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lunes, 5 de diciembre de 2011

Ultimo discurso de Marco Fidel Suárez

SAN FRANCISCO DE ASIS

La desproporción que suele notarse entre la conducta de algunos hombres, y su suerte, es un enigma que atormenta la razón.

¿Por qué hay buenos que viven y mueren abatidos, mientras que muchos malos somos o
parecemos dichosos? Algunos pensadores tratan de responder a esta pregunta con reflexiones filosóficas; pero la verdad es que sus esfuerzos no logran
aquietar el corazón en presencia de aquella desigualdad, tan ordinaria como
incomprensible.

Sin embargo, aunque las cavilaciones carecen de lámpara para iluminar
completamente aquel arcano, la historia sí ofrece un dato capaz de ilustrarlo
y de podarle su ramaje de desconsuelo y de sombras; porque el más grande
de los acontecimientos que ha presenciado el mundo es precisamente un
caso de aquella desproporción entre los merecimientos de la persona que lo
realizó y las consecuencias inmediatas del tal suceso, en el campo de lo que
llamamos prosperidad o infortunio aparentes.

Quiero decir –y perdonad, señores, mi osadía– que la Encarnación o
humanación del Verbo Eterno, consustancial con Dios y unido a nuestra naturaleza para salvarnos, es un hecho soberano e infinito. Quiero decir que los
fieles cristianos lo reconocemos así, al confesar nuestra fe y al disfrutar los
bienes que de ese hecho resultan. Y también me atrevo a pensar que en cierto
modo lo reconocen algunos historiadores racionalistas cuando notan que el
nacimiento de un niño, el año 42 del reinado de Augusto, en un establo de
Judea, en suma pobreza y en las circunstancias más humildes, alteró la carrera del género humano y transformó su historia. Esos autores reconocen, en efecto, que aquel hecho modificó las aspiraciones espirituales de los hombres, exaltando los fines de su actividad, infundiéndoles nuevos gérmenes de virtud y trocando el sistema de la justicia. Sí; de esa manera lo observan algunos católicos en forma tan imparcial y tan exigida por la evidencia, que al apuntar el caso, hasta se abstienen, como avergonzados, de analizar la historia del Héroe Divino

De manera que la venida de Dios y su unión con nuestra naturaleza es el
acontecimiento de los acontecimientos y el hecho que colma, a los ojos de la
Iglesia y de todos los que tienen buena vista y buena fe, los senos del tiempo
y la extensión del mundo.

Nuestro Señor Jesucristo, sujeto de aquel acto soberano, al nacer, vivir,
morir, resucitar y triunfar, pudo salvarnos con el valor infinito de una sola de
sus lágrimas o del menor de sus sufrimientos, en el océano de ellos que formó su existencia terrenal; pero también dicen algunos que hubiera podido
revestirse de grandeza humana, siempre que ésta fuera compatible con la
virtud y la inocencia.

Pudo ostentar, por ejemplo, el denuedo de aquel rey de Hungría, deudo de
Santa Isabel, que desnudando su espada delante de un ejército rebelde, y preguntando con estentóreo grito quién osaba resistirle, y penetrando solo por entre
numerosas filas, llegó hasta la tienda del tirano y le aplicó ejemplar castigo.
Habría podido también su Omnipotencia hallar un mundo nuevo y soportar que unos ingratos le impidieran desembarcar en la mejor de sus islas, para
pagarles luego esa injusticia con advertirles que no emprendieran una próxima navegación porque se anegaría sin falta, como sucedió para castigo de
los culpados. Y pudo hacer eso, como lo hizo el gran cristiano que sabemos,
y soportar en seguida una tempestad de sesenta días, entre las centellas que
alumbraban el horizonte y entre las congojas de los marinos abandonados de
toda esperanza.

Asimismo habría sido capaz el Santo de los santos, al igual de un hombre
muy sabio y muy bueno de estos tiempos, de acometer con tenacidad y desinterés la empresa de librar muchas playas de la tierra de las pestes y contagios
que las cubrían de cadáveres. Y pudo coronar esa obra rompiendo la guada-
ña gigantesca de la muerte con el poder de la vida invisible, descubierta y
cultivada por el genio y la virtud, a quienes servían un microscopio y un
sueldo de pocos francos.

