Follow by Email

martes, 12 de abril de 2011

IN DIEBUS ILLIS II

Por Antonio Iriarte Cadena

CUENTO DE ÁNIMAS

A pocos pasos del colegio, en las faldas de una loma desde donde se atisba Timaná, está el antiguo cementerio del pueblo. Con el paso de los años y la complicidad del abandono, una maleza invasiva y hostil se fue apoderando del lugar, hasta desalojar de allí las ánimas de de los últimos difuntos que aún se resistían al asedio, las cuales terminaron por irse a sitios más hospitalarios en busca de su descanso eterno.

Desalojados los muertos, una manada de burros se adueñó del camposanto. Merodeaban a sus anchas por entre sarcófagos y tumbas, arruinando con sus rebuznos y escarceos libidinosos el sueño de los gallinazos, empeñados en dormir su siesta desde la atalaya melancólica de las cruces que todavía quedaban en pie.

A esta agresión contra el sosiego de los muertos se añadía otra más preocupante: algunos estudiantes poco temerosos de Dios y del zurriago del padre prefecto, se aficionaron al santo lugar, no para rezar –como era de esperarse— algún responso por esas pobres ánimas errantes, sino para saquear sus tumbas.

De la noche a la mañana terminaron por hacernos creer que era cosa de gran mérito y blasón de mucha estima cargar huesos de finado en los bolsillos, o guardar dentro del pupitre alguna de sus canillas. De nada valieron sermones, amonestaciones ni amenazas del padre rector para intimidar a los profanadores; inútiles resultaron las súplicas y hasta el repudio de sus compañeros más ejemplares y temerosos de jugar con las cosas del otro mundo para detener a los nigromantes. Pese a todos los esfuerzos, en contravía de todas las admoniciones, los sacrílegos siguieron adelante.

Hasta que se empezó a sentir en el seminario la sombra del más allá a través de la sensación cada vez más cierta de que, más temprano que tarde, esas ánimas agraviadas y dolientes regresarían al colegio en busca de sus osamentas.

Cierta noche de noviembre, mientras sacerdotes, profesores y estudiantes nos entregábamos a la placidez del sueño, fuimos despertados por el murmullo atemorizante del Misere mei, Deus…, cantado por alguna voz dolida y ultramundana. A medida que nos íbamos incorporando de la cama, y mientras tratábamos de averiguar el origen de tan lastimera plegaria, apareció en la puerta del dormitorio una sombra espectral, ataviada con blanquecina túnica, la cual portaba, en lugar de cabeza de persona viva, una calavera de sonrisa burlona y ojos enrojecidos, los cuales abría o cerraba al compás de la fúnebre letanía.

Paralizados por el espanto, pudimos comprobar segundos más tarde cómo la aparición se desplazaba con tácitos y atemperados pasos a lo largo del pasillo central del dormitorio. Pero la suspensión empavorecida del ánimo nos duró bien poco, pues una histeria de proporciones demenciales empezó a hacer estragos entre los estudiantes. Chillidos de escalofrío, ayes de desolación, gritos de terror y protestas de arrepentimiento y temor a Dios flotaban en la atmósfera tenebrosa del dormitorio.

Cuando el venerable y anciano rector, presbítero Manuel Santos Ortiz, acudió finalmente al lugar, alarmado por la gritería, el fantasma ya había saltado a través una gran ventana, para perderse en la oscuridad de la madrugada entre blasfemias y maldiciones.

Sólo hasta el año siguiente se vino a dilucidar el enigma de la aparición de noviembre, expresión eufemística con la que, temerosos, nos referíamos a esa noche de terror. Un estudiante de Garzón de apellido Cabrera, a quien distinguíamos con el remoquete de El Loco, fue cualquier día hasta el cementerio en busca de una calavera, la cual, una vez hallada, escondió con diligencia.

Cuando juzgó momento oportuno, y después de la limpieza del caso, le instaló dentro de sus cuencas vacías un par de bombillitos rojos e intermitentes. Lo demás resultó elemental: cinco pilas de linterna, un par de cables eléctricos, una sábana blanca y varias horas de ensayo para poner a punto el sonsonete de la lamentación.

Lo que no consiguieron los sermones y amenazas del rector ni las súplicas y repudio de algunos estudiantes temerosos de Dios, lo consiguió El Loco Cabrera: a partir de esa fecha, que se sepa, sólo los burros y los gallinazos se atreven por esa necrópolis.

EL NAUFRAGIO DEL ESCORPIÓN

Cuentan que en cierta ocasión el Seminario Mayor de Garzón organizó en el viejo camión de don Crescencio Medina, un paseo a Potrerillos, una de las fincas de la Diócesis, ubicada a orillas del río Magdalena.

