Follow by Email

viernes, 22 de abril de 2011

Desarrollo de la cultura producto del conflicto entre instintos de vida e instintos de muerte

Antítesis entre instintos de vida e instintos de muerte: Desarrollo de la cultura producto del conflicto entre “instintos de vida” (Eros) e “instintos de muerte”*

Por Yisela Correa Rivas

En el sexto apartado Freud continúa explicando el desarrollo de la cultura por medio de la teoría instintiva, insistiendo en que ésta no necesita mayor explicación porque ya es conocida y se ha expuesto mucho sobre ella. Esto produce en el autor una sensación de dejadez, de inconformidad porque considera que ya se han hecho suficientes explicaciones sobre cómo se define el modo de vivir del ser humano, la cultura y dentro de este concepto, la teoría de los instintos, sosteniendo que la civilización solo es posible a partir de la represión1 de aquello que genera placer y que ansiosamente se busca satisfacer: las pulsiones eróticas y agresivas. Por esta razón ante la oportunidad de escribir sobre algo novedoso de la teoría psicoanalítica de los instintos, surge en él mayor entusiasmo, ante la descripción de un nuevo instinto agresivo, particular e independiente.

Sin embargo, el autor solo tiene la pretensión de captar con mayor precisión un giro teórico en la teoría de los instintos presentado con anterioridad, por medio de un par de revisiones. Tal explicación inicia con la descripción inicial de estos, retoma el concepto sobre el que “el hambre y el amor”, hacen girar el mundo, planteado por Schiller, con el propósito de plantear una división entre dos tipos de instintos, unos dirigidos hacia la conservación (por ejemplo, el hambre), y otros dirigidos hacia los objetos (el amor sexual), de la misma forma en que es evidente para el autor la oposición entre “los instintos del yo”, y “los instintos libidinales dirigidos hacia el objeto”. La primera observación consta en diferenciar dentro de los instintos objetales al “sadismo” el cual, no tiene por objetivo amar al objeto, sino por el contrario, destruirlo. Por consiguiente, el carácter de posesión y apropiación de éste encuentra estrecho parentesco con los instintos del yo, más que propósitos libidinales. Por ejemplo, para el yo primitivo, el seno materno va a ser considerado como propiedad y cuando se da cuenta que no es de él, de alguna manera trata de destruirlo con los mordiscos. Sin embargo, fue necesario aclarar que el sadismo hace parte de la vida sexual, sustituyendo el juego del amor por el juego de la crueldad. En consecuencia, surgirá la neurosis como el resultado de la lucha entre los instintos libidinales, y los de conservación, siendo el yo triunfante a costa de la renuncia a la satisfacción de sus deseos.


Freud hizo una transición del foco del análisis desde lo reprimido hacia lo represor (pulsión yoica), lo cual, le permitió replantearse el concepto de pulsión, específicamente, al momento de investigar con mayor detención al “yo” bajo el cariz del narcicismo. En segundo lugar, lo que define esta modificación es la introducción del concepto del narcisismo, éste afirma que el “yo” tiene una carga libidinal que dirige y proyecta esta energía hacia los objetos; convirtiéndose en “libido objetal”. Pero esta “libido objetal”, puede regresar a la “libido narcisista” es decir al yo. El concepto de narcisismo ayudó a explicar por medio de la teoría analítica, las neurosis traumáticas y las patologías de lo psicótico.

Ya en 1920, en el texto Más allá del principio de placer, los indicios del advenimiento de la pulsión de muerte se expresaron en dos manifestaciones que cruzaban varios fenómenos: la compulsión a la repetición, las rutinas, y el carácter conservador de la vida instintiva; ambos se situaban mas allá del principio del placer, es decir no coincidían con la satisfacción libidinal directamente o de otro modo, con el dominio del displacer. Deduce que además, del instinto de conservación de la vida (Eros), existe la manifestación de un instinto de muerte, donde los fenómenos vitales podrían ser explicados por la interacción y el antagonismo de ambos2.

Los instintos de muerte tienden a desunir y a conducir regresivamente al ser vivo hasta su anterior estado inorgánico, reduciendo toda tensión a cero. Los instintos de muerte pueden observarse realmente o bien vueltos hacia afuera, contra los demás, o hacia adentro, contra si mismo, y combinados frecuentemente con el instinto sexual, como en las perversiones sádicas y masoquistas. Opuesto al instinto de muerte es el instinto de vida. Mientras el instinto de la muerte busca separar y desintegrar, los instintos de vida buscan enlazar, organismos entre si. Estos dos instintos están amalgamados, y están en diferentes proporciones que cambia de acuerdo a cada circunstancia vital. Los instintos de conservación, del yo, en cuanto están al servicio de la creatividad vital, se integran junto con los sexuales en los instintos de vida.

En lo concerniente a la cultura, la tendencia destructiva, que estarían integrada en la pulsión de muerte, se va a constituir, para Freud, en el más grande obstáculo cultural, pues conlleva a una hostilidad entre los individuos y los grupos, que en muchas ocasiones colocan al borde de su disolución a pueblos enteros. Admitir la tendencia del hombre como tal al mal, a la agresión, a la destrucción a la crueldad no es nada fácil y poco probable.

La pulsión que perturba las relaciones entre los hombres se expresa como una tendencia agresiva, no es otra que la pulsión de muerte, identificada aquí con la hostilidad primordial del hombre contra el hombre. Con la pulsión de muerte el nexo social no podrá ser tenido como una mera extensión de la libido individual, pues él mismo resulta ser la expresión del conflicto pulsional. Es clara la afirmación que dice que la “agresión” es una disposición instintiva innata al ser humano, y constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura, puesto que, la cultura es un proceso al servicio del Eros, destinado a condensar a individuos aislados, luego a familia, tribus y naciones. Y el instinto de autoagresión se opone a la realización de este destino de la cultura.

Finalmente hay que aceptar que dentro de la evolución de la cultura esta implícita esta lucha entre conservación y destrucción, es decir la lucha de la especie humana por la vida. La relación entre la pulsión erótica y la pulsión de muerte es contradictoria. Para la conservación de la civilización resulta necesaria la contención de las pulsiones agresivas de los individuos, a fin de que los lazos libidinales que permiten crear su tejido puedan llevarse a cabo. Conflicto que en ultimas manifestara, desde la perspectiva freudiana, condiciones inherentes tanto a la constitución de los individuos como a los requerimientos de la cultura y que se convierten desde dicha perspectiva en obstáculos, prácticamente insalvables, que minan la esperanza de una cultura no represiva y de una humanidad en la que la superación racional y comunicativa de los conflictos, se constituyen en alternativas frente a lo que ha imperado en la historia de la humanidad: la agresión, la dominación, la exclusión y supresión del otro.

Notas.

* Freud, Sigmund. El malestar en la cultura.

1. Coerción, contención, incluso consciente para el individuo.
2. Freud, El malestar en la cultura.