En el círculo, pues, de aquello que llamamos gloria y grandeza los mortales, alucinándonos con brillos fugaces y deleznables dimensiones, Cristo Dios
pudo situarse en el plano de Andrés II, de Cristóbal Colón o de Luis Pasteur,
como dueño de ciencia, caridad y valentía acrisoladas, aunque meramente
naturales. Pero no lo hizo así, porque la porción que escogió como Hombre
Dios fue precisamente opuesta a aquellas hazañas, una vez que lo que se
apropió fue la riqueza en la pobreza, el bienestar en el sufrimiento y la gloria
en la humillación, según la palabra de Bossuet.
Cristo en efecto, no tuvo una piedra para reclinar su cabeza; no poseyó
otros bienes que el vestido que le tejió su Madre y que le despedazaron sus
verdugos; en su vida preparatoria vivió del trabajo de sus manos, y en su
vida pública la beneficencia proveyó a su sustento cuando El reemplazó aquel
ejercicio con el de médico divino y celestial maestro; y en sus discursos, en
sus parábolas, en los brotes de su energía divina, la codicia era el blanco de
sus anatemas, y la abnegación del objeto de sus enseñanzas.
Su compañía fue el dolor, asociado a sin igual paciencia; de sus manos
brotaba la salud, y de sus labios el perdón; generoso, perseguido y calumniado, recibió en recompensa de sus beneficios los azotes y la cruz que los
romanos habían aprendido para los esclavos en las leyes de Cartago; en su
vida se labraron todas las penas, y su muerte fue tan valerosa y tan humilde,
que arrancó a Juan Jacobo la confesión de su divinidad al compararla con la
muerte del filósofo que ha personificado las humanas vanaglorias. Ninguna
muerte puede aparearse con la suya, colmada de dolor y al mismo tiempo de
amor, y capaz por eso de oscurecer el cielo y conmover los montes.
También halló Jesucristo su gloria en el abatimiento, abrazándose con la cruz
y sobrellevándola obediente, sin cobardía ni jactancia, como ejemplo de magnanimidad sobrehumana. En medio de su humildad, el perdón y el amor fueron
resumen de su doctrina y testamento en que se fundieron su Evangelio y su
Eucaristía: Su Evangelio, oráculo que resuena para siempre sobre el mundo; su
Eucaristía que perpetúa su habitación en la tierra, alimentando a los hombres con
la substancia de Dios y reemplazando los holocaustos de la ley cansada.
Veamos, pues, señores, cómo es cierto, con certeza irrefragable que aquel
nacimiento acaecido en tiempo de Augusto, es el más grande de los hechos
Históricos y reconozcamos en él un soberano ejemplo de desigualdad entre
el mérito y el éxito inmediato, lo cual resuelve el problema que apuntamos al
principio.

Un grande orador, que ha embelesado al pueblo cristiano de nuestros tiempos, nos ha dejado de la obra expiatoria del Redentor un cuadro tan tierno como exacto, en esta forma: “Excepto los sufrimientos que resultan del desenfreno de las pasiones, Jesucristo sufrió todos los dolores posibles, segúnsanto Tomás. Le hicieron sufrir, dice este santo, los gentiles y los judíos, los hombres y las mujeres; le hicieron sufrir los príncipes, los grandes y el pueblo; le hicieron sufrir los tumultos y los individuos; sus discípulos y todos los que le conocían; padeció en su reputación a causa de las blasfemias que se proferían contra El; padeció en su honor, por las afrentas de que era objeto;en sus bienes, viéndose despojado hasta de sus vestiduras; en su alma, por la tristeza y el tedio que experimentó. Sufrió en el cuerpo con las heridas y los golpes; en su cabeza, por la corona de espinas; en sus pies y manos por los clavos que le traspasaron; en su rostro por las bofetadas que le dieron. Padecieron también todos sus sentidos: el tacto con los azotes, el gusto con la hiel
y vinagre, el olfato por el ambiente del lugar en que fue crucificado, el oído
con los insultos de los verdugos, la vista con el espectáculo de la madre y del
discípulo”

Este cuadro concuerda con el que trazó siglos antes Isaías profeta, al decir: “Lo hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos hacia El. Vímosle
despreciado y convertido en el ludibrio de los hombres. Varón de dolores, se
reservó todo lo que es padecer. El mismo tomó sobre sí nuestras penas y
cargó nuestros infortunios. Por nuestra causa fue llagado, y despedazado por
nuestras maldades; nuestro castigo recayó sobre El y con sus cardenales fuimos curados. Fue sacrificado y no abrió la boca para quejarse. Conducirlo
han a la muerte sin resistencia suya, como la oveja al matadero, y guardará
silencio ante sus verdugos como cordero que permanece mudo cuando lo
esquilan”

La vida de nuestro Salvador, anunciada, realizada, sellada con el martirio,
glorificada por la resurrección y dilatada en bendiciones en los días que precedieron a su tránsito, no presenta, pues, un ápice de grandeza terrena, por justa
e inocente que ésta pudiera ser, sino que por modo contrario es un contraste
seguido respecto de las aspiraciones y bienandanzas del mundo. Pero cabalmente por eso forma ante nuestros ojos y ante nuestras necesidades una gloria
más clara que la luz de los cielos y más sólida que el firmamento.
En cuanto puede pensarlo una hormiga dotada de ser espiritual, aunque
animada de corazón insano, el lote de nuestro Salvador, su parte y su cáliz,
estuvo bien que fueran el cáliz más amargo, la porción más humilde y la
herencia más pobre, para que así viniera en pos de esas tres cosas, la reacción
de una gloria que ha vencido al mundo. Después de todos esos padecimientos, humillaciones y privaciones, procede muy bien y en la forma más ordenada y más bella, la victoria de la humildad, de la mortificación y de la pobreza,
entre los destellos de un Tabor que ilumina perpetuamente al mundo, entre
los fulgores de una Ascensión perenne, que inspira la musa de los artistas y
colma la dicha de los santos.

Sobre el monte en que rindió su vida, clavadas sus manos a la cruz de su
amor; sobre la altura en que brilló su gloria, dominando con su majestad el
universo, Cristo recibe de sus fieles efusiones de amor y de esperanza. ¡Oh
Señor! ¡Oh Dios soberano y justo! ¿Qué nombre te daremos desde este valle
oscuro y lacrimoso? Eres nuestro Padre y al mismo tiempo nuestro Hermano
como Dios y como Hombre; eres nuestro Rey y el dueño de nuestro porvenir; eres nuestro Libertador y el amparo de nuestros hijos inocentes y de
nuestra patria imperecedera, cuyas ramas guarecen a la posteridad, aunque
sus hojas, que son sus ciudadanos, se marchiten y caigan incesantemente. Y
dilatando los corazones para que abarquen a los demás hombres, todos debemos hallar en el tuyo sacrosanto la sangre que nos vivifica, que impulsa
nuestras palpitaciones y que ha de sellar nuestro destino!
Obra como ésta, de tamaño infinito y de capacidad inmensa, la consumó
ya el Señor; pero al mismo tiempo la prosigue por medio de una facultad
propia de su Omnipotencia y que consiste en ir suscitando sin cesar imitadores
suyos. Los humanos se llevan al sepulcro su genio, su esfuerzo y todo lo
personal de su existencia; sus proezas se desvanecen así, su gloria se trueca
literalmente en puñados de ceniza y todo su poder viene a caber en una
estrecha fosa. A nadie sino a la muerte pasa la gloria mundana, aunque ésta
trate de sobornar a la memoria para que la proteja; a ninguno sino a los gusanos se trasmite el legado de los llamados inmortales, cuyas obras de inteligencia y valor se convierten en alimento de aquellas larvas. Pero Dios Hombre
si tiene la virtud de que sus atributos, sus obras, sus milagros, su Evangelio
de verdad y de justicia, eso no se eclipsa, ni se destiñe, ni se desvanece, ni
pasa a ser posesión de la muerte, ni se asocia al interés, ni se confedera con la
ignorancia y la pasión, sino que forma un patrimonio inmarcesible en manos
de Jesús y en las obras de sus discípulos. Ellos, al cabo de siglos, hacen
resonar el órgano de la redención con voces que nunca se amortiguan, con
armonías que jamás se apagan, a los pies de la santidad personificada, y ante
los ojos que envuelven en luz el universo.

Así lo prueba esta festividad centenaria que alboroza hoy al pueblo cristiano en todas las partes del mundo. La pobreza, la mortificación y la humildad de San Francisco de Asís, después de reformar la sociedad en los confines de los siglos doce y trece, presenta el más ilustre argumento de la imitación de Jesucristo efectuada por los santos, y forma la clave que nos pone
ante los ojos la fecundidad del Evangelio.

La hazaña de San Francisco consistió en realizar, imitando a Jesús, el
oráculo de San Pablo: “Si hay alguno que parezca prudente según el siglo,
hágase loco a fin de ser verdadero prudente”; porque en verdad locura es la
Cruz del Redentor y locura su vida y su muerte, como lo dicen las Sagradas
Letras. Locura fue fundar la riqueza en la pobreza, la felicidad en el sufrimiento y la gloria en la humillación. Esta norma, seguida por los imitadores
de Cristo, realiza la locura de la Cruz, y la realizó especialmente en la época
de San Francisco, cuando la mayor parte de los hombres verificaba aquella
otra palabra del Apóstol: “Llamándose y considerándose sabios, se hicieron
necios”

Cuando nació San Francisco las agitaciones de la Edad Media se habían
embravecido más que nunca en las repúblicas y principados de Italia, poseí-
dos de discordia, desenfreno y codicia. Entonces la Iglesia, nave fundada
sobre la promesa del Verbo y armada sobre el Vaticano por los Apóstoles
Pedro y Pablo, tenía también que defenderse, empleando las armas que el
tiempo requería y valiéndose de la guerra, la política y la riqueza, porque así
lo exigían los medios empleados por sus agresores. Pero simultáneamente
velaba por la fe, resguardaba la doctrina, buscaba la morigeración y promovía las expediciones Cruzadas como vínculo de concordia entre los príncipes
cristianos y como incentivo de patriotismo y de fe.
Empero, los excesos eran tan pujantes, que absorbían la vida social y
presentaban casos nunca vistos, principalmente de crueldad y discordia. Fue
en esos tiempos cuando el emperador de Alemania, Federico II, rey también
de Nápoles y de Sicilia, y el tirano Ezzelino, régulo desenfrenado de aquel
tiempo, ocuparon puesto entre los cinco principales verdugos de la especie
humana, que han sido ellos dos, junto con Nerón, Mahomet II y Atahualpa.
Además los bandos eran entonces especial azote, que debilitaba los vínculos naturales de la sociedad, reemplazándolos con luchas entre gobiernos
y pueblos, entre los pueblos unos con otros, entre los gremios, entre los municipios, entre las familias, y hasta entre los individuos de una misma casa.

La Historia pontifical refiere que esas agrupaciones producían con sus discordias un tejido de revueltas que extinguían casi las tradiciones y los dictados naturales del bien común. Las facciones guerreaban por dondequiera, a
veces sin pretexto y sin saberse por qué, divisadas con sus colores y señales
diferenciadas por usos y caprichos, hasta en la forma del manjar y del beber,
tanto que, según Blondo, alguna vez sobrevino una gran matanza, sólo por
la diversidad en la manera de partir unos rábanos.

Pero no sólo era la crueldad de soberanos y magnates y la venganza de
súbditos y menores lo que atormentaba a aquellas sociededes, sino la impiedad y la codicia. Señal de riñas y asesinatos públicos llegó a ser la elevación
de la Hostia en la misa. La hidropesía de oro, junto con usuras ilimitadas
fueron tales, que Dante dice en uno de sus poemas, que todo el oro que podía
hallarse bajo el cerco de la luna no bastaba a saciar la codicia de algunos
potentados, como en los tiempos de los judíos coetáneos de Cristo, la pobreza se consideraba infamia; los desvalidos, mendigos y leprosos no eran personas; la riqueza prevalecía sobre la justicia; la impunidad andaba de brazo
con el oro; eran mercancía los oficios públicos y los derechos de toda clase;
el hombre valía tanto como poseía, y de esta manera el poderoso era obedecido como ídolo impecable y el desválido era menos que cero, porque el
vulgo y los amos no le reconocían derechos.

Odio y crueldad, avaricia é interés, lujo y desenfreno eran el ambiente de
aquella época; y para reformar todo eso suscitó Dios a San Francisco.
A la mujer de Pedro Bernardone, comerciante de Asís en Umbría, le facilitó el cielo que alumbrase sobre la paja de un establo, por lo cual el hijo que
allí nació, comenzó desde entonces a imitar a Cristo. Conversando este con
otros que iban a la tienda de su padre, aprendió de ellos muy bien la lengua
francesa, lo que le hizo llamar Francesco en vez de Juan Bernardone.

Al principio era alegre, atrevido y buen poeta; se vestía muy bien y le
gustaba divertirse con sus camaradas, aunque sin ceder un punto a la disolución y abrigando siempre afectos de caridad y misericordia. Alguna vez sus
compañeros le hablaron de matrimonio, a lo cual respondió que quería casarse con una señora que fuera para él esposa, hermana y madre, por ser la más
hermosa y buena del mundo, pensando desde entonces en la pobreza. Convertido a los veinticinco años, después de la prisión a que lo llevó un encuentro entre ciertos bandos, y a causa también de una enfermedad, vendió sus
bienes y presentó el dinero a un sacerdote, el cual se negó a recibirlo, aunque
Francisco se lo echó por la ventana. Para efectuar algunas obras pías vendió
piezas de paño que su padre le había entregado, y entonces éste, que era muy
guardoso, lo denunció al obispo y obtuvo interdicción judicial; pero desnudándose luego Francisco y quedando sólo con el cilicio que llevaba, el prelado lo cubrió con su manto. Después de huir de su padre y de recibir severos
castigos, Juan se hizo adoptar de un mendigo y comenzó a predicar caridad
y pobreza en forma tan humilde y afanosa, que al principio no sólo su padre
sino las gentes lo tuvieron por loco.

Abriendo al acaso el Evangelio, leyó estas palabras: “Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y dalo a los pobres”. Abrió otra vez y leyó: “Al
viajar no lleves oro, ni plata, ni bordón, ni alforja, ni calzado, ni dos túnicas”;
con lo cual entendió los designios del Cielo sobre su conducta.

Fue Francisco consiguiendo una docena de asociados, en la cual los primeros fueron Bernardo, ciudadano de Asís, el canónigo Pedro de Catania, a
quien más adelante entregó la dirección de la Orden Franciscana, y el beato
Gil o Egidio, que fue su constante compañero. Con este apostolado abrazó
ruda penitencia y absoluta pobreza. Los benedictinos le cedieron una capilla
ruinosa en el llano de Asís, puesta sobre un cortijo llamado la Porciúncula,
como quien dice la chacra o estancita, donde zanjó los cimientos de su orden
debajo del patrocinio de la Virgen de los Angeles, y donde estuvo el foco de
su apostolado y demás portentos.

Hizo entera dejación de su voluntad, considerando que lo que es el hombre delante de Dios, eso es y nada más. Su oración durante noches enteras
era: “¡Oh Dios mío y todas las cosas!”, como para expresar que la posesión
del bien supremo debe dar abasto a todos los deseos, de manera que al revés
del avaro que anhela para absorber bienes y más bienes, el pobre de Cristo,
teniendo a Cristo, irradia de sí todas las riquezas. En cuanto a la caridad, el
Seráfico ardía tanto en ella, que le sobró amor para hermanarse con todas las
criaturas, con lo cual sublimó e infundió el espíritu de concordia, que era lo
que hacía más falta.

En la floresta invitaba a las avecillas a festejar al Creador llamándolas
hermanas; a sus hermanas las golondrinas les rogaba que callasen mientras él
predicaba; y extendía la misma hermandad a la ceniza y a las cigarras. Reprendía a la hermana hormiga su desmedida solicitud por el mañana; aparta
del camino al gusano para que no lo huellen; vende el hábito para rescatar
una oveja del carnicero; en el invierno lleva miel a las hermanas abejas, y en
nochebuena procura que reciban mejor pienso el asno y el buey. Tiernos
excesos de caridad que contrastaban, a la vista de los pueblos, los ejemplos
de crueldad y persecución.

Otra manifestación de su caridad era la poesía, sin recuerdos clásicos, en
forma popular y llevada sobre los primeros vagidos de la lengua toscana,
pero que después de setecientos años es comentada por grandes hijos de
Apolo, como Carducci y D’Anunzio, como Monti y Leopardi, porque ella
saltaba de los afectos más santos que ha abrigado un corazón de puro hombre, y la acaloraba un fuego tan fino como las aspiraciones de Francisco, a
quien pertenecen los siguientes versos:

“Amor, amor, Jesús, yo busco el puerto,
amor, amor, Jesús, ven a mi lado.
Amor, amor, Jesús, mírame muerto.
Amor, Jesús, estoy enajenado”.

Suyo también es el Cántico que hizo imitando un salmo de David, y en
que pasa revista a las principales criaturas para invitarlas a alabar al Señor,
empezando con el hermano sol, y señalando a cada una sus atributos por
medio de toques tan sencillos como sublimes. El canto del sol es a un tiempo
un himno religioso y uno de los monumentos de la literatura medioeval

Viendo Francisco cómo crecía el número de sus hermanos, pensó en darles una regla, y ella se redujo a tres palabras, con declarar que consistía en
observar el Evangelio, viviendo en obediencia, sin poseer nada propio y
guardando castidad; terno que, como puede notarse en la exposición de todo
su sistema y de toda su vida, corresponde a los dolores, humildad y pobreza
de Cristo, contrapuestos a las tres pasiones que enumeró San Juan cuando
dijo que en el mundo todo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de
los ojos, y soberbia de la vida.

Los hermanos se llamaron Menores o más pequeños que todos. El que
sabía un oficio podía ejercerlo en provecho común, y el que no, practicaba la
cuestura o limosna ostiaria, de especies y no de dinero. Los desterrados,
mendigos y leprosos eran especial objeto de la caridad franciscana; y cabalmente uno de los primeros actos en que resplandeció su misericordia, cuando empezó a bullir en el pecho de Francisco la caridad más heroica, fue desmontarse del caballo para abrazar a un leproso y besarlo muchas veces, venciendo la repugnancia que al verlo había sentido; cosa que después hacía frecuentemente, por ser esos enfermos objeto preferido de su amor, como lo fueron de la predilección de Jesús. La pobreza, en uno con la caridad, le valió el nombre de Pobrecito, así como al fin recibió de todos el de Seráfico, cuando brillaron con mayor esplendor las manifestaciones de su unión con el Redentor divino.

Tocó a los Pontífices Inocencio III y Honorio III aprobar y confirmar la
Orden de los Menores. El primero vaciló en un principio, por creer que la
regla franciscana era superior a las fuerzas del hombre tal como la formulaba
el fundador; pero después, soñando que veía estremecerse el principal templo de la cristiandad, y que dos sujetos, uno español y otro italiano, le metían
el hombro para que no cayese, entendió aquello de Santo Domingo y San
Francisco, y aprobó sus respectivas religiones. A los cuatro años los Menores eran cinco mil, y con el progreso del tiempo han pasado a veces de un
centenar de millares, formando así una república universal en el mundo.

En Roma debía tener la orden Franciscana un ministro general, asistido
de su consejo; pero aunque tocó al Santo en un principio ejercer este cargo,
él se dio forma de mantenerse en sujeción por medio de una consulta seguida, y de perseverar en desprecio propio, sometiéndose a prácticas de humildad increíbles, y ordenando que en él y contra él se efectuasen pruebas
inauditas de abatimiento. Además, después de algún tiempo renunció el cargo en Fray Pedro de Catania, antiguo canónigo de la catedral de Asís, como
queda dicho. Estos extremos celestiales, corrían parejas con la forma de su
predicación. Al pronunciar el nombre de Jesús se lamía los labios como gustando inefable dulzura, y en el sermón del pesebre balaba como corderito;
sin que por esto dejaran de notarse sus sermones por una manera de inspiración divina, en que se juntaban la sencillez, la profundidad y una ciencia no
aprendida, que era admiración de superiores y letrados. Entre éstos se contaba el Soberano Pontífice, quien escuchaba llorando, desde el principio hasta
el fin, los sermones del Apóstol de la humanidad y la pobreza.

Los frutos de sus enseñanzas y ejemplos no se hicieron esperar. Aquel
pobre, cubierto de un hábito remendado, ceñido con un cordel, alimentado
de suerte que usaba la ceniza como salsa, con una piedra por almohada,
cursando a pie largos caminos, sin resguardarse del frío ni del calor, con el
rostro visiblemente encendido por el amor de Jesús, anhelando sin cesar por
la concordia y la salvación de todos, aquel religioso transformó de una año
para otro la sociedad, y la levantó del profundo abismo en que yacía. Ella,
desenfrenada y perdida, se sintió de repente conmovida y espantada; sus
entrañas saturadas de concupiscencia, sus músculos dilatados de codicia, sus
huesos petrificados por la soberbia, se estremecieron en presencia de Francisco, pobre, manso y penitente. Entonces aquellas turbas, aquellos magnates y aquellos poderosos hicieron un torcido a las sendas de sensualidad,
avaricia y orgullo, para abrirse paso por el camino de la conversión. Semejante mudanza fue como el portento de un gran brazo de mar, azotado ayer
tarde por aquilón furioso y acariciado esta mañana por blandos alisios. Hombres y mujeres; niños, jóvenes y ancianos; sacerdotes y laicos, capitaneados
por sus respectivos mayores y jefes, todos escuchan, miran, recapacitan, y
luego despiden en pos del Pobrecito y siguen los pasos del Seráfico. ¡Númen
del cielo! ¡Trasunto de Cristo! !Inspiración de Dios! ¡Cuánto poder has recibido de Aquél que te escogió como delegado suyo, para reformar siglos y
salvar naciones!

Los pueblos recibían a Francisco y a sus Menores con palmas y repiques
de campanas, y era tal el empeño con que individuos y asociaciones abrazaban la reforma, que hubo necesidad de fundar una Orden Tercera, que sirviese como filtración y atenuada copia de las Ordenes principales de hombres y
de mujeres. De esta suerte las comunidades encontraron en la Tercera el
medio de abrazar nuevos métodos de cristiandad y penitencia y de poder
seguir viviendo en la familia y en el siglo. Porque también es de recordar,
acerca de las tres Ordenes, que Santa Clara, noble señora de Asís, había
fundado ya la segunda para monjas, que observan en la debida proporción la
regla trazada por San Francisco.

En la vida de nuestro Santo sobresalieron algunos hechos, tales como su
peregrinación a Berbería y Egipto cuando los cruzados fatigaban a Damieta,
donde procuró hallar el martirio, hablando con singular denuedo al califa
Malik Kamel. De ese modo esperaba sacar de paciencia a aquel hombre;
pero no lo consiguió, porque los atractivos de su virtud neutralizaron lo áspero de su predicación, de modo que el califa lo despidió abrazándolo y encomendándose a él.

En los últimos años de su vida, que se consumió a los
cuarenta y cinco, en toda su plenitud como las de otros escogidos, recibió en
sus manos, pies y costado los estigmas de la Pasión, de forma que sobre su
cuerpo copió la imagen de Jesús, así como su vida fue trasunto e imitación
del Evangelio.

“Caminad –decía a sus hermanos– de dos en dos, en silencio y orando al
señor. Dondequiera estamos en nuestra celda, la cual es nuestro hermano el
cuerpo, donde habita nuestra alma como un ermitaño. Anunciad a todos la
paz, pero teniéndola primero en el corazón. Con vuestra mansedumbre buscad la concordia, porque muchos que pueden pareceros miembros del diablo, serán en su día discípulos de Cristo”.

Sus títulos principales han sido el de Pobrecito, como esposo, hijo y hermano de la santa pobreza; y el de Seráfico como genio de amor que recibió
del Crucificado celestial los dardos de su inspiración y de su omnipotencia.
A su vida se han referido autores tan grandes como Dante Alighieri, que en
su poema del Paraíso dejó para siempre trazadas las nupcias de San Francisco con su Santa esposa: como Kémpis, el otro imitador de Jesucristo, no sólo
en su persona sino en su libro sobrehumano, donde cita al Serafín llamándole “el humilde San Francisco”, entre los cinco únicos nombres propios que
allí figuran: como San Buenaventura, cardenal y hermano también de los
Menores, que trazó su historia: como el historiador Cantú, de quien hemos
tomado algunas de las noticias anteriores; y como varios soberanos Pontífices, entre ellos la santidad del que reina actualmente, y a quien pertenece la
Encíclica sobre el presente centenario, digna de su autor excelso y de su
objeto celestial.

La reforma llevada a cabo por San Francisco corresponde en su objeto a
dos fines equidistantes y colocados de siete en siete siglos, antes y después
de la venida del Santo. Vivió él al empezar el siglo trece, y ahora, en el
comienzo de nuestro siglo veinte, la sociedad universal está presentando des-
órdenes, extravíos e infortunios comparables con aquellos que presentó entonces la Edad Media. La trilogía condenada por Cristo, señalada por San
Juan y combatida por san Francisco de Asís, aflige hoy a las naciones en
forma abrumadora, empezando particularmente con la codicia o concupiscencia de los ojos.

El culto de las riquezas inicuas, maldecido en el Evangelio, ha producido
como fruto monstruoso la guerra grande de las naciones, que costó millares
de millones de moneda. La economía del mundo y las relaciones de lo que
venía llamándose cultura, han perdido en gran parte las conexiones de orden
espiritual, para reemplazarla casi con el solo eje de los intereses monetarios.
En otros siglos se luchaba por dominación y gloria; en éste el objeto de los
conflictos tiende a ser comercial; pues el dinero se sobrepone a todos los
objetos de la antigua grandeza épica.

Lo cual ha dado cumplimiento a quello que dice Isaías, cuando pregunta
a la Estrella de la mañana cómo cayó en el mar con singular estruendo; y al
mar han caído en realidad estrellas que ostentaban ayer esplendor imperturbable y han descendido conmoviendo el piélago y produciendo olas que se
cruzan y que baten todas las playas de la tierra, sin aquietarse ni parar. La
locura de esas ambiciones y crueldades ha mezclado, en su desesperación,
amarguras con placeres, y alterando categorías que parecían inconmovibles,
ha convertido en sirvientes a los hijos de los príncipes. Esto que pasa en las
esferas superiores, trasciende a las otras mudando las aspiraciones comunes,
agravando los problemas y peligros sociales, y borrando de los ánimos la
diferencia entre lo justo y lo injusto, para no dejar en su lugar sino lo que se
denomina “posición pecuniaria” respecto de sociedades e individuos.

Cosa semejante sucedió también, no siete siglos después sino siete siglos
antes de San Francisco, cuando cayeron los vándalos sobre el Imperio Romano, al empezar la centuria quinta de nuestra era, y en tiempo de San Jeró-
nimo. Este sacerdote y gran padre de la Iglesia abandonó a Roma para
trasladarse a Siria, cerca de la cuna y del sepulcro del Redentor con el fin de
fomentar en esos lugares la pureza de la vida cristiana, lejos del general cataclismo, y con el objeto de hallar la verdad acendrada en el texto de las Sagradas Escrituras para bien de la Iglesia Católica. Su inmensa ilustración y sus
virtudes fueron aplicadas a esa misión providencial acompañándolo otras
personas, que buscaban la paz en la austeridad y en el silencio. Entre ellas
estaban algunas damas de la nobleza de Roma, que cooperaron en las fundaciones piadosas y en las tareas que exigían aquellos estudios, y a quienes el
gran Doctor dedicó algunos de sus trabajos.

Especialmente Santa Paula y su hija Eustoquia ofrecieron a San Jerónimo
una cooperación de virtudes y de estudio, que dejó honda huella en la historia del cristianismo. A los monasterios y hospicios fundados en Siria para
dirigir las almas y socorrer los cuerpos, acudieron entonces muchas gentes
de Roma, en éxodos desesperados, en que se mezclaban los terrores de la
fuga con el vértigo de los devaneos; y al llegar a Siria esos perseguidos, las
hijas de los senadores y de los cónsules se reducían a servir, como ha sucedido también ahora, en la guerra grande de las naciones. Paula, Eustoquia y las
otras señoras que acompañaban a Jerónimo, desempeñaban obra heroica de
piedad y de misericordia al recibir a esos fugitivos y al proveer a la salud de
sus almas y al sustento de sus cuerpos. Y cuando la muerte llegó para la
primera de aquéllas santas, el gran sabio y anacoreta la sepultó en una gruta
de piedra cerca de la cuna del Redentor, y le consagró este epitafio: “La
mujer que yace aquí en el sueño de Dios, era nieta de Escipión, de Paulo
Emilio y de los Gracos por parte de madre, y de Agamenón por parte de su
padre; se llamó Paula para conservar el nombre de su familia; fue madre de
Eustoquia y la primera matrona del senado Romano; después de abrazar la
pobreza de Cristo había venido a vivir en estos campos de Belén”

Suscita pues de aquella manera la Providencia reformas correspondientes
a las mayores caídas en el curso de las edades; de suerte que la milagrosa
misión del Patriarca de Asís se presenta encerrada entre las dos crisis que
señalamos, una en la agonía del Imperio, otra en la edad presente. ¿Pero cuál
será el remedio de la segunda? ¿Cómo hará la sociedad del siglo veinte para
salvarse a la manera de la sociedad del siglo trece? Cómo infundir en estos
tiempos el espíritu franciscano que regeneró al mundo hace setecientos años?
La piedad y la morigeración, restablecidas entonces, tal vez no puedan
renacer en ese mismo grado en la edad que corre hoy, porque su altura es
inaccesible acaso a los complicados esfuerzos de la humanidad presente.
Pero la Orden Tercera de San Francisco sí puede cumplir ese menester, difundiéndose hasta el sumo posible como filtración abreviada del espíritu y de
la obra del milagroso patriarca.

La regla de la Tercera Orden es abreviación de la primera regla franciscana,
y extendida a los varios sexos, estados, clases, edades, profesiones y oficios
de la comunidad social, puede restablecer en ella tal espíritu cristiano, que
debilite el neopaganismo y produzca una como sociología católica, capaz de
salvarnos.

Ante todas cosas, la Orden Tercera, puede moderar con la devoción la
distracción que padecemos, proveniente del torbellino que producen los
afanes, estrépitos, ofuscaciones, lujos, devaneos, especulaciones y codicias en que vivimos, y que nos apartan de nuestro fin principal que es la
comunicación con Dios. En lugar de esa “distracción” o diversión que nos
“alejan” habitualmente del fin verdadero, debemos cultivar la propensión
contraria, que es la piedad o “devoción”, la cual nos acerca y “consagra” al
objeto principal, no como ejercicio baladí, sino como el hábito más racional de la vida, por cuanto es la unión del alma con su centro. La devoción
es la piedad practicada pública y discretamente, sin desdeñar por eso el
trabajo asiduo ni las recreaciones moderadas. Es escuela de buen ejemplo
e higiene contra los vicios.

En segundo lugar, la Tercera Orden puede ayudarnos a cumplir una promesa tan sagrada y tan antigua como la que hicimos al Creador al comenzar
a vivir, cuando renunciamos solemnemente a Satán y a sus obras y vanidades. Esta promesa nos causa obligaciones gravísimas, que nos agobiarán al
fin, si no las cumplimos como hombres de bien y de honor.

Viene luego un artículo muy importarte de la Orden Tercera, cual es trabajar por la concordia. De aquí puede resultar nada menos que la mejor política, mediante la caridad que ahoga divisiones y bandos, que extingue odios,
que promueve reconciliaciones y que cultiva la armonía social. La Tercera
puede poner una pica en el Flandes del Cielo ayudando a la autoridad, atajando la ambición insana y ajustando sobre la doctrina de Cristo la administración de la república. Puede mitigar las prácticas escépticas y utilitarias,
que se detestaban ayer en teoría y que se exaltan hoy en la práctica; y puede
infundir sinceridad y amor patrio entre los grupos, para que no se presenten
en estado de vértigo y frenesí.

En cuanto a obras físicas de caridad y amor patrio, la regla Tercera podría,
a imitación de su maestro desvelarse por el mejor estar y salud de los hermanos leprosos, visitándolos y tratándolos, en lugar de mirarlos con horror. Por
ejemplo, cuando bajamos al río Magdalena en busca de baño y de calor, al
pasar por Tocaima podríamos dar por la carretera un paso a Agua de Dios, a
fin de saludar y socorrer a nuestros amigos, y de recrearnos a la vez con las
“bellísimas”, con los árboles florecidos y con las cascadas del acueducto,
cuyos cristales sacan verdadero su nombre.

La Orden Tercera, que es la más social y que debe ser la más extensa de
las instituciones que fundó Fray Francisco, puede ayudar eficazmente en
el negocio de los carboneros. ¿Qué negocio será ese? Una clase es la de
aquellos que creemos con fe de carbonero en la Iglesia, sin comprender en
todo su fondo la voz de sus pastores, pero sabiendo que la tribuna de éstos
tiene por detrás una ventana que se abre de día sobre el cielo azul tachonado de blancas nubes, que son las pruebas de la fe; y de noche sobre el cielo
estrellado, donde brilla la vía láctea de la tradición: estos carboneros creemos en nuestra Iglesia porque estamos seguros de que ella puede demostrar y demuestra sus enseñanzas. Los otros tienen también fe ciega en su
Iglesia, pero ésta no posee ventana abierta hacia ninguna parte, por estar en
la condición de aquella esclava de Séneca el Filósofo, que habiéndose vuelto
ciega, incurrió en la manía de explicarse sus tinieblas, no por carecer de
vista, sino por estar encerrada en una oscura cárcel: era a la vez ciega, loca
y esclava. Estas dos clases de carboneros, que porfían por dominar a los
hombres, aliada la una de Jesucristo y la otra de sus adversarios, pueden
dar campo para que la Orden Tercera intervenga como escuela de caridad
y de doctrina.

Grandes tienen que ser asimismo los influjos de San Francisco, por medio
de la orden que recordamos para resolver los problemas sociales respecto del
capital, del trabajo y de la distribución de sus frutos. La Tercera franciscana
puede escoger precisamente como norma suya acerca de este asunto, que es
uno de sus principales capítulos, el panegírico del Pobrecito predicado por
Bossuet, oración que es la suma más acabada de la doctrina cristiana sobre
esta materia. “Vive Dios –dice en compendio el orador– vive Dios, que no
quiere que los ricos olviden a los pobres al usar de sus riquezas, porque los
pobres tienen derecho a participar en los bienes de los ricos. Vive Dios, que
no quiere que los pobres empleen la violencia para reclamar ese derecho. De
lo cual se sigue que las dos espadas que dice la Escritura, esto es el Estado y
la Iglesia, tienen obligación de interponerse unidas entre los unos y los otros.
Para organizar en sistema de beneficencia, no destinada a enriquecer a los
necesitados, pero sí a educarlos y mejorarlos, a fin de ponerlos en el camino
del bienestar”. Esa es la doctrina de nuestro padre Bossuet en el panegírico
de aquel que combatió la codicia de la Edad Media; doctrina que puede
compararse con una bomba aspirante e impelente, cuya actividad sabe allegar riquezas y también distribuirlas.

Finalmente, el tercer instituto que fundó el Santo de Asís está llamado
también a enseñarnos a morir, porque la muerte es el caso principal de la
existencia; porque la muerte natural en realidad no duele por más que duela
la vida; y porque aquélla debe ser racional y ordenada. Racional, pues siendo recuerdo de toda nuestra actividad y contemplación de toda nuestra carrera, debe asociarse al pesar de todos nuestros desórdenes y a la necesidad de
descargar ese pesar en un corazón amigo, que nos auxilie para llegar al puerto. No moriremos como murió San Francisco, en el colmo de la humildad,
tendido en el suelo, con los brazos abiertos, y recibiendo un hábito viejo y un
cordel que el guardián le entregaba diciendo: “Te doy de limosna este hábito
como a un pobre, recíbelo por obediencia”. Pero sí podemos, Dios mediante,
morir invocando a Cristo y al más perfecto imitador de Cristo, y recordando
sus últimas palabras: “Libra, Señor, mi alma de esta prisión, a fin de que
confiese tu nombre para siempre”.

He dicho.

Marco Fidel Suárez (Colombia, 1855-1927)