Cuando los seminaristas se disponían al baño y cambiaban sus sotanas por unas largas, anchas y lamentables pantalonetas, más conocidas por el atroz nombre de chingas, dotadas, además, de tapadera frontera a fin de disimular transparencias impúdicas, Tomás Chala Bernal, hoy sacerdote de atemperada vida levítica y reconocidos méritos pastorales, empezó, sin saberse cómo ni por qué, a dar unos alaridos tan desaforados y unos corcovos tan fuera de toda sindéresis, que a algunos pareció que el pobre había perdido la razón, y a otros que el seminarista había sido víctima de las acechanzas de algún espíritu maligno. Nada sirvió para detener su paroxismo, ninguna pregunta conducente a averiguar las causas de la dolencia obtuvo respuesta del energúmeno, y vanas fueron todas las súplicas invitándolo a reducir a proporciones manejables su desasosiego extremo.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, el hasta poco antes parquísimo Tomás Chala Bernal emprendió enloquecida carrera y, como alma que lleva Satanás, fue a dar de cabeza a las profundidades del río Magdalena.

De inmediato se organizó el rescate: aparecieron los duros de la natación, los amos del peligroso río, los desafiantes de sus misteriosas aguas. Ahí estaban los guapetones de siempre: Tito Polanía, flanqueado por su hermano Elcías quienes, además de la de nadadores atrevidos, cargaban fama de futbolistas rudos y de campeones imbatibles en el raro arte de ingerir cantidades inverosímiles de guarapo. Integraban también el grupo de salvamento Cesáreo Javela, mediocampista de quilates y narrador virtuoso de historias truculentas, secundado por el Pelotas Bahamón, portero de nuestra selección de fútbol y a quien, gracias a sus hazañas deportivas de aldea, considerábamos la reencarnación de Lev Yashin, la legendaria Araña Negra.

El rescate de Tomás se ejecutó en segundos. Cuando lo devolvieron a la playa sano y salvo, estas fueron sus palabras: “Ni loco ni endemoniado. Sólo trataba de ahogar un alacrán que se me coló entre las chingas y que por pura vergüenza no me atreví a quitarme en público”.


TO BE OR NOT TO BE: THAT´S THE QUESTION

Es Jueves Santo. La catedral está atiborrada de gentes devotas, venidas de todos los rincones de la Diócesis. La multitud de fieles espera con paciencia a que Monseñor Gerardo Martínez Madrigal confiese los últimos penitentes de su no muy abundante clientela episcopal, tal como solía hacerlo todos los años desde su confesionario personal, ubicado en el lugar más destacado de la nave lateral, antes de iniciar la celebración solemne de la Eucaristía. Los dos seminarios, el mayor y el menor, también aguardan alrededor del órgano, ubicado en la llamada Capilla del Seminario, a que el prelado y su corte de presbíteros y asistentes dé comienzo a la misa de pontifical, y poder lucir así su coro de polifonías, meticulosamente ensayadas para la ocasión. Entre tanto, uno que otro seminarista se confiesa cara a cara con alguno de sus superiores o con su director espiritual. Pero, Camilo Torres, estudiante del tercer año de Sagrada Teología y, quien por cargar a cuestas su fama de beato en olor de santidad, era candidato seguro al subdiaconado --primera de las órdenes mayores que conlleva la profesión pública, solemne e irreversible de los votos de castidad y de obediencia—, revestido de sotana y sobrepelliz, tomó la decisión de bajar a confesarse de incógnito con el irascible y riguroso Obispo de Garzón. Luego de esperar su turno, como cualquier parroquiano, se hincó de rodillas y empezó su confesión. De repente, la poderosa voz del obispo se dejó oír, autoritaria, en la atmósfera hirviente de la catedral e hirió los aires con la siguiente recomendación para el clérigo, a quien el obispo debió confundir con cualquier feligrés: ¡Cásese, hombre, cásese!

El buenazo de Camilo, tal vez por aquella circunstancia inédita, no pudo hacer honor al voto de castidad que en breve profesaría. Eso sí, honró la obediencia debida a su pastor: un mes después del incidente ahorcó los hábitos para convertirse en padre de una prole abundante y ejemplar.

EL LÚBRICO CABRÓN

Durante muchos años pastó en los prados del seminario una manada de chivas, vigilada de cerca por un soberbio cabrón, quien, orgulloso de su harén, miraba con ojos de extrañeza y desdén mal disimulado nuestra lúgubre condición celibal.

