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martes, 12 de abril de 2011

IN DIEBUS ILLIS

Por ANTONIO IRIARTE CADENA


Al margen de la historia emérita del COLEGIO SAN LUIS GONZAGA, de Elías, y del SEMINARIO CONCILIAR, de Garzón, cuyos fundadores y varones ilustres son parte importante de la historia de la educación y de la cultura del Departamento del Huila, rondan sus claustros centenarios los fantasmas traviesos e inéditos de su petite histoire, de su anecdotario. Pintoresco tapiz éste de sucesos picarescos, tejido hilo a hilo por cada generación de escolares.

Evocar por escrito la presencia de esos duendes tiene su encanto, no sólo como pretexto para la añoranza, sino como intento de sacar a la superficie esa corriente subterránea, llamada con acierto por Unamuno la intrahistoria, la cual, no por insignificante y anónima, ha dejado de imprimir carácter en el talante de estas dos venerables instituciones levíticas, de la cual, sin embargo, nunca se ocupan cronistas graves ni historiadores eruditos.

Este primero y breve anecdotario del COLEGIO DE ELÍAS y del SEMINARIO CONCILIAR DE LA INMACULADA, reducido en el tiempo y limitado en la averiguación, cubre los años 1957 y 1958, durante los que fui alumno del Colegio, y desde 1959 a l967 durante los que estudié en el Seminario Conciliar de Garzón.

Parte de estas anécdotas la he escuchado por boca de algunos de mis condiscípulos, entre los que menciono a Luis Humberto Alvarado, rector de la Universidad Surcolombiana, y a los hoy atildados profesores del mismo claustro, maestros Jesús María Vidal Arias, Jairo Ramírez Bahamón y Miguel Antonio Perdomo Lince. Reunidos una noche en jocunda tertulia, y con el auxilio espirituoso -–que no muy espiritual— de un par de botellas de Doble Anís, logramos concitar el recuerdo y rescatar los pícaros diablillos de entre los meandros de la memoria, hasta ponerlos a buen recaudo en los dominios ciertos, aunque riesgosos, de estas páginas.

Consigno por escrito lo que esa noche conversamos y otras anécdotas que forman parte de mi experiencia personal o de mis recuerdos. Es nuestra intención, hasta donde ello sea posible, respetar nombres y apellidos con la esperanza de que los mencionados no se molestarán por ello y sí reirán de buena gana. Debo aclarar, además, que como quiera que algunas historias tienen ya ribetes de leyenda, andan de boca en boca con los nombres de otros personajes y hasta con variantes narrativas de significativo calibre.

No sé si atribuir el sesgo algo profano y un tanto irreverente de algunas de estas anécdotas al demonio traicionero del alcohol, o a que cometimos aquella noche de holgorio la temeridad de olvidarnos de las luces del Espíritu Santo, cuyo auxilio a nuestra labor, por desgracia, no impetramos.

De todas maneras fue nuestro único propósito recordar entre risas y chascarrillos, con todo el respeto y la mejor intención, nuestra picaresca escolar y la de quienes fueron nuestros compañeros de aventura y de latines en esas dos beneméritas casas de estudios.

PROFESIÓN DE FE

Cuentan que el señor obispo Esteban Rojas Tobar, fundador en 1893 del Colegio de Elías y, más tarde, del Seminario Conciliar de Garzón, hombre de los arrestos suficientes como para recorrer a caballo y en varias oportunidades la inmensidad territorial del Gran Tolima, llegó cierto día de visita pastoral al caserío de Maito, acompañado, como era usual en aquellos piadosos tiempos, de gran cantidad de fieles.

No deseando el dinámico obispo desperdiciar ocasión para catequizar a sus diocesanos, tomó por el brazo, de manera tan sorpresiva como enérgica, a un campesinito de unos ocho años, y, al tiempo que le daba de coscorrones, lo interrogaba con su autoritario vozarrón episcopal:

--¿Crees en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
El niño, estupefacto y mudo, sólo atinaba a mirar al prelado con sus enormes ojos ingenuos. Monseñor dobló entonces la tanda de coscorrones y siguió interrogando con vehemencia:
--¿Crees en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor?
Como el niño se obstinaba en guardar silencio, le administró otra dosis de coscorrones, a tiempo que le disparó a mansalva la tercera pregunta:
--¿Crees en el Espíritu Santo Paráclito?
--¡Si. Pero no me joda!--. Respondió, por fin, el muchacho en nítida profesión de fe.

