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lunes, 14 de febrero de 2011

Un plan para Colombia

REFLEXIONES POLÍTICAS, ECONÓMICAS Y SOCIALES
Un plan para Colombia

Queridos amigos

Se acercan las elecciones y Colombia debe elegir representantes eficientes, honestos y conocedores de las necesidades del pueblo. Agradecido con ustedes, por su respaldo, por su apoyo tan necesario en esta época en la que la política se ejerce de manera corrupta y haciendo uso de las más perversas maquinarias y de la compra de votos, presento mi candidatura al Concejo de Bogotá con un programa de proyección nacional. Mi lucha es por Colombia entera. Pienso en Colombia, amo a Colombia, por eso espero verla grande, próspera, humanizada. Por eso, aunque por el momento me encuentre concentrado en la lid política bogotana, los tengo a todos ustedes, a todo el país, a todas las personas que creen en un futuro mejor, en mi cabeza y en mi corazón.

Creo en la energía y en la laboriosidad del pueblo colombiano. Creo en el pensamiento conciliador, pacifista y decidido, que hace realidad las ideas de progreso para todos.

Esta es nuestra lucha: justicia social, pero dentro del orden y el respeto a la propiedad privada y la institucionalidad. No creemos en la violencia, ni en la anarquía, ni en las soluciones facilistas de los regímenes totalitarios, que se ufanan dizque de proteger al pueblo cuando en realidad devoran a sus propios hijos.

Quero que todas las minorías estén representadas en el Congreso. Un Estado democrático e incluyente debe zafarse del monopolio partidista, y ahí debe estar nuestra acción, equilibrada y seria, presta a frenar cualquier atisbo de violencia partidista, de polarización o de constitución de bloques ideológicos antagónicos. Estoy convencido, y ustedes también, de la necesidad de hacer de Colombia un Estado de Bienestar, en el que todos podamos gozar de la riqueza, la seguridad y la prosperidad compartidas, pero dentro del espíritu democrático que respeta el derecho de cada ciudadano a construir su destino.

Los poderes políticos emanan del pueblo. Hombres y mujeres, de todos los lugares del país, tienen derecho a decidir. Estamos cansados de estas supuestas "democracias representativas" en las que los burócratas están en un pedestal, separados de sus electores, aburguesados y ajenos al sufrimiento, ajenos a las penurias de los que supuestamente representan.

Todos los colombianos tienen derecho a la libertad de creencia y de conciencia. Aborrezco la persecución y el odio del que son víctimas las minorías, los periodistas, los sindicalistas, los que se atreven a denunciar el mal funcionamiento de las instituciones. Las verdaderas democracias permiten la expresióna todos. Las verdaderas democracias son enemigas del asesinato de sindicalistas, de la represión, de la censura, del espionaje a los disidentes y opositores del gobierno.

Creo en la necesidad de la protección social, del liderazgo para el servicio público. Deben aumentar los salarios y los colombianos deben tener jornadas de trabajo que no atenten contra su salud mental. Asimismo, los empresarios e industriales deben gozar de tal ambiente de seguridad, equilibrio y prosperidad que puedan permitir a sus empleados todos los beneficios (empezando por los sueldos justos) que se han ganado con el sudor de su frente. Los empresarios gozarán de una vida tranquila, en la que el secuestro y otras manifestaciones de barbarie y terrorismo no tengan cabida.
Creo en el derecho a la realización personal, en el derecho al desarrollo humano, en el derecho sagrado, de cada uno de ustedes, a ser felices.
Cada colombiano debe ser adecuadamente alimentado, educado y protegido por el Estado. Queremos niños felices, sanos, bien cuidados. Queremos jóvenes inteligentes, estudiosos, honrados, cívicamente comprometidos a llevar la patria hacia el progreso. Queremos sentirnos seguros, al resguardo de un gobierno amoroso, eficiente, duro con el hampa y magnánimo con los que trabajan sin hacerle daño a su vecino

Quiero, para beneficio de todos los colombianos, para el bienestar y el progreso de ustedes, de sus familias, de sus comunidades, hacer buen uso del poder. Un uso humilde, honesto, en el que pueda ser un servidor público. Un servidor público de verdad: cercano, comprometido, sencillo.