Cierta fresca mañana de abril, mientras filósofos y teólogos nos dedicábamos, piadosos, al riguroso ejercicio de la meditación acerca de las bondades de llevar una vida austera, ajena a las tentaciones de la concupiscencia carnal, entró como huracán por el pasillo central de la capilla una chiva joven perseguida de cerca por su cabrío, como si se tratara de la personificación erecta del mismísimo Satanás. Angustiada por el acoso, y sin otra salida posible, la cabra se encaramó de un salto en el lugar más prominente de la tarima del presbiterio, frente al altar mayor de la capilla, hasta donde llegó el fogoso, quien, poniendo como testigo de sus eximias habilidades eróticas al pleno del Seminario Mayor, consumó a espacio y satisfacción su propósito saludable. El padre Roberto Mejía, ecónomo del seminario, y hombre asaz escrupuloso en estos delicados asuntos de la moral, se confesó incapaz de superar el incidente. Ese mismo día, por la tarde, mandó castrar al profanador.

LA ABOMINABLE PESTE DE LAS DULZAINAS

De tiempo en tiempo llegaban al Seminario ciertas fiebres, las cuales se apoderaban de los estudiantes con rapidez, como si se tratara de una epidemia.

Estas fiebres colectivas llegaban y se iban sin que nadie supiera a ciencia cierta ni el cómo ni el por qué. Por esta vía de contagio casi todos fuimos víctimas alguna vez de la fiebre del trompo, de las canicas, de la baraja española, del zumbambico, del parqués, de la pelota envenenada, del pipo y cuarta, de las carreras de carritos, los cuales, mediante ingeniosos artilugios de mecánica casera para dotarlos de amplios muelles y llantas anchas, de la noche a la mañana quedaban convertidos de anodinos juguetes de plástico, promoción YEP, en poderosos bólidos de la Fórmula 1.

Hasta que llegó la fiebre de las dulzainas. Nadie salió incólume a su contagio. Todos los seminaristas, desde el más grande hasta el más pequeño, desde el más bobo hasta el más avivato, todos sin remedio, sucumbimos a su hechizo.

Se apoderó, entonces, del Seminario tal babel de sonidos anárquicos, que el padre rector, en un intento desesperado para imponer el orden en semejante desconcierto, no dudó en llamar a aquella extraña fiebre la abominable peste de las dulzainas.

Tenía razón: el sonido repelente y atiplado de casi un centenar de armónicas había invadido sin pedir permiso a nadie dormitorios, salones de clase, el refectorio, los campos deportivos, los baños y hasta la capilla.

Y lo insoportable era no tanto el sonido colectivo del aparato, sino la comprobación inaceptable de que ni siquiera el profesor de música había sido capaz de sacar acuerdo sinfónico de semejante despelote. Por aquí el Himno Nacional, por allá los melismas gregorianos del Pange Lingua, y en algún rincón del dormitorio, rivalizaban los acordes del Ay, Jalisco, no te rajes con las notas carnestoléndicas del Sanjuanero huilense.

Hasta que se declaró la guerra contra la dulzaina. En adelante -–dijo el padre rector en su declaración bélica—quien sea sorprendido soplando el adminículo, será sancionado mediante rebaja sustancial en la nota de disciplina, y, en caso de contumacia comprobada, podríamos castigar al inculpado hasta con la pena máxima de la expulsión.

Cierto viernes a las doce del día, mientras nos dedicábamos en silencio al piadoso ejercicio del Examen Particular, algún seminarista ubicado en primera fila del venerable salón de estudio, volvió añicos el silencio monacal de la meditación con la ejecución bronca y desapacible de un poderoso pedo.

El padre Antonio Soto, curtido profesor de solfeo, alma de Dios, varón de altas y acrisoladas virtudes, cuya vida beatífica transcurría más cerca de los linderos celestiales que de las fetideces de la presente vida terrena, abrió sus cansados y brumosos ojos, los dirigió al sitio de donde había salido la nota, identificó con rapidez al culpable y, con voz melíflua y dedo acusador, sentenció: Si sigue molestando, le confisco el instrumento.




DE RÚBRICAS Y MONAGUILLOS

Ayudar a misa a Monseñor Gerardo Martínez Madrigal no era asunto fácil. A las normales dificultades que las rúbricas establecían para la misa episcopal, regida entonces por los cánones del rito tridentino, había que añadir la no menos grave de sortear con éxito el pésimo genio de monseñor. Montaba el santo obispo en iracundias devastadoras cada vez que sus acólitos cometían algún pequeño desliz. Una campanilla tocada a destiempo o el agua de las abluciones mal administrada eran motivos suficientes para que el ayudante asegurara energúmena reprimenda. De ahí la importancia de ensayar previamente el ceremonial con la meticulosidad y conciencia del peligro con la que un equilibrista entrena en la cuerda floja su número más riesgoso.