Reclutado casi siempre por algún párroco acucioso con el cuento de que usted, mijo, a lo mejor tiene vocación, llegaba uno, inerme y lloroso, a La Mesa de Elías de la mano de sus padres o acudientes. Era el día de la entrada al colegio, el comienzo del año escolar.

En chiva, si el colegial era de Neiva, Garzón, Santa María u otros municipios distantes; a caballo o en mula, si el candidato a sacerdote era de Oporapa, Saladoblanco o El Viso. En ambos casos el equipaje era idéntico: un colchón embutido en costales y asegurado con firmeza a través de una red inextricable de cabuyas, imposible de desatar por la buenas; un baúl repleto de ropas, implementos para el aseo y comiso.

Para los que a nuestra condición de primíparos añadíamos la no muy ventajosa de provenir de sitios distantes y cálidos, la certeza de no volver a casa hasta el mes de junio y esa brisita insidiosa y helada de La Mesa de Elías empezaban a hacer estragos desde el momento en que los viejos amagaban regreso entre adioses, pucheros en trance de lágrimas y últimas recomendaciones.

Lo que seguía era como para desanimar a cualquiera: descifrar el laberinto de cabuyas para sacar el colchón, esta vez sin la ayuda de papá; tender la cama por primera vez en la vida sin el auxilio materno, poner las cosas del baúl en un orden casi militar, si se quería salir ileso de las revisiones periódicas del prefecto de disciplina, y esconder el comiso de miradas indiscretas y aviesas.

Luego, hacia las seis de la tarde, mientras morían en el horizonte los últimos rosicleres y la cadencia vesperal del Angelus se cernía sobre la adormecida aldea, sonaban aquellos tres secos, rotundos, badajazos de la campana del colegio, cuyo tañido híspido, unido a la herida recién abierta por la despedida, completaba la devastación sobre los últimos reductos emocionales que el novato interponía, a manera de remedio, contra el llanto.

INFUNDIO CONTRA IL POVERELLO DE ASÍS.

A partir de ahí la rutina espartana a través del año: comida en el refectorio, presidida por el padre rector o el prefecto de disciplina, durante la cual no se podía conversar, al igual que en el almuerzo, a no ser que se tratara de domingo o día festivo, a fin de escuchar la lectura de alguna hagiografía que en riguroso orden de lista realizábamos todos los estudiantes, quienes, al tiempo que tratábamos de leer a voz en cuello y de la manera menos atroz posible, estábamos atentos al tintineo de la campanilla rectoral cada vez que cometíamos algún disparate.

Cierto colegial que leía la vida de San Francisco, no sintió rubor alguno al calumniar a Il poverello de Asís con el siguiente infundio: “Comía como bestia, dormía sobre una vieja, esta era la vida del santo…”. Pero el libro sólo decía: “Comía como vestía (esto es, pobremente), dormía sobre una vieja estera. La vida del santo…”



EL TORNO DEL ETERNO RETORNO

El viejo refectorio estaba equipado con un par de tornos de madera que hacían posible el paso desde la cocina al comedor de grandes ollas, centenares de platos, cubiertos y demás utensilios de mesa, sin que los colegiales miráramos --y mucho menos nos acercáramos-- a las niñas guisanderas. Sólo su voz sin rostro fue la pieza exclusiva de la que siempre dispusimos para armar en nuestra fantasía de púberes ya urgidos su figura femenina. Hablar fugazmente con ellas a través del torno –-y solamente lo preciso— era la única concesión que el reglamento permitía en materia de trato con las mujeres de la casa, no sólo como insalvable remedio para no morir de hambre, sino como propedéutica para evitar que, por esa vía, algún seminarista perdiera su vocación.

Cierta noche nos visitaba monseñor Gerardo Martínez Madrigal, obispo de Garzón, aventajado hijo espiritual del tenebroso Builes, obispo que fue, a su vez, de la Diócesis de Yarumal, célebre en la década de los años cincuenta por su odio visceral contra todo lo que oliera a Partido Liberal, y de quienes era fama adornaban sus mitras con el ejercicio de virtudes eminentes, tan grandes como su severidad, intransigencia y capacidad de enojo.

Cuando ya el campanazo inexorable del “gran silencio” se había enseñoreado de la noche, advirtiendo a los colegiales que después de su toque a nadie estaba permitido levantarse de la cama, fue monseñor Martínez hasta el comedor en compañía del padre rector, con la intención de tomar su acostumbrado refrigerio, antes de irse a dormir.

Pero al dar vuelta al artefacto a fin de que alguna fámula notara su presencia, se encontró a bocajarro con un estudiante que, hecho un ovillo dentro del torno, ya venía de regreso de la cocina con el alma entre la vida y la muerte y los bolsillos y entrepechos repletos de bizcochos y de panela

EL DETECTIVE DE FINA NARIZ

No era tan mala la comida del colegio, sólo que nuestra voracidad infantil siempre la reputó deplorable. Sagaces negociados, truculentos chanchullos y toda suerte de tráfico de influencias se tejían a la sombra para sobornar al seminarista sirviente que garantizara repetición de sopa o tal cual sobrado de la siempre bien provista mesa rectoral. Se canjeaban alas de gallina por trompos, bocadillos por canicas y hasta algún estofado suculento por vistoso zumbambico. Todo un mercado negro y subterráneo con tarifas y precios que fluctuaban al vaivén de las leyes caprichosas de la oferta y la demanda. Hasta el mismo Padre Murcita, admirable maestro y conocedor de nuestra perpetua insatisfacción estomacal, se ingenió el recurso pedagógico de premiar tareas bien hechas y lecciones mejor recitadas con el estímulo de algún plato de colada de achiras, del cual él se privaba en beneficio de sus alumnos más diligentes.

Los aspirantes al premio ya estaban advertidos: una seña sutil del encantador maestro, un guiño o el movimiento de sus dedos en forma de abanico que se cierra eran suficientes para que el agraciado del día se diera por aludido, y, esquivando miradas arteras, se acercara con disimulo a la mesa del padre Moisés para recibir de su viejo maestro, junto con la colada, la mejor de sus sonrisas.

Este estado de hambruna vitalicia, de desasosiego molar, era el responsable de que durante los paseos de los miércoles a El Brazuelo, El Paso de Maito, El Recodo, El Viso o a Oritoguaz, los estudiantes nos lanzáramos como hordas salvajes sobre labranzas y sementeras.

Para tenderos y dueños de ventorrillos de camino, no había mayor felicidad que la noticia de que el paseo semanal del preseminario se enrumbaba por sus tenderetes, ni mayor pesadilla para el propietario de una labranza en cosecha que atisbar en la distancia los primeros escuadrones de vándalos. Ya lo sabía: cuando el último colegial hubiera transpuesto sus dominios, el contristado hortelano aceptaba, a manera de resignado consuelo, que debía tratarse de alguna fórmula original para pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios.

Pero ni la repetición de sopa conseguida mediante habilidoso soborno, ni la devastación de sementeras, ni el atragantamiento pantagruélico en tenduchos de mala muerte fueron suficientes para impedir que una noche la colonia yaguareña en pleno, la más solvente, numerosa y solidaria del colegio, urdiera la manera de volarse en bloque a la TIENDA DE DON JUAN ENE, después del campanazo solemne del gran silencio. Consumieron, para satisfacción del viejo y hasta el umbral de vómito, bocadillos, mojicones, colombinas, bizcochos altamireños, arequipe, salchichas y hasta latas de sardinas, al tiempo que bajaban todo aquello con la ayuda eficaz de una botella de aguardiente.

Al filo de la media noche regresaron al colegio borrachos, ahítos y felices. Ningún temor agriaba su hartazgo, pues nadie sospechó la treta, puesto que entre yaguareños era impensable la presencia de un soplón.

A las cinco de la mañana sonaron, como de costumbre, los repiques para la levantada. Después de las abluciones de rigor, pues en el colegio aún no existían las duchas, fuimos a la capilla.

De repente, en medio del silencio religioso de la meditación, empezó a salir desde distintos puntos del sacro recinto, sospechosamente cercanos a donde estaban ubicados los yaguareños, una fetidez tan insoportable, que echó a perder nuestra concentración en la gravedad de las verdades eternas y puso sobre aviso la nariz del prefecto.

Después del interrogatorio del caso, de la confesión del delito y, mientras se proveía en junta de profesores la mejor manera de administrar castigo ejemplar, el padre Alfonso Pascuas, prefecto de disciplina del Colegio San Luis Gonzaga de Elías, dijo a los reos con aire de detective de la KGB: “Los juzgados y las novelas policíacas han demostrado hasta la saciedad que no hay delito perfecto. ¿Sabían, señores, acaso, que el culo suele ser un magnífico soplón?”.

LA GUERRA DEL CHAMBIMBE

Los paseos de los miércoles, además de llenar las arcas de venteros en bancarrota, diezmar sementeras, quemar energías a fin de mantener a raya, según concepto de nuestro director espiritual, “las tentaciones y acechanzas de los tres enemigos del hombre: el demonio, el mundo y la carne”, servían para bañarnos por única vez cada ocho días en las aguas fragorosas y heladas del río Magdalena, pues en el colegio disponíamos únicamente para el aseo más indispensable de boca, pies, manos y cabeza, de las aguas verdosas y miasmáticas de una inmensa alberca, cuyo nivel subía y bajaba a través del año al arbitrio y buena voluntad de los aguaceros.

Por supuesto que, aunque estaba prohibido, casi todos bebíamos con avidez de las aguas enrarecidas de la alberca, después de soportar la canícula solar durante los recreos de entre clases y partidos de fútbol del medio día, ejercicios todos conducentes a quemar más energías, a fin de sacarle el quite a la concupiscencia de la carne, al sucio pecado de la impureza. No en vano –-repetía el obsesivo guía de nuestras almas juveniles--, este colegio está bajo la protección espiritual de San Luis Gonzaga, modelo heróico de castidad”.

Por fortuna, durante esos años milagrosos, que se sepa, nadie sufrió los rigores de la amebiasis ni hubo que recurrir de urgencia al hospital de Timaná, a fin de conjurar las arremetidas de alguna gastroenteritis. Tampoco --al menos no existen evidencias-- ninguno de quienes allí estudiábamos nos convertimos en tontos ni en débiles mentales -–tal como, sin éxito, nos lo advertían-- por culpa del “vicio solitario, del feo pecado de la masturbación”.

Por otra parte, aquellos paseos al Magdalena también eran la ocasión para llenar bolsillos, toallas y sombreros con centenares de chambimbes, limones verdes y otros proyectiles que luego usaríamos por la noche en el dormitorio durante tenebrosas guerras campales, a través de las cuales solíamos dirimir conflictos espinosos o enemistades de vieja data. En tan peligrosa ocasión, nada más prudente que cubrir la cabeza con el Yelmo de Mambrino de la bacinilla. Más de un prefecto de disciplina cayó víctima del fuego cruzado del enemigo, o estuvo a punto de perder un ojo merced a la contundencia de algún limonazo, cuando de manera imprudente y temeraria se aventuró al campo de batalla con la intención de imponer el orden. Y más de una arrodillada comunitaria nos ganamos hasta altas horas de la madrugada, cuando no espantables sesiones de trote con el colchón al hombro, por culpa de estas escaramuzas.

HIRVIENTE HEMATURIA

El dormitorio también era sitio ideal para bromas maestras y para la ejecución de turbias venganzas a mansalva y sobre seguro. Sucedió que un estudiante, con la complicidad de las sombras de la noche, echó no menos de diez sobres de sal de frutas revueltos con anilina roja dentro de la bacinilla de su malqueriente. Cuando, horas más tarde, el inocente quiso hacer uso del mingitorio, lo sacó de debajo de la cama, lo puso sobre el colchón y empezó a mear.

Aún no había terminado, cuando salió despavorido en busca del padre rector, con la mala noticia de que necesitaba con urgencia consultar al médico, pues, según sus propias palabras, lo que acababa de orinar era una hemorragia que hervía.

Antonio Iriarte Cadena