Mi lucha, nuestra lucha, es realmente justa. Los colombianos merecemos estar saludables, vigorosos, bien nutridos, prósperos, satisfechos. Y el divino poder emanado del pueblo debe ser ejercicio a favor del pueblo justamente. Por eso mismo la salud es un derecho. Y un derecho inviolable. Por eso se hace mandatorio trabajar por él. No se trata de un favor que le hacen las oligarquías a la inmensa mayoría de ciudadanos. Es algo inherente al hecho de ser colombianos: el Estado está obligado a velar porque sus ciudadanos tengan salud.

Mi deseo es generar riqueza para todos, proteger, garantizar las libertades individuales y el derecho a usufructar el producto del trabajo que cada quien tiene. Con seguridad, con progreso, con respeto absoluto a la persona humana.

Estamos llamados a construir la sociedad que queremos, tenemos la misión de hacer el cambio. El ejemplo empieza por nosotros mismos. Nuestra conducta, como políticos, debe ser intachable. Debemos ser buenos, hombres y mujeres con valores claros, inequívocos, de los que las futuras generaciones puedan decir que hicieron las cosas bien y desinteresadamente.

Debemos ser ciudadanos ejemplares, rectos, justos, protectores. ¿Y cómo es que el ciudadano debe ser protegido? Debe tener garantizados sus derechos. Por eso mismo, la salud debe ser protegida. Por eso deseo que todos mis compatriotas gocen de estabilidad económica, de la posibilidad de realizar actividad física, de los beneficios de la recreación y el sano esparcimiento. Por eso mi compromiso con el deporte como vehículo para la salud física y mental de los colombianos.

Quiero contribuir al bienestar de mis compatriotas (y de manera indirecta, al de los demás ciudadanos de América Latina, si perciben que aquí las cosas funcionan con eficiencia y se dan cuenta que la persona humana es protegida, respetada y dignificada, y se lanzan a intentarlo en sus respectivos países). Por eso la vehemencia de mi postura. Porque creo en la dignidad humana. Porque creo que la gente se lo merece.

Fíjense el daño que hacen los gobiernos que se olvidan de la gente: generan más pobreza, más descontento, más delincuencia. Someten a nuestros hijos a la violencia, a la posibilidad de caer asesinados, de ser robados, de ser odiados por ésos a quienes pisotean los poderosos. Perciban en cambio, el infinito bien que se puede hacer, cuando se gobierna con mano firme pero con respeto a la Constitución y a la persona humana: prosperidad para todos, armonía, avance social, desarrollo económico, riqueza, abundancia.

Tenemos ideas claras, y capacidad para concretarlas. Respetamos los Derechos Humanos, respetamos la Vida misma, sagrada y valiosísima. Por eso le apostamos a la Ecología y al Desarrollo sostenible, a la industria benévola con el medio ambiente, a la protección de nuestro planeta. Por eso también respetamos la Justicia, y queremos que la ley garantice a todos su derecho a vivir y estar satisfechos, existencialmente realizados.

Quiero un país amable, solidario, en el que se viva tranquilamente, sin sobresaltos, con la certeza de que se estará cada día mejor.

Un país de progreso con equidad, una Colombia fuerte, libre de dominaciones imperialistas y neocolonialistas, pujante, democrática, respetada en el contexto internacional. Una Colombia tan hermosa, tan próspera, tan segura, que los extranjeros se mueran de ganas de venir a visitarla, conocer sus municipios, gozar del contacto con su gente buena y trabajadora, invertir tranquilamente, sin temor a expropiaciones, actos terroristas ni peligrosas anarquías.

Creo que sí se puede. El auge empresarial, la posibilidad de empleo para todos, la economía de estabilidad monetaria. Bienestar para todos y bienestar mediante la competencia: lejos del mediocrizante comunismo, lejos del fascismo sanguinario: éste es el bienestar del equilibrio al que apuntamos, en el que la libertad de consumo y la libertad de la actividad económica son sagradas.

Por eso critico a la iquierda militante, por su resentimiento. La solución no está en dividir la riqueza, sino en multiplicarla. La solución no está en la lucha de clases, en asesinar y someter a los otrora opresores, y oprimirlos y humillarlos. No: la solución debe ser mucho más sabia, más pacífica, más prudente. La solución debe ser duradera. Se trata, insisto, no de una lucha de clases, sino de la abolición de las mismas: que haya tanto progreso, tanta riqueza, tanto capital global, tanto producto social, que tanto el empleado de oficina como el campesino, el artesano como el empresario, estén tan bien y tan satisfechos (con sus ingresos, con su patrimonio, con la educación de sus hijos) que se ayuden mutuamente, con cariño, pensando en términos de comunidad, de nación. Todos somos humanos. Todos merecemos una vida digna.