Cada semana se turnaban en la ayudantía de su Excelencia un teólogo, quien oficiaba de acólito mayor y un filósofo, que ejercía como monaguillo menor. El teólogo, más avezado en los intríngulis del ritual, tenía a su cargo el adiestramiento del filósofo, cuando éste era novicio.

Cierto día, el entonces diácono Armando Vargas Silva se dedicaba a poner al tanto al filósofo Carlos Ramón Gómez acerca de los secretos de la compleja liturgia episcopal. Con el ánimo de gastar una broma al aprendiz y con la seguridad de que éste no lo tomaría en serio, lo instruyó:

--Cuando llegue la hora del Prefacio y monseñor Martínez diga Per omnia saécula saeculorom, mientras los dos contestamos Amen, usted le quita de la cabeza el solideo o gorrito morado que usan los obispos, saca un pedazo de papel periódico que debe tener listo en el bolsillo de la sotana, lo extiende dentro del solideo para evitar que éste se ensucie, y baja de inmediato a pedir la limosna entre los fieles.

Dicho y hecho. Cuando llegó el momento de la verdad y su Excelencia pronunció las palabras señaladas, el filósofo Carlos Ramón Gómez, sin percatarse de las desesperadas señas que el diácono Vargas le hacía por detrás del obispo a fin de evitar el desastre, retiró el solideo de la testa episcopal, lo cubrió respetuosamente con el trozo de periódico y, con un trotecito más que diligente, se dirigió hacia la nave de la iglesia para recolectar el óbolo. Monseñor, aún sin entender y más que ciego de la ira, apostrofó al acólito:

--¿Qué está haciendo, imbécil!?
--Pidiendo limosna para las benditas ánimas--. Respondió Carlos Ramón.
--Ánima de estúpido será la que tiene usted--. Remató el obispo, víctima de esa ira santa que con tanta frecuencia suelen exhibir los ministros de Dios.

En otra oportunidad el turno de la reprimenda fue para mí. Ayudaba a misa a su Excelencia en compañía del también entonces diácono Gustavo Cadena Sendoya. Estando la misa a la altura del Ofertorio, monseñor Martínez se dio cuenta de que –cosa por demás insólita en una persona tan meticulosa como él— había olvidado poner vino en la vinajera.

--Oiga, joven -- me dijo--. Vaya rápido a la sacristía, abra el armario y a mano derecha encuentra la botella del vino.

Presa del nerviosismo, hice lo que entendí me ordenaba. Superado el inconveniente, monseñor prosiguió con la ceremonia, hasta que llegó la hora de la comunión.

El obispo, entonces, con la unción y recogimiento que le eran propios cuando celebraba la misa, levantó con solemnidad el cáliz, trazó en el aire una amplia y hermosa cruz, y de un solo sorbo apuró, piadoso, la sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Por desgracia no todo iba como era de desear. El prelado miraba sin entender dentro del cáliz y, de pronto, empezó a escupir con gesto de enojo indescriptible.

--¿Qué puso, imbécil, en la vinajera?
--Vino, monseñor.
--¿De cuál botella sirvió?
--De la que está en el armario, a mano izquierda, monseñor.
--Usted, estúpido, me hizo tomar aceite de higuerilla de la lámpara del Santísimo.

Aquella misa de angustias no sólo fue inválida, según concepto exhaustivo de los doctos teólogos del Seminario, motivo por el cual fue necesario repetirla, sino ocasión involuntaria para que el señor obispo de la Diócesis de Garzón se administrara un purgante eficaz.

LOS HUEVOS DEL CAPELLÁN

Cierta mañana, el padre Antonio María Hernández, capellán del convento de las Pobres Clarisas, hombre de talante seco y genio pedregoso, se disponía a tomar su desayuno, después de celebrar la misa para las monjas en la capilla del monasterio. Cuando sor Margarita le trajo el chocolate, el capellán advirtió la presencia de un cabello dentro de sus huevos revueltos.
--¿Qué es esto, hermana Margarita?—Le preguntó con el rostro encendido por la ira, y señalando, acusador, la impertinencia pilosa. ¿Un sucio pelo de monja dentro de mis huevos? ¡Monjas cochinas! ¡Monjas puercas!
--Excuse, su Reverencia, pero, usted como sacerdote debería darnos mejor ejemplo de paciencia y de tolerancia cristianas--. Respondió sor Margarita, una vieja sesentona con voz de sargento y cara de escopeta. Acaso –-continuó en tono severo– a Nuestro Señor Jesucristo no le dieron en la Cruz hiel y vinagre?
--Si. Pero sin pelos--. Remató el capellán, de quien era fama no daba nunca su brazo a torcer.


Antonio Iriarte Cadena (Colombia)