formar un complejo. Y los complejos, en tanto no se integren ni elaboren, atrapan y enferman. Como dijera el mismo Jung: "las personas creen que tienen complejos, pero son los complejos los que las tienen a ellas". También pueden ser deletéreos si se catectizan excesivamente. Por ejemplo, veamos qué sucede si el arquetipo de la persona llega a estar muy cargado:

Recordemos que la “persona” es el arquetipo de la máscara, la pose, el rol que asumimos en sociedad, el “papel social” que desempeñamos al interactuar con las personas que nos rodean y que incluye la apariencia personal y los objetos con los que nos presentamos. La mayoría de las personae (“máscaras”) son usadas porque otorgan un estatus social al que las porta: el arquetipo “persona” da, en cierto sentido, identidad. . El peligro radica en confundir la máscara con el verdadero self (y entiéndase aquí self tanto desde Jung como desde Kohut o Stern): si se cae en ello, se corre el peligro de volvernos una caricatura de nosotros mismos. Gastamos gran parte de nuestra libido en sustentar la apariencia. Y nos perdemos la oportunidad de la individuación, la integración que nos permite el desarrollo personal y la plenitud existencial. No es malo tener dicho arquetipo, ni ningún otro, siempre y cuando se amolden a nuestro desarrollo (y no suceda, por el contrario, que nuestro desarrollo se trunque por amoldarnos a él o ellos).

¿Y cómo pueden ser de beneficio esos arquetipos? En la medida en que no estén negados ni disociados de nuestra conciencia, sino que estén plenamente activos e integrados, ya están siendo útiles. Verbigracia, la “persona” puede ser de gran ayuda a la hora de ejercer nuestra profesión, dar una conferencia o de hacernos un espacio en el mundo, gracias a dicho arquetipo podemos tener una significación dentro del sistema en el que vivamos, podemos acceder a una identidad social. La clave, como ya se dijo, es también evitar cargar demasiado un arquetipo. Sólo tenemos que permitir que actúe.

X

Así, el camino jungiano es alegre, optimista y transitable. Nos invita a retomar a Freud y a buscar el insight, pero teniendo en cuenta que lo inconsciente no se reduce a lo meramente personal. Nos invita a pensar en Lacan y en la magia de los símbolos, pero traspasando lo puramente lógico y racional: con Jung nos sumergimos en lo irracional, lo místico y aún lo religioso sin temor. Nos indica la importancia de las pulsiones y los instintos, pero sin creer que somos sujetos indefensos ante ellos. Nos señala la importancia de lo sexual (recuérdense el arquetipo del apareamiento, analizado extensamente por Jung en sus estudios sobre transferencia y contratransferencia), pero sin caer en lo netamente biológico y reduccionista, o en la reiteración (que va de Freud a Lauffer) machacona y desgastada de lo puramente Edípico, recordándonos que el Edipo ni es universal ni es la respuesta ni es el núcleo de todas las neurosis.

Está ahí. Listo para ser utilizado por quien lo desee. Sin caer en fanatismos. Recordemos el concepto jungiano de la totalidad, el complexio oppositorum es también entender que no se puede entender la realidad en términos parciales o fraccionados. El parcializarse lleva al sesgo, a la ignorancia, al estrés y al sufrimiento. En cambio, el que sabe reconocer la naturaleza complementaria de las cosas y logra valorar lo sagrado de ese vínculo, está encaminado hacia la salud mental.

Bogotá, 30 de Enero de 2012

*Médico Psiquiatra, Psicoterapeuta, Licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico.