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viernes, 6 de enero de 2012

Por el Poeta, artículo de Tomás Carrasquilla sobre José Asunción Silva

Pronto hará veintisiete años que José Asunción Silva se recogió en el asilo de la Muerte, por el fuero soberano de su propio cansancio. Tan alto espíritu debe de flotar muy cerca de su patria colombiana: de él se ocupan siempre sus conterráneos cual si lo sintiesen muy próximo, ahí sobre alguna cumbre de los Andes.
Publicadas sus obras, la fama difundió su nombre, bien así como revelación de venturanza, por los orbes de la lengua castellana. Es conocido tanto en las Américas como en la Península. Unamuno le dedica prólogo; Blanco Fombona un estudio profundo; Valencia un canto admirable5; tirios y tróvanos, extranjeros y compatriotas, han ido agregando a sus lauros gajos opimos que el tiempo no marchita. Con todo, parece que apenas ahora se inicia para el Poeta eso que llaman "la posteridad".

Un crítico ecuatoriano, muy entendido según cuentas, lo baja al nivel de los copleros y asegura que el "Nocturno" aquél es el caso del asno flautista. Tiene razón: todo en la vida es casualidad, y un Silva una de las mayores.

Gamaliel Ben Jacob, que parece ser colombiano y que se muestra muy iniciado en asuntos literarios y muy competente escritor, le rebaja a Silva un setenta y cinco por ciento de su cotización actual. Prueba, además, que la poesía "Lázaro'"' es plagio de León Dierx; y lo prueba por trascripción y cotejo de ambas piezas.
En realidad de verdad que el tema es idéntico y que la obra del compatriota tiene frases casi textuales del traductor de Díerx. Es este un caso para suponer e inducir muchas cosas, sin argucia ni sutilezas. Y voy a suponer y a inducir, porque tengo antecedentes que acaso no los tenga Ben Jacob".

Silva era incapaz de una usurpación de esta índole; incapaz por su carácter, por su hidalgo orgullo, por su propio respeto, por la seguridad de sus facultades. Un gran señor por nacimiento, por aura social, por alteza de alma, mal puede rebajarse hasta tanto. ¿Y a qué este hurto, el más irrisorio de los hurtos, en un potentado como Silva? Quien tiene repletas las arcas de su cabeza y de su pecho, ¿para qué necesita del tesoro ajeno?

A más de este argumento moral hay otro material de gran peso: las obras de Silva se editaron después de su muerte, y sus papeles se tomaron al acaso, revisados o sin revisar. Tan al acaso, que muchas de sus poesías se perdieron, lo mismo que el manuscrito de su novela. Juan Fernández1'. ¿No podría haber entre la balumba alguna traducción o proyecto de traducción de la poesía de Dierx? ¿No podrían tomarla los extraños como obra original? Sé, por el mismo Silva, que algo tenía traducido. ¿Será ésta una explicación muy arbitraria?

No digo esto a mala parte, ni con respecto al escritor ecuatoriano, ni con respecto a Ben Jacob. Ambos juicios los tengo por autorizados, imparciales y de buena fe; ambos son criterios y puntos de vista de los críticos y fases del criticado; ambos contribuyen a la apreciación del poeta. La ciencia crítica, por el hecho de serlo, no puede apasionarse ni en pro ni en contra.

Opina Ben Jacob que si el poeta bogotano hubiera muerto de cualquier enfermedad, no alcanzara tanto renombre. En esto cabe más de un distingo. En verdad que el suicidio no puede menos de traer a la mente lo romancesco de la tragedia, lo doloroso de la catástrofe. En hombres superiores, que triunfan en la vida, es para escándalos, cantos y admiraciones: Larra y Acuña, por no citar otros muchos, inspiraron tanto con su muerte, que hasta bardos desconocidos sacaron a luz: a Zorrilla, como quien dice. A Silva suicida, ¿quién no le cantó en Colombia?

Sino que este ungido nato no necesitaba de balazo para su consagración definitiva. Viviera, y fuera tan grande como lo es Valencia, a quien Dios guarde por muchos años. Verdad que a Silva sólo lo comprendieron unos cuantos antes de su muerte. La generalidad no, por la sencilla razón de que no lo conocían como poeta. Lo poco que había publicado yacía por ahí en revistas literarias de poca circulación. Pero no bien sale el tomo, el sortilegio embruja así a los sabios como a los ignorantes.
Silva será de los poetas más sabidos y recitados en esta tierra colombiana. En el Teatro de Colón lo han declamado esclarecidas damas. Aquí en Antioquia, ¿quién no lo lee, quién no lo aprende? Un círculo literario de Medellín lleva su nombre. En toda reunión que pida versos no falta Silva.

Este mago tiene el poder de admirar a los grandes y de impresionar a los pequeños: es para iniciados y para principiantes; es para todos. Va contra los que sostienen que los magnos poetas sólo escriben para unos cuantos.

Hay tanta alma en este hombre, y sabe verterla en su rima con tal astucia, con tal prestigio, con tal verdad, con tanta precisión, que la transmite al lector lo mismo que en una comunión. El lector y Silva se confunden en un mismo rapto. Es su arte un amaño, un hipnotismo para poseer otras almas.

No buscó la rima complicada de golpes deslumbrantes, de atrevimientos retóricos. ¿Cómo iba a buscarla? Bien sabía que los temblores y los estremecimientos, las presiones y las torturas de su alma enferma y complicada por la comprensión y el sentido de la vida, no debían vaciarse en molde retorcido ni confuso. Si tal hiciera, no se vieran con toda nitidez los matices de su psiquis multiforme, ni de su ensueño. Los aparatos y las orquestaciones en la forma estorbarían la transmisión de la belleza interior, bien así como las pompas del culto externo impiden al espíritu ferviente recogerse en la plegaria. Por eso hace callar los estruendos de la versificación, hace el silencio, con la rima blanda, alada, rumorosa, para hablarles al oído a otras almas y contarles, en secreto, de las tristezas e ironías del vivir, de las angustias del escepticismo, del misterio que a todos nos rodea, de eso sin nombre que envuelve a lo visible y a lo invisible.

Si a muchos no les parece Silva, es porque parten del principio de que el poeta es sólo un músico que ha de producir acordes de mucho compás y cadencias de mucho afinamiento. No basta esto para ser gran poeta: es preciso el concepto, la idea, el significado: es preciso el alma. Sin alma no hay arte posible, sea alma de sabio o de visionario, de asceta o de malvado, de santo o de niño... ¡de lo que se quiera! La cuestión es alma. Y la de Silva es enorme: ahí hay fibra, y célula, y soplo, y sugestiones para todos. Es tan comprensiva que abarca lo que llaman poético y prosaico, raro y cotidiano, ideal y concreto; lo que llaman bueno y malo, moral e inmoral. Hasta con la Muerte se las ha, ya mediante los propios difuntos, ya merced a las estrellas, ya a las cosas, ya a las sombras de ultratumba, en alta noche y en "la estepa solitaria". De Dios no se acuerda. ¿Seria ateo?

Silva, en su misma multiplicidad, metodiza y presenta dos fases artísticas harto opuestas: el corazón de las delicadezas y de los esmaltes, y el cerebro de las filosofías y de las crudezas. De ambas fases se desprende siempre esa ironía que informa el mundo físico y el mundo inmaterial; porque Silva, consorcio peregrino del saber y del sentir, tiene de ser humorista, a veces amargo, a veces agridulce, por su propio temperamento.

Debió de acendrarlo a maravilla, ya que dominaba varias lenguas, en Heine y en Leopardi... quién sabe en cuántos más: su erudición en todo ramo, especialmente en filosofía y letras, era pasmosa. Entre sus ascendientes y en la lengua cuenta desde luego a Bécquer, el sin par; acaso al travieso y sonreído Campoamor. En la prosa se asemeja mucho al primero por el mecanismo gramatical, por la limpidez de expresión y por aquello de apostrofar a lo invisible y a las cosas. Y Silva, como el bardo sevillano, es tan feliz en prosa como en verso.

Que su rimar sea sencillo y su léxico carezca de novedades, no empece a que la estrofa le resulte bella y melodiosa. Quizá resulte más por esto mismo. Sabido es que el arte hipócrita que no apela a efectos, que no deja ver el esfuerzo ni los recursos ni la hechura, es seguramente el más aristocrático y meritorio, el que más cautiva y embelesa.

Con esta especialidad, que tanto tiene de antiguo como de modernista, nos ha legado combinaciones, músicas e inventos, no ocurridos acaso en la métrica española. Que los diga el "Nocturno" supradicho. Mucho ruido ha metido Rubén Darío con el minué "Era un aire suave"; pues este aire lo había forjado mucho antes José Asunción, y no con princesas Eulalias, ni abates amartelados, ni vizcondes espadachines. Se lo inspiraron Barba Azul, la Cenicienta, la Caperucita y otros mitos infantiles, más universales y evocadores que los personajes de un Watteau o de la corte de Luis XV.

Otra de las excelencias de Silva es la variedad en los temas. Cada cual encuentra en ellos algo a su gusto, algo que coincida con una nota, con un estado de su espíritu, con algún pensamiento, con cualquiera idea sobre lo bello.

El lirismo del yo, que algunos explotan con maestría y del que se abusa tan deplorablementes sólo lo emplea en el "Nocturno" famoso. Es su única poesía de forma autobiográfica, quizá porque así haya acontecido en la realidad. Un ser como Silva, henchido de misterios, de visiones cerebrales, de anhelos entrañables, bien puede alucinarse, en un instante de añoranzas y lágrimas, hasta el punto de sentirse abrazado por la sombra de la muerta que llora con el alma; con Elvira20, a quien veneraba con el fanatismo solidario del nombre y del hogar, con la santidad de la sangre; no como quiere suponerlo la suspicacia absurda del vulgo mi­serable. ¡Oh, fraternidad divina; cómo te escupen! ¡Para eso sirve lo inmaculado!

Silva es un alma extraña, selecta, idealizada. Por un arte casi milagroso sabe transmitirse. Se me figura que este poeta puede codearse con los mejores en cualesquiera de los parnasos. Se me figura perdurable, porque en su obra hay mucha humanidad.

Tomás Carrasquilla (Santo Domingo de Antioquia, 1858 - Medellín, 1940)