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jueves, 20 de octubre de 2011

A propósito del L Congreso y las Bodas de Oro de la Asociación Colombiana de Psiquiatría

David Alberto Campos Vargas*

Cuando la gente está cumpliendo 50 años, usualmente celebra con optimismo: lejos de verse amenazada por la decadencia y el crepúsculo final, se cree en la más ciceroniana cúspide de la existencia, hace fiestas con banquetes casi pantagruélicos y convoca hasta a los parientes más apáticos. Sobra decir que no repara en gastos, tiene arranques de sentimentalismo (que incluyen, en América Latina, hasta dramáticas solicitudes de perdón en público) y, literalmente, “bota la casa por la ventana”. Esto también ocurre en algunas instituciones, en las que no hay gerente, por más huraño que sea, que no se faje una arenga, o al menos un brindis; no hay sindicato que no se ablande ante las “cálidas demostraciones de afecto” de su patrón; no hay empleado, por muy resentido que esté, que no se sienta ese día “parte fundamental” de la compañía.

Me dio gusto ver en Cartagena que la Asociación no incurrió en semejante despropósito (el de gastar como si no pensara en su futuro). Como lo han comentado varios miembros, ya va siendo hora de ir dejando de lado las celebraciones estilo Don Corleone y de ir apuntando hacia fiestas más mesuradas; no es una cuestión de gusto personal, sino de realismo económico. Lo ideal es llegar a ese punto en el que las cuentas terminan felizmente, es decir, “en negro”, y con la sensación de que hubo una inteligente administración de los recursos. Como jocosamente decía una colega: “el que no sea una asociación con ánimo de lucro no quiere decir que tenga ánimo de pérdida”.
Otro punto alto fue la premiación de Hernán Santacruz. Psiquiatra y psicoanalista de gran envergadura, profesor distinguido y ante todo, dueño de un corazón inmenso. Un hombre generoso, excepcional, en cuya mente conviven Darwin, Freud y Saramago. Me pareció muy merecido el reconocimiento que se le hizo. Ahora, mientras escribo estas líneas, sonrío al recordar sus anécdotas y agudas ocurrencias, le agradezco todo el conocimiento compartido con tan buen humor, y le deseo larga vida.

Por eso, y por mucho más, festejé con alegría. Como lo hicimos psiquiatras y residentes, así no nos fascinara a todos la música atronadora que golpeaba con los grandes clásicos del Caribe. Me pareció que nos veíamos contentos, y aún lográbamos hablar y entendernos pese a la ensordecedora melodía.

Había mucho que celebrar. Como anoté en el prólogo del cuadernillo que contenía el Programa del Congreso, “celebramos la nobleza de nuestra profesión, la visión y la tenacidad de nuestros fundadores, la diligencia y el sacrificio de los colegas que nos precedieron, el cariño y las enseñanzas que hemos recibido y que multiplicaremos gustosos para las próximas generaciones”. Me faltó añadir que era un placer seguir con vida. Durante el viaje de ida, el avión hizo cabriolas y llegó un momento en el que creí que el piloto perdía el pulso contra la implacable ventisca, justo cuando una de las azafatas se fue de bruces contra mi esposa.

Luego vinieron las elecciones. La performance de algunos políticos (no sólo noveles demagogos, sino también curtidos estadistas) en esas instancias, es similar a la del más necesitado de los neuróticos: se acercan como menesterosos de amor, muchas veces sin saber siquiera el nombre de uno, a suplicar un voto. Algunos son tan inexpertos que hasta lo hacen con arrogancia. Por fortuna no fue este el caso de los candidatos a la Junta de la Asociación. Lo hicieron con mucho decoro.

Me pregunté, esa misma noche, cómo podríamos hacer menos paquidérmica, más eficiente nuestra vocería, como gremio, ante la opinión pública, las organizaciones de ciudadanos y el alto Gobierno. Ciertamente, el trabajo debe cubrir múltiples frentes: hay que sensibilizar y convencer a la sociedad de las ventajas de apostarle a un modelo que reconozca el papel protagónico de la salud mental; aclararle a los demás actores sociales qué hacemos y para qué servimos (por qué somos necesarios, si es que en verdad Colombia desea hacer parte del Primer Mundo); gestionar una reforma total, no solamente a nivel legislativo, sino además político y cultural, que nos permita ejercer nuestra profesión sin zozobras ni alianzas non sanctas, sin vender la conciencia, sin prisas ni otras muchas limitaciones logísticas que nos impone el actual régimen; propender hacia una integración completa de los pacientes con sus comunidades; luchar por el respeto y la dignificación de nuestras profesiones y de nuestros consultantes.

Casi a medianoche, cuando me enteré de los resultados, pensé que la Junta haría un trabajo estupendo si saludaba estas bodas de oro con una conciencia plena de la importancia de la Salud Mental. Somos una agremiación científica que entiende la Psiquiatría como una disciplina insertada en la sociedad y encaminada al bienestar de las personas, las familias y las colectividades. La ACP, de la mano de sus directivos, debe hacerle ver a la ciudadanía que sólo trabajando en el recurso humano es que un país logra el verdadero desarrollo. Y esto incluye educación, estrategias mancomunadas de atención psicológica y psiquiátrica (con énfasis, ojalá, en programas de salud mental comunitaria y prevención primaria), políticas públicas tendientes a incrementar el capital global. Es decir, a los colombianos nos beneficiaría enormemente un Estado de Bienestar de verdad, no a medias.

El domingo, mientras paseaba por la Heroica y me encontraba con colegas de todos los tipos, sentí la necesidad de aglomerarnos, de estrechar nuestros vínculos, de fortalecer la unión. El hecho que seamos diferentes ayuda justamente a permitirnos ser una Asociación democrática y tolerante, respetuosa de las divergencias pero firme en una convicción central: nuestra profesión es un compromiso social, con un ejercicio humanitario y sublime, y, por lo tanto, merece toda la dignidad que confiere el servicio al prójimo. Este proceso de asociarnos, iniciado en 1961, continúa. Sabemos que el camino ha sido arduo. No obstante, hemos afrontado las tormentas como un gremio unido. Gracias a este talante, a nuestra capacidad de trabajo y nuestro compromiso con los pacientes y sus comunidades, logramos sobrevivir y ahora, fuertes y fraternos, avanzamos vigorosamente.

En resumen, en el pasado Congreso presencié (y viví) emociones de lo más intenso y variopinto. Pese a sus errores y defectos, la ACP es una institución que nos permite marchar juntos. El camino sigue. Colegas de todas las edades y tendencias, estamos aquí para renovar el compromiso de dar lo mejor de nosotros mismos. Asistimos, el pasado Congreso, con claridad de lo que somos y de lo que tenemos: de nuestra historia. Y esta obra, con sus múltiples voces y relatos, la iremos construyendo juntos.

* Escritor, Docente, Médico Psiquiatra y Psicoterapeuta. Estudiante de Filosofía. Miembro Asociación Colombiana de Psiquiatría.