Miramos esperanzados hacia el futuro. Le apostamos a la reconstrucción, al rendimiento, a dar lo mejor de nosotros mismos. Todos los ciudadanos tenemos la misión de entregarle a las genraciones venideras un país en mejores condiciones.

Somos aliados en esta lucha contra la ignorancia, la pobreza y el subdesarrollo. Estamos enrutados hacia el éxito. Queremos una gran rectificación histórica: que todos, como colombianos, seamos bien recibidos, respetados, apreciados en el extranjero.

Creo en las bondades de la economía planificada, en la que el Estado regule y dirija atinadamente y con mesura la Banca central, con leyes antimonopólicas y con apertura al mundo con las suficientes garantías para los productores y los productos nacionales. No se trata de un aperturismo ingenuo y torpe, como el que sentenció a nuestro país a grandes penurias en la década de 1990. Se trata de acceder al mercado libre con plena posesión de nuestras fuerzas, con una economía sólida, que no depende de exportar barato materia prima para luego importar a precios elevados. Una economía tan fuerte que se pueda exportar más. Que haya tanta producción, tanta riqueza, que con el sobrenadante de riqueza nos podamos abrir a los mercados del mundo confiados y seguros.

Soy un hombre creyente, pero respeto todas las posturas religiosas. Varios de mis amigos pertenecen a otras confesiones, algunos son agnósticos, otros francamente ateos. A todos ellos los quiero por igual. Los quiero y los respeto porque sé que, al margen de sus creencias, actúan bien, llevan una conducta generosa y altruista y contribuyen a que la sociedad marche por la buena senda. Por eso me declaro afín con el liberalismo intelectual y religioso. Creo en una Colombia plural, tolerante, abierta y respetuosa.

El ciudadano no es realmente libre si no deja de sufrir la opresión del hambre, la pobrea, la falta de los bienes indispensables para su supervivencia. El orden social, el buen gobierno, las instituciones democráticas eficientes deben garantizarle a todos los colombianos que tendrán con qué vivir bien y salir adelante. Por eso creo que el bienestar social, la cultura y el desarrollo van de la mano con el bienestar económico. El bienestar económico es el fundamento, la sólida base sobre la que se erige el avance científico, tecnológico y educativo.

Esta interdependencia entre economía y política nos exige suma prudencia. De nuevo, abordar el punto de equilibrio: nada más peligroso que la polarización, que la desintegración social. Al contrario, creo en el liderazgo concertado, en la planeación estratégica, en la economía próspera que haga posible la realización de mis ambiciosos proyectos sociales, como el de la educación gratuita y para todos.

Por eso el Estado, garantizando la estabilidad y el respeto a la libre iniciativa, podrá permitir el libre desarrollo de cada persona, dentro de los límites que impone el respeto a la sociedad. Los sagrados derechos de la propiedad privada, el consumo y la inversión privados, la libertad a ejercer la profesión y a negociar como se quiera, son protegidos por un Estado siempre atento, listo a promover que se hagan realidad los mejores deseos de cada ciudadano.

Creo que Colombia debe apuntarle a crear un clima político y económico que favorezca la colaboración de capacidades nacionales y extranjeras. Ustedes y yo somos constructores de ese cambio. Nuestra fidelidad a la patria no es militarista, sino pacífica y comprometida con el desarrollo humano. Somos fieles a la patria en tanto queremos dejarla mucho mejor que como la recibimos.

Seguridad, unidad, posibilidad de cambio. Cooperación entre hombres y mujeres libres. Trabajo desinteresado y altruista. Ése es el trípode del progreso político de las naciones. La cooperación no debe verse limiatda por factores de sexo, religión o de otra índole. La cooperación, el entramado social, la red de personas buenas y que deseamos que Colombai y el mundo avancen en paz, es lo que presentamos como alternativa al neoliberalismo capitalista y brutal que no tiene consideración por los más débiles.

Somos socios del progreso. Los colombianos somos hermanos, los humanos somos todos hermanos. Los bandos, las armas y la exclusión generaron dolor, atraso y más violencia y crímenes en el pasado. Estamos aquí, en la Tierra, para trabajar como hermanos, para compartir, para cuidarnos unos a otros, con cariño, con responsabilidad.

Por eso permitimos la confluencia de tendencias y posturas que antaño se consideraban "irreconciliables". Porque creemos que las personas están por encima de los partidos, y que no hay ideología más peligrosa que la que obligue a sus seguidores a ajustarse rigurosamente a ella.

