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viernes, 1 de octubre de 2010

Poesía de Edoardo Sanguinetti

Con los ojos cálidos, aquí, del doctor Spensley (si pongo juntas prehistoria
protohistoria e historia), un siglo futbolístico me escruta: (está medio abandonado,
las piernas cruzadas: pasa por alto un volumen, abierto allí, a su lado, para mirarme,
y todos los otros libros, en formación allá, en los estantes, apretados: y se sostiene la cabeza,
con una mano, taciturno ya):
la vieja esfera gira siempre, entre nuestros pies,
inquieta, acariciada por los vientos marinos: (y, bajo nuestros pies, rueda todavía
la esfera del planeta):
fotografías supervivientes (llenas de tiempo, pobladas de muertos
notos e ignotos) señalan, durante fragmentos relampagueantes, esta larga leyenda:
es roja, es azul.

*

Si me separo de ti, me desgarro:
pero lo mejor de mí (o lo peor de mí)
se te queda pegado, pegajoso, como una miel, un pegamento, un aceite denso:
vuelvo en mí, cuando vuelvo a ti: (y vuelvo a encontrar mis pulgares y mis pulmones):
dentro de poco aterrizaré en Madrid:
(aquí, en la cola del avión, seleccionados mis connacionales,
hombres de negocio, dicen números y números, mientras beben y fuman, excitados,
riendo agitadamente):
todavía vivo para ti, si es que vivo todavía.

*

Escríbanlo en grandes letras, mis lectores testamentarios (y le hablo a mis escolares,
a los hipócritas de mis hijos, a los filoproletarios que tanto se me parecen, innumerables,
ya, como los granos de arena de mi vacuo desierto), estas palabras, sobre mi tumba,
con la saliva, mojando un dedo en la boca: (como yo lo mojo ahora,
entre los excesivos abscesos de mil álgidas encías):
yo, mi vida, la gocé.