Queremos reformas, pero reformas lúcidas, atinadas, certeras. Reformas dictadas con espíritu reflexivo y sapiente. El cambio, esa palabra de la que tanto han abusado los politiqueros y los ignorantes, debe ser ejercido con responsabilidad. Idealismo y realismo deben ir de la mano. El desarrollo de cada ciudadano debe estar protegido por un gobierno eficiente y justo, que lejos de precipitarse sepa dar muy bien sus pasos.

Se requiere un clima de amistosas relaciones entre los diferentes actores sociales. Diálogo en vez de gritería. Concordia en vez de imposición. Rectitud en vez de intolerancia. Todo sectarismo es nocivo. Todo gesto de dulzura, de perdón y de amistad es un triunfo para la nación entera.

Colombia necesita líderes audaces en la concepción de sus reformas, pero sumamente prudentes en su ejecución. Por eso nos hemos preparado, en todos los ámbitos: textos de comercio internacional, de táctica militar, de salud pública, de administración y de sociología han nutrido mi bagaje, y el de mis colaboradores. Porque los colombianos se merecen líderes bien preparados.

Algunos me han preguntado cómo pueden coexistir en mí la fe cristiana y el ideario liberal y desarrollista, ambos acendrados y sinceros. Pues bien: el racionalismo y el vuelo intelectual no excluyen la alegría de saber que no estamos solos en el mundo, que hay un Dios, un Orden maravilloso en el Cosmos. De hecho, un espíritu cultivado termina acercándose a la espiritualidad, a la meditación, a la oración misma, en la medida en que profundiza en sus investigaciones acerca del hombre y de la realidad externa.

Y así como defiendo la libertad religiosa, y la libertad a no estar afiliado a ninguna religión incluso, defiendo también la postura bolivariana de que la patria está por encima de los partidos. El entendimiento entre los hombres, a nivel nacional e internacional, es nuestra meta.

Vamos redondeando: queremos una República en orden, democrática, próspera, con instituciones eficientes, lista a promover el esfuerzo que haga cada ciudadano por cultivarse, por educarse, por crecer. Queremos un Estado unitario pero descentraliado en la medida de lo posible, que estimule las libertades de elegir y ser elegido, de escribir, de pensar, de culto, de reunión, de empresa.


Pedimos a nuestros adversarios que se abstengan de usar la violencia y que respeten nuestro derecho a hacer oposición; asimismo, cuando estemos en el poder, permitiremos a todos los actores sociales su propia voz, así sea crítica o inconforme. Ése es el juego de la democracia, la sagrada libertad de palabra y de expresión. Ojalá pueda darse, al fin, la sana alternancia en el poder que evita las hegemonías odiosas.

Esperamos que la Historia diga de nosotros que fuimos líderes verdaderos, estadistas serios y trabajadores, honrados hasta el tuétano, responsables, tan intelectuales como prácticos, audaces pero prudentes, siempre justos. Y sabemos que el veredicto de los Tiempos es el importante: por eso trabajamos bien, con transparencia, con total rectitud.

Creemos en el advenimiento de un colombiano más noble, más pleno, más libre, más comprometido con su patria. Creemos en el hombre y la mujer estudiosos, disciplinados, ahorradores, generosos en ideas y en amor por los demás. Creemos en el ciudadano próspero, satisfecho, que puede gozar del fruto de su trabajo.

Esta transformación social será tal vez empresa de años, espero que no sea empresa de siglos. ¿Cómo podemos imprimirle velocidad y dinamismo? Elaborando duelos, cerrando heridas, saneándonos espiritualmente como individuos y colectividades. Respetando al prójimo, sin discriminación, sin favoritismos. Convenciéndonos de que toda persona humana es valiosa.

Queremos una Colombia digna, bien organizada, un orden nuevo que supere el estancamiento moral, social y económico. Se deben realizar cambios estructurales en la educación, en el panorama laboral, en la administración de la justicia, en el mismo plano tributario. Y estamos para trabajar, amorosamente. Estamos para servir.

Creemos que cada ciudadano debe cumplir con sus deberes sociales. Cada uno de los colombianos tiene que colaborar con la solidaridad social, haciendo todo lo que tiende a robustecerla. Por eso hacemos un llamado sincero, a todos: voten, empodérense, elijan. Seleccionen buenas ideas y buenos candidatos.

Muchas gracias.

David Alberto Campos, 14 de febrero de 2011